Capítulo 32
La lámpara quizá
El jueves por la mañana, Lucía cometió el error de estar de buen humor.
No un buen humor espectacular.
No de esos que hacían cantar a la gente insoportable por la cocina o poner mensajes motivacionales en tazas.
Solo una sensación pequeña, discreta, casi sospechosa, que le permitió abrir el estudio sin odiar la persiana, preparar café sin mirar el móvil cada doce segundos y revisar el dossier de Los Olivos sin sentir que cada página llevaba escondida una pregunta sentimental.
Duró hasta las nueve y veintiséis.
A las nueve y veintiséis, Arturo llamó.
Lucía miró la pantalla, suspiró y contestó con la precaución de quien sabe que la felicidad breve suele ser detectada por los padres a distancia.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Puedes hablar?
—Depende de si esta llamada contiene crisis, presupuesto o una nueva forma de incomodidad familiar.
—Las tres, posiblemente.
Lucía dejó el café sobre la mesa.
—Qué bien. Me encanta cuando agrupas.
—Alfonso quiere confirmar una reunión para el lunes.
—Eso ya lo sabía.
—Y Eduardo estará presente.
—Eso también lo imaginaba.
—Hay algo más.
Lucía cerró los ojos.
—Por supuesto.
Arturo tardó medio segundo en seguir. Ese medio segundo, en su padre, equivalía a encender luces de emergencia.
—Alfonso sigue creyendo que tú y Nicolás estáis prometidos.
Ah.
Ah, perfecto.
Ah, la mentira tenía tentáculos.
Lucía abrió los ojos y miró el plato azul sobre la mesa, como si la cerámica pudiera aportar asesoría moral.
—Claro —dijo.
—No se lo hemos aclarado todavía.
—¿Por qué no?
—Porque no he hablado con él desde la reunión más allá de cuestiones técnicas. Y porque pensé que debíamos decidir cómo abordarlo antes de que afecte al proyecto.
Lucía soltó una risa seca.
—Me encanta que mi falsa vida sentimental tenga protocolo de comunicación.
—Lucía.
—No, tienes razón. Hay que aclararlo.
—Sí.
—Antes de cualquier reunión.
—Sí.
—Y no podemos dejar que parezca que la propuesta se sostiene en una historia romántica.
—Estoy de acuerdo.
Lucía se quedó callada un segundo.
—Deja de estar de acuerdo tan rápido. Me desorienta.
—No lo conviertas en costumbre.
—Tú empezaste.
Arturo respiró al otro lado.
—Preferiría hablar primero con Alfonso.
—No.
—Lucía.
—No. La mentira fue mía. Nico la siguió. Pero Alfonso y Eduardo estaban allí por nuestra familia, por nuestro proyecto y por mi historia. No quiero que lo conviertas en un asunto que gestionas tú para proteger la presentación.
—No era mi intención.
—Quizá no. Pero sería el resultado.
Silencio.
Lucía caminó hasta la ventana del estudio y miró la calle San Damián. La floristería marroquí estaba abriendo. El dueño sacaba cubos de flores a la acera. Las flores, por una vez, no parecían amenaza.
—Hablaré con Eduardo —dijo ella—. Hoy.
—¿Eduardo?
—Alfonso es tu conversación empresarial. Eduardo fue quien estuvo cerca de la parte personal y quien probablemente puede explicarlo sin que su padre lo convierta en drama o rumor. Además, creo que ya sospechaba bastante.
—Es posible.
—Papá.
—Lo sospechaba.
—Bien.
—No me gusta mezclar a Eduardo.
—A mí tampoco. Pero ya está mezclado. Lo que podemos decidir es si seguimos fingiendo que no.
Arturo no respondió enseguida.
—De acuerdo.
—Ese de acuerdo se queda.
—Me alegra contar con tu aprobación lingüística.
Lucía sonrió.
—No hagas bromas sin avisar. El sistema no está preparado.
—Habla con Eduardo. Luego me llamas.
—Sí.
—Y Lucía.
—¿Sí?
—No necesitas disculparte con él más de lo justo.
Ella se quedó quieta.
—Qué frase tan rara viniendo de ti.
—Estoy intentando distinguir culpa de responsabilidad.
Lucía miró su reflejo en el cristal.
—Eso suena a frase de terapia.
—No pienso confirmarlo.
—¿Patricia te ha mandado lecturas?
—Cuelgo.
La llamada terminó.
Lucía se quedó mirando el móvil, con una mezcla de irritación, ternura y sospecha. Su padre evolucionando era como ver una casa antigua reformarse desde dentro: interesante, valioso y con riesgo de derrumbe inesperado.
Abrió WhatsApp.
Eduardo.
No era un chat que quisiera tener en su pantalla un jueves por la mañana. O nunca. Pero allí estaba, con una conversación anterior breve sobre horarios de Los Olivos y una nota de voz de hacía días que ella no había escuchado porque Eduardo en formato audio le parecía un exceso de confianza.
Escribió:
“Buenos días. ¿Puedes hablar hoy? Hay algo sobre Los Olivos que prefiero aclarar antes de la reunión con Alfonso.”
La respuesta llegó en menos de un minuto.
“Claro. ¿Ahora?”
Lucía miró su café.
Ya frío.
Por supuesto.
“Sí.”
El teléfono sonó casi de inmediato.
—Lucía —dijo Eduardo—. Buenos días.
—Buenos días.
—Ese “hay algo que aclarar” suena peligroso.
—Lo es moderadamente.
—Adelante.
Lucía se apoyó contra la mesa del estudio.
Directa.
Sin adornos.
Sin convertirlo en una novela de sobremesa.
—Nico y yo no estamos prometidos.
Silencio.
No muy largo.
Pero sí claro.
—Ya —dijo Eduardo.
Lucía parpadeó.
—¿Ya?
—Sí.
—Podrías fingir sorpresa por cortesía.
—Podría, pero creo que estás llamando precisamente para reducir ficciones.
Lucía soltó aire.
—Qué irritante eres cuando tienes razón.
—Lo sé. Me lo han dicho.
—Suspende esa expresión.
—¿Perdón?
—Nada. Secuelas de Los Olivos.
Eduardo rio bajo.
—Sospechaba que había algo raro. Al principio pensé que era solo que teníais demasiada historia para un compromiso reciente. Luego… no sé. Había momentos que parecían mentira y otros que parecían demasiado verdad.
Lucía cerró los ojos.
Otra vez la foto sin nombrarla.
—La mentira empezó en la cena familiar —dijo—. Yo me sentí acorralada y dije que estaba prometida. Nico entró y siguió el juego. No debimos dejar que creciera. Lo aclaramos con mis padres después de la reunión del jueves.
—Entiendo.
—No. No lo entiendas demasiado rápido. Ya tengo suficiente gente razonable últimamente.
—Lo intentaré de forma torpe.
—Gracias.
Eduardo guardó silencio un segundo.
—¿Estás bien?
Lucía miró el estudio.
El sofá verde.
Los platos azules.
El dossier abierto.
La lámpara horrible en la esquina, esperando su quizá.
—Sí. Rara, pero bien.
—¿Y Nico?
—Tendrías que preguntárselo a él.
—Justo.
Silencio.
Eduardo respiró.
—Mi padre no sabe nada.
—Lo imaginaba.
—Se lo diré yo antes de la reunión. Con calma.
—Te lo agradezco.
—Lucía.
—¿Sí?
—Alfonso no invertirá porque estés o no prometida con Nico. Eso puede ser un detalle pintoresco para una cena, pero no mueve una decisión de capital.
—No quiero detalles pintorescos alrededor del proyecto.
—Lo sé. Y haces bien. Pero no le des más poder del que tiene.
Lucía apoyó la mano sobre el respaldo de una silla.
—El problema es que durante años he sentido que cualquier cosa personal mía le daba a la gente permiso para no tomarse en serio lo profesional.
—Eso sí lo entiendo.
—No estoy pidiendo absolución.
—No te la estoy dando.
—Bien.
—Lo que te digo es que el dossier es bueno. Muy bueno. Y si mi padre pregunta por el compromiso, le diré que fue un asunto personal mal gestionado y ya aclarado. Si quiere hablar de negocio, hablamos de negocio. Si no, no merece entrar.
Lucía se quedó en silencio.
—Eso ha sido útil.
—Estoy teniendo una racha.
—No abuses.
Eduardo rio.
—Me alegro de que lo hayas contado.
—Tarde.
—Pero lo has contado.
—Sí.
—Y, para que conste, no me siento utilizado.
Lucía tragó saliva.
—Gracias.
—Un poco entretenido sí.
—Eduardo.
—Perdón. Era inevitable.
—No lo era.
—No del todo.
Lucía sonrió a su pesar.
—El lunes hablamos entonces.
—El lunes. Y Lucía.
—¿Qué?
—Sigo pensando que no deberías huir del proyecto por miedo a lo que otros mezclen con él.
Ella miró el título del dossier.
Los Olivos: mesa abierta.
—No voy a huir.
—Bien.
—Ese bien se queda.
—Sigo sin entender esa regla, pero me alegro.
Colgó.
Lucía dejó el móvil sobre la mesa y respiró.
La mentira, poco a poco, perdía habitaciones.
Primero sus padres.
Luego Eduardo.
Después Alfonso.
No era limpio.
Pero era avance.
A las once, Samira llegó con una carpeta de proveedores, un café y cara de haber elegido conscientemente no preguntar.
Lo cual significaba que iba a preguntar al sentarse.
—¿Qué ha pasado? —dijo.
Lucía le contó.
Samira escuchó sin interrumpir, que en ella era una forma avanzada de amistad.
—Bien —dijo al final.
—¿También tú?
—No me suspendas. Estoy embarazada de paciencia y no es mío.
—Eso no tiene sentido.
—Me da igual. Has hecho bien.
Lucía se dejó caer en el sofá verde.
—Eduardo se lo ha tomado mejor de lo esperado.
—Eduardo está disfrutando de ser decente como quien estrena traje.
—Qué imagen tan exacta.
—Me cae mejor desde que aceptó que no pinta nada.
—Eso es muy atractivo para ti, ¿no? Hombres que aprenden a no ocupar espacio.
Samira abrió la carpeta.
—No exageres. Jaime sigue ocupando espacio incluso por mensaje y mírame.
Lucía levantó las cejas.
Samira la apuntó con un bolígrafo.
—No he dicho nada.
—Has dicho mucho.
—Proyección.
—Cobarde.
—Florista.
Trabajaron hasta la una.
La segunda prueba, que ya no podían llamar prueba porque Samira había decidido que las palabras construían realidad y algunas realidades salían caras, empezó a tomar forma bajo el nombre de Los Olivos: mesa abierta.
No sería cena familiar.
No sería evento de compromiso.
No sería demostración de inversores.
Sería un encuentro privado de veinte personas: potenciales clientes seleccionados, un par de asesores de Alfonso, quizá una pareja que buscaba un lugar íntimo para una celebración no nupcial, dos contactos de empresa boutique y nadie que pronunciara la palabra boda sin autorización previa.
—¿Y Mercedes? —preguntó Samira.
—Mercedes se autoinvita aunque pongamos seguridad.
—Entonces ponla en el concepto. Cualquier cosa inevitable debe convertirse en recurso.
—Eso suena a lo que hicimos con Jaime.
—Jaime aún está en fase de riesgo no monetizable.
Lucía añadió notas.
Fases.
Invitados.
Recorrido.
Mesa.
Patio.
Cocina.
Bodega.
Casa de invitados no abierta.
Mención mínima a la mesa de Amparo, con permiso.
Control de relato.
Control de relato.
Subrayó esas tres palabras.
A las dos, Beatriz envió una foto.