Capítulo 31 #3
Lucía levantó una ceja.
—¿Quieres meterte en mis presupuestos?
—No decidirlos. Revisarlos contigo si quieres.
—Muy matizado.
—Estoy intentando no morir.
—Estrategia aceptable.
Pidieron postre porque la camarera recomendó mochi y Lucía decidió que una primera cita después de una falsa pedida merecía algo pegajoso y difícil de comer con elegancia.
Fue una buena decisión.
Nico casi se atragantó con uno de té verde.
Lucía se rio tanto que la pareja mayor de la mesa de al lado la miró con aprobación.
—No digas nada —dijo Nico, tosiendo.
—No iba a hacerlo.
—Mentira.
—Sí.
Él sonrió.
—Te lo concedo.
Cuando salieron del restaurante, la noche era suave y Madrid olía a asfalto tibio, comida y vida ajena. Caminaron sin hablar durante unos metros.
—Ha ido bien —dijo Lucía.
—Sí.
—No parezcas tan sorprendido.
—Estoy aliviado.
—Eso es más aceptable.
—Y contento.
Lucía lo miró.
Nico no retiró la palabra.
Contento.
Qué palabra tan sencilla.
Qué difícil.
—Yo también —dijo ella.
A Nico se le suavizó la cara.
Lucía tuvo que mirar hacia delante.
—No te emociones visiblemente en la vía pública.
—Lo intento.
—Regular.
—Muy regular.
Caminaron hasta una plaza pequeña. No la del domingo. Otra. Había una fuente apagada, bancos de metal, un quiosco cerrado y un árbol enorme que lanzaba sombra sobre la acera.
Lucía se detuvo.
—Aquí podemos despedirnos.
Nico miró alrededor.
—Aquí?
—Sí. Si seguimos caminando, acabaré invitándote al estudio a ver la lámpara horrible.
Él la miró.
—Y no quieres?
Lucía respiró hondo.
La respuesta era sí.
Por eso no.
—Quiero ir despacio.
—Entonces aquí.
No hubo decepción en su voz.
O sí la hubo, pero no reproche.
Eso lo hizo más fácil y más difícil.
Lucía dio un paso hacia él.
—Puedes besarme.
Nico sonrió apenas.
—¿Eso es una autorización o una orden?
—No abuses.
—Autorización entonces.
—Con cierto margen imperativo.
Él rio en voz baja.
Luego se acercó.
Esta vez no preguntó otra vez.
No hacía falta.
El beso fue distinto al del domingo.
Menos tembloroso.
Más consciente.
Lucía ya sabía cómo era besarlo sin mentira alrededor. Nico ya sabía que podía tocarla sin convertirlo en reclamación. Aun así, el primer contacto tuvo algo de descubrimiento. Una boca diciendo: sigo queriendo esto. La otra respondiendo: yo también, pero despacio.
Nico la besó con suavidad al principio, una mano en su cintura, la otra sin atreverse a subir hasta que ella le tocó el cuello. Entonces sí. Le sostuvo la cara con cuidado, como si todavía preguntara.
Lucía se acercó un poco más.
No mucho.
Lo suficiente para que el cuerpo recordara que ir despacio no significaba no sentir.
Cuando se separaron, ella apoyó una mano en su pecho para marcar distancia y quedarse allí a la vez.
Contradicciones prácticas.
—Lámpara otro día —dijo.
Nico tenía la respiración algo alterada.
A ella le gustó demasiado.
—Lámpara otro día.
—Y cocinar quizá.
—Cocinar quizá.
—No en la misma cita que la lámpara. Sería excesivo.
—Apunto escalado de intimidad: lámpara, cocina, quizá más adelante ventilación.
Lucía soltó una carcajada.
—No puedes evitarlo.
—No del todo.
Ella negó con la cabeza, sonriendo.
—Buenas noches, Nico.
—Buenas noches, Lucía.
Se separaron.
Esta vez, Lucía se fue primero.
No porque huyera.
Porque su portal estaba en esa dirección y porque alejarse después de un beso elegido también era una forma de aprender que el mundo no se acababa.
Al llegar al estudio, no entró.
Se quedó un momento frente al escaparate oscuro.
EVENTOS ÍNTIMOS, ESPACIOS CON ALMA.
Sacó el móvil.
Mensaje de Nico.
“Logística: he llegado al metro. No me he atragantado con más postres.”
Lucía sonrió.
“Excelente gestión de riesgos.”
“Miércoles quizá ha ido bien?”
Lucía apoyó la espalda en la persiana cerrada.
Escribió:
“Miércoles quizá ha ido bien.”
Nico:
“Me alegro.”
Lucía dudó.
Luego escribió:
“Frase moderadamente imprudente: me ha gustado verte.”
Envió antes de arrepentirse.
Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.
Desaparecieron.
Volvieron.
Nico:
“Frase peligrosa no retirada: a mí me ha gustado muchísimo.”
Lucía cerró los ojos.
Sonrió como una idiota.
No contestó enseguida.
Guardó el móvil, caminó hasta casa y se dejó entrar en el portal con esa sensación nueva y peligrosa de estar volviendo de algo que no había destruido nada.
Al llegar al apartamento, había un mensaje de Beatriz.
“¿Has cenado?”
Lucía rio.
Respondió:
“Sí. Japonés. Sin flores.”
Beatriz:
“Bien.”
Luego:
“¿Estás bien?”
Lucía pensó en Nico en la puerta del restaurante. En el mochi casi homicida. En el beso bajo el árbol. En la lámpara quizá. En la cocina quizá. En el anillo guardado. En el proyecto abierto. En su madre preguntando sin empujar.
Respondió:
“Sí. De verdad.”
Tardó un poco en llegar la respuesta.
“Me alegro.”
Lucía dejó el móvil en la mesilla.
Esa noche no miró la foto del naranjo.
No porque doliera.
No porque no quisiera.
Porque por primera vez tenía un recuerdo nuevo que no necesitaba comprobar en una pantalla.
Miércoles quizá.
Una cena normal.
Un beso sin emergencia.
Y una lámpara horrible esperando su turno.