Capítulo 31 #2
El restaurante era pequeño, de madera clara, luz cálida y mesas estrechas. No había familia. No había bodega. No había naranjos. Había una pareja mayor compartiendo sopa, dos estudiantes con ramen, un hombre leyendo en la barra y una camarera con delantal negro.
Sillas aceptables.
Peligroso.
Se sentaron frente a frente.
—Esto es raro —dijo Lucía.
—Sí.
—No porque estés tú.
—No?
—Bueno, sí. Pero no solo.
Nico sonrió.
—Buena aclaración.
—Es raro hacer algo normal contigo.
—Podemos hacerlo mal.
—Eso seguro.
Pidieron demasiado.
Gyozas, ramen, edamame, berenjena con miso y algo que Nico aseguró que le gustaba aunque Lucía no entendió el nombre y se negó a preguntarlo por orgullo.
Durante los primeros diez minutos hablaron de temas increíblemente normales.
El tráfico.
El trabajo.
El clima.
Una reforma que Nico tenía en Malasaña.
Una clienta de Lucía que quería una fiesta “sencilla” con tres tipos de iluminación y un arpista.
—La palabra sencilla debería regularse —dijo Nico.
—Totalmente. Mi madre debería necesitar licencia para usarla.
—Beatriz está mejor?
Lucía dejó los palillos un segundo.
—Sí. Vino ayer al estudio.
—¿Sí?
—Con platos.
Nico sonrió.
—Eso también era inevitable.
—Compró dos más.
—¿Cuántos hacen eso?
—Once.
—¿Para una mesa de veinte?
—No intentes entenderlo. Es arte materno no operativo.
Nico rio.
—¿Y fue bien?
Lucía pensó en su madre mirando el estudio, en “me gustaría venir más”, en la foto bajo el naranjo.
—Sí. Fue raro. Pero bien.
—Me alegro.
—Mi padre quiere hablar con Alfonso el lunes.
—Me escribió.
Lucía levantó la vista.
—¿Te escribió mi padre?
—Sí. Sobre el informe técnico. Y para preguntarme disponibilidad para una posible mesa abierta.
—Mesa abierta?
—¿No se llama así?
Lucía se quedó mirándolo.
—Se lo dije a Samira ayer.
—Arturo lo usó en el mensaje.
Lucía sonrió despacio.
—Vaya.
—¿Qué?
—Mi padre ha usado una propuesta estética sin fingir que la inventó él.
—Hito.
—Monumento.
—Placa.
Lucía lo señaló con un palillo.
—No te unas al enemigo de las placas.
—Perdón.
—Suspendida.
—Retirada.
La comida llegó.
Comieron.
El ramen humeaba entre ambos y obligaba a bajar la mirada, soplar, reírse cuando algo salpicaba.
Lucía descubrió que Nico era demasiado competente con los palillos y decidió que eso también era irritante.
Nico descubrió que Lucía se peleaba con los fideos como si fueran una negociación familiar y tuvo la inteligencia de no comentarlo hasta que ella casi perdió un trozo de berenjena.
—Ni una palabra —dijo ella.
—No he dicho nada.
—Tu silencio ha sido ofensivo.
—Pido disculpas a la berenjena.
Lucía se rio.
La risa fue fácil.
No como en Los Olivos, donde cada risa abría una puerta al pasado.
Aquí era más simple.
No menos importante.
Solo menos rodeada de muebles antiguos.
A mitad de la cena, Nico apoyó los palillos sobre el cuenco.
—Puedo hacerte una pregunta de cita normal?
Lucía se limpió la boca.
—Depende de si tu definición de normal se ha recuperado.
—No del todo.
—Adelante.
—¿Qué te gusta hacer cuando no trabajas?
Lucía lo miró fijamente.
—Esa pregunta es muy agresiva.
—Lo sospechaba.
—No sé.
Nico esperó.
—No esperes con esa cara de “descubramos la vida interior de Lucía Montoro”. Me pone nerviosa.
—Estoy cambiando de cara.
—No mejoras.
Nico sonrió.
Lucía pensó.
Era una pregunta sencilla.
Demasiado.
¿Qué le gustaba hacer cuando no trabajaba?
Antes le gustaban muchas cosas. Pasear sin rumbo. Entrar en tiendas antiguas. Ir al cine sola. Cocinar mal con música. Hacer listas de lugares a los que no iba. Dibujar mesas imaginarias. Besar a Nico detrás del invernadero. Soñar Lisboa.
Luego, durante años, mucho de eso se había convertido en ruido. Trabajo, familia, intentos de demostrar algo, cansancio.
—Me gustan los mercados —dijo al fin.
—Eso lo sé.
—No, no como el de la finca. Mercados de barrio. Sitios donde la gente compra cosas normales y discute por tomates.
—Eso suena muy tú.
—También me gusta ir al cine sola.
Nico levantó las cejas.
—¿Sola?
—Sí. Nadie comenta, nadie pregunta si me está gustando, nadie roba palomitas y puedo llorar en películas mediocres sin testigos.
—Información importante.
—No uses esto en mi contra.
—Jamás.
—También me gusta caminar por ciudades que no conozco y entrar en papelerías.
—Cuadernos?
—Muchos.
—¿Y usarlos?
—No necesariamente. No seas invasivo.
Nico sonrió.
—Me gusta saberlo.
Lucía sintió calor en la cara y lo combatió con agua.
—Tu turno.
—Me gusta cocinar.
—Eso no lo sabía.
—Lo hago poco, pero me gusta.
—¿Bien o como hombre que cree que poner romero es tener personalidad?
Nico se llevó una mano al pecho.
—Herido.
—Contesta.
—Bastante bien.
—Eso habría que verificarlo.
—Cuando quieras.
La frase salió simple.
Y, aun así, la mesa cambió de temperatura.
Cuando quieras.
Una cena en su casa.
Una cocina.
Un futuro pequeño.
Lucía bajó la mirada al cuenco.
—Frase peligrosa.
—Sí.
—No retirada.
—No.
Silencio.
No incómodo.
Cargado.
Nico siguió:
—También me gusta restaurar cosas que nadie me paga por restaurar.
—Eso es muy arquitecto emocionalmente afectado.
—Probablemente.
—¿Qué cosas?
—Sillas. Lámparas. Una radio antigua que no funciona pero insiste en ocupar espacio.
Lucía sonrió.
—Yo tengo una lámpara horrible en el estudio que podría gustarte.
—La estructura metálica del coche?
—No. Esa es patrimonio de guerra.
—Entonces quiero verla.
Lucía lo miró.
Otra posibilidad.
Nico en su estudio.
Sin crisis.
Sin familia.
Sin café de supervivencia.
Solo viendo una lámpara horrible.
—Quizá.
—Miércoles quizá ha evolucionado a lámpara quizá.
—No te emociones.
—Me emociono con cautela.
—Aprendes.
La cena siguió.
Hablaron de pequeñas cosas como si fueran excavaciones delicadas.
Nico le contó que de niño desmontaba enchufes y su madre casi lo mató tres veces.
Lucía le contó que de adolescente había falsificado una firma de Arturo para no ir a un curso de protocolo y Beatriz lo había descubierto porque la “A” era demasiado alegre.
Nico habló de Valencia, de Amparo, de una terraza llena de plantas con nombres.
Lucía habló de Samira, de clientes absurdos, de su miedo a que Estudio Luma no terminara de sostenerse.
Nico no le dijo “se sostendrá”.
Preguntó:
—¿Qué necesitarías para que se sostuviera mejor?
Lucía se quedó mirándolo.
Esa pregunta.
No consuelo.
No frase bonita.
Estructura.
—Clientes recurrentes —dijo—. Menos eventos sueltos. Un acuerdo con espacios pequeños. Quizá Los Olivos si sale bien, pero no quiero depender solo de mi familia.
—Bien.
—No me digas bien como mi padre.
—Perdón.
—También necesito aprender a presupuestar sin disculparme.
—Eso puedo revisarlo si quieres.