Capítulo 31
Miércoles quizá
El lunes, Nico escribió a las diez y diecisiete.
Lucía lo supo porque no estaba esperando el mensaje.
En absoluto.
Ni había mirado el móvil cada cuatro minutos desde las nueve y media, ni había colocado la pantalla boca arriba sobre la mesa del estudio, ni había interpretado cada vibración de la calle como posible notificación.
Eso habría sido patético.
Y ella, aunque estaba en una fase de fragilidad emocional con tendencia a la estupidez romántica, conservaba ciertos estándares.
El mensaje decía:
“Logística: ¿miércoles a las 19:30 te va bien?”
Lucía miró la pantalla.
Logística.
Él había cumplido.
Nada de frases peligrosas. Nada de “he pensado en ti”. Nada de “el domingo fue importante”. Nada de “me cuesta no escribirte”. Nada que pudiera hacerle apoyar la frente contra la mesa y emitir un sonido indigno.
Logística.
Le dieron ganas de besarlo y de tirarle un archivador.
Respondió:
“Miércoles a las 19:30. ¿Dónde?”
Nico tardó tres minutos.
“Sitio normal. Sin bodegas. Sin familia. Sin ventilación.”
Lucía sonrió.
“Eso descarta casi todo nuestro repertorio.”
“Estoy ampliando.”
“¿Qué propones?”
“Un japonés pequeño cerca de Chamberí. Mesas normales. Sillas aceptables. No creo que haya anillos en carta.”
Lucía dejó el móvil sobre la mesa y se tapó la cara con ambas manos.
Frase moderadamente imprudente.
No peligrosa.
No del todo.
Respondió:
“Acepto. Pero si las sillas son buenas, sospecharé.”
“Puedo llamar y pedir que cojeen.”
“No fuerces la naturalidad.”
“Aprendido.”
Lucía dejó el móvil boca abajo.
Luego lo volvió a poner boca arriba.
Porque la dignidad estaba sobrevalorada cuando una tenía trabajo real que evitar.
El lunes siguió con relativa normalidad, si se podía llamar normalidad a revisar una propuesta de negocio con tu padre mientras tu exfalso prometido te enviaba mensajes logísticos y tu madre te consultaba por WhatsApp si “menos boda” era ya una categoría estética consolidada.
A mediodía, Arturo llamó.
No escribió.
Llamó.
Lucía vio su nombre en la pantalla y se preparó para una corrección, una urgencia o una conversación incómoda con treinta segundos de cortesía antes de entrar en materia.
—Hola, papá.
—Hola. ¿Puedes hablar?
Lucía se quedó quieta.
—Sí.
—Alfonso ha revisado el dossier.
—¿Ya?
—Sí.
—Ese hombre tiene demasiado tiempo libre para alguien con tanto dinero.
Hubo un silencio al otro lado.
Luego Arturo dijo:
—No voy a confirmar eso.
Casi una broma.
Lucía se sentó.
—¿Y?
—Está interesado en una conversación formal.
Lucía sintió que el cuerpo se le enderezaba.
—¿Qué tipo de conversación?
—Fase dos. Posible inversión futura. Sin compromiso por ahora.
—¿Y condiciones?
—Aún no las ha planteado. Pero ha sugerido que quizá podríamos hacer una segunda prueba, más orientada a potenciales clientes o socios.
Lucía cerró los ojos.
Ahí estaba.
La siguiente puerta.
—¿Una presentación privada?
—Algo así.
—¿Cuándo?
—Dentro de dos o tres semanas.
—Eso es muy pronto.
—Sí.
—Y muy tentador.
—También.
Lucía se levantó y empezó a caminar por el estudio.
—No quiero que esto se convierta en una huida hacia adelante porque la primera prueba salió bien.
—Estoy de acuerdo.
Lucía se detuvo.
—¿Perdón?
—He dicho que estoy de acuerdo.
—Sí. Lo he oído. Solo necesitaba comprobar si había otra persona en tu despacho con una pistola.
—Lucía.
—Es que últimamente estás muy razonable.
—No abuses.
Ella sonrió.
—De acuerdo. Si hacemos una segunda prueba, tiene que ser controlada. No más de veinte personas. Cero bodas. Cero demostración ostentosa. Y tiene que quedar claro que es una validación de concepto, no una inauguración.
—Eso pensaba.
—Papá.
—¿Sí?
—Me estás quitando parte del placer de llevarte la contraria.
—Lo siento.
—No te creo.
—Haces bien.
Lucía miró el dossier abierto sobre la mesa.
—Quiero dirigirla yo.
—Lo esperaba.
—Y quiero que Nico esté en la parte técnica.
El silencio fue mínimo.
Pero existió.
—Si él acepta —dijo Arturo.
—Si él acepta.
—No mezcles la decisión profesional con lo personal.
Lucía sintió el viejo reflejo de defenderse.
Luego respiró.
—No lo haré.
—Lo digo también por mí.
Eso la sorprendió.
—Ah.
—Nicolás hizo un buen trabajo.
—Sí.
—Y tú también.
Lucía sonrió despacio.
—¿Te duele admitirlo dos veces en tres días?
—Un poco.
—Cuidado. Puedes crear hábito.
—Por eso voy a colgar.
—Vale.
—Y, Lucía.
—¿Sí?
—La propuesta de Alfonso no cambia que tú marques los límites.
Lucía se quedó quieta.
—Gracias.
—Hablamos mañana.
Colgó.
Lucía miró el teléfono.
Luego el estudio.
Luego el plato azul que seguía sobre la mesa con el lino gris verdoso.
—Vale —dijo al aire—. Esto está pasando.
A las cinco, Samira llegó con flores que parecían ramas, ramas que parecían esculturas y una bolsa de patatas fritas.
—No tenía claro si venía como florista, terapeuta o amiga —dijo—. He traído sal para cubrir huecos.
Lucía le contó lo de Alfonso.
Samira no se sorprendió.
—Era cuestión de tiempo.
—¿Tan obvio era?
—Tu padre olió inversor, el inversor olió margen y tú oliste control creativo. Es una cadena alimentaria.
—Qué imagen tan preciosa.
—De nada.
Samira revisó las fotos, los platos, las notas y el posible formato de una segunda prueba. A los veinte minutos ya había diseñado medio concepto en una servilleta.
—No lo llames segunda prueba —dijo.
—¿Cómo lo llamo?
—Mesa piloto extendida.
—Eso suena a avión.
—Entonces no.
—Encuentro privado?
—Demasiado genérico.
—Presentación de fase piloto.
—Muy Arturo.
Lucía se estremeció.
—Retirado.
Samira pensó un segundo.
—Los Olivos: mesa abierta.
Lucía la miró.
—Eso me gusta.
—Lo sé.
—Suspendida.
—No aplica. Soy proveedora.
Lucía apuntó el título.
Los Olivos: mesa abierta.
Funcionaba.
No como boda.
No como evento de lujo vacío.
Como invitación.
Como casa que, por fin, no se cerraba sobre sí misma.
El martes fue de llamadas, presupuestos y una visita inesperada de Beatriz al estudio.
Lucía estaba pegando muestras en un panel cuando su madre apareció en la puerta con una bolsa de papel y una expresión de “no quiero molestar pero ya estoy aquí”.
—Hola —dijo Beatriz.
Lucía se quedó con la barra de pegamento en la mano.
—Hola.
—Pasaba cerca.
—Mamá, vives en la otra punta.
—Relativamente cerca en coche.
Lucía sonrió.
—Pasa.
Beatriz entró con cautela, como si el estudio fuera una habitación nueva dentro de su hija y no quisiera mover nada sin permiso.
Eso, por sí solo, ya era un avance.
—Te he traído los dos platos que faltaban —dijo—. Bueno, los dos que compré después.
Lucía cerró los ojos.
—Mamá.
—No son blancos.
—Eso no elimina automáticamente el delito.
Beatriz sacó los platos de la bolsa.
Azul oscuro, cerámica irregular, un poco más pequeños que los otros.
Preciosos.
Lucía los miró.
Luego a su madre.
—Funcionan.
Beatriz sonrió como si acabaran de perdonarle una multa.
—Lo sabía.
—No te emociones. Has comprado once platos para una composición que necesitaba ocho.
—Nueve.
—Ocho.
—Ya discutimos esto.
—Y perdí por agotamiento.
Beatriz miró el estudio.
El sofá verde.
Las telas.
Las fotos.
El panel con Los Olivos.
—Es más bonito de lo que recordaba.
Lucía sintió una punzada.
—Has estado aquí pocas veces.
—Lo sé.
La frase se quedó un momento.
Beatriz dejó la bolsa en la mesa.
—Me gustaría venir más. Si quieres.
Lucía se quedó inmóvil con una muestra de lino en la mano.
—Podrías.
—No a opinar.
Lucía levantó una ceja.
—Bueno —corrigió Beatriz—. No a opinar sin que me preguntes.
—Eso suena más realista.
—Estoy practicando.
Lucía sonrió.
—Se nota.
Beatriz miró la foto de la bodega en la mesa.
La mesa de Amparo desde el umbral.
Luego vio otra, más pequeña, impresa sin querer entre los materiales.
La foto bajo el naranjo.
Lucía siguió su mirada.
El estudio se quedó en silencio.
Beatriz no la tocó.
No la cogió.
No comentó.
Solo dijo:
—No la he enviado a nadie.
—Lo sé.
—Tampoco la he mirado todos los días.
Lucía la miró.
Beatriz hizo una mueca.
—Dos.
Lucía soltó una risa.
—Yo también.
—Mentira.
—Tres.
—Mejor.
La risa aflojó algo.
Beatriz se acercó a la puerta, luego se detuvo.
—¿Vas a verlo?
Lucía sintió que el cuerpo se le tensaba.
—Mañana.
Beatriz asintió.
No preguntó dónde.
No preguntó qué iban a hablar.
No preguntó si habían vuelto.
Lucía notó el esfuerzo.
—Mamá.
—¿Sí?
—Gracias por no preguntar.
Beatriz respiró despacio.
—Me cuesta.
—Lo sé.
—Esa expresión sigue siendo de Nico.
Lucía sonrió.
—Suspendida para todos.
—Bien.
Beatriz abrió la puerta.
—Come.
Lucía la miró.
—¿Tú también?
—Carmen me escribió.
—Esto se está convirtiendo en una secta alimentaria.
—Una secta sensata.
Y se fue.
El miércoles llegó más despacio de lo que Lucía habría querido y más rápido de lo que podía soportar.
A las seis y diez, cerró el portátil.
A las seis y doce, volvió a abrirlo.
A las seis y dieciséis, Samira le envió un mensaje:
“Cierra el portátil.”
Lucía miró alrededor, alarmada.
Respondió:
“¿Me estás vigilando?”
“Te conozco.”
Lucía cerró el portátil.
A las seis y media, empezó a arreglarse en el baño del estudio porque ir a casa habría implicado demasiado margen para cambiarse de ropa, de opinión y quizá de identidad. Llevaba la blusa negra, los vaqueros oscuros y la chaqueta beige. Se pintó un poco los labios.
Luego se los quitó.
Luego se puso un poco menos.
Luego se insultó en voz baja.
A las siete y veinte salió hacia el japonés.
Llegó a las siete y veintinueve.
Nico estaba en la puerta.
No dentro.
En la puerta.
Como si no quisiera empezar la cita sin ella.
Eso fue una frase peligrosa sin palabras.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
Se miraron.
No se tocaron.
A diferencia del domingo, eso ya no fue incomodidad pura.
Fue una decisión con memoria.
—¿Las sillas? —preguntó Lucía.
—Las he inspeccionado desde fuera. Parecen aceptables.
—Eso resta emoción.
—Puedo fingir preocupación estructural.
—No traigas tu trabajo a esta cita.
La palabra cita salió.
Los dos la oyeron.
Nico sonrió apenas.
—Cita.
Lucía levantó un dedo.
—No te emociones.
—Tarde.
—Muy mal.
—Mucho.
Entraron.