mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—Ya he fracasado un poco.

Lucía se rio.

Nico también.

La risa dejó algo limpio en el banco.

—También pensé —añadió ella— que te odiaba.

Nico no dejó de mirarla.

—Lo sé.

—Y que quería que me sacaras de allí.

—También.

—Y eso me enfadó más.

—Sí.

Lucía apoyó la espalda en el banco.

—Sigo enfadada a ratos.

—Lo sé.

Ella lo miró con amenaza leve.

—No retirada.

—Vale.

—Pero ya no quiero vivir dentro de ese enfado.

La frase salió tan simple que casi no la reconoció.

Nico se quedó muy quieto.

—Eso es mucho.

—Sí.

—No sé qué decir.

—Mejor.

—Bien.

—Ese bien se queda.

Nico asintió.

Un niño pasó corriendo delante de ellos con una pelota. La pelota golpeó el pie de Nico. El niño se detuvo, horrorizado.

—Perdón.

Nico recogió la pelota y se la devolvió.

—No pasa nada.

El niño se fue corriendo.

Lucía lo observó.

—Has gestionado bien una emergencia esférica.

—Tengo formación en obra.

—Claro. Cascos, planos, pelotas.

—Todo requiere reflejos.

Ella sonrió.

Se quedó mirando la mano de Nico sobre el banco.

Esta vez no pidió permiso en voz alta.

Apoyó su mano junto a la de él.

Los nudillos se tocaron apenas.

Nico no se movió.

Durante varios segundos solo existió ese contacto mínimo, casi infantil, más íntimo que algunos besos porque no servía para convencer a nadie.

Lucía respiró.

—Esto no es una respuesta —dijo.

—No.

—No significa que estemos juntos.

—No.

—No significa que vaya a ser fácil.

—No.

—No significa que no puedas meter la pata y yo también.

—Eso casi está garantizado.

Lucía soltó una risa.

—Muy romántico.

—Estoy reduciendo expectativas para mejorar satisfacción.

—Técnica comercial pobre.

—La revisaré.

Ella giró la mano.

Esta vez sí.

Entrelazó sus dedos con los de él.

Nico dejó de respirar un segundo.

Luego cerró la mano alrededor de la suya.

Suave.

Sin prisa.

Sin reclamar.

Lucía miró sus manos unidas.

No sintió que traicionaba a la chica de la estación.

No del todo.

Sintió que la chica de la estación quizá llevaba años esperando que alguien le dijera que ya podía levantarse.

Que no tenía que seguir sentada allí para demostrar que le dolió.

Que podía irse.

O volver.

O tomar café.

O tocar una mano en un banco de Madrid sin convertirlo en sentencia.

—Me gustaría probar —dijo.

La voz le salió baja.

Nico la miró.

—¿Qué?

Lucía sostuvo su mano.

—No volver. No retomar. No reparar de golpe. Probar. Una cita. Una conversación. Un miércoles quizá. Una forma de conocernos sin hacer trampa.

Nico cerró los ojos.

Cuando los abrió, había emoción en ellos.

Demasiada.

Pero no intentó esconderla del todo.

—Me gustaría mucho.

Lucía sintió que algo se abría.

—Sin anillo.

—Sin anillo.

—Sin familia.

—Sin familia.

—Sin bodega.

—Sin bodega.

—Aunque la bodega es bonita.

—Mucho.

—No ayudas.

—Perdón.

—Suspendida.

—Retirada.

Se quedaron así un rato.

De la mano.

En una plaza cualquiera.

El mundo no explotó.

Nadie aplaudió.

No apareció Mercedes detrás de un árbol, aunque Lucía no habría apostado dinero en contra.

Y entonces Nico dijo:

—Hay algo que sí quiero pedirte.

Lucía se tensó.

Él lo notó y apretó apenas sus dedos.

—No es eso.

—Más te vale.

—Quiero pedirte que, si en algún momento te asustas, me lo digas antes de irte.

Lucía miró sus manos.

—Eso es justo.

—Y yo te diré cuando me asuste antes de callarme.

—Eso también.

—Probablemente lo haremos mal.

—Muy mal.

—Pero podemos saber qué estamos intentando no repetir.

Lucía asintió.

—Sí.

El móvil de Lucía vibró en su bolso.

No quería mirarlo.

Lo miró.

Mensaje de Jaime.

“Informe urgente: mamá pregunta si es demasiado pronto para invitar a Samira a comer otro día. Papá ha dicho que no use la palabra invitar como arma. Carmen ha asentido. Mercedes cree que tu café ya debería haber terminado o estar complicándose. Yo apuesto por complicándose.”

Lucía se echó a reír.

Nico la miró.

—¿Jaime?

Ella le enseñó el mensaje.

Nico leyó y sonrió.

—Tiene buen instinto.

—Es insoportable.

—También.

Lucía escribió:

“Estoy viva. No apuestes.”

Jaime respondió al instante:

“Demasiado tarde.”

Lucía guardó el móvil.

—Mi familia va a ser un problema.

—Sí.

—La tuya también.

—Mi madre ha preguntado si puede mandar tomates a tu estudio.

Lucía lo miró.

—Eso no es un problema. Eso es logística emocional de calidad.

—Se lo diré.

El sol se movió un poco en la plaza.

Lucía no sabía cuánto tiempo llevaban allí. Media hora. Una vida pequeña. No importaba demasiado.

Nico miró sus manos.

—¿Puedo hacer una pregunta que quizá sea demasiado pronto?

—Puedes hacerla. Yo puedo no responder.

—Perfecto.

—Qué eficiente.

—¿Puedo besarte?

El corazón de Lucía se detuvo.

Luego hizo todo lo contrario.

La pregunta no fue una invasión.

No fue una emergencia.

No fue un gesto para convencer a una familia, ni para tapar una herida, ni para ganar una discusión, ni para cerrar una escena preciosa.

Fue una pregunta.

Clara.

Vulnerable.

Esperando un no posible.

Lucía lo miró.

Podía decir que no.

Y él no se movería.

Eso lo cambió todo.

—Sí —dijo.

Nico no se lanzó.

No sonrió como si hubiera ganado.

Solo soltó el aire despacio.

Luego se inclinó hacia ella.

El beso fue suave.

Breve al principio.

Un roce que preguntaba incluso después de haber recibido respuesta.

Lucía cerró los ojos y le sostuvo la mano más fuerte.

Nico levantó la otra mano hasta su mejilla, despacio, y ella no se apartó. El beso se profundizó apenas, lo justo para que el cuerpo recordara la bodega, la mesa de Amparo, la lluvia bajo el porche, la canción en el coche.

Pero también para que supiera que esto no era aquello.

No había mentira alrededor.

No había público.

No había emergencia.

Solo una plaza, una silla mala superada, café en la boca y una decisión pequeña que no prometía más de lo que podía sostener.

Cuando se separaron, Lucía no abrió los ojos enseguida.

Nico apoyó la frente contra la suya durante un segundo.

Solo uno.

Luego se apartó.

No demasiado.

—Hola otra vez —dijo él en voz baja.

Lucía se rio, con los ojos todavía cerrados.

—Eres idiota.

—A ratos.

Abrió los ojos.

Nico la miraba como si el domingo acabara de darle algo que no quería sujetar demasiado fuerte por miedo a romperlo.

—Miércoles quizá —dijo ella.

—Miércoles quizá.

—Y no me escribas una frase peligrosa esta noche.

—¿Puedo escribir una frase moderadamente imprudente?

—No.

—¿Una logística?

—Eso sí.

—Entonces te escribiré para confirmar miércoles.

Lucía sonrió.

—Bien.

—Ese bien?

—Se queda.

Caminaron de vuelta hacia La Dársena despacio. No cogidos de la mano todo el tiempo. A ratos sí. A ratos no. Aprendiendo la distancia nueva sin convertirla en examen.

Al llegar a la esquina de la calle San Damián, Lucía se detuvo.

Su estudio estaba a pocos metros.

Nico miró el escaparate.

EVENTOS ÍNTIMOS, ESPACIOS CON ALMA.

—Me sigue pareciendo bonito —dijo.

—Porque lo es.

Él la miró.

Ella sostuvo la mirada.

—Estoy practicando.

—Se te da bien.

—Frase peligrosa.

—Moderadamente imprudente.

—Aceptada provisionalmente.

Nico sonrió.

—Me voy. Si entro, corro el riesgo de opinar sobre la distribución de una estantería y destruir lo que hemos avanzado.

—Muy sabio.

—Estoy aprendiendo.

—A golpes.

—A golpes.

No se besaron otra vez.

No hacía falta.

Eso también fue nuevo.

Nico dio un paso atrás.

—Hasta el miércoles, quizá.

—Hasta el miércoles, quizá.

Él se fue calle abajo.

Lucía lo vio alejarse.

No hasta que desapareció.

Solo unos segundos.

Lo bastante para comprobar que irse no era desaparecer.

Luego abrió el estudio.

La luz entró con ella.

Sobre la mesa seguían los platos azules, el lino gris verdoso, las fotos de Los Olivos, el dossier abierto, el cuaderno nuevo.

Lucía dejó el bolso, se apoyó en la mesa y respiró.

El domingo no había resuelto su vida.

No había convertido el dolor en cuento.

No había decidido qué hacer con un anillo guardado.

No había reparado siete años.

Pero había hecho algo mucho más difícil que fingir un compromiso delante de una familia entera.

Había dicho sí a un beso sin necesidad de emergencia.

Y, por primera vez en mucho tiempo, ese sí no sonó como una mentira.

Sonó como un comienzo pequeño.

Imprudente.

Con sillas malas.

Buen café.

Y espacio suficiente para no esconderse.