mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Exacto —dijo ella.

—No lo traje para manipularte.

—Te creo.

—Pero eso no significa que no pudiera sentirse así.

—También lo sé.

Nico casi sonrió.

Ella levantó un dedo.

—Es mío. Yo sí puedo decirlo.

—De acuerdo.

—Suspendida.

—Retirada.

Lucía soltó una risa pequeña.

Nico también.

La tensión bajó un poco.

No desapareció.

Pero aprendió a sentarse.

—¿Por qué lo trajiste de verdad? —preguntó ella.

Nico miró la taza.

No respondió enseguida.

Lucía agradeció que no sacara una frase perfecta de bolsillo.

—Porque soy más sentimental de lo que parezco y menos valiente de lo que me gustaría —dijo al fin.

Ella no esperaba esa respuesta.

—Explícate.

—Cuando acepté el trabajo de Los Olivos, sabía que quizá te vería.

No sabía qué iba a pasar. No tenía derecho a esperar nada.

Pero coger el anillo fue como… llevar conmigo una parte de una promesa que nunca llegué a hacer bien.

No para dártelo. No para pedirlo. Para recordar que, si alguna vez volvía a estar delante de ti, no podía tratarlo como una obra más, un reencuentro casual o una coincidencia.

Lucía escuchó sin moverse.

—Era estúpido —añadió él.

—Sí.

—Y cobarde, porque era un gesto privado que no exigía hacer nada.

—También.

—Y quizá injusto, porque cargaba de significado algo que tú ni siquiera sabías.

—Mucho.

Nico asintió.

—Pero era verdad. Mal llevada, pero verdad.

Lucía miró por la ventana de la cafetería.

La calle seguía con su vida de domingo. Una pareja con un carrito de bebé. Un repartidor en bicicleta. Dos ancianas caminando despacio. Nada de todo aquello sabía que en una mesa del fondo un anillo invisible ocupaba más espacio que las tostadas.

—No sé si algún día querré verlo —dijo.

—No tienes que saberlo ahora.

—Pero quiero que no sea un fantasma.

—¿Qué necesitas?

Buena pregunta.

Terrible.

Lucía volvió a mirarlo.

—Necesito que no lo uses como argumento.

—No lo haré.

—Ni contra ti.

Nico se quedó quieto.

—¿Qué quieres decir?

—Que no quiero que el anillo sea tu forma de castigarte tampoco. De decir “mira todo lo que sentía y no supe hacer”. Ya hay bastante culpa en esta historia. No necesitamos joyería culpable.

La expresión de Nico cambió.

Muy despacio.

Como si la frase le hubiera llegado a una zona que no esperaba que ella tocara.

—Joyería culpable —repitió.

—Sí. Suena a sección mala de grandes almacenes.

Él soltó una risa baja.

Luego se cubrió la cara con una mano.

—Tienes razón.

—Lo sé.

Esta vez ninguno suspendió la frase.

Nico bajó la mano.

—No lo usaré como argumento. Ni para pedir. Ni para pagar deuda. Ni para demostrar nada.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que no significa algo para mí.

Lucía tragó saliva.

—Eso es justo.

—No sé dónde deja eso al anillo.

—Guardado.

—Guardado.

—Por ahora.

Nico asintió.

—Por ahora.

Las palabras se asentaron.

Guardado no era enterrado.

Por ahora no era nunca.

Lucía tomó aire.

—Sobre nosotros.

Nico levantó la mirada.

Allí estaba.

La frase que habían rodeado durante media hora.

Sobre nosotros.

Tan pequeña.

Tan inmensa.

—No quiero volver a donde lo dejamos —dijo ella.

—Yo tampoco.

—No quiero ser aquella Lucía contigo.

—No quiero que lo seas.

—Ni quiero que tú intentes ser el Nico que no fuiste entonces para compensar.

Nico bajó la vista.

—Eso quizá me cueste.

—Lo sé.

—No suspendida?

—No. Esa la compartimos.

Él sonrió apenas.

Lucía apoyó los dedos en el borde de la taza.

—Tampoco quiero que esto se convierta en una especie de reparación romántica preciosa donde todo duele pero todo encaja porque estaba destinado.

—No creo en el destino.

—Menos mal.

—Creo en decisiones.

La frase le llegó despacio.

No como promesa.

Como herramienta.

—Yo también —dijo ella.

Nico sostuvo su mirada.

—Entonces, si hay algo, tendrá que ser una decisión nueva.

Lucía sintió que el corazón se le movía.

—Sí.

—No porque nos quisimos.

—No.

—No porque nos hicimos daño.

—No.

—No porque tu familia ya lo sepa, o mi madre quiera verte, o haya una foto bajo un naranjo que parece demasiado real.

Lucía cerró los ojos un segundo.

La foto.

Siempre.

—No.

—Sino porque tú y yo, ahora, queramos conocernos otra vez.

Lucía abrió los ojos.

Nico no estaba sonriendo.

No estaba intentando ganar.

No estaba pidiendo perdón con la boca mientras pedía amor con los ojos.

Estaba allí.

Con café.

Con miedo.

Con una frase que no la encerraba.

Conocernos otra vez.

Eso sí parecía posible.

Peligroso, pero posible.

—No sé si sé tener una cita contigo —dijo ella.

Nico parpadeó.

—¿Esto es una cita?

—No. Esto es una reunión de crisis con carbohidratos.

—Ya me parecía.

Lucía sonrió.

—Pero quizá algún día haya una cita.

Nico se quedó muy quieto.

—Quizá.

—Una cita normal.

—¿Qué es normal?

—No lo sé. Pero no incluye a mi tía Mercedes, ninguna bodega, falsos compromisos ni tu informe técnico sobre ventilación.

—Puedo dejar la ventilación fuera.

—Muy generoso.

—Mercedes será más difícil.

—Mercedes aparecería aunque quedáramos en Finlandia.

—Cierto.

El humor les dio aire.

Lucía se dio cuenta de que estaba menos rígida. No tranquila, no resuelta, pero menos preparada para defenderse de cada sílaba.

—Podemos empezar por algo pequeño —dijo.

Nico no se movió.

—Como qué?

—No lo sé. Caminar después de este café.

—Eso puedo hacerlo.

—Sin grandes conversaciones.

—Eso me costará más.

—Sin frases peligrosas.

—Eso no puedo prometerlo.

—Al menos intenta reducir daños.

—Lo haré.

Lucía miró la mesa.

La mano de Nico estaba cerca.

No tocándola.

Cerca.

Ya no había pacto de no besarse hasta el jueves. Ya no había falso compromiso que sostener. Ya no estaban en una bodega ni frente a una familia. Podía tocarle la mano.

Podía no hacerlo.

La libertad era una cosa incómoda.

Lenta.

Mucho más difícil que una emergencia.

Lucía movió los dedos.

No llegó a tocarlo.

Nico lo vio.

No se adelantó.

Esperó.

Maldito.

Lucía dejó la mano sobre la mesa, a medio camino.

—Estoy intentando decidir si esto es buena idea —dijo.

Nico miró su mano.

Luego a ella.

—Tocarme?

—No dramatices.

—Estoy intentando aclarar el alcance de la buena idea.

—Técnico.

—Un poco.

Lucía soltó aire.

—Sí. Tocarte.

Nico dejó su mano quieta.

—Puedes decidir que no.

—Lo sé.

—Puedes decidir que sí y luego cambiar de idea.

—Lo sé.

—Puedes…

—Nico.

—Perdón.

—Estabas muy cerca de convertir tocarte la mano en un formulario.

Él bajó la vista, sonriendo.

—Nervios.

La honestidad la ablandó.

Lucía extendió los dedos y tocó su mano.

Solo eso.

La mano de Nico, cálida sobre la mesa de La Dársena, con migas alrededor y una taza vacía al lado.

Él cerró los ojos un segundo.

No apretó.

No giró la mano para atrapar la de ella.

No convirtió el gesto en otra cosa.

Lucía dejó que sus dedos descansaran sobre los de él.

Pequeño.

Enorme.

—Hola —dijo ella, sin saber por qué.

Nico abrió los ojos.

Su voz salió baja.

—Hola.

Y fue ridículo, porque se habían saludado al llegar.

Pero también fue exacto.

Hola, ahora.

Hola, sin mentira.

Hola, no somos lo que fuimos.

Hola, quizá.

Lucía retiró la mano después de unos segundos.

No por arrepentimiento.

Por cuidado.

Nico la dejó ir.

Bien.

Muy bien.

—Caminar —dijo ella.

—Caminar.

Pagaron a medias después de una discusión mínima que Lucía ganó porque Nico todavía valoraba su integridad física. Salieron a la calle. El aire de domingo estaba más templado. La gente seguía siendo gente normal con problemas invisibles.

Caminaron hacia el estudio, pero sin entrar. Luego bajaron por una calle lateral hasta una plaza pequeña con bancos, árboles delgados y niños jugando alrededor de una fuente.

No hablaron al principio.

Lucía se dio cuenta de que el silencio con Nico fuera de Los Olivos tenía otro sabor. Menos cargado de fantasmas. Más expuesto quizá, pero también más nuevo.

—Aquí no parece que pueda aparecer Jaime —dijo Nico.

Lucía miró alrededor.

—No lo digas en voz alta. Podría materializarse detrás de un columpio.

—O Mercedes.

—Mercedes ya está aquí en espíritu, juzgando el mobiliario urbano.

Nico sonrió.

Se sentaron en un banco.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

Sin distancia democrática.

Sin protocolo.

Solo dos personas en un banco con un pasado enorme sentado entre ellas y, quizá, suficiente espacio para que el presente se colara por un lado.

—¿Qué vas a hacer con el proyecto esta semana? —preguntó Nico.

—Enviar versión ajustada el lunes. Hablar con Arturo. Preparar respuesta a Alfonso. Decidir si conviene aceptar siquiera una conversación de inversión.

—¿Quieres aceptarla?

Lucía miró la plaza.

—Quiero escucharla. No comprometer nada.

—Suena bien.

—Y tú?

—Terminar informe técnico. Pasarte desglose de fases. Volver a Madrid el martes.

Lucía notó el dato.

—¿Vuelves?

—Tengo reuniones.

—Claro.

—Y, si quieres, podemos vernos.

Lucía miró sus manos.

—Una cita normal?

—O una reunión sin carbohidratos de crisis.

—No prometo que no haya carbohidratos.

—Me parece sensato.

Lucía sonrió.

—Martes no puedo. Miércoles quizá.

—Miércoles quizá.

—No lo escribas como si fuera contrato.

—No tengo libreta.

—Seguro que tienes una mental.

—Probablemente.

La plaza estaba llena de luz.

No de la luz dorada de Los Olivos.

Luz de ciudad. Más dura. Más verdadera de otra forma.

Lucía respiró hondo.

—Hay algo que quiero preguntarte.

—Dime.

—Cuando me viste en la cena. Antes de que yo mintiera. Antes de todo. ¿Qué pensaste?

Nico tardó.

—Que estabas a punto de romperte o de quemar la casa.

Lucía soltó una risa inesperada.

—Muy posible.

—También pensé que eras más tú de lo que recordaba.

Ella lo miró.

—¿Qué significa eso?

—Que yo llevaba años recordándote a los veinticuatro. En la finca, en la estación, en Lisboa sin Lisboa. Y entonces entraste en esa cena tarde, furiosa, con café en el vestido y una manera de defenderte que me hizo ver que habías seguido viviendo sin mí.

Lucía sintió que la frase le dolía de una forma extraña.

No porque fuera mala.

Porque nombraba algo que ella misma olvidaba.

Había seguido viviendo.

Mal, bien, a trompicones.

Pero había seguido.

—Yo pensé que estabas más guapo —dijo.

Nico giró hacia ella.

Lucía cerró los ojos.

—No quería decir eso.

—Demasiado tarde.

—No te emociones.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Fracasarás.