Capítulo 30
Sillas malas, buen café
El domingo a las once y treinta y siete, Lucía estaba lista.
Lo cual era un problema, porque había calculado salir a las once y cuarenta y cinco.
Ocho minutos eran una cantidad absurda de tiempo cuando una tenía una cita que no era una cita, con un exnovio que no era prometido, en una cafetería de sillas malas y buen café, para hablar de una relación que no era relación pero tampoco podía seguir llamándose error sin mentir de otra manera.
Lucía miró el reloj.
Once y treinta y ocho.
—Perfecto —murmuró—. El tiempo se ha roto.
Se miró en el espejo del recibidor.
Vaqueros oscuros, blusa negra, chaqueta beige. Pelo suelto, apenas domado. Pendientes pequeños. Nada dramático. Nada que pudiera interpretarse como “he pasado veinte minutos decidiendo si llevar labios con color o no”. Aunque los había pasado.
No llevaba labios con color.
Victoria.
Pequeña, pero victoria.
Cogió el bolso, lo soltó, comprobó que tenía llaves, cartera y móvil, volvió a coger el bolso, apagó la luz, abrió la puerta, cerró, volvió a abrir porque había olvidado respirar, respiró, cerró otra vez y bajó las escaleras.
En la calle, Madrid tenía ese aire de domingo que siempre parecía una tregua falsa. Persianas a medio subir, terrazas ocupadas por gente con gafas de sol y poca prisa, perros con más vida social que ella, parejas caminando como si no hubiera decisiones pendientes en el mundo.
Lucía caminó hacia La Dársena con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
La cafetería estaba a siete minutos de su portal y a tres del estudio.
Había elegido ese sitio porque era neutral, sí, pero también porque las sillas eran realmente horribles.
Incómodas, de madera estrecha, con respaldo demasiado recto.
Nadie podía perder el control de su vida sentimental en una silla así.
O eso esperaba.
Llegó a las once y cincuenta.
Demasiado pronto.
Se detuvo frente a la puerta.
Dentro olía a café, mantequilla y tostadas. Había mesas pequeñas, una barra de mármol gastado, plantas colgantes que sobrevivían con dignidad y una camarera que siempre parecía saber si una venía a trabajar, a llorar o a mentirse.
Lucía miró por el cristal.
Nico no estaba.
Bien.
Fatal.
Respiró, empujó la puerta y entró.
—Buenos días —dijo la camarera—. ¿Mesa?
—Sí. Para dos.
La frase salió normal.
Eso la sorprendió.
La camarera la miró un segundo más de lo habitual.
—Al fondo hay una libre.
Lucía eligió la mesa junto a la pared, no junto a la ventana. La ventana habría sido demasiado cinematográfica. La pared daba apoyo. La silla, como recordaba, era una agresión.
Perfecto.
Se sentó, dejó el bolso en la silla de al lado, luego lo quitó porque la silla era para Nico, luego lo puso en el suelo y se sintió ridícula en tres movimientos consecutivos.
La camarera se acercó.
—¿Quieres pedir ya?
—Un café con leche. Sin azúcar.
—¿Algo de comer?
Lucía abrió la boca para decir que no.
Carmen apareció en su cabeza con una mirada severa.
—Una tostada con tomate.
—Perfecto.
La camarera se marchó.
Lucía sacó el móvil.
Once y cincuenta y cuatro.
Tenía varios mensajes.
Patricia: “Respira.”
Jaime: “No digas ‘técnicamente’ bajo ningún concepto. Cobraré por este consejo.”
Samira: “Sillas malas. Buen café. Sin respuestas preparadas.”
Beatriz: “Buenos días. Espero que estés bien.”
Lucía se quedó mirando el mensaje de su madre.
No ponía “suerte”.
No ponía “habla con él”.
No ponía “cuéntame luego”.
Solo espero que estés bien.
Respondió:
“Estoy bien. Luego te escribo.”
Tres puntos.
Luego Beatriz:
“Come algo.”
Lucía sonrió.
La influencia de Carmen se extendía como una religión práctica.
“Estoy esperando una tostada.”
Beatriz:
“Bien.”
Lucía bloqueó el móvil.
A las once y cincuenta y ocho, la puerta se abrió.
Nico entró.
Y el cuerpo de Lucía, que durante una semana había firmado pactos, cláusulas, distancias de seguridad y protocolos éticos, decidió comportarse como un animal sin formación.
Lo vio antes de que él la viera.
Abrigo azul oscuro, camiseta blanca, vaqueros, barba de dos días, el pelo ligeramente revuelto por la calle. Nada elegante de finca. Nada de falso prometido. Nada de arquitecto contratado por Arturo Montoro.
Nico.
Solo Nico.
Eso fue peor.
Él la encontró con la mirada.
Se detuvo una fracción de segundo.
No sonrió de inmediato.
Primero respiró.
Como si verla fuera algo para lo que se había preparado y, aun así, no estuviera del todo listo.
Luego sonrió apenas.
Lucía sintió que la silla mala fracasaba como mecanismo de contención.
Nico se acercó.
—Hola.
—Hola.
No se dieron dos besos.
No se abrazaron.
No se tocaron.
Fue incómodo.
Fue necesario.
Fue domingo a las doce.
Nico dejó la chaqueta en la silla y se sentó frente a ella.
La silla crujió bajo él.
Lucía casi sonrió.
—Te advertí que eran malas.
—No exagerabas.
—Nunca exagero sobre mobiliario hostil.
—Buen criterio.
Silencio.
La camarera llegó con el café y la tostada de Lucía. Miró a Nico.
—¿Para ti?
—Un café solo. Y otra tostada, por favor.
Lucía levantó una ceja.
—¿Desayuno tardío?
—Carmen me ha escrito.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Carmen te ha escrito?
Nico sacó el móvil, lo giró sobre la mesa y le enseñó el mensaje.
Carmen: “Come antes de hablar. La gente con hambre dramatiza peor.”
Lucía soltó una carcajada.
La primera de la mañana.
La primera desde que lo había visto entrar.
Nico la miró como si la risa le hubiera quitado diez años de tensión de los hombros.
—No sabía que Carmen tuviera tu número.
—Me lo pidió para enviarme una lista técnica de cosas que no debía permitir en la cocina de apoyo.
—Eso suena a ella.
—El punto tres era: “Nadie decide dónde se enchufa nada sin preguntarme.”
—También suena a ella.
La camarera dejó el café de Nico y se marchó.
Quedaron otra vez los dos.
Con pan.
Con café.
Con todo lo demás.
Lucía cogió la taza para tener algo entre las manos.
—Has visto a tu madre?
—Sí.
—¿Cómo está?
—Bien. Feliz con la libreta. Enfadada porque la mesa tiene mejor vida social que ella.
Lucía sonrió.
—Eso también suena a ella.
—Me pidió que te dijera algo.
El estómago de Lucía hizo un movimiento pequeño.
—Qué?
Nico bajó la vista al café.
—Que no hace falta que vuelvas a todas partes de golpe.
Lucía tragó saliva.
Ay, Amparo.
—Dile que gracias.
—Se lo diré.
—Y que algún día iré.
Nico levantó los ojos.
—Sin prisa.
—Sin prisa.
Las dos palabras quedaron sobre la mesa.
Eran útiles.
También insuficientes.
Lucía dejó la taza.
—No sé cómo se hace esto.
Nico asintió despacio.
—Yo tampoco.
—Tenía frases preparadas.
—Yo también.
—Samira me dijo que no trajera respuestas preparadas.
—Patricia me dijo algo parecido.
Lucía lo miró.
—¿Patricia te escribió?
—Sí.
—¿Desde cuándo mi hermana te escribe?
—Desde esta mañana.
—Qué decía?
Nico dudó.
Lucía entrecerró los ojos.
—Nico.
Él sacó el móvil de nuevo y se lo mostró.
Patricia: “No intentes arreglarlo todo en un café. Escucha. Y no seas idiota.”
Lucía leyó el mensaje.
Luego miró a Nico.
—Mi hermana y tu madre tienen una línea editorial similar.
—Muy clara.
—No seas idiota.
—Estoy intentando cumplir.
Lucía bebió café.
El primer sorbo estaba caliente, bueno, real.
—Yo no quiero arreglarlo todo hoy —dijo.
—Bien.
—Ni decidirlo todo.
—Bien.
—Ni hacer como si la verdad del jueves hubiera sido solo un trámite.
—No lo fue.
—No.
Nico dejó los brazos sobre la mesa, pero lejos de los de ella. Lucía notó la distancia con una precisión molesta. Había pasado una semana midiendo lo cerca que podía estar de él. Ahora nadie les prohibía tocarse y, sin embargo, esa libertad los hacía más prudentes.
—Mi madre está mejor —dijo Lucía—. O no peor.
—Me alegro.
—Me dijo que no usara su decepción para castigarme más de lo que toca.
Nico bajó la mirada.
—Eso es… muy generoso.
—Sí. Y muy incómodo. Prefería cuando solo intentaba poner flores donde no debía.
—Más fácil defenderse.
—Exacto.
—Tu padre?
Lucía soltó aire.
—Mi padre está teniendo una metamorfosis lenta y administrativa.
Nico sonrió.
—Suena preciso.
—Dice que el proyecto sigue en pie. Que empezó antes de la mentira, aunque él no lo viera.
—Tiene razón.
Lucía lo miró.
—No lo digas con esa cara.
—¿Qué cara?
—La de orgulloso contenido.
—No sé cómo es esa.
—Mentiroso.
Nico sonrió un poco más.
—Sí.
La palabra cayó entre los dos con la sombra de la semana.
Mentiroso.
Sí.
Lucía no apartó la mirada.
—No quiero más mentiras entre nosotros.
Nico dejó de sonreír.
—Yo tampoco.
—Ni de las grandes, ni de las cómodas, ni de las que uno se cuenta porque cree que así protege al otro.
—No.
—Eso incluye no desaparecer.
—Lo sé.
Lucía levantó una ceja.
Nico cerró los ojos un segundo.
—Perdón. Reformulo. Lo prometí y lo mantengo.
—Mejor.
—No voy a desaparecer sin hablar contigo. No voy a decidir por ti. No voy a convertir el silencio en una salida elegante.
Lucía miró su tostada.
De pronto le costaba sostenerle los ojos.
—Bien.
—¿Ese bien se queda?
—Ese bien se queda.
La camarera dejó la tostada de Nico. Durante unos segundos, los dos usaron la comida como refugio. Lucía extendió tomate sobre el pan aunque ya venía extendido. Nico cortó su tostada con una concentración desproporcionada.
Era absurdo.
Y, de alguna forma, hermoso.
No la bodega.
No el naranjo.
No la foto.
Una mesa pequeña, dos cafés, sillas horribles y una conversación con migas.
—Sobre el anillo —dijo Lucía.
Nico dejó el cuchillo.
No la interrumpió.
—No quiero verlo hoy.
—De acuerdo.
—Pero tampoco quiero fingir que no existe.
—No.
—Me enfadó que lo trajeras.
—Lo entiendo.
—No lo entiendas tan rápido.
Nico respiró.
—Me parece razonable que te enfadara.
—Eso es peor. Suena a terapia.
—Estoy buscando alternativas a “lo entiendo”.
—Acepto “tienes razón en enfadarte”.
—Tienes razón en enfadarte.
Lucía tomó café.
—Gracias.
Nico esperó.
—Pero también me… —se detuvo, irritada consigo misma—. Me movió cosas.
—Sí.
—No digas sí como si supieras qué cosas.
—No lo sé.
—Bien.
—Pero sé que el anillo hizo más grande algo que ya era grande sin pedir permiso.
Lucía levantó la vista.
Ahí estaba.
El Nico de las frases peligrosas, intentando no afilar demasiado y fracasando con elegancia.