Capítulo 29 #2
A mediodía, Samira la obligó a cerrar el portátil y salir a caminar por el barrio.
Fueron a por más café, pasaron por la floristería marroquí, discutieron sobre si unas ramas secas podían ser elegantes o parecían restos de incendio, y compraron dos cuadernos nuevos porque, según Samira, “todo proyecto que sobrevive a una mentira merece papelería”.
Lucía eligió uno de tapa azul oscuro.
No por Nico.
Por los platos.
Por supuesto.
Al volver al estudio, había un mensaje de Arturo.
“Revisé las condiciones para Alfonso. El lunes hablamos. Buen trabajo ayer.”
Lucía miró el mensaje tanto tiempo que Samira se inclinó sobre su hombro.
—¿Está vivo?
—Mi padre me ha escrito buen trabajo por mensaje.
—Captura pantalla. Puede que se autodestruya.
Lucía sonrió.
Respondió:
“Gracias. El lunes te mando versión ajustada.”
Arturo:
“No trabajes todo el sábado.”
Lucía enseñó el móvil a Samira.
Samira abrió mucho los ojos.
—¿Ha sido secuestrado?
—No lo sé.
Otro mensaje de Arturo:
“Eso no significa que debas entregar tarde.”
Lucía soltó aire.
—Sigue siendo él.
—Menos mal. La continuidad importa.
La tarde pasó a trompicones.
Un rato de trabajo.
Un rato mirando la foto.
Un rato sin mirar la foto.
Un rato discutiendo con Samira por la paleta visual.
Un rato recibiendo mensajes de Jaime con actualizaciones absurdas de Los Olivos:
“Mamá ha movido un jarrón y luego lo ha vuelto a poner donde estaba. Crecimiento personal circular.”
“Papá ha preguntado a Carmen si necesitaba ayuda. Carmen lo ha mirado como si hubiera ofrecido operar a corazón abierto.”
“Mercedes dice que domingo a las doce es buena hora para decisiones imprudentes porque ya se ha desayunado.”
Lucía no respondió a ese último.
No porque no quisiera.
Porque no sabía cómo negar que Mercedes tenía razón.
A las seis, Samira se marchó con la excusa de una cena con su hermana y la advertencia de que Lucía no debía probarse más de dos conjuntos para el domingo.
—Tres máximo si hay emergencia —añadió desde la puerta.
—No voy a probarme conjuntos.
—Claro.
—Voy con ropa normal.
—La ropa normal no existe cuando vas a ver a un ex con anillo no mostrado y conversación pendiente.
Lucía señaló la calle.
—Fuera.
Samira sonrió.
—Sillas malas. Buen café. Sin respuestas preparadas.
—Lo sé.
—Suspendida.
—Fuera.
Cuando se quedó sola, el estudio pareció más grande.
Lucía cerró la puerta, bajó un poco la persiana y encendió una lámpara. La tarde se volvió dorada sobre las telas, las cajas, las fotos de Los Olivos. La ciudad sonaba fuera: motos, voces, un perro, una persiana metálica bajando.
Vida normal.
Qué concepto tan raro.
Preparó una mesa pequeña con el plato azul, el lino gris verdoso, una servilleta antigua y una rama seca que Samira había dejado “casualmente” sobre la mesa. Hizo una foto.
Quedaba bien.
Muy bien.
La envió a Beatriz.
Su madre respondió cinco minutos después.
“Mucho mejor. La rama no parece triste?”
Lucía miró la rama.
Luego escribió:
“Parece seria.”
Beatriz:
“Entonces bien.”
Lucía sonrió.
Otra conversación pequeña.
Otra reparación mínima.
Guardó el móvil.
Pero vibró enseguida.
Nico.
“¿Puedo mandarte una foto?”
Lucía se quedó mirando la pregunta.
No había contexto.
No sabía si era de la mesa, de Amparo, de un tomate, de la ciudad, de algo que no estaba preparada para ver.
El corazón decidió adelantarse.
Respondió:
“Sí.”
La foto llegó.
No era el anillo.
Lucía soltó una respiración que no sabía que estaba conteniendo.
Era Amparo sentada en una terraza, con una maceta enorme de geranios detrás y la libreta verde sobre la mesa.
No se le veía la cara del todo, porque había levantado una mano justo al tomar la foto, como si estuviera regañando a Nico por fotografiarla.
Sobre la mesa había también una impresión de la foto de la mesa de Amparo en la bodega.
Debajo, Nico escribió:
“No quiere que te mande su cara porque dice que salió ‘como una señora sorprendida por Hacienda’. Pero quiere que sepas que la libreta vuelve a estar en uso.”
Lucía rio.
Se acercó el móvil al pecho sin darse cuenta.
Luego se dio cuenta.
Lo apartó.
Respondió:
“Dile que Hacienda no tendría valor.”
Nico:
“Se ha reído.”
Lucía imaginó la risa de Amparo.
La cocina de la casa de invitados.
El pan.
Las conservas.
La nota.
Ay, niña.
Sintió una nostalgia menos afilada que antes.
Nico volvió a escribir:
“Ha dicho que, si algún día quieres, le gustaría verte. Sin prisa. Sin obligación.”
Lucía cerró los ojos.
Amparo era igual de peligrosa que su hijo, pero con más plantas.
Tardó en responder.
“Me gustaría. Algún día.”
Nico:
“Se lo digo así.”
Lucía:
“Gracias.”
Nico:
“Gracias a ti.”
No hubo más.
Lucía dejó el móvil boca abajo.
Se levantó, caminó por el estudio, recolocó una caja que no necesitaba moverse, dobló un retal que ya estaba doblado y finalmente se rindió a la evidencia.
Iba a probarse ropa.
Dos conjuntos.
Máximo tres si había emergencia.
La emergencia llegó en el minuto once.
El primer conjunto era demasiado profesional. Parecía una reunión con un proveedor, no una conversación con un hombre que había vuelto a su vida con un anillo oculto y un historial de decisiones desastrosas.
El segundo era demasiado casual. Parecía que intentaba demostrar que no le importaba, lo cual demostraba exactamente lo contrario.
El tercero, por desgracia, funcionaba: vaqueros oscuros, blusa negra sencilla, chaqueta beige. Nada especial. Nada descuidado. Ella.
Lo dejó preparado en una silla y se sintió ridícula.
Luego decidió no castigarse por querer sentirse bien al verlo.
Eso, pensó, también era parte del curso horrible.
A las nueve, cenó la última porción de tortilla de Carmen y un tomate. A las diez, revisó el dossier una vez más. A las diez y media, cerró el portátil porque las palabras empezaban a moverse. A las once, se lavó la cara, apagó luces y subió a su apartamento.
Madrid estaba cálido.
El piso le pareció pequeño después de Los Olivos, pero no triste. Había libros en la mesilla, una manta torcida en el sofá, una taza olvidada en el fregadero. Una vida sin bodega, sin naranjos, sin Mercedes opinando desde un sillón. Una vida suya.
Se metió en la cama.
Apagó la luz.
Encendió el móvil.
Miró la foto bajo el naranjo.
Solo una vez.
En ella, Nico la miraba como si la mentira hubiera fallado antes de que nadie la confesara.
Lucía tocó la pantalla.
Luego la cerró.
No necesitaba respuestas esa noche.
Necesitaba llegar al domingo sin convertir el miedo en una excusa.
El móvil vibró.
Nico.
“Buenas noches, Lucía.”
Nada más.
Ni frase peligrosa.
Ni pregunta.
Ni promesa.
Solo su nombre.
Lucía escribió:
“Buenas noches, Nico.”
Dudó.
Añadió:
“Hasta mañana.”
El mensaje se envió.
Nico respondió un minuto después.
“Hasta mañana.”
Lucía dejó el móvil en la mesilla.
Cerró los ojos.
El sábado seguía siendo un invento horrible.
Pero estaba terminando.
Y mientras el sueño llegaba despacio, Lucía pensó que quizá el día de en medio había servido para algo después de todo.
No para decidir.
No para resolver.
No para saber.
Para comprobar que, sin Los Olivos, sin mentira y sin nadie mirando desde una mesa familiar, seguía queriendo ir.
Domingo.
A las doce.
Sillas malas.
Buen café.
Y una verdad que, por fin, no tendría dónde esconderse.