mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

El día de en medio

El sábado fue el peor invento de la semana.

Lucía lo decidió a las nueve y doce de la mañana, sentada en el suelo del estudio, con el pelo recogido en un moño criminal, una taza de café frío a la derecha, el dossier de Los Olivos abierto en el portátil y una tostada de Carmen en la mano.

El viernes había sido salida.

El domingo sería café.

El sábado, en cambio, no era nada.

Un puente.

Una sala de espera.

Un día entero colocado entre una mentira desmontada y una conversación que podía cambiarlo todo o no cambiar nada, que a esas alturas era casi lo mismo de insoportable.

Lucía mordió la tostada.

Estaba buena.

Carmen seguía teniendo razón a distancia.

Eso también era molesto.

Había dormido en su apartamento, pero a las ocho ya estaba en Estudio Luma, porque quedarse en casa mirando el techo le parecía una forma demasiado clara de admitir que no sabía estar sola con su propia cabeza. En el estudio, al menos, podía fingir que trabajaba.

Fingir.

Mala palabra.

Corrigió mentalmente.

En el estudio podía intentar trabajar.

Eso sonaba mejor.

Había subido la persiana, abierto la ventana, regado una planta que estaba en condiciones de denunciarla y colocado sobre la mesa grande todas las cosas que había traído de Los Olivos: muestras de lino, fotos impresas, una carpeta con notas de Arturo, la bolsa de platos de cerámica que Beatriz había comprado en el mercado y que, por alguna razón, Lucía había aceptado llevarse para probar combinaciones.

Nueve platos.

Una cifra sin sentido operativo.

Pero muy Beatriz.

Lucía colocó uno sobre la mesa y lo miró.

Borde azul oscuro. Superficie irregular. Nada de perfección. Nada de blanco nupcial.

Funcionaba.

—No te emociones —le dijo al plato.

El plato tuvo la decencia de no responder.

El móvil vibró.

Lucía lo miró como quien mira una trampa.

Mensaje de Jaime.

“Informe matinal: mamá ha desayunado. Papá ha dicho ‘buenos días’ sin carpeta. Mercedes sospecha que estamos en una línea temporal alternativa. Carmen amenaza con enviarte comida por mensajero.”

Lucía sonrió.

Respondió:

“Dile a Carmen que me queda comida.”

Jaime:

“Ya se lo dije. Me ha respondido: ‘Como si eso importara’.”

Lucía soltó una risa.

Otro mensaje.

Patricia.

“¿Cómo estás?”

Lucía escribió “bien”.

Lo borró.

Escribió “rara”.

Lo borró.

Al final mandó:

“Como un sábado metido donde no debía.”

Patricia tardó poco.

“Eso suena bastante exacto.”

Lucía sonrió sin ganas.

Luego llegó uno de Beatriz.

“Buenos días. No hace falta que respondas si estás ocupada. Solo quería decirte que los platos azules quizá funcionarían mejor con lino oscuro que con el crudo.”

Lucía miró el plato.

Luego el lino crudo.

Luego un retal gris verdoso que tenía en una caja.

Maldición.

Su madre tenía razón.

Sacó una foto rápida del plato con ambos linos y la envió.

“Con el gris verdoso funciona mejor.”

Beatriz respondió casi al instante.

“Sí. Más serio. Menos boda.”

Lucía se quedó mirando la frase.

Más serio.

Menos boda.

Algo en su pecho se aflojó.

Escribió:

“Exacto.”

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Beatriz:

“Estoy practicando.”

Lucía sintió que los ojos se le humedecían de golpe.

Respondió:

“Se nota.”

No añadió un corazón.

Casi.

Pero no.

No por frialdad.

Porque algunas cosas nuevas necesitaban no decorarse demasiado.

Dejó el móvil boca abajo y volvió al dossier.

Durante casi una hora consiguió avanzar.

Ajustó la sección de modelo de gestión, incorporó las notas de Arturo, rebajó un adjetivo que sonaba demasiado a folleto caro y reforzó la parte de límites operativos.

Cambió “experiencias exclusivas” por “experiencias privadas de acceso limitado”, porque exclusivo seguía oliendo demasiado a club de señores con chaqueta y demasiadas opiniones.

Luego abrió la portada.

LOS OLIVOS

Experiencias privadas con memoria

Dirección de concepto: Lucía Montoro.

Lo leyó.

Una vez.

Dos.

No se cansaba.

No quería cansarse.

Su nombre allí no era una broma, ni una concesión, ni una mentira elegante. Era una línea profesional. Una posición. Una mesa en la que, por fin, no estaba sentada de invitada accidental.

El móvil vibró otra vez.

Lucía lo miró.

Nico.

El corazón, traidor reincidente, hizo algo estúpido.

El mensaje decía:

“¿Puedes leer ahora o prefieres que no escriba hasta mañana?”

Lucía cerró los ojos.

Qué manera tan insoportable de respetar un límite.

Respondió:

“Puedo leer.”

Nico:

“Mi madre ha visto más fotos de la mesa. Dice que la jarra antigua está mal colocada.”

Lucía soltó una carcajada.

“Tu madre y Samira podrían dominar el mundo en menos de una semana.”

Nico:

“Creo que mi madre dominaría. Samira rediseñaría la rendición.”

Lucía sonrió.

Más de lo prudente.

Nico:

“También dice que el concepto es bueno.”

Lucía se quedó quieta.

“¿Le has enseñado el dossier?”

Nico:

“Solo la portada y las fotos donde aparece la mesa. Le pedí permiso antes. No le hablé de nada que no tocara la mesa o la casa de invitados.”

Lucía leyó el mensaje dos veces.

Había algo en esa aclaración que la tocó donde todavía estaba sensible.

Cuidado.

Otra vez.

No invasivo.

No perfecto.

Pero intencionado.

Respondió:

“Gracias.”

Nico tardó unos segundos.

“Quería que supieras que no he cruzado esa línea.”

Lucía tragó saliva.

“Lo sé.”

Miró la frase escrita.

Suspendida.

Sonrió sola.

Nico respondió:

“No digo nada.”

Lucía rio.

“Muy sabio.”

Nico:

“Me cuesta.”

Lucía dejó el móvil sobre la mesa.

No por no querer seguir.

Por querer seguir demasiado.

Ese era el problema del sábado: no había razón legítima para no escribirle, pero tampoco había garantía de que escribirle no convirtiera el domingo en algo más pesado.

Se levantó y empezó a ordenar muestras.

Diez minutos después, la puerta del estudio se abrió y entró Samira con dos cafés, una bolsa de cruasanes y cara de no admitir preguntas.

—Vengo a impedir que trabajes hasta convertirte en un documento adjunto.

Lucía miró los cafés.

—No te he llamado.

—Lo sé.

—Eso no parece haberte detenido.

—La amistad de verdad es intrusiva con buenos productos de panadería.

Lucía aceptó un café.

—Pasa.

—Ya estaba pasando.

Samira dejó la bolsa sobre la mesa, miró alrededor y evaluó el estado del estudio con ojos de florista, estratega y testigo de desastres.

—Has reorganizado tres veces los platos.

—Dos.

—La tercera está en tu cabeza.

Lucía se sentó en el sofá verde.

—Odio que me conozcas.

—No lo suficiente para no darme llave emocional.

—No tienes llave real, ¿verdad?

—No necesito. La puerta estaba abierta.

—Eso es preocupante.

—Mucho.

Samira sacó un cruasán y se lo tendió.

—Come.

—Carmen te ha llamado?

—No. Pero su energía me guía.

Lucía mordió el cruasán.

Mantequilla.

Azúcar.

Vida.

—El sábado es horrible —dijo.

—Sí.

—No sirve para nada.

—Sirve para que no llegues al domingo creyendo que todo lo que sientes es urgencia.

Lucía masticó despacio.

—Has venido profunda.

—He venido con cafeína.

—Peor.

Samira se sentó en la silla frente a ella y cruzó las piernas.

—¿Has hablado con Nico?

Lucía miró el café.

—Un poco.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Eso te calma o te complica?

—Sí.

Samira sonrió.

—Respuesta correcta.

Lucía apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.

—No sé qué quiero que pase mañana.

—Mentira.

Lucía la miró.

—No empieces.

—No sabes qué decisión quieres tomar. Pero sí sabes algunas cosas.

—Qué agradable, ser analizada gratis.

—No es gratis. Me debes una factura de flores, una de terapia informal y otra de control de Jaime.

—La de Jaime te la discuto.

—Imposible.

Lucía suspiró.

—Sé que no quiero que desaparezca.

—Bien.

—Sé que no quiero volver a estar con él solo porque el pasado sigue abierto.

—Bien.

—Sé que no quiero castigarlo por todo lo que Arturo hizo.

—Muy bien.

—Sé que tampoco quiero absolverlo por todo lo que Arturo hizo.

—Excelente.

Lucía entrecerró los ojos.

—No me hables como si estuviera aprobando un curso.

—Lo estás.

—Odio el curso.

—Todos odiamos el curso.

Lucía dejó el café sobre la mesa.

—Y sé que lo quiero ver.

Ahí.

La frase salió sin trompetas.

Sin drama.

Sin bodega.

Solo en su estudio, con un cruasán a medio comer, una planta moribunda y Samira mirándola como si la verdad no fuera un animal salvaje.

Samira asintió.

—Eso también es bastante información.

—No significa que…

—No hace falta que signifique todo.

Lucía cerró los ojos.

—Me preocupa que, cuando lo vea, todo vuelva a ocupar demasiado espacio.

—Entonces elige un espacio pequeño.

—La cafetería tiene sillas malas.

—Perfecto. Nadie toma decisiones eternas en sillas malas.

Lucía soltó una risa.

—No conoces a mi familia.

—Tu familia habría firmado tratados matrimoniales en un taburete si había buena vajilla.

—Cierto.

Samira miró el dossier abierto en la mesa.

—¿Y el proyecto?

Lucía siguió su mirada.

—Sigue.

—¿Contigo?

—Conmigo.

La respuesta salió más rápida de lo que esperaba.

Y más firme.

Samira sonrió.

—Eso me gusta.

—A mí también.

—¿Aunque Nico no esté?

Lucía sintió el golpe pequeño de la pregunta.

No cruel.

Necesario.

—Sí —dijo al fin—. Aunque Nico no esté.

Samira no dijo nada.

—Me gustaría que estuviera —añadió Lucía, odiando un poco la honestidad—. En la parte técnica, quiero decir.

—Claro.

—Y también… no técnica.

—Ajá.

—No me ajás.

—Era un ajá de apoyo.

—Tus ajás tienen demasiada información.

Samira bebió café.

—Lucía, mañana no tienes que decidir si Nico está en tu vida para siempre. Solo si queréis empezar a hablar sin usar una mentira como habitación.

La frase se quedó entre las muestras de lino.

Lucía la recogió despacio.

Sin usar una mentira como habitación.

Eso era exactamente.

—¿Y si sin la habitación no queda nada? —preguntó.

Samira la miró con una suavidad poco habitual.

—Entonces mejor saberlo fuera que vivir decorando paredes falsas.

Lucía asintió.

No dolió como esperaba.

O sí.

Pero de una manera limpia.