mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Buen viaje, Lucía.

Él salió primero.

Lucía lo vio cruzar el porche con su maleta y la carpeta de Amparo bajo el brazo. No miró atrás hasta llegar al coche.

Entonces sí.

Se volvió.

La miró desde la grava.

No como si esperara algo.

Como si quisiera recordar bien cómo era no huir.

Lucía sostuvo la mirada.

Luego Nico subió al coche.

Y se fue.

No desapareció.

Se fue.

Había diferencia.

Lucía entendió esa diferencia con tanta claridad que tuvo que agarrarse al asa de su maleta.

Carmen apareció a su lado.

—Toma.

Le tendió una bolsa de papel.

—¿Qué es?

—Comida.

—Carmen.

—Para el camino. Y para cuando llegues. Y para que no confundas independencia con vivir de café y ansiedad.

Lucía aceptó la bolsa.

—Te voy a echar de menos.

Carmen la miró con severidad.

—Entonces vuelve.

Así de simple.

Como si volver no fuera una palabra cargada.

Como si pudiera serlo.

Lucía sonrió.

—Volveré.

—Eso espero. La finca tiene trabajo.

—Y tú necesitas alguien que impida flores blancas.

—También.

Cuando por fin subió a su coche, Los Olivos parecía demasiado brillante para todo lo que había pasado dentro.

La casa blanca.

Los naranjos.

La bodega detrás.

La casa de invitados al fondo, apenas visible entre los árboles.

Lucía arrancó.

Antes de avanzar, miró el asiento del copiloto.

Vacío.

Allí habían viajado cajas, lino, ciruelas, silencio, canciones.

Ahora solo estaba la bolsa de Carmen.

Respiró hondo.

Salió por el camino de grava.

No lloró al cruzar la verja.

Casi.

Pero no.

El camino hacia Madrid fue tranquilo.

Demasiado.

Sin música al principio. Luego, a mitad de trayecto, Lucía puso la lista aleatoria. Sonaron dos canciones que no le importaban, una que sí, y luego la de Lisboa.

La mano le fue automática a la pantalla.

Se detuvo antes de tocar.

La canción siguió.

Lucía miró la carretera.

Esta vez no estaba Nico al lado.

No había nadie para preguntarle si quería quitarla.

Podía hacerlo ella.

Podía no hacerlo.

La escuchó entera.

Al llegar al estudio, aparcó en doble fila cinco minutos para descargar las cosas.

La calle San Damián estaba igual que siempre: la tienda de bicicletas, la floristería marroquí, una señora paseando a un perro pequeño con cara de propietario del barrio, el escaparate de Estudio Luma con las letras doradas un poco despegadas en la esquina de la E.

EVENTOS ÍNTIMOS, ESPACIOS CON ALMA.

Lucía se quedó mirando el rótulo.

Por primera vez en mucho tiempo, no le pareció una frase demasiado pequeña.

Le pareció exacta.

Subió la persiana, entró y dejó la maleta junto al sofá verde. El estudio olía a polvo leve, papel, tela y a ella misma antes de Los Olivos.

Todo estaba igual.

Nada estaba igual.

Abrió el portátil.

No para trabajar.

Para comprobar que el dossier seguía existiendo fuera de la finca.

Ahí estaba.

LOS OLIVOS

Experiencias privadas con memoria

Dirección de concepto: Lucía Montoro.

Lucía tocó la pantalla con un dedo.

Luego sacó el móvil.

Había un mensaje de Beatriz.

“Has llegado?”

Lucía escribió:

“Sí. Todo bien.”

Otro de Patricia:

“Domingo. Respira.”

Lucía respondió con un emoji que esperaba que comunicara amor y amenaza.

Otro de Jaime:

“Confirmo que Nico no ha desaparecido, solo se ha ido. Muy poético. Te mando factura de apoyo fraternal.”

Lucía escribió:

“Te pago en silencio.”

Jaime:

“No acepto moneda inexistente.”

Samira:

“No mires la foto más de tres veces hoy.”

Lucía bloqueó el móvil de inmediato.

No porque fuera a mirarla.

Porque ya la había mirado dos veces al aparcar.

El tercer mensaje llegó cuando estaba guardando la comida de Carmen en la pequeña nevera del estudio.

Nico.

“He llegado a Valencia. Mi madre ha llorado con la foto de la mesa y luego me ha llamado idiota por no llevarle tomates de Carmen.”

Lucía se sentó en el sofá verde.

Sonrió.

No mucho.

Muchísimo.

Respondió:

“Amparo siempre tuvo buen criterio.”

Nico tardó un minuto.

“Dice que las mesas que vuelven a usarse son buena señal.”

Lucía miró alrededor de su estudio.

Sus muestras.

Sus telas.

Sus proyectos a medias.

Su vida.

“Dile que tiene razón.”

Nico:

“Se lo digo. Domingo a las doce?”

Lucía respiró hondo.

“Domingo a las doce.”

No añadió nada más.

Él tampoco.

Perfecto.

Horrible.

Necesario.

Lucía dejó el móvil a un lado y abrió la bolsa de Carmen.

Dentro había pan, tortilla, tomates, fruta, una porción de bizcocho y una nota escrita con letra firme:

Las consecuencias también comen.

Lucía soltó una carcajada que se convirtió en algo húmedo a mitad de camino.

Se limpió los ojos con la manga.

Luego se preparó un plato.

Comió sentada en el suelo del estudio, con el portátil abierto, la puerta a medio subir y la tarde de Madrid entrando por el escaparate.

No estaba en Los Olivos.

No estaba con Nico.

No estaba bajo la mentira.

No estaba todavía en una respuesta.

Pero estaba allí.

En su estudio.

Con su nombre en un dossier.

Con una cita el domingo.

Con dolor, culpa, hambre, miedo y una vida que, por primera vez en años, no parecía estar esperando en una estación.

Salir no era huir.

A veces, salir era llevarse una parte de vuelta.

Y decidir, por fin, qué hacer con ella.