Capítulo 28 #2
—No conviertas el dolor de tu madre en una jaula para ti.
Lucía tragó saliva.
—Samira dijo algo parecido.
—Samira tiene buen instinto. Mal gusto para los hombres, sospecho, pero buen instinto.
Desde el fondo, Jaime dijo:
—¡He oído eso!
—Era la idea —respondió Mercedes.
Beatriz estaba en el salón pequeño.
Lucía la encontró de pie junto a la ventana, mirando el jardín.
La maleta la esperaba en el vestíbulo, pero esa despedida no podía hacerse delante de todos.
—Mamá.
Beatriz se volvió.
Durante un segundo, Lucía volvió a sentir el miedo de la tarde anterior. La posibilidad de que Beatriz hubiera retrocedido durante la noche, de que el dolor se hubiera convertido otra vez en reproche, de que todo lo hablado en su habitación hubiera sido solo una tregua frágil.
Beatriz se acercó.
—Ven.
La abrazó.
Sin decir nada primero.
Lucía cerró los ojos y dejó que su madre la abrazara. No fue un abrazo perfecto. Había tensión. Cuidado. Cosas no dichas. Pero también había brazos. Eso ya era bastante.
—Sigo enfadada —dijo Beatriz.
—Lo sé.
—Pero menos que ayer.
—Eso es algo.
—Y sigo queriendo que, si alguna vez hay una cena importante de verdad en tu vida, me dejes poner al menos un centro bajo.
Lucía soltó una risa húmeda.
—Negociable.
Beatriz se separó y le colocó un mechón detrás de la oreja, como cuando era pequeña.
—No me ocultes cosas para protegerme de sentirlas.
La frase le entró directa.
—Lo intentaré.
—No. Inténtalo no. Hazlo mal si hace falta, pero hazlo.
Lucía asintió.
—Lo haré mal, probablemente.
—Eso se te da mejor que mentir.
—Mamá.
Beatriz sonrió apenas.
—¿Ves? Estoy aprendiendo a bromear con heridas recientes.
—No sé si eso es sano.
—Pregúntale a Jaime. Parece experto.
Se quedaron en silencio.
Luego Beatriz añadió:
—No he borrado la foto.
Lucía sintió un vuelco pequeño.
—Yo tampoco.
—No la miraré si me hace daño.
—Bien.
—Pero no quiero borrarla.
Lucía bajó la mirada.
—Yo tampoco.
La frase quedó entre ambas.
No como promesa.
Como verdad extraña.
Beatriz respiró hondo.
—Que no fuera un compromiso no significa que no hubiera algo ahí.
Lucía cerró los ojos.
—No sé qué era.
—Ya.
—No sé qué es.
Beatriz le tocó la mejilla.
—Entonces no dejes que nadie le ponga nombre antes que tú.
Lucía la miró.
Allí estaba su madre.
La misma mujer que había querido vestir la bodega de blanco, organizar cenas, corregir servilletas, pulir bordes.
Diciéndole que no dejara que nadie nombrara su vida antes que ella.
La semana había hecho cosas extrañas.
—Gracias, mamá.
—Escríbeme cuando llegues.
—Sí.
—Y come algo que no sea café.
—Eso no es comida.
—Precisamente.
Al salir del salón, Arturo la esperaba en el vestíbulo.
Nico estaba al otro lado, junto a su propia maleta.
La escena tenía una simetría cruel.
Dos hombres.
Dos maletas.
Un proyecto en medio.
Una hija que ya no quería que nadie decidiera por ella.
Arturo se acercó primero.
—Te llamaré mañana por el dossier.
Lucía levantó una ceja.
—¿Mañana sábado?
—El lunes.
—Mejor.
Arturo asintió.
Luego miró la maleta de Lucía.
—Has hecho bien en decir la verdad.
Ella no esperaba eso.
—Ha dolido.
—La verdad suele llegar tarde cuando se evita.
Lucía lo miró.
—Eso también lo dices por ti?
Arturo sostuvo su mirada.
—Sí.
La respuesta fue breve.
Suficiente por ahora.
—Papá…
Él levantó una mano.
—No sé pedir perdón por todo todavía.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Entonces no lo hagas todavía.
—Pero voy a intentarlo.
—De acuerdo.
Arturo miró hacia Nico.
Luego volvió a ella.
—El proyecto no depende de lo que ocurra con él.
Lucía no supo si eso era apoyo, advertencia o las dos cosas.
—Lo sé.
—Y tú tampoco.
La frase la desarmó.
Arturo no sonrió.
Pero sus ojos estaban menos duros.
—Gracias —dijo ella.
—Conduce con cuidado.
—Eso sí ha sido muy padre.
—Tengo práctica.
Lucía dudó.
Luego lo abrazó.
Fue un abrazo extraño.
Torpe.
Arturo tardó medio segundo en responder.
Pero respondió.
No mucho.
No perfecto.
Lo justo.
Cuando se separaron, los dos fingieron necesitar recomponer algo práctico: ella la correa del bolso, él las gafas.
Muy Montoro.
Nico esperaba junto a la puerta.
Lucía caminó hacia él con una calma que no sentía.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—Dijiste que tenías que pasar por otro sitio.
—Voy a ver a mi madre.
Lucía se quedó quieta.
—Ah.
—Le llevaré fotos de la mesa.
—Claro.
—Y la libreta.
Lucía asintió.
—Le gustará.
—Sí.
Silencio.
Todo el vestíbulo parecía demasiado grande.
Demasiado lleno de ojos, aunque nadie estuviera mirando directamente.
Beatriz en el salón.
Arturo junto a la escalera.
Jaime fingiendo revisar una lámpara.
Samira sin fingir que no observaba.
Mercedes descaradamente atenta desde una silla.
Patricia en el umbral de la cocina.
Carmen con un paño en la mano y cara de “despediros de una vez o saco comida”.
No era el lugar para nada íntimo.
Quizá por eso era el lugar perfecto para no mentir.
—Domingo a las doce —dijo Lucía.
Nico la miró.
—Domingo a las doce.
—Cafetería de la calle San Damián. Se llama La Dársena.
—Lo buscaré.
—Sillas malas.
—Buen café.
—Eso prometo.
Nico asintió.
No la tocó.
No intentó besarla.
No dijo ninguna frase peligrosa.
Y Lucía, que había pedido exactamente eso, sintió que la obediencia le apretaba el pecho.
—Gracias por quedarte esta semana —dijo.
Nico sostuvo su mirada.
—Gracias por dejarme.
Frase peligrosa.
No retirada.
Ella no lo dijo en voz alta.
Solo asintió.
—Dale recuerdos a Amparo.
—Se los daré.
—Y dile que las piedras también tienen carácter.
Nico sonrió.
—Eso le gustará.
Lucía levantó la mano.
No supo si para despedirse, tocarlo o apartar el momento.
La dejó caer.
—Buen viaje, Nico.