mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 28
68%

Capítulo 28

Salir no era huir

El viernes amaneció con olor a café, maletas y cosas que nadie sabía decir.

Lucía se despertó antes de la alarma, no porque hubiera dormido bien, sino porque su cuerpo parecía haber decidido que dormir era una actividad de personas con menos asuntos pendientes. Durante unos segundos se quedó quieta, escuchando la casa.

Los Olivos sonaba distinto.

No vacío.

No tranquilo.

Distinto.

Como una habitación después de haber movido todos los muebles: seguía siendo la misma, pero había polvo en el aire y marcas en el suelo.

Se incorporó despacio.

La maleta estaba a medio hacer junto a la silla. El portátil, cerrado sobre la mesa. El dossier, en una carpeta rígida. Las notas de Nico, dentro del cajón.

Café.

Mandarina.

Nada comestible.

Lucía abrió el cajón y las miró.

No las tocó al principio.

Luego, con una seriedad absurda, las metió en el bolsillo interior de la maleta.

No porque significaran nada definitivo.

No porque fueran recuerdos románticos.

No porque quisiera guardarlas para siempre.

Solo porque tirarlas habría sido una mentira.

Y ya había tenido suficiente de eso.

Se vistió con vaqueros, camiseta gris y una chaqueta ligera. Ropa de viaje. Ropa de salida. Ropa que no debía parecer despedida aunque todo en ella supiera a despedida.

Antes de cerrar la maleta, miró la habitación.

La cama en la que había llorado. La puerta comunicante cerrada. El balcón pequeño. El suelo donde no habría más cafés. La pared que había recibido toques en lugar de promesas.

—Bueno —dijo al aire—. No ha sido aburrido.

La casa no respondió.

Por una vez, agradeció su discreción.

Bajó con la maleta en una mano y el portátil en la otra. Al pasar junto a la habitación azul, la puerta estaba abierta.

Vacía.

Nico ya había bajado.

Lucía sintió un pequeño golpe de decepción.

Luego lo archivó en la sección correspondiente: cosas que no se dicen porque no ayudan.

En la cocina, Carmen presidía el desayuno como si fuera una operación militar de evacuación.

Había pan tostado, fruta, café, bizcocho, tortilla fría y una cesta de bollos que nadie había pedido pero todos iban a necesitar emocionalmente.

Jaime estaba sentado con una taza enorme y cara de haber dormido poco por culpa de asuntos ajenos.

Samira revisaba su móvil mientras comía pan con aceite.

Patricia tenía los pies subidos en una silla baja y una expresión de embarazada que había decidido no discutir con su propio cuerpo.

Mercedes bebía café con un pañuelo de seda en la cabeza y la dignidad de una mujer que no reconocería una resaca ni ante notario.

Nico estaba junto a la ventana.

De pie.

Con una taza en la mano.

Lucía lo vio antes de que él la viera a ella.

Llevaba camisa blanca, vaqueros oscuros y esa cara de hombre que había aprendido a no acercarse demasiado incluso cuando quería hacerlo.

Luego levantó la mirada.

Se encontraron.

No hubo sonrisa.

No hacía falta.

—Buenos días —dijo Lucía.

—Buenos días —respondieron varios.

Jaime la miró con solemnidad.

—Hoy no haré bromas fáciles sobre partidas, despedidas, maletas ni falsos compromisos desmontados.

Lucía dejó la maleta junto a la pared.

—Eso sería una novedad preciosa.

—Digo fáciles. Las difíciles me las reservo para el coche.

Samira le quitó la taza.

—No vas en su coche.

—¿Ves? Ya empieza la censura.

Carmen puso café delante de Lucía.

—Bebe.

Lucía se sentó.

—Voy a echar de menos que me den órdenes como si fuera una planta delicada.

—No eres delicada —dijo Carmen—. Por eso hay que regarte con más firmeza.

Mercedes levantó su taza.

—Carmen, querida, esa frase merece porcelana.

—No me metas en vajillas.

Patricia sonrió a Lucía.

—¿Has dormido?

—Horizontalmente.

—Eso ya lo hiciste otro día.

—Estoy perfeccionando la técnica.

Nico se sentó frente a ella.

No a su lado.

Última distancia democrática, pensó Lucía.

La idea le dio una tristeza pequeña y ridícula.

Nico dejó una cesta de fruta en medio de la mesa.

Había mandarinas.

Jaime las miró.

Luego miró a Lucía.

Samira lo miró a él.

—Ni una palabra —dijo ella.

Jaime levantó ambas manos.

—Estoy en duelo cítrico silencioso.

Lucía tomó una mandarina solo para demostrar que podía.

Fue un error.

Nico bajó la mirada a su café.

Demasiado tarde.

Lo había visto sonreír.

Beatriz entró cuando Lucía estaba pelando la mandarina.

La cocina cambió de temperatura.

No de forma dramática. Nadie dejó de respirar. Nadie soltó cubiertos. Pero todos hicieron ese pequeño ajuste invisible que hacen las familias cuando aparece la persona herida y nadie sabe si actuar normal es respeto o cobardía.

Beatriz llevaba el pelo recogido, un jersey claro y una cara serena. No perfecta. No compuesta del todo. Serena.

Miró la mesa.

Luego a Lucía.

—Buenos días.

—Buenos días, mamá.

Carmen le sirvió café sin preguntar. Beatriz se lo agradeció con un gesto y se sentó al lado de Patricia.

No al lado de Lucía.

Pero tampoco lejos.

Eso era algo.

—¿A qué hora os vais? —preguntó.

Lucía tragó el gajo de mandarina.

—Después de desayunar. Quiero pasar por el estudio antes de comer.

—Claro.

Nico bajó la taza.

—Yo salgo hacia Madrid en una hora. Tengo que devolver el coche de alquiler.

—Puedes ir con Lucía —dijo Beatriz.

El silencio se volvió sólido.

Lucía sintió que hasta la mandarina se tensaba.

Beatriz pareció darse cuenta de lo que había dicho y cerró los ojos un instante.

—Perdón. No quería…

—No pasa nada —dijo Lucía.

Pero sí pasaba.

No mucho.

Lo suficiente.

Nico habló con cuidado:

—Gracias, Beatriz. Pero tengo que pasar por otro sitio antes.

Lucía lo miró.

Otro sitio.

No preguntó.

Beatriz asintió.

—Claro.

Mercedes dejó la taza con delicadeza.

—Qué desayuno tan lleno de frases que podrían significar siete cosas. Me encanta y me agota.

—Entonces no comentes —dijo Arturo desde la puerta.

Lucía giró la cabeza.

Su padre entró en la cocina con una carpeta bajo el brazo. Porque, evidentemente, Arturo Montoro también desayunaba con documentación.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —respondieron todos, con distintos niveles de sospecha.

Arturo dejó la carpeta junto a Lucía.

—La copia final del dossier con mis notas de anoche.

Ella la miró.

—¿Anoche?

—No dormía.

—Eso parece ser hereditario.

—Por desgracia.

Lucía abrió la carpeta.

Había anotaciones. No demasiadas. Algunas técnicas. Algunas de estructura. Una página marcada con una nota adhesiva:

“Esta sección debe quedar como está. Es la voz del proyecto.”

Lucía sintió que algo se le apretaba detrás de los ojos.

Cerró la carpeta.

—Gracias.

Arturo se sirvió café.

—No lo estropees emocionándote.

Jaime dejó la tostada.

—Papá, eso ha sido casi una broma cariñosa. Estoy incómodo.

—Acostúmbrate a la incomodidad —dijo Arturo.

—Esta familia está mutando demasiado rápido.

Beatriz miró a Arturo.

No dijo nada.

Pero algo pasó entre ellos.

Una conversación pendiente, quizá.

O muchas.

Lucía no quiso mirar demasiado. Había aprendido esa semana que incluso los padres merecen que no se les espíe todo el tiempo mientras intentan convertirse en personas distintas.

El desayuno terminó con menos drama del que Lucía esperaba y más ternura de la que podía gestionar.

Patricia la abrazó en el vestíbulo.

—Escríbeme cuando llegues.

—Sí, mamá dos.

—Estoy practicando.

—Lo haces con demasiado talento.

Patricia le apretó la mano.

—El domingo irá bien.

Lucía se quedó inmóvil.

—No te he dicho…

Patricia levantó una ceja.

—Lucía.

—Odio esta familia.

—Lo sé.

—Suspendida.

—No aplica entre hermanas.

Lucía la abrazó otra vez, con cuidado por la barriga.

—Te quiero.

Patricia se quedó callada un segundo.

Luego le devolvió el abrazo con más fuerza.

—Yo también.

Jaime fue el siguiente.

La abrazó antes de que pudiera defenderse y la levantó medio palmo del suelo.

—Estoy orgulloso de ti, aunque hayas destruido mi semana favorita de entretenimiento familiar.

—Bájame.

—Y aunque hayas hecho llorar a mamá, tensar a papá, alterar a Nico, fascinar a Mercedes, contratar a Samira y revalorizar una bodega en menos de siete días.

—Jaime.

—Y aunque sigas amenazándome con violencia.

—Bájame o la amenaza se vuelve plan.

La bajó, pero no la soltó del todo.

Por una vez, la miró sin broma inmediata.

—Lo hiciste bien.

Lucía tragó saliva.

—Mentí.

—Y luego dijiste la verdad.

—Eso no borra lo primero.

—No. Pero impide que se convierta en sistema.

Lucía lo miró.

—¿Desde cuándo dices cosas útiles?

Jaime sonrió.

—Desde que Samira me explota. Creo que el trabajo físico me ha dado profundidad.

Samira, pasando detrás con una bolsa de materiales, dijo:

—No exageremos.

Jaime suspiró con placer.

—Voy a echarla de menos humillándome en directo.

—Sigue escribiéndome y puedo hacerlo por mensaje —dijo Samira.

Jaime se llevó una mano al pecho.

—¿Eso es una invitación?

—Es una amenaza con cobertura digital.

—Acepto.

Lucía miró a Samira.

—Gracias por venir.

Samira dejó la bolsa en el suelo y la abrazó.

Fuerte.

Sin ironía.

—Me llamaste para flores, cifras o coartada —dijo—. Y al final usaste las tres.

Lucía rio contra su hombro.

—Te debo mucho.

—Sí. Te mandaré factura.

—Lo imaginaba.

Samira se separó y le sostuvo la mirada.

—El domingo no vayas con una respuesta preparada.

Lucía suspiró.

—¿También sabes lo del domingo?

—Lo sabe Jaime. Eso significa que lo sabe el clima.

—No sé por qué sigo fingiendo privacidad.

—Por estética.

Lucía sonrió.

—No tengo respuesta preparada.

—Bien. Entonces quizá escuches la verdadera cuando aparezca.

Mercedes la esperaba junto a la puerta principal, con un pañuelo violeta al cuello y una mano apoyada en su bastón decorativo que solo usaba cuando quería parecer más peligrosa de lo habitual.

—Ven aquí, niña.

Lucía obedeció.

Mercedes le tomó la cara entre las manos.

—Has mentido mal.

—Gracias.

—Has dicho la verdad decentemente.

—Gracias otra vez.

—Y has montado una cena excelente. Eso no lo estropea ninguna confesión.

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Eso intento creer.

—No lo creas. Úsalo. Creer es inestable.

Lucía sonrió.

—Te voy a echar de menos.

—Naturalmente. Soy inolvidable y cara de mantener.

Mercedes la besó en ambas mejillas.

Luego, en voz más baja, añadió: