Capítulo 27 #3
—No lo he tocado.
—No necesitaba ese detalle, pero gracias.
—Perdón.
—Suspendida.
—Retirada.
El humor apareció débil, como una luz pequeña.
Lucía lo agradeció.
—No quiero pensar en él.
—No tienes que hacerlo.
—Pero pienso.
—Sí.
—Y me enfada.
—Lo entiendo.
Ella lo miró.
—Nico.
—Lo intento despacio.
Lucía soltó una risa cansada.
—No sé si quiero verlo algún día.
—No tienes que saberlo.
—Pero si algún día lo veo…
—No será para sostener una mentira —dijo él.
La frase de la lluvia.
Lucía la recordaba palabra por palabra.
El cuerpo también.
—Eso dijiste.
—Y lo mantengo.
Lucía miró la distancia entre sus manos sobre el muro.
No se tocaban.
El pacto seguía allí.
Todavía.
—Mañana deberíamos irnos —dijo.
Nico cerró los ojos.
No por sorpresa.
Por aceptación.
—Sí.
—El dossier puede seguir por correo. O con reuniones. No necesitamos estar todos aquí.
—No.
—Y mi madre necesita espacio. Yo también. Tú también.
—Sí.
La palabra fue correcta.
Y dolorosa.
Lucía respiró.
—No digo que nos vayamos para terminar nada.
Nico abrió los ojos.
—De acuerdo.
—Digo que si nos quedamos en Los Olivos, todo va a seguir mezclado. Proyecto, mentira, familia, nosotros, anillo, mesa, Amparo, Lisboa, café, mandarinas…
—Cortejo agrícola.
Lucía lo miró.
Él sonrió apenas.
Ella también.
—Exacto. No podemos construir algo nuevo dentro de una mentira recién derrumbada.
Nico asintió.
—Tienes razón.
—No suenes tan resignado. Me entran ganas de cambiar de opinión.
—No estoy resignado. Estoy intentando no pedirte que te quedes.
Lucía sintió que algo se le cerraba en el pecho.
—No lo hagas.
—No.
Silencio.
La fuente.
Los olivos.
La casa.
Una semana entera condensada en un patio que ya no parecía el mismo.
—Tampoco quiero que desaparezcas —dijo Lucía.
La frase salió tan baja que casi no fue frase.
Pero Nico la oyó.
La oyó entera.
—No voy a desaparecer.
Lucía cerró los ojos.
Ahí estaba.
La promesa peligrosa.
La más importante.
—No prometas eso si no estás seguro de poder cumplirlo.
Nico esperó un segundo.
Luego dijo:
—No voy a desaparecer sin hablar contigo. No voy a decidir por ti que irme es mejor. No voy a convertir mi miedo en silencio. Eso sí puedo prometerlo.
Lucía abrió los ojos.
La tarde se desenfocó.
—Frase peligrosa.
—Sí.
—No retirada.
—No.
Lucía asintió.
No podía besarlo.
No debía.
Y, por primera vez, no le molestó solo por deseo.
Le molestó porque habría sido una forma fácil de responder a algo que merecía una respuesta más difícil.
—Entonces mañana nos vamos —dijo.
—Mañana nos vamos.
—Cada uno a su casa.
—Sí.
—Y después hablamos.
—Cuando tú quieras.
—No me des todo el control. También pesa.
Nico la miró.
—Entonces propongo algo.
—¿Qué?
—El domingo. Café. En Madrid. En tu estudio o en algún sitio neutral. Hablamos sin tu familia, sin bodega, sin mentira y sin anillos.
Lucía respiró hondo.
Domingo.
Una fecha.
No un final.
No una promesa.
Un café.
—En mi estudio no —dijo.
—Neutral entonces.
—Hay una cafetería cerca. Pequeña. Malas sillas, buen café.
—Perfecto.
—A las doce.
—A las doce.
—Y si antes necesito escribirte…
—Me escribes.
—Y si tú necesitas escribirme…
—Te pregunto antes si puedes leerlo.
Lucía soltó una risa pequeña.
—Estás muy entrenado.
—A golpes.
—Un método clásico en esta casa.
Nico sonrió.
El sol empezó a caer detrás de los árboles.
Desde dentro, Jaime gritó:
—¡No sé si estáis pactando otra cláusula, pero Carmen dice que si no entráis ahora, comeréis frío y con culpa!
Lucía cerró los ojos.
—Lo voy a echar de menos.
—¿A Jaime?
—No exageremos.
Nico rio.
Y esa risa, en medio de todo lo roto, fue casi demasiado.
Entraron a cenar.
Beatriz bajó.
Eso fue lo segundo que hizo que la verdad pareciera real de otra manera.
No sonrió mucho. No habló demasiado. Pero bajó. Se sentó en la mesa. Aceptó sopa. Miró a Lucía una vez y no apartó la mirada.
Lucía tampoco.
No hubo perdón completo.
No hacía falta esa noche.
Hubo presencia.
Y a veces, en una familia como la suya, presencia era casi una declaración.
Arturo habló poco. Patricia comió con sueño. Jaime intentó tres bromas y solo una sobrevivió al control de Samira. Mercedes bebió vino con una satisfacción melancólica. Carmen vigiló que todo el mundo comiera como si las consecuencias también necesitaran nutrientes.
Nico estaba enfrente.
No a su lado.
La distancia democrática por última vez en Los Olivos.
Lucía lo miró una vez.
Él la miró también.
Mañana.
Domingo.
Café.
No era mucho.
Era muchísimo.
Esa noche, al subir a su habitación, Lucía se detuvo delante de la puerta azul.
No llamó.
No tocó la pared.
Se quedó allí un segundo, solo uno.
Luego siguió hasta su cuarto.
Al cerrar la puerta, vio el cajón de la mesilla.
Dentro estaban las notas.
Café.
Mandarina.
Nada comestible.
No las sacó.
No miró la foto.
No escuchó la canción.
Solo se metió en la cama y dejó que la casa respirara alrededor.
Al otro lado de la pared no hubo toque.
Nico tampoco llamó.
Y, por primera vez, ese silencio no dolió.
Sonó a pacto cumplido.
Sonó a mañana nos vamos.
Sonó a domingo a las doce.
Sonó a una verdad todavía pequeña, pero viva.