Capítulo 27 #2
—Gracias.
—Pero sí voy a decirte una cosa.
—Vale.
Beatriz respiró despacio.
—No uses mi decepción para castigarte más de lo que toca.
Lucía se quedó inmóvil.
No esperaba eso.
En absoluto.
—¿Qué?
—Te equivocaste. Me mentiste. Me hiciste daño. Eso es verdad. Pero no quiero que, por sentir culpa, vuelvas a dejar que los demás decidamos qué mereces.
Lucía sintió que la habitación se desenfocaba.
—Mamá…
—No sé hacerlo bien, ya lo sé. Intento ayudar y a veces aprieto. Intento proteger y corrijo. Intento querer y reorganizo. Pero hoy entiendo un poco más que también te he enseñado a esconderte.
La voz de Beatriz tembló por primera vez.
Lucía cruzó la habitación y se arrodilló delante del sillón.
—No quería que te sintieras ridícula.
—Me sentí ridícula sola. Eso se me pasará.
—¿Seguro?
—Tengo a Mercedes de hermana política. He sobrevivido a ridículos peores.
Lucía rio entre lágrimas.
Beatriz le tocó el pelo con una mano.
Un gesto antiguo.
Tierno.
Torpe.
—Estoy enfadada —dijo.
—Lo sé.
—Y triste.
—Sí.
—Y no quiero hablar de bodas, compromisos ni fotos durante un tiempo.
—De acuerdo.
—Pero sigo queriéndote.
Lucía apoyó la frente en las rodillas de su madre.
No tuvo defensa para eso.
Beatriz le acarició el pelo con cuidado.
—Y sigo pensando que sales guapa en la foto —añadió.
Lucía lloró y se rio al mismo tiempo.
—Mamá.
—No he dicho nada de él.
—Casi.
—Estoy creciendo. Dame margen.
Se quedaron así un rato.
No todo estaba arreglado.
Ni de lejos.
Pero Beatriz ya no era solo una herida al otro lado de una puerta cerrada.
Era su madre.
Dolida.
Enfadada.
Intentando no empujar.
Y Lucía, que había pasado años preparándose para defenderse de ella, no supo qué hacer con la posibilidad de ser sostenida.
Cuando salió de la habitación, el pasillo parecía distinto.
No más fácil.
Más respirable.
Arturo estaba al fondo, junto a la ventana.
Como si hubiera estado esperando sin querer parecer que esperaba.
Lucía se detuvo.
—Mamá está…
—Lo sé.
—¿Has escuchado?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Lucía lo creyó.
Qué semana más rara.
Arturo miró hacia la puerta cerrada.
—¿Está mejor?
—No sé si mejor. Pero… está.
Él asintió.
Durante unos segundos no dijeron nada.
—La reunión de esta mañana ha sido buena —dijo Arturo.
Lucía casi sonrió.
—¿Ese es tu modo de huir hacia el trabajo?
—Sí.
—Al menos lo reconoces.
Arturo miró por la ventana.
—No sé qué decirte sobre lo del compromiso.
Lucía se apoyó en la pared.
—Eso también podrías decirlo.
—No sé qué decirte sobre lo del compromiso.
—Bien.
—Estoy enfadado.
—Sí.
—Menos por la mentira de lo que esperaba.
Lucía lo miró.
Arturo tenía las manos en los bolsillos y una expresión más cansada que severa.
—¿Por qué más?
—Porque vi cosas y elegí no preguntarlas.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué cosas?
—La forma en que os mirabais cuando creíais que nadie estaba mirando. La manera en que Nicolás evitaba hablar por ti. Tu reacción cuando Beatriz mencionó una cena de compromiso. La foto.
La foto otra vez.
Siempre la foto.
—No sabía qué era cierto —dijo Arturo.
—Yo tampoco.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí menos.
Arturo la miró.
—Pero esta vez preferí no mover nada sin que tú hablaras primero.
La frase cayó con un peso suave.
Lucía tragó saliva.
—Gracias.
—No me des las gracias por llegar tarde a algo elemental.
—Entonces no sé qué decir.
—No digas nada.
Lucía asintió.
Luego, porque la vida parecía empeñada en no dejar conversaciones limpias, Arturo añadió:
—El proyecto sigue en pie.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Aunque haya empezado con una mentira?
—Empezó antes de la mentira. Aunque yo no lo viera.
Lucía se quedó sin palabras.
Arturo no la miró mucho, quizá por misericordia o por incapacidad.
—Lo revisaremos mañana. No hoy.
—¿Mañana?
—Sí. Hoy ya ha habido suficientes reuniones.
Lucía soltó una risa pequeña.
—Estoy de acuerdo.
—Eso también es una novedad.
—No la disfrutemos demasiado.
Arturo asintió.
Luego se alejó hacia la habitación de Beatriz.
Lucía lo vio llamar a la puerta.
Esperar.
Entrar solo cuando Beatriz dijo algo desde dentro.
Qué extraño era ver a su padre aprender modales emocionales a pequeños golpes.
Bajó al patio buscando aire.
No a Nico.
Aire.
Por supuesto.
Nico estaba en el patio.
Porque la vida era muy poco sutil.
Estaba sentado en el muro bajo junto a la fuente, con la carpeta técnica a un lado y las manos entrelazadas. No leía. No fingía trabajar. Solo estaba allí, mirando los olivos.
Lucía se detuvo en la puerta.
Podía volver a entrar.
Podía evitarlo.
Podía recordar que necesitaba espacio.
Nico giró la cabeza.
La vio.
No se levantó.
No la llamó.
Solo esperó.
Lucía caminó hacia él.
Se sentó en el otro extremo del muro, dejando entre ambos una distancia suficiente para que el pacto siguiera vivo y demasiado poca para que su cuerpo estuviera tranquilo.
—He hablado con mi madre —dijo.
Nico la miró.
—¿Cómo está?
—Dolida. Enfadada. Mejor que antes. Peor que antes. No sé.
—Eso suena realista.
—También he hablado con mi padre.
—¿Y?
—Dice que el proyecto sigue en pie.
Nico cerró los ojos un segundo.
—Bien.
—Ese bien no está suspendido.
—Gracias.
Silencio.
La fuente sonaba suave.
La tarde se había vuelto dorada, como si el jueves intentara compensar todas sus violencias con buena luz.
—¿Y tú? —preguntó Lucía.
Nico la miró.
—¿Yo qué?
—¿Cómo estás?
Él respiró hondo.
—No lo sé.
Lucía sonrió apenas.
—Estamos abusando de esa respuesta.
—Es la única que no miente.
Ella asintió.
—Mi madre te ha defendido un poco.
Nico se quedó quieto.
—¿Qué?
—No exactamente. Dijo que también era horrible para ti. Ser la pared.
Nico bajó la mirada.
—Ah.
—Sí.
—No quiero que me defienda.
—No creo que fuera defensa. Creo que fue… verla.
Nico asintió despacio.
—Tu madre ve más de lo que parece.
—Lo camufla con manteles.
—Sistema efectivo.
Lucía se rio un poco.
Luego el silencio volvió.
Había algo pendiente entre ambos desde la biblioteca.
Desde que Nico había dicho que quererla no era mentira.
Desde que Beatriz había salido.
Desde que Lucía le había dicho que no podía estar con él ahora.
—Siento lo de antes —dijo ella.
Nico giró hacia ella.
—No tienes que…
—No empieces. Estoy disculpándome. Es de mala educación impedirlo.
Él cerró la boca.
—No siento pedirte espacio —dijo Lucía—. Eso lo necesitaba. Siento haberte dejado con la sensación de que habías hecho algo mal por decir la verdad.
Nico miró la fuente.
—No fue el mejor momento para decirlo.
—No.
—Pero Beatriz preguntó.
—Sí.
—Y no quería mentirle otra vez.
Lucía sostuvo la respiración.
—Lo sé.
Nico casi sonrió.
—No suspendida?
—No. Hoy no.
—Gracias.
Lucía miró sus manos.
—No sé qué va a pasar con nosotros.
La frase salió baja.
Nico no se movió.
—Yo tampoco.
—Pero hoy, cuando mi madre ha preguntado qué era la foto, no supe responder porque cualquier respuesta parecía demasiado pequeña o demasiado grande.
—Sí.
—Y eso me asusta.
—A mí también.
Lucía giró hacia él.
—¿El anillo…?
Se detuvo.
El nombre ni siquiera había salido entero y ya ocupaba demasiado.
Nico se tensó, pero no retrocedió.
—Está guardado.
—Bien.