mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

Las consecuencias también comen

Beatriz no bajó a comer.

Eso fue lo primero que hizo que la verdad pareciera real.

No los ojos de Patricia al abrazarla en el suelo de la biblioteca. No el silencio de Arturo al salir. No Nico marchándose con una carpeta técnica en la mano y todas las frases no dichas apretadas en la mandíbula.

Beatriz no bajó a comer.

Carmen lo anunció sin dramatismo, como anunciaba las cosas importantes.

—La señora Beatriz tomará algo en su habitación.

Lucía, sentada en la cocina con una taza de caldo delante, sintió que se le cerraba el estómago.

—¿Ha pedido algo?

—Té. Y pan tostado.

—¿Nada más?

—Ahora mismo no necesita menú. Necesita no veros.

Jaime, que estaba apoyado en la encimera con una manzana en la mano y por una vez no parecía dispuesto a usarla como accesorio teatral, bajó la mirada.

—Eso ha dolido incluso sin estar dirigido a mí.

—Tú comes —dijo Carmen.

—Sí, señora.

Samira estaba sentada junto a la ventana, en silencio. Eso, en ella, era casi tan alarmante como en Jaime. Patricia había subido a descansar después de acompañar a Lucía un rato. Mercedes seguía con Beatriz, o cerca de Beatriz, o fingiendo no estar cerca de Beatriz mientras hacía exactamente eso.

Arturo no había aparecido.

Nico tampoco.

La casa, que esa mañana había sido una maquinaria de presentación, se había convertido en algo mucho más difícil: un lugar lleno de personas intentando no ocupar demasiado el dolor de las otras.

Lucía miró el caldo.

—No tengo hambre.

Carmen le puso pan delante.

—No te he preguntado.

—No puedo comer como si nada.

—Nadie come como si nada. Se come porque después de romper cosas también hay que seguir teniendo cuerpo.

Samira levantó la taza.

—Eso debería ir en una servilleta.

—No me pongas frases en servilletas —dijo Carmen—. Bastante tengo con limpiarlas.

Lucía tomó una cucharada.

El caldo estaba caliente, salado, perfecto.

Le dio rabia que algo pudiera estar bueno en mitad de aquella tarde.

—¿Nico? —preguntó Jaime.

Lucía no levantó la cabeza.

—No sé.

—Estaba en el patio hace un rato —dijo Samira—. Con la carpeta. Sin leerla.

Lucía cerró los ojos.

—Genial.

—No lo he dicho para que hagas algo.

—Entonces por qué lo has dicho?

Samira la miró.

—Porque no decirlo también habría sido una forma de hacer algo.

Jaime señaló a Samira con la manzana.

—Esto es lo que digo. Las frases de esta mujer deberían llevar advertencia.

—Y tú mordaza —respondió ella.

Jaime mordió la manzana, quizá por prudencia.

Lucía dejó la cuchara.

—Le pedí espacio.

—Lo sé —dijo Samira.

—Y lo está dando.

—Sí.

—Entonces por qué me siento peor?

Carmen apoyó ambas manos en la encimera.

—Porque cuando alguien por fin respeta lo que pides, ya no puedes enfadarte por el modo en que no te lo da.

Lucía la miró.

—Necesito que hoy nadie sea sabio. De verdad. Ni tú, ni Samira, ni Patricia, ni la vajilla.

—Come —dijo Carmen.

—Eso no es sabio. Es autoritario.

—Mejor.

Lucía obedeció.

Comió poco, pero comió.

Luego subió a su habitación con la intención de trabajar, dormir, llorar o hacer una lista. Las listas siempre habían tenido algo terapéutico. Una lista convertía el caos en líneas. El problema era que esa tarde el caos no quería convertirse en nada.

Sobre la cama estaba el blazer que se había quitado después de la reunión. En la silla, el portátil. Sobre la mesilla, el móvil boca abajo. En el bolsillo del pantalón, al sentarse, notó el papel de la nota de esa mañana.

Hoy no dejo nada comestible.

Jaime ha dicho que podía interpretarse como cortejo agrícola.

Tiene razón y eso me preocupa.

Lucía la leyó otra vez.

El gesto le arrancó una sonrisa mínima, y la sonrisa le dio culpa.

Guardó la nota en el cajón de la mesilla junto a las anteriores.

Café.

Mandarina.

Nada comestible.

Pequeñas pruebas de que Nico había estado intentando aprender un idioma nuevo hecho de límites, bromas y cuidado no invasivo.

Y ahora estaba en el patio con una carpeta que no leía porque ella le había pedido estar sola.

Lucía cerró el cajón.

No podía ir.

No todavía.

Si iba, sería para calmar su culpa. O para buscar consuelo. O para besar una herida que no sabía cómo tocar sin convertirla en otra mentira.

No.

Primero su madre.

Beatriz merecía estar por delante de Nico en esa consecuencia.

La idea de llamar a la puerta de su madre le dio más miedo que la reunión con Alfonso.

Eso era ridículo.

O no.

Alfonso podía decir que no a un proyecto. Beatriz podía mirarla con los ojos heridos y hacerle sentir, sin querer, que volvía a tener doce años y había roto algo demasiado bonito para repararlo.

Lucía esperó una hora.

No porque fuera cobarde.

Bueno.

Sí.

A las cinco y media, se levantó, fue al baño, se lavó la cara, se recogió el pelo y salió al pasillo. La habitación de Beatriz y Arturo estaba al final, en el ala más luminosa del primer piso. La puerta estaba cerrada.

Lucía se detuvo delante.

Levantó la mano.

La bajó.

La levantó otra vez.

Antes de llamar, la puerta se abrió.

Mercedes apareció al otro lado, con un chal de color vino, el abanico cerrado en una mano y esa expresión suya de haber esperado exactamente el momento adecuado para incomodar con precisión.

—Ah —dijo—. Por fin.

Lucía tragó saliva.

—¿Está…?

—Sí.

—¿Puedo pasar?

Mercedes la observó un instante.

—Puedes llamar.

—¿Eso no es lo mismo?

—No. Pasar es entrar. Llamar es aceptar que quizá no te abran.

Lucía cerró los ojos.

—Todo el mundo está insoportablemente profundo hoy.

—La verdad tiene ese efecto. Por eso mucha gente la evita y juega al pádel.

Mercedes salió al pasillo y cerró la puerta casi del todo tras ella.

—Está dolida.

—Lo sé.

—No solo porque mintieras.

Lucía bajó la mirada.

—También lo sé.

—Está dolida porque, durante unos días, creyó que algo que deseaba para ti había llegado sin que ella tuviera que empujarlo. Y ahora siente que se emocionó sola.

La frase le dio de lleno.

Lucía apoyó una mano en la pared.

—No quería eso.

—Claro que no. Casi nadie hace daño con la elegancia suficiente como para quererlo.

Lucía soltó una risa sin humor.

—Qué consuelo tan horrible.

—Era información, no consuelo.

Mercedes la miró con más ternura de la que solía permitirse.

—Pero también te diré algo. Tu madre es más fuerte de lo que parece. Su problema no es que se rompa. Es que, para no romperse, intenta colocarlo todo en su sitio demasiado rápido.

—Como los manteles.

—Como los manteles.

Lucía respiró hondo.

—¿Cree que me burlé de ella?

—No.

—¿Que la usé?

Mercedes inclinó la cabeza.

—Cree que no confiaste en ella.

Eso dolió más.

Porque era verdad.

No había confiado en Beatriz. Ni en Arturo. Ni en la posibilidad de decir “me estáis haciendo daño” sin convertirlo en una bomba. Había elegido mentir porque mentir había parecido más fácil que pedir espacio.

—No confié —dijo.

—Entonces empieza por ahí.

Mercedes abrió la puerta un poco.

—Beatriz, querida. La niña está aquí. Tiene cara de sentencia y arrepentimiento. Es bastante Montoro.

Desde dentro llegó la voz de Beatriz, apagada.

—Mercedes.

—Me voy, me voy. Pero no rompáis nada que no pueda comentarse luego con vermut.

Mercedes se alejó por el pasillo.

Lucía se quedó ante la puerta.

—Mamá?

Silencio.

Luego:

—Pasa.

La habitación de sus padres olía a té, colonia suave y flores.

Flores.

Por supuesto.

Beatriz estaba sentada en el sillón junto a la ventana, con una taza en la mesa auxiliar y una manta sobre las piernas pese a que no hacía frío. No lloraba. Eso, de alguna forma, era peor. Tenía la cara serena de quien había llorado antes y había decidido no regalar más evidencia.

Lucía entró y cerró la puerta.

No del todo.

Un gesto aprendido.

—Hola —dijo.

Beatriz miró por la ventana.

—Hola.

Lucía no se sentó.

No sabía si tenía permiso.

—¿Cómo estás?

Beatriz soltó una risa breve.

—No creo que sea una pregunta justa ahora mismo.

—No.

—Estoy… avergonzada.

Lucía sintió que el pecho se le apretaba.

—Mamá.

—Déjame decirlo.

Lucía cerró la boca.

Beatriz acarició el borde de la taza con los dedos.

—Estoy avergonzada porque me emocioné. Porque llamé a Teresa para contarle, aunque no di detalles. Porque miré vajillas. Porque pensé en tu abuela. Porque vi esa foto y durante un segundo imaginé cosas que quizá no me correspondía imaginar.

Lucía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No quería hacerte eso.

—Lo sé.

—Lo siento.

—También lo sé.

Beatriz la miró entonces.

Había dolor en sus ojos, sí.

Pero no solo dolor.

—Lo que no sé es por qué no pudiste decirme la verdad antes.

Lucía respiró.

Ahí estaba.

La pregunta de verdad.

La que no podía responder con “me acorralasteis” sin lanzar toda la culpa hacia fuera. La que no podía responder con “porque soy idiota” sin hacerla inútil.

—Porque no confié en que me escucharas —dijo.

Beatriz se quedó muy quieta.

Lucía siguió antes de perder valor.

—No esa noche. Ni antes. No confié en que, si decía que me estabais haciendo sentir pequeña, fuerais a parar.

Pensé que me diríais que exageraba. Que estaba sensible.

Que era otra reacción mía. Que Eduardo era buena opción, que mi trabajo era inestable, que papá solo quería ayudar.

Y mentir fue… no sé. Fue como levantar una pared en medio de la mesa.

Beatriz bajó la mirada.

—Y Nico era la pared.

Lucía cerró los ojos.

—Al principio, sí.

—Qué horror.

—Sí.

—Para él también.

Lucía abrió los ojos.

La sorpresa debió de vérsele en la cara.

Beatriz sonrió con tristeza.

—Estoy enfadada contigo, Lucía. No ciega.

La frase, viniendo de su madre, fue casi un milagro.

—Lo sé.

—No uses eso. Es de Nico.

Lucía soltó una risa que se rompió un poco.

Beatriz también sonrió apenas.

Luego se le apagó.

—Pero después no era solo eso, ¿verdad?

Lucía no respondió.

Beatriz miró hacia la mesilla. El móvil estaba allí, boca abajo.

La foto.

Lucía lo supo.

—La foto no parecía una pared —dijo Beatriz.

Lucía tragó saliva.

—No.

—Y cuando Nico dijo que quererte no era mentira…

—Mamá.

—No voy a preguntarte qué sientes. Aunque quiera. Aunque me muera de ganas. Aunque tenga que sentarme sobre mis propias manos para no llamar a nadie y preguntar qué se hace en estos casos.

Lucía se limpió una lágrima.