Capítulo 26 #3
Beatriz lo escuchó sin apartar la mirada.
—¿Y todo lo que dijiste?
Nico se quedó quieto.
—¿Qué parte?
—Cuando dijiste que la querías.
Lucía sintió que el aire se iba de la habitación.
Arturo levantó la vista.
Nico no miró a Lucía.
Miró a Beatriz.
—Eso no era mentira.
El silencio fue brutal.
Lucía cerró los ojos.
No ahora.
No así.
Pero ya estaba dicho.
Beatriz lo recibió como si fuera una segunda verdad golpeando a la primera.
—Entonces no entiendo nada —susurró.
Lucía sintió que algo se le rompía.
—Yo tampoco, mamá.
Beatriz se levantó.
No rápido.
No teatral.
Pero se levantó.
—Necesito aire.
—Mamá…
—No.
Lucía se detuvo.
Beatriz levantó una mano.
No con violencia.
Con límite.
—Ahora no, Lucía.
La frase dolió más que un grito.
Porque Lucía la reconoció.
Era exactamente lo que ella había pedido tantas veces.
Espacio.
No ahora.
No me invadas para calmar tu culpa.
Beatriz salió de la biblioteca.
Sin portazo.
Eso fue peor.
Lucía se quedó quieta, con el cuerpo entero frío.
Arturo fue hacia la puerta, pero se detuvo antes de seguirla.
Miró a Lucía.
Luego a Nico.
—¿Quién más lo sabe?
Lucía tragó saliva.
—Patricia. Samira. Jaime sospechaba. Mercedes probablemente.
—Carmen —dijo Nico.
Arturo cerró los ojos un instante.
—Naturalmente.
No sonó enfadado.
Sonó cansado.
—Papá…
Arturo levantó una mano.
—No ahora.
Otra vez.
Lucía apretó los labios.
—De acuerdo.
Arturo miró el dossier sobre la mesa.
Luego a ella.
—La reunión ha sido buena. El proyecto sigue siendo bueno.
Lucía no esperaba eso.
Casi le hizo más daño.
—Pero ahora no puedo separar las cosas tan rápido —añadió él.
—Lo sé.
—No lo sabes. Pero aprenderás.
La frase no tuvo crueldad.
Solo cansancio.
Arturo salió tras Beatriz.
La biblioteca quedó vacía con Lucía y Nico dentro.
El portátil seguía mostrando la portada.
Dirección de concepto: Lucía Montoro.
Informe técnico: Nicolás Salvatierra.
Lucía lo miró y sintió, por primera vez desde la reunión, que el éxito no la protegía de nada.
—No deberías haber dicho eso —susurró.
Nico no fingió no entender.
—Lo sé.
Esta vez ella no lo corrigió.
—Perdón.
—Tampoco.
Nico cerró la boca.
Lucía se abrazó a sí misma.
—Le he hecho daño.
—Sí.
—Y a mí me ha dolido que me pidiera espacio aunque yo sepa que tiene derecho.
—Sí.
—Y ahora quiero que me digas algo que lo arregle, pero si lo haces te voy a odiar.
Nico dio un paso atrás.
No hacia ella.
Atrás.
—Entonces no lo haré.
Lucía lo miró.
El gesto le dolió y la sostuvo al mismo tiempo.
—No puedo estar contigo ahora.
Nico asintió.
—Lo entiendo.
—No entiendas tan bien.
La voz se le quebró.
Nico apretó la mandíbula.
—No lo entiendo bien. Solo intento no empeorarlo.
Lucía cerró los ojos.
—Necesito estar sola.
—Sí.
Él recogió su carpeta técnica de la mesa.
Se detuvo un segundo, como si quisiera decir algo.
No lo dijo.
Bien.
Mal.
Todo.
—Estoy cerca si necesitas algo —dijo al fin.
Lucía abrió los ojos.
—Eso sí puedes decirlo.
Nico asintió.
Y se fue.
Lucía se quedó sola en la biblioteca pequeña.
Durante unos segundos no lloró.
Solo miró el dossier.
La mesa de Amparo.
La portada.
Su nombre.
El proyecto seguía allí.
La verdad también.
Ninguna de las dos cosas se anulaba.
Pero la habitación parecía mucho más grande ahora que la mentira había salido de ella.
Patricia entró diez minutos después sin llamar.
Lucía estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared, con la cabeza sobre las rodillas.
Su hermana no preguntó nada.
Se sentó a su lado con cierta dificultad.
—Voy a necesitar ayuda para levantarme después —dijo.
Lucía soltó una risa rota.
—Eres idiota.
—Genético.
Patricia le pasó un pañuelo.
—Mamá está en el jardín con Mercedes.
Lucía cerró los ojos.
—¿Está muy mal?
—Está herida.
—Sí.
—Pero no rota.
Lucía respiró con dificultad.
—No quería hacerle daño.
—Ya.
—Pero lo hice.
—Sí.
Patricia apoyó la cabeza contra la pared.
—Bienvenida a las relaciones humanas. Son horribles.
Lucía se rio entre lágrimas.
—No puedo más con el crecimiento personal.
—Nadie puede. Por eso la gente vuelve a discutir por manteles.
Se quedaron en silencio.
—Papá? —preguntó Lucía.
—En la biblioteca grande. Solo.
—Fantástico.
—No ha destruido nada.
—Progreso.
Patricia le tocó la mano.
—Has hecho bien en decirlo.
Lucía miró a su hermana.
—Ha salido fatal.
—No. Ha salido doloroso. No es lo mismo.
Lucía cerró los ojos.
La frase se acomodó en algún sitio.
Doloroso no era igual que fatal.
Quizá.
—Nico ha dicho que quererme no era mentira —dijo en voz baja.
Patricia no pareció sorprendida.
—Porque no lo es.
Lucía soltó aire.
—No puedo con eso ahora.
—Entonces no puedas ahora.
—Qué consejo tan raro.
—Me estoy volviendo sabia. Es el bebé.
—El bebé va a ser insoportable.
—Con suerte, sí.
Lucía apoyó la cabeza en el hombro de su hermana.
Patricia la dejó.
Y durante un rato, no hablaron.
Al otro lado de la casa, la mentira empezaba a producir sus primeras consecuencias.
En la biblioteca pequeña, Lucía aprendía que decir la verdad no te limpia de inmediato.
Primero ensucia más.
Saca polvo.
Mueve muebles.
Deja marcas en la mesa.
Y solo después, quizá, permite respirar.