mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Lucía lo miró a través de la pantalla.

—Sería condición previa. El concepto no se abre a negociación estética sin dirección clara. La inversión tendría que entrar en fases, no en identidad.

Eduardo sonrió apenas.

—Me parece razonable.

Jaime, desde su silla, se tapó la boca con una mano para no decir algo.

Samira le puso un bolígrafo en la otra, como si darle un objeto redujera el riesgo.

La reunión duró cuarenta y cinco minutos.

Lucía habló más que Arturo.

Nico habló cuando debía.

Arturo no la corrigió ni una sola vez delante de Alfonso.

Ni una.

Cuando la llamada terminó, la pantalla volvió a la portada del dossier.

Durante unos segundos nadie habló.

Lucía seguía de pie.

No sabía si moverse, respirar o sentarse en el suelo.

Alfonso había pedido una copia completa. Quería revisar números. Podía interesarle la fase dos, siempre que las condiciones quedaran claras. Eduardo había dicho que la propuesta era “más fuerte precisamente porque no intentaba gustar a todo el mundo”.

Arturo había respondido:

—Ese era el objetivo de Lucía.

El objetivo de Lucía.

No “el objetivo”.

No “nuestro objetivo”.

De Lucía.

Ella había oído la frase y había seguido hablando porque detenerse a sentirla habría sido poco profesional y posiblemente desastroso para su maquillaje inexistente.

Ahora la reunión había terminado.

Y todo el mundo la miraba.

—Bueno —dijo Jaime al fin—. Yo no quiero exagerar, pero esto merece una placa, una estatua y quizá una canción.

Patricia se levantó y abrazó a Lucía.

No le preguntó.

Solo la abrazó.

Lucía aceptó el abrazo con un ruido extraño, medio risa, medio respiración que casi se rompe.

—Lo has hecho muy bien —dijo Patricia en su oído.

—No llores, que lloro yo.

—Estoy embarazada. Lloraré aunque no quieras.

Beatriz fue la siguiente.

La abrazó con cuidado, como si hubiera aprendido algo sobre no apretar demasiado.

—Has estado maravillosa —dijo.

Lucía cerró los ojos.

—Gracias, mamá.

—Y no he dicho nada de flores.

Lucía soltó una risa contra su hombro.

—También lo he notado.

Jaime la abrazó después, levantándola del suelo pese a sus amenazas.

—Mi hermana, dirección de concepto, destructora de inversores blandos.

—Bájame.

—Estoy orgulloso.

—Jaime.

—Vale, vale.

La bajó.

Samira le apretó la mano.

—La apertura era tuya.

Lucía asintió.

No podía hablar mucho.

Luego Arturo se acercó.

No la abrazó.

No porque no quisiera, quizá.

O quizá porque ninguno de los dos sabía aún cómo hacer eso sin activar demasiadas alarmas internas.

Le tendió la copia impresa del dossier.

—Esto es bueno —dijo.

No “no está mal”.

No “sólido”.

No “la base funciona”.

Bueno.

Lucía tomó el dossier.

—Gracias.

Arturo sostuvo su mirada.

—Y es tuyo.

La frase fue pequeña.

Pero ahí sí.

Ahí sí le tembló algo por dentro.

Lucía tragó saliva.

—Sí.

—No lo olvides en la siguiente reunión.

—No pienso hacerlo.

Arturo asintió.

Luego se apartó.

Nico fue el último.

No porque esperara un momento íntimo. No podía haberlo allí, con todos presentes, con la mentira todavía viva y respirando en medio de la habitación.

Se acercó solo un poco.

—Lo has hecho —dijo.

Lucía lo miró.

—Sí.

—No frase peligrosa. Hecho.

Ella casi sonrió.

—Aceptada.

Nico bajó la mirada al dossier en sus manos.

—Felicidades, Lucía.

Eso sí la golpeó.

No porque fuera una frase grande.

Porque fue limpia.

Sin deuda.

Sin pasado.

Sin apropiarse.

Felicidades.

A ella.

—Gracias, Nico.

El pacto seguía intacto.

Por fuera.

Por dentro, Lucía no estaba tan segura de nada.

La celebración duró poco.

No porque no hubiera alegría, sino porque la otra parte del jueves esperaba al fondo de la habitación como una silla vacía.

La verdad.

Lucía lo supo.

Nico también.

Arturo quizá.

Patricia seguro.

Samira lo percibió y empezó a recoger papeles con una eficiencia silenciosa. Jaime, por una vez, no hizo bromas durante casi dos minutos. Beatriz hablaba con Carmen en la puerta sobre preparar algo especial para comer, emocionada, todavía en el brillo del éxito de su hija.

Y Lucía sintió el peso de lo que estaba a punto de hacerle.

No por maldad.

Por haber dejado que la mentira creciera tanto.

Nico se acercó a ella mientras los demás se dispersaban.

—No tiene que ser ahora mismo —dijo en voz baja.

Lucía miró a su madre en la puerta.

Beatriz sonreía. De verdad.

—Si no es ahora, voy a usar cualquier excusa para aplazarlo.

Nico respiró hondo.

—De acuerdo.

—No digas de acuerdo como si estuvieras firmando una condena.

—No sé decirlo de otra manera ahora.

Lucía miró el dossier.

Su nombre.

Su trabajo.

Su puerta abierta.

Luego miró a Nico.

—Primero mis padres.

—Sí.

—Tú vienes.

—Sí.

—No para salvarme.

—No.

—Para decir tu parte.

—Sí.

—Y si mi padre intenta convertirlo en otra cosa…

—Te paso el agua.

Lucía soltó una risa pequeña.

Dolida.

—Exacto.

Patricia se acercó.

No preguntó.

Solo dijo:

—Estoy cerca.

Lucía asintió.

Samira, desde la mesa, levantó la vista.

—Yo también.

Jaime apareció detrás.

—Yo también, aunque probablemente estropee algo.

—Lo sé —dijo Lucía.

—Suspendida —dijo Nico en voz baja.

Ella lo miró.

A pesar de todo, casi sonrió.

—Retirada.

Arturo estaba en el pasillo, hablando con Beatriz. Lucía caminó hacia ellos con el dossier contra el pecho, como si fuera un escudo absurdo.

—Papá. Mamá.

Los dos giraron.

Beatriz seguía sonriendo.

—¿Sí, cariño?

La palabra casi la hizo retroceder.

Nico estaba a su lado.

No demasiado cerca.

Suficiente.

—Tenemos que hablar —dijo Lucía.

Beatriz miró de ella a Nico.

La sonrisa cambió.

No desapareció del todo. Se volvió cauta.

Arturo entendió antes.

Lucía lo vio en su cara.

—¿Dónde? —preguntó él.

—La biblioteca pequeña.

Beatriz frunció el ceño.

—¿Ha pasado algo con la reunión?

—No.

—Entonces…

Lucía tragó saliva.

—Con la reunión no.

Beatriz se quedó quieta.

—Ah.

Ese ah.

Los ah de Los Olivos ya merecían un capítulo propio.

Volvieron a la biblioteca pequeña.

Esta vez solo ellos cuatro.

Lucía, Nico, Arturo, Beatriz.

El portátil seguía mostrando la portada del dossier en reposo. La mesa estaba llena de papeles, tazas, bolígrafos, fotos de la bodega. La habitación todavía olía a café y a éxito reciente.

Qué cruel era decir la verdad en un sitio donde acababas de ganar algo.

Beatriz se sentó primero.

Arturo no.

Lucía tampoco.

Nico se quedó junto a ella, de pie.

—Me estás asustando —dijo Beatriz.

Lucía cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, miró a su madre.

—Lo siento.

Beatriz palideció.

—¿Por qué?

Lucía sintió que Nico se tensaba a su lado.

No intervino.

Bien.

—Porque os he mentido.

La frase salió.

Sola.

Entera.

No hubo trueno.

No se rompió la casa.

No gritó nadie.

Solo silencio.

Beatriz miró a Nico.

Luego a Lucía.

—¿Sobre qué?

La pregunta era terrible porque ya sabía la respuesta y aun así necesitaba no saberla un segundo más.

Lucía apretó el dossier contra el pecho.

Luego lo dejó sobre la mesa.

No necesitaba escudo.

—Sobre el compromiso.

Beatriz no se movió.

Arturo cerró los ojos.

Solo un instante.

Nico dijo:

—Yo seguí la mentira.

Beatriz lo miró.

—¿Qué significa seguí?

Lucía respondió antes de que él pudiera hacerlo todo más fácil para ella.

—Significa que yo lo inventé en la cena. No estaba prometida. No estaba saliendo con nadie. Me sentí acorralada, humillada, cansada de que hablarais de Eduardo, de mi trabajo, de mi vida como si fuera algo que había que corregir. Y mentí.

La voz no le tembló al principio.

Luego sí.

Un poco.

—Nico entró por la puerta en el peor momento posible. Yo dije que era él. Y él… no me dejó sola delante de vosotros.

Beatriz seguía inmóvil.

Arturo miraba al suelo.

—No era verdad —dijo Lucía—. No estamos prometidos.

La frase final cayó con más peso que la primera.

No estamos prometidos.

Beatriz dejó las manos sobre el regazo.

Muy quietas.

—Entonces la foto…

Lucía sintió el golpe.

La foto.

Claro.

No la cena.

No el dossier.

No la mentira inicial.

La foto.

—La foto no era parte del compromiso —dijo.

La voz le salió más baja.

Beatriz levantó los ojos.

Había dolor en ellos.

También confusión.

—¿Qué era entonces?

Lucía no supo responder.

Esa era la parte peor.

Nico tampoco respondió por ella.

Lo agradeció.

Lo odió.

—No lo sé todavía —dijo Lucía.

Beatriz tragó saliva.

—Pero me mentiste.

—Sí.

—Me dejaste creer…

—Sí.

—Nos dejaste preparar cosas, alegrarnos, pensar que…

—Sí.

Cada sí le dolió más que una defensa.

Pero no iba a defenderse con la forma de amor torpe de su madre.

No esta vez.

—Lo siento —dijo Lucía—. Muchísimo. No debí dejar que creciera así.

Beatriz miró a Nico.

—¿Y tú?

Nico dio un paso.

—Yo pude decir la verdad desde el primer segundo. No lo hice. Al principio pensé que solo la estaba ayudando a salir de una situación horrible. Después… después seguí porque también me convenía estar cerca, trabajar aquí, tener una excusa para no irme. Eso es mío. Lo siento.