mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Cómplice.

Raro.

Nico observó la escena sin intervenir, y por una vez Lucía no sintió que estar siendo vista la empequeñeciera.

El mercado acabó con Jaime cargando bolsas de cerámica, lino, fruta, miel y algo que Mercedes había comprado y se negaba a explicar “por decoro tardío”.

Samira había adquirido flores secas que no parecían flores y por tanto eran aceptables.

Patricia comía una empanadilla en un banco con la felicidad simple de quien había abandonado cualquier pretensión de elegancia.

De vuelta a Los Olivos, Lucía condujo esta vez con Nico en el asiento del copiloto.

No había sido planeado.

O eso aseguró Jaime cuando le quitó las llaves a Patricia y anunció que él necesitaba “reflexionar sobre la carga masculina en el coche de Samira”.

Samira respondió:

—Vas atrás y callado.

—Eso también es reflexión.

Lucía pudo haber protestado.

No lo hizo.

Ese fue su primer error.

El segundo fue poner música.

El tercero, que sonara una canción de hacía siete años.

No una canción cualquiera.

Una de las de Lisboa.

Los primeros acordes llenaron el coche con una precisión cruel.

Lucía llevó la mano a la pantalla para cambiarla.

Nico fue más rápido.

También intentó cambiarla.

Sus dedos chocaron sobre el botón.

Los dos se quedaron quietos.

La canción siguió.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Lucía retiró la mano.

Nico también.

Ninguno cambió la música.

La carretera entre el pueblo y Los Olivos se extendía delante, bordeada de olivos y luz de tarde. El coche olía a ciruelas, lino antiguo y peligro.

—Esta canción —dijo Nico.

—No.

—Vale.

—No, vale no. Quiero decir que no hace falta decirlo.

—De acuerdo.

Silencio.

La canción llegó al estribillo.

Lucía sintió que el pasado se sentaba en el asiento trasero y, por una vez, no gritaba.

Solo estaba.

—La escuché en la estación —dijo.

Nico cerró los ojos un segundo.

—No lo sabía.

—Sonaba en un bar de al lado. Muy bajo. Yo estaba sentada en el andén y pensé que era una estupidez que pusieran una canción tan bonita en un día tan horrible.

Nico miraba la carretera.

No dijo perdón.

Gracias.

—No he vuelto a escucharla entera desde entonces —dijo Lucía.

—¿Quieres que la quite?

Lucía tragó saliva.

Podía decir sí.

Habría sido razonable.

—No.

Nico asintió.

La canción siguió.

No la salvó.

No la rompió.

No convirtió el momento en una disculpa.

Solo se quedó allí, a su lado, mientras ella atravesaba tres minutos y cuarenta segundos que llevaba siete años evitando.

Cuando terminó, entraban ya por la verja de Los Olivos.

Lucía apagó el motor.

Nico no se movió.

Ella tampoco.

—Ya está —dijo.

La voz le salió sorprendida.

Como si hubiera terminado una carrera sin darse cuenta.

Nico la miró.

—Sí.

Lucía soltó una risa pequeña.

No triste.

No del todo.

—La odiaba menos de lo que pensaba.

—¿La canción?

Ella miró la casa.

—No sé si solo la canción.

Nico no respondió.

Eso fue perfecto.

Y peligroso.

—No me beses —dijo Lucía.

Él se quedó inmóvil.

—No iba a hacerlo.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

—Era para recordármelo a mí.

Nico bajó la mirada.

Cuando volvió a levantarla, tenía una expresión que la hizo arrepentirse de no tener menos principios hasta el jueves.

—Lucía.

—No.

—No iba a decir nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara vuelve a estar fuera de control.

—Mucho.

Fuera, Jaime golpeó el cristal del coche.

—¡No sé si estáis viviendo un videoclip de tensión adulta, pero llevo cerámica encima y mi hombro reclama derechos laborales!

Lucía apoyó la frente en el volante.

—Lo voy a abandonar en una gasolinera.

—No hemos pasado por ninguna —dijo Nico.

—Improvisaré.

Bajaron.

La tarde volvió a tragárselos con bolsas, voces y trabajo pendiente. Pero algo se había movido en el coche.

Algo pequeño.

Una canción que ya no era solo herida.

Un silencio que no exigía disculpa.

Un pasado que, por primera vez, no parecía una habitación cerrada sino una carretera que aún dolía, pero que podía recorrerse sin romperse del todo.

A las seis, retomaron el dossier.

A las ocho, Arturo aprobó la estructura de la presentación.

A las nueve, Beatriz sirvió cena sin mencionar compromisos.

A las diez, Mercedes preguntó si alguien quería vermut “por razones espirituales” y Carmen la mandó sentarse.

A las once, Lucía subió a su habitación con el cuerpo cansado y la cabeza llena de texto, fotos, canción y manos que no debía tocar.

No miró la foto antes de dormir.

Fue una victoria.

Pequeña.

Sospechosa.

Pero victoria.

En cambio, encontró la mandarina sobre la mesilla.

La había subido sin darse cuenta.

La miró durante un rato.

Luego la peló, se comió un gajo y se echó a reír sola en la habitación como una idiota.

Al otro lado de la pared, hubo un toque suave.

Lucía se quedó quieta.

Un toque.

Como pregunta.

Ella tragó el gajo.

Luego dio otro toque.

Como respuesta.

No era un beso.

No rompía el pacto.

No mentía más de lo que ya estaban mintiendo.

Solo era un sonido pequeño en una pared antigua.

Una forma absurda y cítrica de decir:

sigo aquí.

Y esa noche, por primera vez en años, Lucía escuchó la canción de Lisboa en su cabeza hasta el final.

Sin apagarla.