mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

Miércoles no es un lugar seguro

El miércoles llegó con una lista de tareas, una amenaza de lluvia y la sospecha generalizada de que nadie en Los Olivos estaba comportándose con normalidad.

Ni siquiera la finca.

El cielo amaneció gris, bajo, como si alguien hubiera extendido una sábana húmeda sobre los olivos. La luz entraba en la casa con una suavidad rara, menos mediterránea y más de novela inglesa donde alguien acababa confesando un secreto en un pasillo.

Lucía decidió no pensar en eso.

Pensar en secretos era improductivo.

También inevitable.

Después del jueves.

La frase llevaba dos días instalada en su cabeza como una alarma programada.

Después del jueves dirían la verdad.

Después del jueves el falso compromiso dejaría de ser una estructura de soporte para convertirse en ruina controlada.

Después del jueves tendrían que mirar qué quedaba entre ellos cuando no hubiera mentira, proyecto urgente ni familia alrededor haciendo ruido suficiente para tapar el miedo.

Lucía se sentó en la cama, miró la mandarina a medio pelar de la noche anterior y se sintió juzgada por una fruta.

—No empieces tú también —le dijo.

La mandarina no respondió.

Punto para ella.

Se levantó, se duchó y se vistió con ropa cómoda pero seria: pantalón negro, jersey fino color marfil y botas. El tipo de ropa que decía “puedo defender un dossier ante inversores” y también “no he pasado diez minutos pensando si este jersey favorece demasiado cuando Nico me mire”.

Porque no lo había hecho.

Habían sido ocho.

Al abrir la puerta de su habitación, encontró una nota en el suelo.

Esta vez no había café.

No había mandarina.

Solo una nota doblada.

Lucía la miró con el corazón dando un salto absolutamente injustificado.

La recogió.

Hoy no dejo nada comestible.

Jaime ha dicho que podía interpretarse como cortejo agrícola.

Tiene razón y eso me preocupa.

Lucía soltó una risa antes de poder evitarlo.

La puerta azul estaba cerrada.

—Idiota —susurró.

Se guardó la nota en el bolsillo.

Otra.

Ya no podía seguir fingiendo que las guardaba por ausencia de papeleras. Necesitaría un argumento nuevo o una personalidad menos ridícula.

Bajó a la cocina.

Jaime estaba allí, por supuesto. El destino tenía sentido del humor y horarios fijos.

—Buenos días —dijo él—. ¿Hay novedades del huerto sentimental?

Lucía se sentó.

—Buenos días a todos menos a Jaime.

—Me estás dando mucha estabilidad emocional con esa frase.

Samira, junto a la ventana, bebía café mientras revisaba una paleta de materiales.

—Nico ha venido antes a pedir consejo sobre qué no dejar en tu puerta. Ha sido enternecedor y penoso.

Lucía giró hacia ella.

—¿Qué?

—Me preguntó si la mandarina había sido demasiado.

—No.

Jaime levantó una ceja.

—Ese no ha sido un no muy convincente.

—Era una fruta.

—También fue una declaración de fibra.

Patricia entró en la cocina con una carpeta y expresión de sueño atrasado.

—¿Seguís hablando de la mandarina?

—Sí —dijo Jaime—. Estamos en la fase académica.

—Qué familia tan agotadora.

—Lo dices como si no fueras parte.

—Estoy embarazada. Tengo inmunidad parcial.

Carmen puso café delante de Lucía.

—Hoy desayunáis y os vais a trabajar. Nada de convertir cítricos en literatura.

Samira la señaló con la taza.

—Demasiado tarde.

Lucía bebió café.

No preguntó por Nico.

No miró hacia la puerta.

No hizo inventario.

Aguantó exactamente catorce segundos.

—¿Está en la bodega?

Jaime apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Me gustaría que constara en acta que yo no he dicho nada.

—No hagas actas.

Patricia sonrió.

—Está con Arturo en la biblioteca grande. Han empezado a revisar presupuestos antes de las ocho.

Lucía dejó la taza.

—¿Antes de las ocho?

—Papá estaba despierto desde las seis —dijo Patricia—. Nico, según Carmen, desde las siete.

Carmen no levantó la vista.

—Los dos necesitan aprender a dormir.

—Todos necesitamos aprender algo en esta casa —dijo Jaime—. Yo, por ejemplo, límites con mujeres que me dan miedo.

Samira pasó una página.

—No vas bien.

—Lo sé.

Lucía se levantó.

—Voy a la biblioteca.

—Claro —dijo Jaime—. Por el dossier.

—Por el dossier.

—No por el hombre que pregunta a floristas si la fruta es demasiado.

Lucía cogió una rebanada de pan y se la lanzó.

Jaime la atrapó.

—¡Desayuno aéreo!

—Esta familia va a acabar con mi paciencia —murmuró Carmen.

—Tu paciencia murió en 1998 —dijo Patricia.

—Y no la echo de menos.

La biblioteca grande tenía la puerta entreabierta.

Lucía se detuvo antes de entrar.

No para escuchar.

Bueno.

Quizá un poco.

Dentro, Arturo hablaba con voz baja:

—No esperaba que te quedaras toda la semana.

—Lucía necesitaba cerrar el dossier —respondió Nico.

—No he preguntado por el dossier.

Lucía se quedó inmóvil.

Fantástico.

El miércoles había decidido empezar fuerte.

—Entonces no sé si debería responder —dijo Nico.

—Eso no te ha detenido estos días.

Silencio.

Lucía apretó la carpeta contra el pecho.

Podía entrar.

Debía entrar.

Otra vez.

Pero algo en la voz de Arturo la frenó. No tenía el filo de antes. No era la biblioteca de hacía dos noches. No sonaba a interrogatorio. Sonaba a algo más incómodo.

A padre intentando hablar sin instrucciones.

—Sé que Lucía no es fácil —dijo Arturo.

Lucía cerró los ojos.

Allá vamos.

—No —respondió Nico—. Lucía no es cómoda.

El aire se detuvo.

—No es lo mismo? —preguntó Arturo.

—No. Cómodo es lo que no te obliga a moverte. Lucía te obliga a mirar dónde estás parado.

Lucía sintió que la frase le entraba en el pecho como agua demasiado fría.

Silencio.

Luego Arturo dijo:

—Siempre has tenido talento para las frases que parecen mejores de lo que son.

—Esta es bastante exacta.

—Quizá.

Lucía casi entró solo por la sorpresa.

Arturo diciendo quizá.

Otro síntoma del apocalipsis emocional.

—También sé —continuó Arturo— que te hice daño.

Lucía dejó de respirar.

Nico no respondió.

—A ti —añadió Arturo—. No solo a ella.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue enorme.

Lucía sintió que no debería estar allí.

Esta vez sí.

No debía.

Dio un paso atrás.

La madera crujió bajo su pie.

Dentro, las voces se callaron.

Perfecto.

La puerta se abrió por completo.

Nico apareció primero.

Al verla, su cara cambió.

No culpa.

No molestia.

Preocupación.

—Hola —dijo Lucía, con la brillante naturalidad de una persona sorprendida espiando una conversación delicada—. Venía por el dossier, pero parece que he elegido entrada dramática.

Arturo estaba de pie detrás del escritorio, con una carpeta abierta y las gafas en la mano.

—Lucía.

—He oído solo el final.

No era mentira.

No del todo.

Nico no dijo nada.

Arturo tampoco.

—Y voy a fingir que no he oído nada porque esta familia necesita practicar intimidad ajena —añadió ella.

Arturo la observó.

Luego asintió.

—Agradecido.

Lucía parpadeó.

—No uses palabras de educación formal conmigo a estas horas.

Nico bajó la vista para esconder una sonrisa.

Ella entró y dejó su carpeta sobre el escritorio.

—Hoy cerramos versión preliminar, ¿no?

Arturo se colocó las gafas.

—Sí.

—Bien.

Lucía miró a Nico.

Él la miró a ella.

Había algo en sus ojos. Algo removido por la conversación con Arturo. Algo que no podía decirse en una biblioteca con alfombra persa, presupuestos y un pacto de no besarse flotando como un cartel de prohibido fumar.

—¿Café? —preguntó él.

—Ya he tomado.

—Agua?

—Estoy respirando bien de momento.

—Perfecto.

Arturo miró de uno a otro.

Lucía se volvió hacia el dossier.

—Trabajemos antes de que papá haga otra pregunta filosófica y el techo se derrumbe.

—No ha sido filosófica —dijo Arturo.

—Casi pides perdón a Nico antes de las nueve. Eso es metafísica familiar.

Nico la miró.

Arturo no negó.

Lucía tampoco empujó más.

El trabajo del miércoles fue brutal.

No por la cantidad de tareas, aunque también.

Sino porque el dossier ya no era una idea en construcción.

Empezaba a parecer real. Demasiado real.

Con portada, índice, fotografías, fases, cifras, modelo de ingresos, límites, riesgos, calendario, rol de cada uno y una propuesta de prueba extendida para otoño.

Cada página obligaba a Lucía a hacer algo que hasta entonces le había resultado casi tan difícil como perdonar: tomar su propia visión en serio.

No como impulso.

No como capricho.

No como reacción contra Arturo.

Como proyecto.

A las once, Patricia corrigió textos.

A las once y media, Samira añadió una sección visual donde escribió “piedra, sombra, mesa, aceite, madera, silencio” y luego miró a Arturo como si lo desafiara a eliminar una sola palabra.

Arturo eliminó “silencio”.

Samira lo volvió a poner.

Arturo la miró.

Samira lo sostuvo.

Lucía intervino:

—Silencio se queda.

—El silencio no se vende —dijo Arturo.

—Precisamente por eso se cobra caro —respondió Samira.

Jaime, desde un sillón, murmuró:

—Creo que acabo de enamorarme otra vez.

—Tú no estabas invitado a esta reunión —dijo Patricia.

—Soy apoyo moral.

—Eres ruido en reposo.

—Eso tiene valor escénico.

Carmen apareció a mediodía con una bandeja de café, bizcocho y la orden de que nadie discutiera con la boca vacía.

—Si vais a destruir conceptos —dijo—, al menos masticad.

Arturo tomó una taza.

—Gracias, Carmen.

Carmen lo miró con sospecha.

—No me hables tan fino. Me inquietas.

Lucía soltó una carcajada.

Nico también.

Arturo no pareció ofendido.

Eso, francamente, ya era casi sobrenatural.

A la una, empezaron a discutir la reunión del jueves.

Alfonso se conectaría a las once.

Eduardo quizá estaría presente desde Madrid.

Lucía no comentó nada ante eso, aunque Jaime levantó las cejas con teatralidad y Samira le pisó el pie bajo la mesa.

Arturo presentaría la estructura de inversión.

Nico, el alcance técnico.

Lucía, concepto, experiencia y límites.

No “ayudaría”.

No “explicaría su parte”.

Presentaría.

Ella.

—Quiero abrir yo —dijo Lucía.

Arturo levantó la vista.

—Pensaba abrir yo con contexto.

—El contexto es la finca. La propuesta soy yo.

La mesa quedó en silencio.

Nico miró el documento, pero Lucía vio que sonreía.

Samira también.

Patricia, directamente, dejó de fingir y sonrió.

Arturo sostuvo su mirada.

—De acuerdo.

La palabra ya no sonó a concesión.

Sonó a reconocimiento.

Lucía tragó saliva.

—Bien.