Capítulo 24 #2
—Voy a decir una sola vez —anunció— que trabajar con gente que tiene tensión no resuelta reduce la productividad.
—No hay tensión —dijo Lucía.
—Hay tanta tensión que podría usarse para colgar la estructura lateral.
Nico miró el dossier.
—Seguimos con categorías.
—Gracias —dijo Lucía.
—No era por ti. Era por supervivencia.
Arturo se quitó las gafas.
—¿Hay algún asunto que deba conocer y que afecte al proyecto?
La pregunta cayó en la mesa como una piedra.
Lucía se quedó inmóvil.
Nico también.
Patricia dejó de teclear.
Samira miró a Arturo con interés repentino.
—¿A qué te refieres? —preguntó Lucía.
Arturo sostuvo su mirada.
—A que cualquier dinámica personal que interfiera con decisiones profesionales debe estar controlada.
Jaime, que apareció justo en la puerta con una caja de papeles, eligió ese momento para decir:
—Uy.
Todos giraron hacia él.
—Mal momento? —preguntó.
—Siempre —dijo Samira.
Jaime entró de todos modos.
—Traigo facturas antiguas de mantenimiento, cortesía de Carmen, que dice que si alguien vuelve a llamarlas “papeles de cocina”, quemará el mundo.
Dejó la caja sobre la mesa y, por primera vez, pareció entender que había entrado en algo menos gracioso de lo previsto.
—Me voy? —preguntó.
—Sí —dijeron Lucía, Nico y Arturo.
—Qué coordinación tan incómoda.
Samira se levantó.
—Voy contigo.
Jaime pareció ilusionarse.
—¿A consolarme?
—A asegurarme de que no escuchas detrás de la puerta.
—Eso también es una forma de atención.
Salieron.
Patricia miró a Lucía, preguntando sin hablar.
Lucía respiró hondo.
No.
No podía decirlo ahora.
Después del jueves.
El pacto era precisamente para esto.
Para no convertir el dossier en daño colateral.
—Lo que afecta al proyecto —dijo Lucía— es que hay que definir roles claros. Lo has dicho tú. Mi relación con Nico, sea personal o profesional, no cambia que el dossier necesita una estructura fuerte y un informe técnico honesto.
Arturo no apartó la mirada.
—No he preguntado por tu relación con Nico.
—Sí.
El silencio se tensó.
Lucía sostuvo la mirada de su padre.
—No con esas palabras. Pero sí.
Nico habló con voz baja:
—Arturo, mi informe no cambia por nada personal.
—Eso espero.
Lucía se giró hacia Nico.
—Y mi concepto tampoco.
Nico la miró.
—Lo sé.
No lo retiró.
Lucía tampoco se lo pidió.
Arturo observó a ambos durante unos segundos más.
Luego asintió.
—Entonces seguimos.
Y siguieron.
Pero algo había quedado en el aire.
No descubierto.
No todavía.
Pero sí visible como una grieta bajo pintura clara.
A mediodía, Beatriz asomó la cabeza para anunciar que el almuerzo sería en el patio y que “no pensaba hablar de compromisos”.
La frase, por supuesto, hizo que todos pensaran en compromisos.
Lucía cerró el portátil con más fuerza de la necesaria.
—Fantástico.
—No te enfades.
—No estoy enfadada.
—Tienes cara de estarlo.
—Es mi cara de martes.
Beatriz entró con un cuenco de almendras.
—He pensado que quizá esta tarde podríamos hacer una pausa. Todos. Ir al pueblo. Hay mercado pequeño. Nico podría venir. Samira también. Patricia necesita aire. Jaime necesita vigilancia. Y tú necesitas no mirar pantallas durante una hora.
Lucía miró a su madre.
—¿Esto es una trampa social?
—Es un paseo.
—Los Montoro no damos paseos. Organizamos desplazamientos con subtexto.
Patricia levantó la mano.
—Yo voto paseo.
—Tú votas cualquier cosa que implique salir de esta biblioteca.
—Correcto.
Samira volvió a aparecer en la puerta.
—Yo también voto mercado.
Jaime apareció detrás de ella.
—Yo voto ir donde vaya Samira.
—Tú votas cargar bolsas —dijo Samira.
—Acepto mi destino.
Nico miró a Lucía.
No dijo nada.
No preguntó.
Solo esperó.
Eso empezaba a ser un lenguaje propio.
—Una hora —dijo Lucía.
Beatriz sonrió.
—Perfecto.
—No compres flores.
—No pensaba comprar flores.
Mercedes, desde el pasillo, dijo:
—Otra mentira piadosa. El martes mejora.
El mercado del pueblo estaba a diez minutos en coche y parecía haber sido diseñado para poner a prueba la capacidad de Lucía de no tocar a Nico.
Calles estrechas.
Gente saludando a los Montoro.
Puestos de fruta, cerámica, panes, quesos, flores secas, telas, cestas, miel y objetos de madera. El tipo de lugar donde Beatriz podía emocionarse con un plato, Samira con una rama y Jaime con cualquier cosa que le permitiera hacer un comentario.
Fueron en dos coches.
Lucía condujo el suyo con Patricia y Samira.
Nico fue con Arturo, Beatriz y Jaime.
Esa distribución le pareció excelente.
También irritante.
—Deja de mirar por el retrovisor —dijo Samira.
—Estoy conduciendo.
—Estás vigilando un coche lleno de problemas.
Patricia, en el asiento trasero, sonrió.
—Nico va con papá. Yo también miraría.
—No estoy mirando a Nico.
—No he dicho eso.
Lucía apretó el volante.
—Odio viajar con mujeres perceptivas.
—Entonces no montes en tu coche —dijo Samira—. Tú eres una de ellas, pero aplicada hacia fuera.
Lucía no tuvo respuesta.
En el mercado, la familia se dispersó con una naturalidad sospechosa.
Beatriz fue directa a un puesto de cerámica.
Carmen, que se había negado a ir porque “el mercado viene a mí si sabe lo que le conviene”, había entregado a Jaime una lista de cosas imposibles de olvidar y, por tanto, condenadas a olvidarse.
Patricia se sentó en una terraza con Mercedes a los veinte minutos.
Samira desapareció entre flores secas y cestos. Arturo recibió una llamada y se apartó.
Lo cual dejó a Lucía junto a Nico frente a un puesto de manteles antiguos.
Por supuesto.
El universo había pasado de cómplice a insolente.
—Esto parece una emboscada —dijo Lucía.
Nico miró alrededor.
—Hay encaje. Puede ser grave.
—No bromees. Mi madre puede aparecer detrás de una puntilla.
Una mujer mayor del puesto levantó un mantel.
—Este es precioso para una boda.
Lucía cerró los ojos.
Nico tosió.
—No es para boda —dijo Lucía.
La mujer los miró.
Luego miró la distancia entre ellos.
Luego sonrió como si supiera cosas.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Claro, hija.
Nico tuvo que girarse.
Sus hombros se movieron con una risa silenciosa.
Lucía lo señaló.
—No te rías. Tú tienes parte de culpa.
—No he dicho nada.
—Tu presencia dice cosas en puestos textiles.
—Eso no estaba en el contrato.
—El contrato está desbordado.
La mujer les mostró un camino de mesa de lino antiguo, con bordes ligeramente gastados.
Lucía dejó de bromear.
Era precioso.
No para una boda.
Para Los Olivos.
Para la mesa de Amparo en una versión más madura, quizá. Algo con textura, con historia, con imperfecciones que no parecían abandono.
Nico lo vio al mismo tiempo.
—Ese —dijo.
Lucía lo miró.
—Iba a decirlo yo.
—Lo sé.
—Suspendida.
—Retirada. Pero ese.
La mujer sonrió.
—Tenéis buen ojo los dos.
Lucía tocó la tela.
—¿Cuánto?
La mujer dijo una cifra moderadamente ofensiva.
Lucía hizo una contraoferta.
La mujer se llevó una mano al pecho.
Nico observó, divertido, cómo Lucía negociaba con la precisión de una mercenaria del lino. En tres minutos, cerró un precio intermedio y obtuvo dos servilletas antiguas “porque la mancha de aquí no cuenta como defecto, cuenta como argumento”.
—Tienes talento —dijo Nico mientras se alejaban con la bolsa.
—He crecido con Arturo Montoro. La negociación es respuesta traumática.
—Y arte.
—Frase peligrosa.
—Era sobre regateo.
—Todo contigo acaba ampliando significado.
Nico guardó silencio.
Caminaron por la calle estrecha, uno junto al otro, con la bolsa de lino entre ambos como si fuera una barrera ridícula y necesaria.
La calle olía a pan y a fruta madura. Había sol en las fachadas, niños corriendo cerca de una fuente pequeña, mujeres hablando desde puertas abiertas.
Nadie sabía que ellos fingían estar prometidos.
Nadie sabía que habían pactado decir la verdad después del jueves.
Nadie sabía que no podían besarse, aunque caminar a veinte centímetros empezara a parecer una disciplina olímpica.
—¿Estás bien? —preguntó Nico.
Lucía suspiró.
—La pregunta favorita de esta semana.
—Puedo cambiarla.
—Hazlo.
Nico pensó un segundo.
—¿Te está haciendo daño este pacto?
Ella se detuvo frente a un puesto de frutas.
Peor.
Definitivamente peor.
—Eso no ha mejorado.
—Pero es más precisa.
—La precisión también puede ser agresiva.
Nico esperó.
Lucía tomó una ciruela del puesto, la dejó, miró al vendedor, pidió medio kilo para parecer ocupada y ganar diez segundos de vida.
Cuando el vendedor empezó a pesar, respondió:
—No.
Nico la miró.
—¿No?
—No me hace daño. Me incomoda. Me fastidia. Me dan ganas de romperlo y luego de felicitarme por no hacerlo. Me hace sentir adulta de una forma que detesto. Pero daño no.
El vendedor le dio la bolsa.
Nico la pagó antes de que ella pudiera reaccionar.
—Eso sí te va a hacer daño —dijo ella.
—¿Pagar ciruelas?
—Pagar mis ciruelas sin permiso.
—Lo siento. Ha sido reflejo.
—Pues regula tus reflejos.
—Trabajaré en ello.
Lucía tomó la bolsa.
—Gracias.
Nico sonrió.
—De nada.
—No te acostumbres.
—Lo intento.
Siguieron caminando.
—¿Y a ti? —preguntó ella.
—¿El pacto?
—Sí.
Nico miró hacia delante.
—No me hace daño. Pero me recuerda todo el tiempo que esta vez quiero hacer algo bien, y no siempre sé cómo.
Lucía sintió que la respuesta entraba despacio.
—Eso ha sido honesto.
—Sí.
—No ha sido frase peligrosa?
—No lo sé. Estoy perdiendo criterio.
—Yo también.
En una esquina, encontraron a Beatriz negociando por tres platos de cerámica con una intensidad que habría asustado a países enteros. Al verlos, sonrió demasiado.
—Mirad qué bonitos.
Lucía se acercó con cautela.
—Son bonitos.
—¿Verdad? Para la finca. No para bodas.
La frase venía demasiado preparada.
Lucía la miró.
Beatriz sostuvo su mirada con una mezcla de orgullo y petición de paz.
—Para cenas —añadió.
Lucía tomó uno de los platos.
Cerámica irregular, borde azul oscuro, nada blanco nupcial.
—Funcionan.
Beatriz se iluminó.
—¿Sí?
—Sí. Pero no compres veinte.
—Iba a comprar doce.
—Compra ocho.
—Diez.
—Ocho.
—Nueve.
Lucía la miró.
—Nueve no tiene sentido operativo.
—Pero me gusta ganar algo.
Lucía se quedó quieta.
Luego sonrió.
—Nueve.
Beatriz sonrió también.
Pequeño.