Capítulo 24
Distancia de seguridad
El martes amaneció con una crueldad innecesaria.
Sol.
Pájaros.
Olor a pan tostado.
Y la certeza de que Lucía había hecho un pacto de no besar a Nico Salvatierra durante tres días enteros.
Tres.
Días.
Enteros.
En una casa con puertas comunicantes, pasillos estrechos, bodegas con acústica, fuentes, naranjos, mesas antiguas, una madre emocionada, un padre en fase de descongelación parcial y un hermano que detectaba tensión romántica con la precisión de un perro trufero.
Lucía abrió los ojos antes de que sonara la alarma y miró el techo.
—Soy idiota —dijo.
El techo no discrepó.
Había algo profundamente humillante en tomar una decisión adulta y que el cuerpo la recibiera como una traición.
La noche anterior, junto a la fuente, el pacto le había parecido necesario, sensato, incluso elegante en una versión muy agotada de la palabra.
No besarse hasta decir la verdad. No seguir convirtiendo la mentira en un espacio privado.
No usar el falso compromiso como excusa para tocar algo que, si iba a existir, debía existir a la luz.
Maravilloso.
Ético.
Maduro.
Horrible.
Se levantó, se lavó la cara y se miró en el espejo.
—Tres días —murmuró—. La gente sobrevive a cosas peores.
Su reflejo no parecía convencido.
Se vistió sin pensar demasiado: pantalón ancho color arena, camiseta negra, chaqueta ligera y el pelo recogido en una coleta baja.
Nada que dijera “estoy intentando parecer indiferente ante el hombre al que besé junto a una mesa con valor narrativo”.
Aunque, en su opinión, la moda todavía no había desarrollado códigos suficientes para esa categoría.
Al abrir la puerta de su habitación, encontró algo en el suelo.
No café.
Una mandarina.
Lucía la miró.
Junto a la mandarina había una nota doblada.
No es café.
No requiere gestión emocional.
Carmen dice que comas fruta.
Lucía se quedó mirando la nota durante varios segundos.
Luego miró la puerta de la habitación azul.
Cerrada.
Silenciosa.
La mandarina era, objetivamente, un gesto ridículo.
También era una forma de estar sin empujar.
También era una trampa con vitamina C.
Lucía recogió la fruta y la nota, la dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo antes de recordar que no tenía ninguna razón para guardar notas de hombres técnicamente no besables hasta el jueves.
—Patética con fibra —murmuró.
Bajó a la cocina con la mandarina en la mano y una dignidad que esperaba que nadie inspeccionara con luz natural.
Error.
Jaime estaba en la mesa.
Descalzo, con café, una tostada a medio comer y la expresión de quien había nacido para arruinar mañanas ajenas.
—Buenos días —dijo—. Veo que hoy el cortejo incluye cítricos.
Lucía se detuvo.
—Buenos días a todos menos a Jaime.
—Me honra la continuidad.
Samira estaba sentada junto a él, revisando una lista de proveedores con el pelo recogido en un pañuelo verde.
—¿Cítricos? —preguntó sin levantar la vista.
Jaime señaló la mandarina.
—Nico ha sustituido el café de puerta por fruta de transición emocional.
Lucía dejó la mandarina sobre la mesa.
—No voy a contestar a eso.
—Lo cual confirma que tengo razón.
—Confirma que he elegido no cometer homicidio antes de desayunar.
Carmen apareció con una taza.
—Buena elección. Mancha menos.
—Gracias, Carmen.
—No era elogio.
Patricia entró detrás, con una bata ligera y cara de haber dormido mal.
—¿Por qué hay una mandarina en el centro de la mesa como si estuviéramos adorando la vitamina C?
—Porque Lucía tiene pretendiente frutal —dijo Jaime.
Lucía cogió la mandarina y se la lanzó.
Jaime la atrapó contra el pecho.
—¡Agresión cítrica!
Samira le quitó la mandarina.
—No grites. La fruta no ha pedido estar en tu drama.
—Nadie pide estar en mi drama. Es participativo.
Patricia se sentó con cuidado y miró a Lucía.
—¿Dónde está Nico?
Lucía tomó café.
—No he preguntado.
—Qué raro.
—Ya empezamos.
Carmen dejó una tostada delante de ella.
—Está en el granero, revisando la mesa auxiliar que quiere usar tu padre para la presentación de muestras.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Qué mesa auxiliar?
—La que Arturo decidió anoche que “podría servir de soporte conceptual”.
Jaime se llevó una mano al corazón.
—Papá diciendo soporte conceptual. Me siento huérfano del hombre rígido que me educó.
—No te educó tanto —dijo Patricia.
—Cierto. Delegó en amenazas.
Lucía mordió la tostada.
La mandarina seguía en la mano de Samira.
—Dámela —dijo.
Samira la miró.
—¿La fruta o tu dignidad?
—La fruta. La dignidad la perdí en una bodega.
Jaime abrió la boca.
Samira le metió la mandarina en ella.
—Calla.
Jaime emitió un sonido ofendido alrededor de la fruta.
Lucía sonrió.
Eso fue un error, porque justo en ese momento Nico entró en la cocina.
Tenía polvo en el pantalón, una camisa azul remangada y una libreta en la mano.
Parecía haber empezado el día antes que todos y, por tanto, tener ventaja moral.
Miró la escena: Jaime con una mandarina en la boca, Samira impasible, Patricia riendo, Carmen sirviendo café y Lucía intentando no sonreír demasiado.
Los ojos de Nico fueron a ella.
Luego a su bolsillo.
Donde asomaba una esquina de la nota.
Lucía lo vio verlo.
Nico no sonrió.
Maldito autocontrol.
—Buenos días —dijo.
Jaime sacó la mandarina de la boca.
—Tu ofrenda ha causado violencia.
—Era una mandarina —dijo Nico.
—En esta casa nada es solo nada —respondió Jaime.
—Eso es tristemente cierto —dijo Patricia.
Carmen colocó un plato frente a Nico.
—Come.
—Sí.
Lucía lo miró.
—Obedeces demasiado rápido.
Nico se sentó frente a ella.
—Carmen me da miedo.
—Bien.
—Y tú también, pero de otra forma.
Silencio.
Jaime lentamente giró la cabeza hacia Samira.
Samira lentamente giró la cabeza hacia Jaime.
Patricia bajó la vista a su taza.
Lucía clavó los ojos en Nico.
—Frase peligrosa antes de las nueve.
Nico cerró los ojos un segundo.
—Error de cálculo.
—Grave.
—Acepto sanción.
Jaime levantó la mano.
—Propongo que la sanción sea explicar “de otra forma”.
—Propongo que te calles o te meto la mandarina entera —dijo Lucía.
Samira observó la fruta.
—Técnicamente posible.
Jaime la miró con alarma.
—Me gustabas más antes de saber anatomía cítrica.
—No sabes cuánto sé.
El desayuno siguió con un equilibrio precario entre trabajo, burlas y silencios que decían mucho más que cualquier frase.
Nico no volvió a decir nada peligroso, lo cual Lucía agradeció y lamentó de forma irritante.
Se limitó a hablar de mesas auxiliares, accesos, necesidad de imprimir el índice del dossier y de que Arturo había pedido una reunión a las nueve y media.
—¿Otra reunión? —preguntó Jaime—. ¿De verdad no os parece que estáis usando este proyecto para evitar sentir cosas?
Carmen le retiró el plato.
—Tú vas a ayudarme a bajar cajas.
—Era una observación psicológica.
—Y ahora será actividad física.
—La censura siempre empieza en la cocina.
—Y termina en la despensa —dijo Carmen.
Samira sonrió.
—Yo te acompaño. Quiero ver si cargas igual que opinas.
Jaime se levantó con una expresión que mezclaba terror y entusiasmo.
—Este martes promete.
—Para todos menos para ti —dijo Patricia.
A las nueve y media, la biblioteca pequeña volvió a llenarse de papeles, tazas y decisiones difíciles.
Arturo llegó con puntualidad exacta y una carpeta nueva. Lucía empezaba a sospechar que su padre tenía un almacén secreto de carpetas para sustituir emociones no procesadas.
—Hoy cerramos estructura —dijo él.
—Buenos días, papá.
Arturo la miró.
—Buenos días.
—Era por probar si aún usábamos saludos antes de órdenes.
Nico se cubrió la boca con la taza.
Arturo no mordió el anzuelo.
—Hoy cerramos estructura después de saludarnos.
—Mejor.
Patricia, que se había incorporado como revisora de textos porque, según ella, “alguien tiene que impedir que Arturo y Lucía conviertan el dossier en un duelo con gráficos”, abrió el portátil.
—Tengo el índice.
Samira extendió las fotos.
—Y yo he eliminado tres imágenes que parecían catálogo funerario.
—Eran fotos técnicas —dijo Nico.
—Eran depresión con buena resolución.
—Una foto técnica no busca emocionar.
—Pues esas buscaban que la bodega se rindiera.
Lucía levantó una mano.
—Samira gana.
Nico la miró.
—Ni siquiera he defendido mi posición.
—No hacía falta. Ibas a perder con dignidad aburrida.
—Es mi especialidad.
Arturo se sentó.
—Si habéis terminado.
—Nunca terminan —dijo Patricia—. Solo se cansan.
Durante dos horas, trabajaron de verdad.
Y eso fue casi peor que cualquier roce accidental.
Porque el trabajo conjunto sacaba de Nico una versión que a Lucía le resultaba difícil resistir. No el exnovio arrepentido. No el falso prometido. No el hombre que la había besado como si no supiera nada y lo quisiera aprender todo otra vez.
El profesional.
El hombre que escuchaba, ordenaba, discutía sin aplastar. Que decía “eso no funciona” y luego proponía tres formas de hacerlo funcionar. Que dejaba que Lucía defendiera el concepto y solo intervenía cuando la técnica necesitaba límites. Que miraba a Arturo sin inclinarse y a Lucía sin apropiarse.
Era exasperante.
Muy exasperante.
—No puedes poner “experiencias íntimas de alto valor” y luego aceptar eventos de cincuenta personas sin matizar —dijo Nico, señalando una página.
—Cincuenta sigue siendo íntimo comparado con ciento cincuenta.
—Pero no comparado con doce.
—Por eso hay categorías.
—Entonces sepáralas visualmente.
—Eso estoy haciendo.
—No en esta página.
Lucía le quitó el papel.
—Dame.
Nico se lo dejó.
Sus dedos se rozaron.
Un roce mínimo.
Ridículo.
La clase de contacto que en cualquier otro contexto no merecería ni registro corporal.
Pero ellos habían pactado no besarse.
Y, por lo visto, el cuerpo de Lucía había decidido compensar convirtiendo el contacto de dos dedos en un acontecimiento administrativo de primer orden.
Nico también lo sintió.
Lo supo por la forma en que retiró la mano un segundo demasiado tarde.
Arturo levantó la vista.
Lucía bajó la mirada al papel.
Patricia apretó los labios.
Samira suspiró.