Capítulo 23 #3
—Después del jueves, lo decimos.
—¿A todos?
—Primero a tus padres.
—Mi madre va a sufrir.
—Sí.
—Mi padre va a… no sé qué va a hacer mi padre.
—Yo tampoco.
—Jaime va a decir “lo sabía”.
—Probablemente.
—Mercedes va a pedir vermut.
—Sin duda.
Lucía cerró los ojos.
—Y nosotros qué?
Nico tardó en responder.
—Nosotros no decidimos nosotros la misma noche que desmontamos la mentira.
Lucía abrió los ojos.
—Qué frase tan razonable y deprimente.
—Lo sé.
—Suspendida.
—Retirada.
Ella miró hacia la casa.
Luces en las ventanas.
Voces.
Familia.
Todo lo que había intentado convencerla de que debía ser una versión más pequeña de sí misma y todo lo que, de una forma retorcida, también la había traído hasta allí.
—Después del jueves —dijo.
Nico respiró hondo.
—Después del jueves.
—Pero no quiero una ruptura falsa.
Él la miró.
—No?
—No quiero inventar que discutimos por agendas, ni que la distancia, ni que hemos decidido darnos un tiempo, ni ninguna frase horrible de revista.
—De acuerdo.
—Quiero decir que mentí.
Nico se quedó quieto.
—Lucía.
—Yo mentí en esa cena.
—Y yo seguí.
—Sí. Pero empecé yo.
—Yo pude pararlo.
—Y no lo hiciste.
—No.
—Entonces diremos eso.
Nico asintió despacio.
—Lo diremos.
—Y el proyecto… —Lucía tragó saliva— el proyecto tendrá que sostenerse sin el compromiso.
—Se sostendrá.
—No lo sabes.
—Lo sé.
Ella lo miró.
—Suspendida.
—No retiro esa.
Lucía sintió que el pecho se le apretaba.
—Nico.
—Se sostiene, Lucía. No porque yo lo diga. Porque ya lo hizo. Anoche. Hoy en las fotos. En el dossier. En cómo has hablado con Arturo. En cómo has defendido cada límite. El compromiso falso abrió la puerta, sí. Pero tú mantuviste a todos dentro escuchando.
Lucía bajó la vista.
—Eso ha sido frase peligrosa.
—Sí.
—Y no la vas a retirar.
—No.
Lucía sintió ganas de llorar y de besarle y de empujarlo a la fuente.
Todo en una secuencia alarmantemente corta.
—No deberíamos besarnos hasta después del jueves —dijo.
Nico cerró los ojos como si la frase tuviera peso físico.
—Probablemente.
—No hasta que digamos la verdad.
—Sí.
—Porque, si seguimos besándonos mientras mentimos a todos, voy a odiarme.
Nico abrió los ojos.
—No quiero eso.
—Yo tampoco.
—Entonces no nos besamos.
La frase fue correcta.
Necesaria.
Horrible.
Lucía asintió.
—Bien.
—Bien.
—Y no digas bien como si acabara de caerse una pared encima.
Nico soltó una risa breve.
—Se ha caído una pared encima.
—Pero una pared ética.
—Mucho peor.
Lucía también se rio.
Un poco.
Luego el silencio volvió.
Esta vez con una forma distinta.
No la del deseo contenido.
No solo.
Era un pacto.
Frágil.
Adulto.
Molesto.
—Después del jueves —repitió ella.
—Después del jueves.
Lucía extendió la mano.
Nico la miró.
—¿Qué?
—Un trato.
—¿Quieres sellarlo con un apretón de manos?
—Es lo único que tenemos autorizado.
Nico miró su mano.
Luego la tomó.
El contacto fue simple.
Formal incluso.
Un apretón de manos junto a una fuente, bajo naranjos, con una mentira contando sus últimos días.
Pero sus dedos se cerraron alrededor de los de ella con una lentitud que no tenía nada de formal.
Lucía sintió el calor de su mano subirle por el brazo.
—Esto también es peligroso —dijo.
—Sí.
—Todo contigo tiene problemas regulatorios.
—Estoy viendo un patrón.
No soltaron la mano enseguida.
Error.
O no.
Desde el patio principal, la voz de Jaime llegó como un castigo divino:
—¡No sé qué estáis pactando ahí, pero mamá pregunta si alguien quiere flan!
Lucía soltó la mano de Nico.
—Voy a venderlo.
—¿A Jaime?
—Por piezas.
Nico sonrió.
Y por un segundo, solo un segundo, la decisión de no besarse hasta el jueves pareció absurda, exagerada y completamente necesaria.
Volvieron al patio.
Jaime los miró con ojos brillantes.
—¿Habéis discutido, pactado o técnicamente no besado?
Lucía tomó una cucharilla de la mesa.
—Jaime.
Él levantó las manos.
—Flan. Solo venía por el flan.
Samira, desde su silla, dijo:
—Mentira.
—Pero una mentira pequeña y con caramelo.
Lucía se sentó.
Nico se quedó de pie un momento, luego ocupó el asiento frente a ella.
No a su lado.
Frente.
La distancia democrática.
La distancia nueva.
La distancia pactada.
Beatriz sirvió flan con un cuidado excesivo.
Arturo habló de horarios para el día siguiente.
Patricia bostezó. Mercedes contó que una vez rompió un compromiso real por culpa de un flan mal hecho.
Carmen dijo que eso era imposible porque nadie en su cocina rompía nada por un flan.
Jaime quiso saber más. Samira quiso saber menos.
La vida continuó.
La mentira también.
Pero ahora tenía fecha de caducidad.
Después del jueves.
Lucía probó el flan.
Estaba perfecto.
Por supuesto.
Miró a Nico por encima de la mesa.
Él también la miró.
No sonrieron.
No hacía falta.
Habían decidido no besarse.
No mentir más de lo necesario.
No decidirse todavía.
Y, aun así, mientras la familia hablaba alrededor y la noche de Los Olivos se cerraba sobre ellos, Lucía tuvo la peligrosa sensación de que acababan de hacer la promesa más íntima de todas:
esta vez, cuando llegara el momento de elegir, nadie decidiría por ella.