mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

El silencio fue tan absoluto que incluso Mercedes pareció satisfecha.

Nico no se movió.

Lucía sintió que el cuerpo entero le decía: corre.

Pero no lo hizo.

—No —dijo.

Beatriz parpadeó.

—No he terminado.

—Has dicho cena de compromiso. Era suficiente.

—Sería algo íntimo.

—No.

—Antes de que termine la semana. Solo familia. Para celebrar sin hacer nada público.

—Mamá, ya celebramos.

—Celebramos la bodega.

—Y fue suficiente.

Beatriz miró a Nico, como buscando apoyo.

Nico no se lo dio.

—Creo que Lucía ha sido clara —dijo.

La frase fue correcta.

Leal.

Y empeoró la culpa de Beatriz.

—Solo quería hacer algo bonito —dijo ella.

Lucía sintió el golpe.

Porque Beatriz siempre quería hacer algo bonito. Y a veces, precisamente por eso, lo complicaba todo.

—Lo sé —dijo Lucía, obligándose a suavizar la voz—. Pero no.

Mercedes entró del todo en la biblioteca y cerró el abanico.

—¿Puedo decir algo?

—No —dijeron Arturo, Lucía y Beatriz a la vez.

—Lo diré breve. Eso que llamáis compromiso está ocupando demasiado espacio en una semana que, por lo visto, trata de otras cosas.

Lucía se quedó inmóvil.

Nico también.

Beatriz frunció el ceño.

—No entiendo.

Mercedes miró a Lucía.

Demasiado.

Lucía sintió que la tía lo sabía.

No solo sospechaba.

Sabía lo suficiente.

Quizá desde el primer día.

Quizá desde “si es mentira, al menos has mentido con muy buen gusto”.

—Quiero decir —continuó Mercedes— que la niña acaba de conseguir que Arturo use la palabra memoria sin llamar a un abogado. Quizá no hace falta añadirle encaje, brindis y preguntas sobre fechas.

Beatriz bajó la mirada.

—No iba a preguntar fechas.

Mercedes la observó.

—Beatriz.

—Bueno. Quizá una aproximación.

Lucía se pasó una mano por la frente.

—Dios.

Arturo habló por primera vez:

—No habrá cena de compromiso.

Todos lo miraron.

Beatriz, sobre todo.

—Arturo.

—No ahora.

La precisión de esas dos palabras le dio a Lucía un escalofrío.

No ahora.

No no.

No nunca.

No porque sea falso.

No ahora.

Arturo miró a su hija.

Y en esa mirada había algo que Lucía no supo leer del todo.

Sospecha, quizá.

O prudencia.

O una forma nueva de no empujar.

—El proyecto requiere atención esta semana —dijo—. No conviene mezclar celebraciones personales y decisiones profesionales.

Lucía sintió una mezcla absurda de alivio y vergüenza.

Porque eso era exactamente lo que ella necesitaba.

Y también exactamente lo que la mentira no merecía.

Beatriz se quedó callada.

Luego asintió, aunque con la decepción escrita en la boca.

—De acuerdo.

Lucía se levantó.

—Mamá.

Beatriz la miró.

—No es que no quiera que hagas cosas bonitas.

La frase le costó.

Mucho.

—Es que ahora mismo no puedo con más cosas.

Beatriz sostuvo su mirada durante un segundo.

Luego, con una suavidad que parecía nueva y vieja a la vez, dijo:

—Está bien, cariño.

No preguntó.

No insistió.

No corrigió.

Se fue.

Mercedes se quedó un instante más en la puerta.

Miró a Lucía.

Luego a Nico.

Luego a Arturo.

—A veces me siento como la única persona sobria en un baile de máscaras —dijo.

—Tú jamás has sido la persona sobria en ninguna habitación —respondió Arturo.

Mercedes sonrió.

—Metafóricamente, querido.

Y se marchó.

La biblioteca quedó muy silenciosa.

Arturo ordenó sus papeles con una calma excesiva.

—Seguimos mañana.

Lucía lo miró.

—¿Ya?

—Sí. Cenaremos y descansaremos. Mañana hay mucho trabajo.

Nico cerró el portátil.

—De acuerdo.

Lucía no dijo nada.

Porque la palabra compromiso seguía allí, aunque Beatriz ya se hubiera ido.

Cena de compromiso.

Algo íntimo.

Solo familia.

Fechas.

Anillo.

La mentira empezaba a pedir muebles.

Ese era el problema. Una mentira recién dicha cabía en una frase. Una mentira alimentada por días de convivencia, besos reales, fotos bonitas y madres emocionadas empezaba a necesitar logística.

Y la logística era el terreno donde todo terminaba por volverse real o por romperse.

Cenaron en el patio con una calma rara.

Beatriz no mencionó la cena de compromiso.

Eso fue casi peor, porque su silencio tenía forma de herida pequeña.

Arturo habló con Patricia sobre el bebé, con Jaime sobre trabajo, con Samira sobre proveedores.

Mercedes contó una historia de un aniversario cancelado que nadie entendió del todo.

Carmen puso comida suficiente para sobrevivir a una retirada militar.

Nico y Lucía apenas hablaron.

No porque estuvieran enfadados.

Porque el aire entre ambos estaba lleno de la palabra que nadie quería tocar.

Compromiso.

Falso.

Real.

Pendiente.

A mitad de la cena, Lucía miró a Nico.

Él levantó los ojos al mismo tiempo.

Ninguno sonrió.

Eso la asustó más que todas las sonrisas.

Después de cenar, Lucía escapó al patio de los naranjos con la excusa de revisar un mensaje de Samira, aunque Samira estaba sentada a tres metros insultando la forma en que Jaime pelaba una mandarina.

Nico la siguió cinco minutos después.

No demasiado pronto.

No demasiado tarde.

Lo justo para que pareciera una decisión y no un impulso.

Lucía estaba junto a la fuente, mirando el agua como si pudiera darle una respuesta administrativa.

—Tenemos que hablar de la cláusula pendiente —dijo él.

Lucía cerró los ojos.

—Qué forma tan horrible de empezar una conversación.

—Es la verdad.

—Podrías haber dicho “tenemos que hablar de nosotros”.

—Eso parecía más peligroso.

—Lo era.

Nico se colocó a su lado, dejando espacio.

La fuente sonaba entre ambos.

Desde el patio principal llegaban las voces de la familia, amortiguadas por los naranjos. La casa estaba cerca, pero por primera vez no parecía vigilar. Solo existir.

—La ruptura —dijo Lucía.

Nico asintió.

—Dijimos que después de esta semana habría una ruptura elegante.

—Motivo pendiente.

—Sí.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Qué organizada era nuestra estupidez.

—Muy poco. Dejamos lo más importante sin rellenar.

—Eso se nos da bien.

Nico no respondió.

La frase había caído más hondo de lo previsto.

Lucía miró el agua.

—Mi madre quiere una cena de compromiso.

—Sí.

—Y mi padre ha dicho que no conviene mezclar.

—También.

—Y Mercedes sabe.

Nico giró hacia ella.

—¿Tú crees?

Lucía lo miró.

—Nico. Mercedes nació sabiendo cosas que todavía no habían pasado.

—Cierto.

—Jaime sospecha. Patricia sabe. Samira sabe. Carmen probablemente lo sabe desde antes de que yo mintiera. Mi padre… no sé qué sabe mi padre.

—Tu padre sabe que algo no encaja.

—Mi padre sabe demasiadas cosas tarde.

Nico bajó la mirada.

—No podemos seguir alimentando esto.

Lucía sintió la frase como un tirón en el pecho.

No porque fuera falsa.

Porque era cierta.

—No.

—Y tampoco podemos usar el proyecto como excusa para mantener la mentira.

—No estaba haciendo eso.

Nico la miró.

No con acusación.

Con cuidado.

Eso fue peor.

—Yo sí —dijo él.

Lucía se quedó callada.

Nico metió las manos en los bolsillos.

—Una parte de mí sí. La parte cobarde. La parte que piensa que, mientras el dossier siga abierto, mientras tu familia necesite creer algo, mientras estemos aquí, puedo tener unos días más contigo sin tener que preguntar qué pasa después.

Lucía sintió que la fuente sonaba demasiado alto.

—Gracias por arruinarme la opción de enfadarme contigo.

—Puedo decir algo más torpe si ayuda.

—No.

Él casi sonrió.

Casi.

—Yo también lo he pensado —admitió ella.

Nico no se movió.

—Que si seguimos con el proyecto, no hay que decidir.

Que si todo está mezclado, nadie puede pedir explicaciones limpias.

Que mientras estemos aquí, en esta casa absurda, con mi padre descubriendo emociones, mi madre no tocando faroles y Jaime siendo explotado por Samira, lo nuestro puede quedarse en una zona rara. Sin nombre.

—¿Y quieres eso?

Lucía lo miró.

—No uses preguntas simples.

—No era simple.

—Sonaba simple.

—Reformulo: ¿te hace daño que se quede sin nombre?

Lucía respiró despacio.

La respuesta no fue inmediata.

Eso ya decía bastante.

—Sí —dijo al fin—. Pero nombrarlo también.

Nico asintió.

—Lo entiendo.

—No. No lo entiendas tan rápido. Me irrita.

—Lo intento despacio.

Ella soltó una risa cansada.

—No podemos romper el falso compromiso después del jueves como si nada y luego… no sé. Ver qué pasa. Sería raro.

—Sí.

—Y no podemos decir la verdad ahora sin que mi madre se sienta ridícula, mi padre piense que el proyecto está contaminado, Jaime haga un monólogo, Mercedes brinde y Samira facture suplemento emocional.

—También.

—Y no podemos seguir mintiendo.

—No.

Lucía apoyó ambas manos en el borde de la fuente.

—Entonces qué demonios podemos hacer?

Nico se quedó en silencio.

Por primera vez en mucho rato, no pareció tener ni siquiera una propuesta parcial.

Eso, curiosamente, la calmó un poco.

—Podemos decidir no decidir esta noche —dijo él al fin.

Lucía giró la cabeza.

—Eso suena sospechosamente parecido a seguir igual.

—No. Seguir igual sería fingir que no hay problema. Esto sería poner una fecha.

—¿Para qué?

—Para decir la verdad.

La frase cayó entre los naranjos con una claridad fría.

Lucía sintió miedo.

—¿Cuándo?

—Después de la reunión del jueves.

—Eso suena a proteger el proyecto antes que la verdad.

—Sí.

Ella lo miró.

Nico sostuvo su mirada.

—Y no me gusta. Pero si lo decimos antes, todo el mundo estará hablando de la mentira mientras tú intentas cerrar un dossier que has levantado con tu trabajo. No quiero que tu proyecto se convierta en daño colateral de mi necesidad de limpiar conciencia.

Lucía no supo responder.

Porque era exactamente lo que temía.

Y exactamente lo que necesitaba que él entendiera.

—¿Y después del jueves? —preguntó.