mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

La cláusula pendiente

A las siete de la tarde del lunes, Lucía descubrió que un dossier profesional podía convertirse en una bomba emocional si se dejaba demasiado cerca de una familia rica, un falso compromiso y una madre con acceso a fotografías bonitas.

La biblioteca pequeña estaba invadida por papeles.

Planos de la bodega, fotos impresas, listas de costes, notas de Arturo, anotaciones técnicas de Nico, muestras de lino, tres tazas de café, una bandeja de fruta que nadie tocaba y una libreta de Samira llena de palabras como textura, sombra, relato, piedra y no flores blancas subrayado dos veces.

Jaime había pasado por allí a las seis con la excusa de “supervisar el nivel de productividad” y había sido expulsado por Arturo a los cuatro minutos.

Samira había entrado a las seis y media, había colocado dos fotos en orden correcto, había llamado “cementerio con presupuesto” a una idea de iluminación demasiado fría y se había ido en busca de Jaime, según ella, “porque alguien tenía que impedirle desarrollar una personalidad”.

Patricia había llevado galletas.

Beatriz había intentado llevar flores.

Carmen la había interceptado.

La finca funcionaba ya como una pequeña república con leyes propias y castigos culinarios.

Lucía estaba sentada frente al portátil, con el pelo recogido de cualquier manera y la sensación de que su cerebro empezaba a licuarse.

Arturo revisaba una tabla de costes con la concentración de un hombre que habría podido conquistar países medianos solo a base de hojas de cálculo.

Nico estaba a su lado, marcando en rojo las partidas técnicas que Lucía se empeñaba en llamar “caras” y él “necesarias”.

—Ventilación: indispensable —dijo Nico.

—Ventilación: insultantemente cara —respondió Lucía.

—Podemos poner las dos cosas.

—No voy a titular una sección “insultantemente indispensable”.

—Sería memorable —dijo Arturo sin levantar la vista.

Lucía lo miró.

—¿Has hecho una broma?

Arturo siguió leyendo.

—No exageres.

Nico bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Lucía señaló el papel con el bolígrafo.

—Este ambiente de cooperación me desconcierta. Necesito que alguien critique mi carácter para recuperar equilibrio.

—Tu carácter sigue siendo difícil —dijo Arturo.

—Gracias.

—Pero en este caso tienes razón con el límite de aforo.

Lucía se quedó quieta.

—Eso ha sido apoyo y crítica en la misma frase.

—Eficiencia.

Nico la miró.

—Tu familia tiene talento para empaquetar emociones en formatos hostiles.

—Lo sé.

—Suspendida —dijo Nico al instante.

Lucía casi sonrió.

Casi.

Arturo levantó la vista de los papeles.

—¿Suspendida?

—Nada —dijeron Lucía y Nico a la vez.

Error.

Los dos se dieron cuenta tarde.

Arturo los observó durante un segundo largo.

Luego volvió al dossier.

Demasiado tranquilo.

Eso preocupó a Lucía.

Su padre tranquilo era, en general, el ruido que hacía una tormenta antes de aprender a hablar.

—La primera versión puede estar lista el miércoles por la tarde —dijo Arturo—. El jueves por la mañana podríamos revisarla con Alfonso en remoto, si finalmente se mantiene interesado.

—¿En remoto? —preguntó Lucía.

—Sí.

—¿Y yo estaré en esa reunión?

Arturo la miró como si la pregunta le pareciera absurda.

—Por supuesto.

Lucía no supo qué hacer con el por supuesto.

Así que hizo lo que mejor sabía hacer con la incomodidad: lo atacó por un flanco.

—Quiero hablar yo del concepto.

—Eso esperaba.

—Y de los límites.

—También.

—Y no quiero que lo presentes como una ocurrencia mía que tú estás estudiando.

El silencio fue pequeño.

Pero afilado.

Nico dejó el bolígrafo.

Arturo cerró la carpeta con calma.

—No pensaba hacerlo.

Lucía sostuvo su mirada.

—Antes lo habrías hecho.

La frase salió sin ira.

Eso la hizo más verdadera.

Arturo la recibió despacio. Sin defenderse. Sin convertirla en una discusión de tono.

—Probablemente —dijo.

Lucía sintió que el aire cambiaba en la biblioteca.

No porque la respuesta fuera suficiente.

Porque era nueva.

Nico miró hacia la ventana, otra vez dándoles espacio sin marcharse. Esa habilidad reciente de no ocupar el centro le estaba complicando a Lucía la tarea de odiarlo con eficacia.

—Bien —dijo ella.

—Bien —repitió Arturo.

—No uses mi bien.

—Es una palabra común.

—En esta casa no. En esta casa es prácticamente moneda emocional.

Arturo volvió al documento.

—Entonces úsala con responsabilidad.

Nico soltó una risa breve.

Lucía lo miró.

—Tú no ayudes.

—No estoy ayudando. Estoy presenciando un hito lingüístico.

—Presencia en silencio.

—Sí.

Arturo hizo una anotación.

—Quiero incluir una sección de riesgos.

Lucía se tensó.

—Ya hay una.

—Riesgos técnicos, sí. Faltan riesgos de marca y gestión familiar.

—¿Gestión familiar?

—Esta finca sigue siendo una propiedad familiar. Si se abre a eventos, habrá interferencias.

Lucía miró a su padre.

Luego miró hacia el pasillo, donde Beatriz seguramente estaba pensando en algún mantel con intenciones propias.

—Eso es una forma elegante de decir mamá.

—Y Mercedes. Y Jaime. Y yo.

Lucía no esperaba que añadiera esa última parte.

—Tú eres el riesgo principal —dijo.

Nico se quedó inmóvil.

Arturo la miró.

Lucía se preparó para el golpe.

No llegó.

—Es posible —dijo Arturo.

Lucía parpadeó.

—Papá, necesito que dejes de estar razonable sin avisar. Me hace sentir que he bebido algo contaminado.

—No estoy siendo razonable. Estoy intentando que el proyecto no falle por los mismos motivos por los que esta familia suele fallar.

La frase cayó en la mesa con un peso extraño.

Nico levantó la vista.

Lucía también.

Arturo siguió hablando, como si hubiera decidido que ya estaba dentro de una zona incómoda y más valía atravesarla con prisa.

—Si la finca funciona, habrá que separar decisiones familiares y decisiones operativas.

Tú deberías dirigir la parte de experiencia.

Nicolás, la parte técnica. Yo, inversión y estructura.

Beatriz no puede decidir estética en el último minuto.

Jaime no puede improvisar. Mercedes no puede convertir cada cena en teatro.

—Eso último es imposible —dijo Lucía.

—Lo sé.

Suspendida, pensó.

Pero no lo dijo.

—Y tú —añadió Arturo— no puedes abandonar la mesa cada vez que sientas que alguien intenta corregirte.

Lucía se quedó quieta.

Ahí estaba.

El filo.

No injusto del todo.

Pero filo.

—No abandono mesas por deporte.

—No he dicho eso.

—Pero lo has puesto en la lista de riesgos junto a mamá y los manteles.

Nico intervino con cuidado:

—Quizá la forma de plantearlo en el dossier no debe personalizarse tanto.

Arturo lo miró.

—No estoy hablando del dossier ahora.

El silencio fue inmediato.

Lucía sintió que la biblioteca se estrechaba.

Nico no retrocedió.

—Entonces quizá debería salir.

—No —dijo Lucía.

Demasiado rápido.

Los dos hombres la miraron.

Lucía tragó saliva y sostuvo el gesto como si hubiera sido una decisión estratégica.

—No. Si hablamos de cómo trabajar juntos, Nico también está en el proyecto.

Arturo la observó.

—De acuerdo.

Otra palabra.

Otro terreno moviéndose.

Lucía respiró hondo.

—No abandono mesas porque alguien me corrija. Abandono mesas cuando siento que la conversación ya estaba decidida antes de que yo llegara.

Arturo guardó silencio.

—Y sí —continuó ella—, a veces me voy antes de escuchar. Porque aprendí que, si me quedaba, acabaría intentando demostrar que tenía derecho a estar allí. Y eso cansa.

Nico la miraba sin disimular ahora.

Lucía no lo miró.

Si lo hacía, quizá perdería el hilo.

—Pero no voy a abandonar este proyecto. No porque sea perfecto.

No porque no me dé miedo. No porque tú hayas dicho buen trabajo y ahora todo sea fácil.

No lo voy a abandonar porque es mío. Y porque, por una vez, quiero quedarme en una mesa sin tener que convertirme en otra persona para que me escuchen.

Arturo no respondió enseguida.

En la casa se oyó una puerta cerrarse a lo lejos. Luego la voz de Jaime protestando por algo que, fuera lo que fuera, probablemente merecía.

—Entonces habrá que aprender a discutir de otra manera —dijo Arturo.

Lucía soltó una risa sin humor.

—Suerte con eso.

—Para todos.

—Sí.

Nico apoyó los dedos sobre una hoja.

—Podemos añadir una sección de gobernanza.

Lucía giró hacia él.

—¿Gobernanza?

—Suena horrible, lo sé. Pero útil. Roles, límites de decisión, aprobación de cambios, operación durante eventos.

—Gobernanza suena a que la bodega va a presentarse a elecciones.

—Podemos llamarlo modelo de gestión.

—Mejor.

Arturo tomó nota.

—Modelo de gestión.

Y así, sin resolver ninguna herida, continuaron trabajando.

Eso parecía ser una especialidad nueva de Los Olivos: dejar las heridas sobre la mesa y, aun así, seguir escribiendo alrededor de ellas.

A las ocho y cuarto, Beatriz llamó a la puerta y asomó la cabeza.

—Perdonad que interrumpa.

Tres personas levantaron la vista con exactamente la misma expresión de sospecha.

Beatriz se ofendió.

—Podéis no mirarme como si viniera con un florero.

Lucía bajó la vista a sus manos.

No llevaba flores.

Progreso.

—¿Qué pasa, mamá?

—La cena está casi lista. Algo sencillo.

—Define sencillo.

—No empieces.

—Era una pregunta técnica.

Beatriz entró un poco más.

—También quería preguntar una cosa.

Lucía sintió que el peligro se ajustaba las mangas.

—Dime.

Beatriz miró a Nico.

Luego a Lucía.

Luego a Arturo.

—No sé si es buen momento.

—Entonces probablemente no lo es —dijo Lucía.

—Es sobre vosotros.

Nico dejó el bolígrafo.

Lucía cerró los ojos.

No.

No ahora.

No después de gobernanza, aforos, Amparo, fotos y café.

Beatriz se apresuró:

—No quiero presionar.

Mercedes, desde algún lugar del pasillo, dijo:

—Mentira.

Beatriz giró la cabeza.

—¡Mercedes!

—Estaba pasando.

—Nadie pasa por una puerta cerrada desde una silla del pasillo.

Mercedes apareció detrás de ella con un abanico y una absoluta ausencia de vergüenza.

—Pasaba emocionalmente.

Arturo se quitó las gafas.

—Mercedes.

—Oh, no me miréis así. Si Beatriz va a mencionar bodas, prefiero estar presente.

Lucía se quedó helada.

—¿Bodas?

Beatriz levantó ambas manos.

—No bodas. Boda no. No exactamente.

—Mamá.

—Una cena de compromiso.