mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Nico la miró.

—No tienes que hacerlo.

—Si llama y estoy cerca…

—No tienes que hablar con ella.

La frase, que pretendía ser alivio, le dolió.

Nico se dio cuenta.

—No quería decir…

—Ya.

—Lucía.

—No. Tienes razón. No tengo que hablar con ella.

—Pero quieres.

Ella cerró la carpeta.

—No sé.

Nico esperó.

Eso hacía ahora.

Esperar.

Qué irritante.

Qué efectivo.

—Me da vergüenza —dijo al fin.

—¿Por qué?

—Porque desaparecí de su vida como tú de la mía, solo que ella no me había hecho daño.

Nico bajó la mirada.

—Estabas herida.

—Eso explica. No absuelve. Me lo dijo una mujer muy pesada.

—Suena sabia.

—No te emociones.

Nico levantó los ojos.

—A mi madre le alegraría oír tu voz.

Lucía sintió que la garganta se le apretaba.

—No digas eso.

—Es verdad.

—Peor.

Se quedaron en silencio.

El portátil entró en reposo.

La pantalla se oscureció.

Lucía vio sus reflejos en negro, uno frente al otro, con una mesa de trabajo entre ambos y demasiadas cosas no resueltas alrededor.

—Llámala —dijo al fin.

—¿Ahora?

—No. En Navidad.

Nico sonrió.

—Ahora.

Lucía asintió.

—Pero no le mientas.

—No voy a hacerlo.

—No le digas que estamos prometidos.

—No voy a hacerlo.

—Ni que estamos juntos.

—No voy a hacerlo.

—Ni que nos besamos en una bodega.

Nico parpadeó.

—No estaba en mi lista.

—Bien.

—Aunque, por precisión, no fue solo en una bodega. Fue junto a una mesa con valor narrativo.

Lucía le lanzó un bolígrafo.

Nico lo esquivó riéndose.

La risa aflojó algo.

Lo suficiente para que él sacara el móvil.

Lo suficiente para que Lucía no saliera corriendo.

—Puedo llamarla fuera —dijo Nico.

Lucía miró el móvil.

Luego a él.

—Pon el altavoz.

Nico se quedó quieto.

—¿Segura?

No.

—Sí.

Él buscó el contacto.

Mamá.

Lucía lo vio y tuvo que mirar hacia otro lado.

Nico pulsó llamar.

El tono sonó una vez.

Dos.

Tres.

—¿Nico? —respondió una voz cálida, algo rasgada por la distancia.

Lucía cerró los ojos.

Amparo.

Siete años y una sola palabra bastaron para que la casa de invitados volviera entera.

—Hola, mamá.

—Hijo, qué milagro. ¿Estás vivo o me llamas para pedirme una receta?

Nico sonrió.

—Las dos cosas pueden coexistir.

—Entonces empieza por decirme qué has roto.

Lucía sintió una risa temblarle en el pecho.

Nico la miró.

—No he roto nada.

—Eso no se lo cree ninguna madre.

—Estoy en Los Olivos.

Silencio.

La voz de Amparo cambió.

No mucho.

Pero cambió.

—Ah.

Lucía entendió ese ah.

Todos los ah de esa finca tenían historia.

—Me contrataron para una reforma —dijo Nico—. La bodega, parte de la finca.

—Ya.

—Mamá…

—¿Está Lucía allí?

Lucía dejó de respirar.

Nico la miró.

La pregunta había llegado sin rodeos.

Sin anestesia.

Sin apellido.

Lucía.

—Sí —dijo Nico.

Otro silencio.

—¿Cómo está?

La pregunta fue suave.

Demasiado.

Lucía se cubrió la boca con la mano.

Nico no apartó la vista de ella.

—Está bien —dijo—. Está haciendo algo impresionante con la finca.

Lucía cerró los ojos.

Frase peligrosa incluso para madres.

—Eso no me sorprende —dijo Amparo.

Lucía sintió el golpe.

—Siempre tuvo más cabeza de la que vuestra edad dejaba ver. Y más corazón del que su familia sabía manejar.

Nico bajó la mirada.

—Sí.

—¿Te está oyendo?

Lucía abrió los ojos.

Nico la miró.

No decidió.

Esperó.

Maldito.

Lucía tardó dos segundos.

Luego asintió.

Nico dijo:

—Sí.

Silencio.

Lucía sintió que el corazón le latía en la garganta.

—Hola, Lucía —dijo Amparo.

La voz fue tan sencilla que casi la rompió.

Lucía se inclinó hacia el móvil.

—Hola, Amparo.

No reconoció su propia voz.

O quizá sí.

Quizá reconoció una versión antigua.

—Ay, niña —dijo Amparo.

Nada más.

Ay, niña.

Lucía se tapó los ojos con una mano.

—Siento no haber llamado —dijo.

Nico se quedó inmóvil.

Amparo respondió sin prisa:

—Yo también lo sentí.

Lucía tragó saliva.

—Lo sé.

—Pero no te guardé rencor.

Eso fue peor.

—Quizá deberías haberlo hecho un poco.

—No me des trabajo atrasado, que ya tengo plantas que se mueren por falta de respeto.

Lucía soltó una risa entrecortada.

Nico miró hacia la ventana, dándoles el poco espacio que una llamada en altavoz podía permitir.

—Nico me ha dicho que seguías preguntando por mí —dijo Lucía.

—Claro.

—Gracias.

—No se dan las gracias por querer a alguien, hija. Se administran las consecuencias como se puede.

Lucía cerró los ojos.

Esa mujer seguía siendo peligrosísima.

—Encontramos tu libreta —dijo Nico, con la voz más baja.

Amparo guardó silencio.

—Y la nota —añadió él.

Al otro lado se oyó una respiración.

—Ah.

Ese ah fue distinto.

Dolido.

—No la leí entonces —dijo Nico.

—Ya me lo imaginaba.

—¿Sí?

—Si la hubieras leído y aun así no hubieras ido, te habría perseguido hasta Lisboa solo para darte con ella en la cabeza.

Lucía soltó una risa que no llegó a ser risa del todo.

Nico también.

Pero tenía los ojos brillantes.

—Perdón, mamá —dijo.

—A mí no me pidas perdón por eso. Ya hablamos tú y yo lo nuestro. Donde tienes que arreglar, arregla. Y donde no te dejen arreglar, aprende a no romper más.

Lucía miró a Nico.

Él también la miró.

La frase se quedó en la biblioteca pequeña como una orden antigua y nueva a la vez.

—Llamaba por la mesa —dijo Nico, recuperando con esfuerzo el hilo—. La hemos usado en una cena piloto. Lucía la integró en el montaje. Quedó… bien.

—Si Lucía la integró, quedaría preciosa.

Lucía bajó la cabeza.

—Quedó gracias a tu mesa —dijo.

—La mesa no era mía. Las mesas son de quien las usa con cariño.

La palabra cariño entró en la habitación con absoluto descaro.

Lucía miró a Nico.

Nico cerró los ojos como si el universo estuviera conspirando con su madre.

—Queremos saber si te parece bien que aparezca en el dossier del proyecto —dijo él—. Fotos, concepto, quizá mención indirecta a la casa de invitados.

—Me parece bien.

—Piénsalo.

—Ya lo he pensado.

—Mamá.

—Nicolás, no me hables como si no supiera lo que digo. Esa mesa estuvo cerrada demasiado tiempo. Si ahora sirve para que algo vivo pase en esa casa, me parece bien.

Lucía sintió que la frase le atravesaba el pecho.

Algo vivo.

—Gracias —dijo.

—A ti, Lucía.

Lucía no supo responder.

Amparo siguió:

—Y no dejéis que Arturo os convierta la bodega en un Excel con piedras.

Nico soltó una carcajada.

Lucía se llevó una mano a la boca para no reír demasiado alto.

—Llegas tarde —dijo Lucía—. Ya lo ha intentado.

—Pues le dices que Amparo dice que las piedras también tienen carácter.

—Se lo diré.

—Y que se porte bien.

Lucía sonrió.

—Eso quizá no me atrevo.

—Entonces se lo diré yo un día.

El silencio posterior tuvo una forma inesperada.

Un día.

Como si pudiera haber un día en que Amparo volviera a Los Olivos.

Como si la casa de invitados, la mesa, la nota y todos ellos no fueran solo restos, sino posibilidades.

—Me alegró oírte, niña —dijo Amparo.

Lucía tragó saliva.

—A mí también.

—Cuídate.

—Tú también.

—Y Nico.

—Sí, mamá.

—No seas idiota.

Jaime habría dado dinero por estar allí.

Lucía casi sonrió.

Nico suspiró.

—Lo intentaré.

—Inténtalo mejor que a los veinticuatro.

Nico bajó la cabeza.

—Sí.

—Bueno. Ahora sí, dime si necesitas receta o solo estabas removiendo el pasado antes de merendar.

—Solo removiendo el pasado.

—Pues bebe agua. Eso agota.

La llamada terminó poco después, con una promesa de enviarle fotos de la mesa y con Amparo recordándole a Nico que llamara más y arreglara menos cosas ajenas antes de mirar las suyas.

Cuando colgó, la biblioteca quedó en silencio.

Lucía no se movió.

Nico dejó el móvil sobre la mesa.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Tu madre debería estar regulada como sustancia emocional de alto impacto.

Nico sonrió, pero tenía los ojos húmedos.

—Sí.

—La echaba de menos.

La frase salió sin permiso.

Nico la miró.

—Ella a ti también.

—No empieces.

—No empiezo.

Lucía se limpió una lágrima que había decidido aparecer sin autorización.

—No le has mentido.

—No.

—Gracias.

—No quería meterla en nuestra mentira.

Nuestra mentira.

Lucía sintió la expresión de pronto.

No la mentira.

Nuestra.

—Nico.

—Lo sé.

—Suspendida.

—Retirada.

Pero ninguno sonrió.

Porque la palabra seguía ahí.

Nuestra mentira.

Y, debajo, algo que empezaba a parecer una verdad que no tenían valor de nombrar.

Antes de que ninguno pudiera decir nada más, Arturo llamó a la puerta entornada y entró.

—¿Interrumpo?

Lucía se limpió la cara rápido.

Nico recogió el móvil.

Arturo los miró a ambos.

Luego miró la libreta abierta, los planos, el teléfono sobre la mesa.

—¿Ha ocurrido algo?

Lucía respiró hondo.

—Hemos hablado con Amparo.

Arturo se quedó inmóvil.

Fue apenas un segundo.

Pero Lucía lo vio.

Nico también.

—Por la mesa —añadió Lucía.

—Entiendo.

Arturo no preguntó más.

Eso también fue nuevo.

—Le parece bien que aparezca en el dossier —dijo Nico.

—Bien.

La palabra, esta vez, sonó distinta.

Menos estratégica.

Más incómoda.

Arturo miró hacia la ventana.

—Me alegro de que esté bien.

Lucía sostuvo la respiración.

Nico no respondió enseguida.

—Lo está.

Arturo asintió.

Parecía querer decir algo.

No lo hizo.

La versión beta emocional tenía límites.

—Seguimos? —preguntó.

Lucía miró a Nico.

Nico la miró a ella.

Luego ambos miraron a Arturo.

—Seguimos —dijo Lucía.

Y siguieron.

Porque eso era lo extraño de aquella semana.

Nada estaba resuelto.

No el pasado.

No la mentira.

No Arturo.

No Nico.

No Lucía.

Pero todo, de algún modo, seguía.

Y, por primera vez, seguir no parecía lo mismo que repetir.