mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Qué te pasó anoche? —preguntó Lucía.

—La carrillera, ya te dije.

—No me fío de esa explicación.

Eduardo sonrió.

—Quizá verte defender algo tuyo me recordó que llevo años defendiendo cosas que ni siquiera sé si quiero.

Lucía no esperaba una confesión existencial en la bodega, y mucho menos de Eduardo.

Nico tampoco, por su expresión.

—Eso ha sido incómodamente honesto —dijo ella.

—Lo siento.

—No. Ha estado bien.

—Entonces me iré antes de estropearlo.

Eduardo se acercó a ella y le dio dos besos en la mejilla.

—Buena suerte, Lucía.

—Gracias.

Luego tendió la mano a Nico.

Nico la aceptó.

El apretón fue correcto.

No cálido.

Pero tampoco hostil.

—Cuídala —dijo Eduardo.

Lucía cerró los ojos.

—Eduardo.

Nico no soltó la mano inmediatamente.

—No necesita que la cuide.

Eduardo inclinó la cabeza.

—Cierto. Mala frase.

Lucía abrió los ojos.

Nico añadió:

—Pero voy a intentar no estorbarle.

Eduardo sonrió apenas.

—Eso es más difícil.

—Lo sé.

Lucía señaló a ambos.

—No convirtáis mi vida en un intercambio de frases de hombres en proceso de mejora.

Eduardo levantó ambas manos.

—Me retiro.

Y se fue.

La bodega quedó en silencio.

Lucía miró a Nico.

—Ha sido raro.

—Mucho.

—Creo que Eduardo se ha vuelto útil.

—Eso es preocupante.

—Muchísimo.

Nico miró hacia la entrada por donde Eduardo acababa de marcharse.

—Lo de Alfonso puede complicar el dossier.

—Lo sé.

—Inversión externa implica control.

—Lo sé.

Él la miró.

Lucía levantó un dedo.

—Esa expresión es mía cuando me irritas.

—Lo sé.

—Suspendida.

—Perdón.

—También suspendida.

Nico sonrió.

Lucía volvió a las fotos para no sonreír demasiado.

A media mañana, Arturo confirmó que Alfonso estaba interesado en estudiar una posible participación en la fase dos. No presionó. Eso fue lo extraño. Expuso el dato, dejó claro que no había nada decidido y le preguntó a Lucía qué condiciones pondría para siquiera valorarlo.

Ella lo miró durante varios segundos, esperando que apareciera el verdadero Arturo y dijera “no seas ingenua”, “esto es una oportunidad”, “no puedes permitirte rechazar capital”.

No apareció.

—Control de concepto —dijo ella.

Arturo tomó nota.

—Sigue.

—Límite de aforo blindado. Nada de grandes bodas. Nada de estructuras temporales que conviertan la finca en un decorado. Control de proveedores. Inversión por fases. Y si entra capital, no entra en decisiones estéticas sin mi aprobación.

Jaime, desde el sofá de la biblioteca pequeña, levantó la vista.

—Quiero estar presente el día que le digas eso a Alfonso. Puede que se le caiga el apellido.

—Tú no vas a estar en ninguna reunión si no aprendes a sentarte como adulto —dijo Patricia, que revisaba unas tarjetas de proveedores.

Jaime miró su postura, medio tumbado.

—Estoy en modo asesor informal.

Samira, sentada en la mesa con un catálogo de flores, murmuró:

—Estás en modo mueble defectuoso.

—Me hieres para inspirarme.

—Te hiero por eficiencia.

Arturo ignoró la conversación paralela con una capacidad que Lucía casi admiró.

—Tus condiciones son duras —dijo.

—Sí.

—Bien.

Lucía parpadeó.

—¿Bien?

—Si no sabes qué proteger, cualquiera puede comprarlo.

Lucía se quedó mirándolo.

Arturo sostuvo su mirada.

Ni disculpa.

Ni ternura.

Pero otra piedra más retirada del camino.

—Exacto —dijo ella.

Nico estaba junto a la ventana, con su portátil abierto. No intervino, pero Lucía notó la forma en que bajaba la vista para no mirarla con demasiado orgullo.

Ya no le molestó tanto.

Un poco.

Pero menos.

El trabajo ocupó el resto de la mañana. El dossier empezó a tomar forma: portada con la foto del umbral, índice, concepto, limitaciones, fases, inversión mínima, experiencia piloto, relato visual, modelo de ingresos, riesgos, requisitos técnicos.

Lucía discutió con Arturo por la palabra “exclusivo”, con Nico por el coste estimado de ventilación, con Samira por si el moodboard debía incluir más textura vegetal o más piedra, y con Jaime por existir demasiado cerca del portátil.

A las dos, los Montalbán se marcharon.

La despedida fue cordial.

Teresa abrazó a Beatriz, Alfonso estrechó la mano de Arturo y Eduardo se despidió de todos con una elegancia casi sobria. Al llegar a Lucía, le dio solo un beso en la mejilla y dijo:

—No huyas del jueves.

—No acepto órdenes en forma de consejo.

—Entonces conviértelo en insulto útil.

—Buen viaje, Eduardo.

Él sonrió.

—Gracias.

Antes de subir al coche, miró a Nico y levantó la mano en un gesto breve.

Nico respondió igual.

Jaime, desde el porche, observó el coche alejarse.

—¿Soy yo o Eduardo acaba de salir de la finca convertido en persona secundaria redimida?

—Eres tú —dijo Lucía.

—No. Ha tenido arco.

Samira asintió.

—Pequeño, pero lo ha tenido.

—Gracias.

—No te acostumbres.

El coche desapareció por el camino de grava.

Y Los Olivos cambió de densidad.

Con los Montalbán fuera, la casa quedó más familiar.

También más peligrosa.

Porque ya no había invitados externos que justificaran el teatro.

Seguían estando Arturo, Beatriz, Patricia, Jaime, Mercedes, Carmen, Samira, Nico y Lucía.

Es decir: suficiente público para una catástrofe, pero demasiada intimidad para fingir con comodidad.

Después de comer, Beatriz propuso descansar.

Arturo propuso seguir trabajando a las cinco.

Mercedes propuso ginebra.

Carmen propuso que todo el mundo saliera de su cocina antes de que ella propusiera violencia.

Lucía subió a su habitación con el portátil bajo el brazo y la intención de dormir veinte minutos.

No durmió.

Miró la foto.

Otra vez.

Solo una.

Mentira.

Dos.

En la segunda, se fijó en la mano de Nico. No en su cara. No en cómo la miraba. En su mano, apoyada en la parte alta de su espalda, exactamente contenida. Una mano que parecía saber que podía tocar, pero no apretar. Estar, pero no reclamar.

Lucía bloqueó el móvil.

—No —dijo al techo.

El móvil vibró en su mano.

Nico.

“Arturo quiere revisar fases a las cinco. ¿Quieres que prepare la parte técnica antes o prefieres revisarla juntos?”

Lucía leyó el mensaje tres veces, no porque fuera romántico, sino porque era muy educado y eso la enfurecía.

Respondió:

“Juntos. Así puedo impedir que presupuestes como si todos fuéramos Rockefeller con complejo de bodega.”

Nico:

“Anoto: no presupuestar complejo de bodega.”

Lucía:

“Y no uses ‘patología de humedad’ delante de mi madre.”

Nico:

“Era técnicamente correcto.”

Lucía:

“Mi madre no sobreviviría a que diagnostiques la finca.”

Nico:

“Lo diré con eufemismos.”

Lucía sonrió.

El móvil volvió a vibrar.

Nico:

“Y Lucía.”

Ella se quedó mirando la pantalla.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Aparecieron de nuevo.

Al final:

“No he mirado la foto más de dos veces.”

Lucía sintió que la risa le subía al pecho.

Respondió:

“Mentiroso.”

Nico:

“Sí.”

Lucía se quedó inmóvil.

Una palabra.

Simple.

Pero en el contexto de ellos, casi una rendición.

Sí.

Mentiroso.

Sí.

La mentira del compromiso.

Las mentiras pequeñas.

Las verdades que empezaban a asomarse por debajo.

Lucía escribió:

“Yo tampoco.”

Borró.

Escribió:

“Yo solo una.”

Borró.

Al final mandó:

“Nos vemos a las cinco.”

Nico respondió:

“A las cinco.”

Lucía dejó el móvil sobre la cama.

Se tumbó.

Cerró los ojos.

Sonrió.

Luego se tapó la cara con la almohada y soltó un sonido de frustración pura.

—Patética —murmuró.

La puerta comunicante no sonó.

La pared tampoco.

Pero, de algún modo, el silencio ya no parecía vacío.

A las cinco, bajó a la biblioteca pequeña y encontró a Nico solo, de pie junto a la mesa, colocando planos.

No estaba Arturo.

No estaba Jaime.

No estaba Samira.

No había nadie.

Lucía se detuvo en la puerta.

—¿Dónde está mi padre?

—Llamada con Alfonso.

—¿Y los demás?

—Patricia descansando, Jaime huyendo de Samira, Samira buscándolo, Beatriz con Mercedes, Carmen gobernando.

—Eso nos deja solos.

—Sí.

La palabra no tuvo adorno.

Lucía entró despacio.

—Podrías haber avisado.

—Podría haberlo hecho.

—¿Y?

Nico la miró.

—No quería que pensaras que estaba evitando estar a solas contigo.

El aire de la biblioteca cambió.

Lucía cerró la puerta.

No del todo.

Quedó entornada.

Una decisión cobarde y sensata.

Perfectamente suya.

—También podrías haber querido evitarlo —dijo.

—También.

—¿Y no?

Nico apoyó las manos en el borde de la mesa.

—No.

Lucía dejó el portátil junto a los planos.

—Frase peligrosa.

—No era frase. Era una palabra.

—Las palabras también delinquen.

Nico sonrió apenas.

Ella se sentó.

Necesitaba una silla.

Por autoridad profesional, no por debilidad de rodillas.

—Trabajemos.

—Sí.

Trabajaron.

Durante quince minutos.

Dieciocho, quizá.

Lo intentaron con dignidad. Revisaron fases, costes, prioridades técnicas.

Discutieron por el alcance de la intervención mínima.

Nico defendió que no se podía presentar una cifra demasiado baja solo para convencer a Arturo.

Lucía defendió que una cifra demasiado alta podía matar el proyecto antes de empezar.

Llegaron a un término medio que no dejó satisfecho a ninguno, lo cual probablemente significaba que era correcto.

Entonces Lucía pasó una página y encontró una anotación de Nico en el margen.

Casa invitados: no intervenir sin evaluación completa. Conservar estructura. Posible valor emocional/comercial. Consultar Amparo.

Se quedó mirando la última frase.

Consultar Amparo.

Nico siguió su mirada.

—Tengo que llamarla.

Lucía no levantó la vista.

—Sí.

—Por la mesa. Y si el dossier menciona la casa de invitados o utiliza objetos suyos, aunque sea indirectamente, debería saberlo.

—Sí.

La palabra le salió seca.

Nico se sentó frente a ella.

—No voy a contarle lo del compromiso.

Lucía levantó los ojos.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—No odio que me conozcas en cosas pequeñas. Lo odio en cosas medianas.

—Lo siento.

Ella suspiró.

—Tu madre me importa.

—Lo sé.

—Suspendida.

—Retirada.

Lucía miró la anotación.

Amparo.

La mujer que la había querido en la cocina de la casa de invitados. La mujer que había escrito una nota que llegó tarde. La mujer que, según Nico, seguía queriéndola en presente.

El falso compromiso, con su familia, era una cosa.

Meter a Amparo en él era otra.

Más sucia.

Más difícil.

—No quiero mentirle —dijo Lucía.