Capítulo 22
La mujer que no sabía mentir por teléfono
El lunes por la mañana, Lucía hizo algo profundamente imprudente antes incluso de tomar café.
Miró la foto.
No una vez.
Tres.
La primera, para comprobar que seguía ahí.
La segunda, para confirmar que no había sido víctima de la iluminación sentimental de un naranjo.
La tercera, porque ya era una causa perdida.
Seguía siendo preciosa.
Seguía siendo peligrosa.
Seguía sin parecer mentira.
Lucía dejó el móvil boca abajo sobre la cama y se señaló a sí misma con el dedo, como si estuviera interrogando a una empleada negligente.
—Esto se acaba aquí.
El móvil vibró.
Lucía lo miró con sospecha.
Era un mensaje de Beatriz.
“Buenos días, cariño. No he enviado la foto. Solo quería recordártelo.”
Lucía cerró los ojos.
La familia Montoro había descubierto la comunicación emocional y estaba usándola sin formación adecuada.
Respondió:
“Gracias, mamá.”
Tres puntos aparecieron.
Luego desaparecieron.
Luego volvieron.
Lucía observó la pantalla con miedo.
Finalmente llegó otro mensaje.
“Sales muy guapa.”
Lucía sintió una punzada absurda.
No por el cumplido.
Por la contención que había detrás. Beatriz podría haber escrito “hacéis una pareja preciosa”, “se os ve enamorados”, “esto me emociona” o cualquier variante de madre con una foto demasiado verdadera en el móvil.
No lo hizo.
Dijo: sales muy guapa.
Una mentira piadosa para no empujar.
O una verdad pequeña para no romper nada.
Lucía escribió:
“Tú también salías bien en la de grupo.”
La respuesta de Beatriz llegó enseguida.
“Jaime salía hablando.”
Lucía sonrió.
Eso era terreno seguro.
Dejó el móvil, se vistió y bajó a desayunar con la decisión firme de no mirar la puerta de la habitación azul al pasar.
La miró.
Estaba cerrada.
No había café en el suelo.
Esta vez no se ofendió.
Mucho.
En la cocina, Carmen preparaba pan con tomate, Patricia leía algo en el móvil con una mano sobre la barriga, Jaime intentaba convencer a Samira de que él podía desarrollar “sensibilidad floral” si se le daba mentoría adecuada, y Samira lo miraba como si estuviera calculando cuánto abono podría producir con su cadáver.
Nico no estaba.
Lucía notó su ausencia.
Luego notó que la notaba.
Luego decidió odiar la mañana.
—Buenos días —dijo.
Jaime levantó la vista.
—Buenos días. ¿Has dormido bien o fotográficamente bien?
Lucía cogió una servilleta y se la lanzó.
Jaime la atrapó con una mano.
—Mis reflejos mejoran con el peligro.
—Tu instinto de supervivencia, no.
Samira bebió café.
—Anoche estuvo contenido para lo que podría haber dicho.
—Anoche Jaime no merece medallas por no arruinar mi vida durante diez minutos —dijo Lucía.
—Discrepo —dijo Jaime—. Mi autocontrol debería deducir en Hacienda.
Patricia dejó el móvil sobre la mesa.
—Nico está en la bodega.
Lucía la miró.
—No he preguntado.
—Has mirado alrededor con cara de inventario incompleto.
—Odio esta familia.
—A ratos —dijo Jaime.
Lucía le señaló con el cuchillo de untar.
—No robes mis frases vulnerables para hacer humor.
—Perdón. ¿Son marca registrada?
Carmen le quitó el cuchillo a Lucía con naturalidad.
—Nada de armas antes del segundo café.
—Gracias, Carmen —dijo Jaime.
—No era por ti. Era por el mantel.
Lucía se sentó y aceptó la taza que Carmen le puso delante.
Café perfecto.
—¿Lo ha pedido él? —preguntó antes de poder detenerse.
Silencio.
Patricia sonrió.
Jaime abrió la boca.
Samira le tapó la boca con una mano sin mirarlo.
Carmen siguió cortando pan.
—No. Lo he hecho yo.
Lucía sintió una mezcla estúpida de alivio y decepción.
—Bien.
—Pero me dijo que no te lo pusiera en la puerta para no molestarte.
Lucía cerró los ojos.
Jaime logró apartar la mano de Samira.
—Yo quiero aprender a molestar no molestando. Parece avanzado.
—Tú empieza por no respirar en dirección incorrecta —dijo Samira.
Patricia se inclinó hacia Lucía.
—A las diez, Eduardo quería ver la bodega, ¿no?
Lucía agradeció el cambio de tema con toda su alma.
—Quince minutos.
—Mamá quiere acompañarlo.
—Mamá quiere acompañarlo para despedirse de la bodega como si fuera una hija que se va a estudiar fuera.
—También quiere asegurarse de que Eduardo vea lo mejor.
—Eduardo ya ha visto suficiente.
Samira levantó una ceja.
—¿Hablamos de la bodega o de tu vida?
—De la bodega.
—Lástima.
Lucía mordió el pan tostado.
El lunes olía a restos de éxito, café y problemas aplazados.
A las diez menos cinco, estaba en la bodega revisando las fotos impresas que Arturo había pedido a primera hora con una eficiencia casi ofensiva.
Alguien del pueblo las había traído en papel grueso.
Arturo había decidido que verlas físicamente ayudaría a “pensar el discurso visual”.
Lucía sospechaba que su padre acababa de descubrir el moodboard y lo estaba llamando de otra manera para no pedir perdón al mundo creativo.
Nico estaba junto a la pared izquierda, midiendo el espacio para una posible canalización eléctrica.
Se saludaron con un “buenos días” que fue tan neutro que habría aprobado un notario.
Luego trabajaron durante veinte minutos como dos adultos capaces.
Lo cual habría sido convincente si Lucía no hubiera sido dolorosamente consciente de cada vez que Nico se movía, respiraba o pasaba una página.
—Esa foto no sirve para portada —dijo él, señalando una de las impresiones.
Lucía miró.
—¿Por qué?
—El ángulo comprime la mesa. Parece más pequeña.
—Pero se ve mejor la textura de piedra.
—Para textura, detalle interior. Portada, amplitud.
—No me gusta cuando tienes razón a primera hora.
—Puedo tener razón a media mañana, si ayuda.
Lucía levantó la vista.
Nico estaba sonriendo apenas.
Muy poco.
Lo justo para recordarle la pared de la noche anterior.
Un toque.
Otro toque.
La foto en el móvil.
Lucía bajó la mirada a las impresiones.
—Esta —dijo, escogiendo la imagen del umbral.
—Sí.
—No sonrías.
—No estaba sonriendo.
—Pensabas sonreír.
—Estoy intentando reducir gastos faciales.
—Gracias.
Nico se inclinó sobre la mesa para revisar otra imagen y su hombro quedó demasiado cerca del de ella. No se tocaron. La distancia fue mínima, exacta, insoportable.
—Sobre la foto de anoche —dijo él.
Lucía se quedó inmóvil.
—No.
—Solo quería saber si estás bien.
—Eso nunca es solo.
—De acuerdo.
Ella lo miró.
—Nico.
Él levantó ambas manos.
—Retiro el de acuerdo. Sustituyo por silencio respetuoso.
Lucía no pudo evitar sonreír.
—Idiota.
—A ratos.
La frase salió suave.
Tan suave que la bodega pareció recordarla.
Lucía lo miró.
Nico también.
Durante un instante, el lunes por la mañana se llenó de domingo por la noche.
Por suerte, o por desgracia, Eduardo apareció en la entrada.
—¿Interrumpo?
—Siempre —dijo Lucía.
Eduardo sonrió.
—Entonces mantengo mi marca.
Nico se incorporó y se apartó un poco de la mesa. No de forma brusca. No como quien oculta algo. Más bien como quien devuelve el espacio a su sitio.
Eso también lo vio Eduardo.
Lucía habría preferido que los hombres de su entorno fueran menos observadores o más miopes.
—Quince minutos —dijo ella.
—Lo prometido.
Eduardo entró despacio, con las manos en los bolsillos, mirando la bodega con más atención de la que Lucía esperaba.
La luz de la mañana no favorecía tanto el montaje como la noche, pero también mostraba otra cosa: la honestidad de los materiales, las imperfecciones, las posibilidades de obra, los límites reales.
Sin velas, la bodega no seducía. Convencía de otra manera.
—Funciona también así —dijo Eduardo.
Lucía cruzó los brazos.
—Eso era un comentario o un intento de opinar?
—Un comentario.
—Aceptado provisionalmente.
Eduardo caminó hasta la mesa de Amparo.
No la tocó.
Punto para él.
—Anoche entendí algo —dijo.
—Últimamente todo el mundo entiende cosas en esta finca. Empiezo a preocuparme por las tuberías.
Nico soltó una risa breve desde el lateral.
Eduardo también.
—Entendí que no estabas vendiendo eventos —dijo—. Estabas vendiendo acceso a una historia sin abaratarla.
Lucía guardó silencio.
Porque era una buena frase.
Y porque le molestó que viniera de él.
—Eso sí puedes decirlo en voz alta —añadió Eduardo—. No me ofenderé si me das la razón.
—Me ofenderé yo.
—Justo.
Nico observaba sin intervenir.
Lucía lo agradeció.
También le molestó.
Era una mujer compleja y, a esas alturas, posiblemente insoportable.
—No quiero que la historia se convierta en reclamo barato —dijo ella.
—No lo hará si la controlas tú.
Eduardo miró a Nico un instante.
Luego volvió a Lucía.
—Y si todos los demás aprenden a no tocar.
Lucía entendió la frase más allá del proyecto.
No quiso admitirlo.
—Ese aprendizaje va lento —dijo.
—Pero va.
Eduardo sonrió con una seriedad nueva.
—Me alegro por ti.
La sencillez de la frase la desarmó un poco.
—Gracias.
—Y siento haber usado vuestra historia como si fuera una anécdota de cena.
Nico se quedó muy quieto.
Lucía lo miró.
Eduardo también.
—Me refiero a lo del primer día —aclaró—. Cuando mencioné que ya os conocíais de antes.
Lucía apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—Sí. Fue bastante de imbécil.
—Lo sé.
—Bien.
—No esperaba absolución completa.
—Qué bien gestionas expectativas.
—Estoy probando a ser casi decente.
Nico cruzó los brazos.
—Vas mejorando.
Eduardo lo miró con una media sonrisa.
—Eso, viniendo de ti, parece incluso generoso.
—No te emociones.
—No. Esta familia ya está teniendo demasiados avances emocionales. Sería abusar.
Lucía soltó una risa.
La tensión bajó.
No desapareció.
Pero cambió de textura.
Eduardo caminó hasta la entrada lateral y observó el camino de faroles apagados.
—Mi padre quiere hablar con Arturo antes de irnos. Puede que se interese por invertir en una fase futura.
Lucía abrió la boca.
Eduardo levantó una mano.
—No he dicho que debas aceptar. Tampoco que yo intervenga. Solo te aviso porque prefiero que lo sepas por mí y no en una sobremesa con frases vagas.
Lucía lo observó.
—Gracias.
—Si te interesa, exige control creativo y operativo. Si no, di que no. Pero no dejes que te presenten la oportunidad como si viniera ya decidida.
Eso sí era útil.
Demasiado útil para Eduardo Montalbán antes de las once de la mañana.