mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—No tienes que pedirme perdón por querer borrar una foto.

—No te lo pido por eso.

Él esperó.

—Te lo pido por decir que no necesitaba que gestionaras esto.

Nico bajó la mirada.

—Entiendo por qué lo dijiste.

—Eso no significa que estuviera bien.

Él levantó los ojos.

—Gracias.

Lucía asintió.

El patio seguía lleno de gente, pero el espacio entre ellos se volvió extrañamente privado.

—La foto parecía real —dijo ella.

Nico no sonrió.

No hizo la pregunta obvia.

Solo dijo:

—Sí.

—Y me asusté.

—Lo vi.

—Odio que lo vieras.

—Lo sé.

Lucía entrecerró los ojos.

—Esa expresión sigue suspendida.

La boca de Nico se curvó apenas.

—Perdón.

—También suspendida.

—Estoy perdiendo vocabulario.

—Bienvenido a mi día.

Nico miró hacia la mesa donde Beatriz sostenía el móvil con ambas manos, como si guardara algo delicado.

—¿La ha borrado?

—No.

Él volvió a mirarla.

—¿No?

—No. Pero no la va a mandar.

Nico guardó silencio.

—¿Te parece mal?

—No.

—¿Seguro?

—Me parece… —se detuvo, buscando la palabra— mucho.

Lucía soltó aire.

—Sí.

—Pero no mal.

Ella asintió.

—Eso mismo.

Nico bajó la voz.

—Yo tampoco estoy preparado para que exista fuera de mí.

La frase fue tan exacta que Lucía no supo responder.

Se quedaron allí, junto a la fuente, con la cena detrás, la familia alrededor y una foto demasiado verdadera guardada en el móvil de Beatriz como una pequeña bomba sin activar.

Jaime apareció a dos metros con un plato de queso.

—Vengo en son de paz y con lácteos.

Lucía cerró los ojos.

—Qué quieres.

—Nada. Solo comprobar si la crisis fotográfica ha remitido.

—Jaime.

—Vale. También quería decir que no he hecho comentarios durante más de diez minutos y necesito reconocimiento.

Nico tomó un trozo de queso.

—Ha sido impresionante.

Jaime se iluminó.

—Gracias, falso cuñado.

—No le llames falso cuñado —dijo Lucía.

—¿Cuñado técnico?

—No.

—¿Cuñado provisional?

—No.

—¿Cuñado en fase piloto?

Nico tosió para no reírse.

Lucía le lanzó una mirada.

—No lo animes.

—Ha sido bueno.

—Ha sido horrible.

—Ha sido comercialmente sólido —dijo Jaime.

Samira apareció detrás de él.

—Jaime, Carmen busca a alguien para bajar cajas a la despensa.

Jaime palideció.

—Estoy en medio de una mediación familiar.

—La familia sobrevivirá. Las cajas no bajan solas.

—Mi talento está siendo desperdiciado.

—Tu talento acaba de decir “cuñado en fase piloto”. Está donde debe.

Samira se lo llevó prácticamente por una oreja.

Lucía lo vio marcharse.

—Debería pagarle más.

—A Samira?

—A todos los que gestionan a Jaime.

Nico sonrió.

El patio volvió a su ritmo.

Pero la foto seguía ahí.

Lucía no la veía y, aun así, la sentía. Como si el móvil de Beatriz tuviera peso propio. Como si la imagen hubiera capturado no solo una risa, sino una posibilidad que ahora respiraba dentro de un dispositivo bloqueado con una contraseña que probablemente era el cumpleaños de Patricia.

A lo largo de la noche, Lucía descubrió que podía hablar de presupuestos, platos, salidas de emergencia y cronogramas mientras una parte de su cabeza pensaba: existe.

La foto existe.

A las once, Eduardo se despidió.

Se iba temprano a la mañana siguiente y, según dijo, quería evitar despedidas largas. Lucía agradeció en silencio el gesto. O la estrategia. Con Eduardo nunca estaba del todo segura.

—Gracias por dejarme estar estos días —dijo él.

—No te he dejado. Has estado.

—Más exacto.

—Buen viaje mañana.

—Gracias.

Eduardo dudó.

Luego miró hacia Nico, que estaba ayudando a Carmen con unas sillas.

—No voy a decir nada sobre él.

—Excelente decisión.

—Solo sobre ti.

Lucía cruzó los brazos.

—Con cuidado.

—Esa foto te ha asustado porque no era una mentira.

Lucía se quedó quieta.

—Has dicho que no ibas a hablar de él.

—Estoy hablando de ti.

—Estás caminando por una cornisa muy fina, Montalbán.

Eduardo sonrió apenas.

—Lo sé. Pero te lo digo porque yo he pasado mucho tiempo queriendo que las cosas fueran claras antes de moverme. Y casi nada importante lo es.

Lucía lo miró.

—¿Cuándo te convertiste en una galleta de la fortuna con buenos zapatos?

—Durante la cena de anoche, creo. La carrillera me abrió caminos.

Ella soltó una risa.

—Buenas noches, Eduardo.

—Buenas noches, Lucía.

Él se inclinó y le dio dos besos en la mejilla.

Correctos.

Sin intención.

Sin juego.

Al separarse, dijo en voz baja:

—No huyas de tu proyecto por miedo a otra cosa.

Lucía no respondió.

Eduardo se marchó.

Nico no miró.

O fingió muy bien no mirar.

Lucía decidió que, por una vez, no necesitaba comprobarlo.

La noche terminó de deshacerse poco después.

Patricia subió primero. Luego Beatriz. Arturo se retiró a la biblioteca con Alfonso. Mercedes anunció que se iba a dormir “antes de que alguien creciera emocionalmente y la obligara a aplaudir”. Samira subió con una caja pequeña de flores rescatadas y Jaime detrás, cargando dos más bajo protesta.

Lucía se quedó en el patio recogiendo servilletas que no necesitaba recoger.

Nico apareció a su lado.

—Carmen ha dicho que si tocas otra cosa, te echa.

—Carmen está ocupada echando a todos.

—Ha empezado por mí.

—Tiene buen criterio.

Él se quedó a su lado, mirando la mesa ya casi vacía.

No hablaron durante un rato.

El silencio no era pesado.

Solo lleno.

—¿Quieres ver la foto? —preguntó Nico.

Lucía giró hacia él.

—¿Qué?

—La foto. ¿Quieres verla conmigo o prefieres no verla más?

La pregunta le dio miedo.

No porque no supiera la respuesta.

Porque sí la sabía.

—No la tengo yo.

—Podemos pedírsela a tu madre mañana. O no.

Lucía miró hacia la casa.

La habitación de Beatriz ya tenía luz encendida.

—No sé.

—Vale.

—Pero quizá sí.

—Vale.

—No digas vale como si tuvieras paciencia infinita.

—No la tengo.

—Ya lo sé.

Nico la miró.

—Pero esta vez prefiero tener menos prisa que perder la posibilidad de que quieras mirar.

La frase cayó en el patio como una vela encendida.

Lucía bajó la vista.

—Eso ha sido una frase peligrosa.

—Sí.

—Y bonita.

Nico guardó silencio.

Lucía levantó los ojos.

—No te emociones. No he dicho que esté bien que la digas.

—Demasiado tarde.

Ella casi sonrió.

Casi.

Nico dio un paso atrás.

—Buenas noches, Lucía.

No se acercó.

No intentó besarla.

No estiró el momento.

Eso la hizo querer acercarse ella, lo cual era exactamente el tipo de problema que una noche así no debía fomentar.

—Buenas noches, Nico.

Subieron por separado.

Primero él.

Luego ella, cinco minutos después, porque de algún modo necesitaba que el pasillo no pareciera una repetición del día anterior.

Al llegar a su habitación, Lucía se quitó los pendientes, dejó la ropa en una silla y se sentó en la cama.

No estaba triste.

No estaba tranquila.

No estaba arrepentida.

Estaba habitando una zona nueva para la que no tenía muebles.

El móvil vibró.

Un mensaje de Beatriz.

Sin texto.

Solo una imagen.

La foto.

Lucía dejó de respirar.

Allí estaban.

Bajo el naranjo.

Ella riéndose.

Nico mirándola.

La luz suave.

La mano de él apenas visible junto a su espalda.

La boca de ella abierta en una risa que no parecía defensa.

No era perfecta.

No era posada.

No era mentira.

Lucía tocó la pantalla con un dedo.

Debajo, otro mensaje de su madre.

“No se la he enviado a nadie. Solo pensé que quizá algún día querrías tenerla tú también.”

Lucía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

No de tristeza.

De demasiado.

Respondió:

“Gracias, mamá.”

Luego se quedó mirando la foto.

Mucho rato.

Al otro lado de la pared, oyó un golpe suave.

No en la puerta comunicante.

En la pared.

Un toque.

Como el de la primera noche.

Lucía miró hacia allí.

No respondió al principio.

Luego, despacio, levantó la mano y dio un toque en la pared.

Uno.

Al otro lado, silencio.

Después, otro toque.

Lucía sonrió sin querer.

Se tumbó en la cama con el móvil aún en la mano y la foto iluminándole la cara.

No cruzaron la puerta.

No hablaron.

No hicieron promesas.

Pero esa noche, en Los Olivos, una foto que no debía parecer una boda quedó guardada en dos sitios.

En el móvil de Lucía.

Y en una parte de ella que ya no sabía fingir tan bien como antes.