mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Cobarde.

—Puedo quedarme quieto y no tocarte hasta que tú decidas.

Lucía lo miró.

La frase era apenas un susurro.

Nadie más la oyó.

Pero ella sí.

Y la oyó con todo el cuerpo.

—Qué molesto eres cuando aprendes —murmuró.

Nico sonrió.

—Me esfuerzo.

Lucía, sin mirarlo más, pasó su brazo por la cintura de él.

Solo para la foto.

Evidentemente.

Nico no se movió durante un segundo. Luego apoyó su mano en la parte alta de su espalda, no baja, no posesiva, no demasiado íntima. Exactamente donde podía ser foto familiar y no bodega a medianoche.

Qué considerado.

Qué insufrible.

Beatriz hizo la foto.

—Otra.

—Dijiste una —dijo Lucía.

—Una buena. La primera Jaime ha salido hablando.

—Mi esencia no se captura en silencio —dijo Jaime.

Segunda foto.

Tercera, porque Mercedes había cerrado los ojos “a propósito, para añadir misterio”.

Cuarta, porque Arturo miró justo hacia otro lado.

Cuando terminaron, Lucía intentó soltarse, pero Beatriz se acercó.

—Ahora vosotros dos.

—Mamá.

—Una.

—Ya hemos hecho grupo.

—Lucía.

La voz de Beatriz no era exigente.

Era suave.

Y emocionada.

Eso era peor.

Lucía sintió que la mentira se estiraba como una tela demasiado fina.

Una foto de todos podía esconderse entre el caos. Una foto de los dos era otra cosa. Un objeto. Una prueba. Una pieza que quizá alguien miraría después cuando todo se rompiera.

Nico bajó la mano de su espalda.

—No tenemos que hacerla —dijo en voz baja.

Lucía lo miró.

—Si digo que no, parecerá raro.

—Podemos parecer raros.

—Ya parecemos raros.

—Entonces tenemos práctica.

Ella casi sonrió.

Casi.

Pero vio a su madre sosteniendo el móvil con esa ilusión torpe y tardía, vio a Arturo mirando desde un lado con una expresión que no supo leer, vio a Patricia preocupada, a Jaime callado por una vez y a Samira evaluando si intervenir o dejar que Lucía decidiera.

Decidir.

Esa era la palabra.

Podía negarse.

Podía hacerla.

Podía elegir qué mentira sostenía y cuál no.

Y quizá lo peor fue descubrir que una parte de ella no quería negarse por completo.

No por Beatriz.

No por el falso compromiso.

Por tener una foto con Nico de aquella semana imposible antes de que todo encontrara una forma de estallar.

—Una —dijo Lucía.

Nico la miró.

—¿Segura?

—No. Pero una.

Beatriz los colocó bajo el naranjo más cercano, donde la luz del patio caía cálida y suave. La misma luz que Jaime había llamado “tensión de postal”. Lucía se puso al lado de Nico, con el cuerpo rígido.

—Parecéis dos personas esperando una multa —dijo Mercedes.

—Una foto natural —pidió Beatriz.

—Mamá, no hay nada natural en que me dirijas con un móvil.

—Mírale.

—No.

—Lucía.

—Si le miro, voy a reírme.

—Pues ríete.

Nico giró la cabeza hacia ella.

—Puedes reírte de mí. Es una tradición sólida.

Lucía intentó no mirarlo.

Fracasó.

Lo miró.

Nico tenía la luz del patio en los ojos y una sonrisa pequeña, de esas que no invadían pero abrían algo. Lucía sintió que la rigidez se le rompía por un sitio. No mucho. Lo suficiente para que una risa le subiera sin permiso.

—Eres idiota —dijo.

—A ratos.

Beatriz hizo la foto justo entonces.

Clic.

Lucía dejó de reír.

Tarde.

Demasiado tarde.

Beatriz miró la pantalla.

Y se quedó inmóvil.

Patricia se acercó primero.

Luego Jaime, porque Jaime era físicamente incapaz de respetar un momento.

—A ver —dijo.

Beatriz no entregó el móvil.

Solo giró la pantalla.

La foto era preciosa.

Ese fue el problema.

Lucía lo supo antes incluso de verla bien.

No parecía una foto de compromiso impostado. No parecía una pose forzada. No parecía una mentira.

Parecía un instante robado entre dos personas que se conocían demasiado y que, por un segundo, habían olvidado protegerse.

Ella estaba riéndose, la cabeza ligeramente inclinada hacia Nico. Él la miraba a ella, no a la cámara, con una expresión que Lucía no quiso nombrar porque nombrarla habría sido caer por un hueco sin barandilla.

Jaime no dijo nada.

Eso confirmó la gravedad del asunto.

Samira soltó un suspiro casi imperceptible.

Patricia se mordió el labio.

Mercedes murmuró:

—Vaya.

Beatriz tenía los ojos brillantes.

—Es preciosa.

Lucía sintió que el pánico le subía por el pecho.

—Bórrala.

La palabra salió demasiado brusca.

Beatriz parpadeó.

—¿Qué?

Nico la miró.

—Lucía.

—He dicho que la borres.

El patio se quedó en silencio.

Beatriz bajó el móvil un poco, herida.

—Dijiste una foto.

—Dije una foto para ti. Esa no.

—¿Por qué?

Porque parece verdad.

La respuesta le llenó la boca.

No la dijo.

—Porque no quiero fotos así.

—¿Así cómo?

Lucía no respondió.

No podía hacerlo sin desnudar demasiado la mentira o algo peor.

Nico dio un paso hacia ella.

No la tocó.

—Podemos hacer otra.

Eso la enfadó sin razón.

O con demasiadas.

—No necesito que gestiones esto.

Nico se detuvo.

La herida cruzó su cara rápido, antes de que pudiera esconderla.

Beatriz miró de uno a otro.

Arturo también.

Eduardo, desde el fondo, no dijo nada, pero Lucía sintió su mirada como una incomodidad adicional.

—Lucía —dijo Patricia con suavidad.

—No pasa nada —dijo Lucía.

La frase de siempre.

La peor.

Samira dejó su copa en la mesa.

—Voy contigo.

—No voy a ninguna parte.

—Sí vas.

Lucía la miró.

Samira sostuvo su mirada sin pestañear.

—Vas a respirar antes de declarar una guerra contra una fotografía.

Jaime abrió la boca.

Samira señaló hacia él.

—Ni una palabra.

Jaime cerró la boca.

Lucía sintió que la piel le ardía.

—Estoy bien.

—Claro —dijo Samira—. Y yo soy una mujer paciente.

Lucía dejó la servilleta sobre la mesa y salió del patio hacia el camino lateral.

No corrió.

No exactamente.

Pero caminó con la velocidad de alguien que no quería que la siguieran.

Samira la siguió igual.

Por supuesto.

Llegaron al muro bajo junto al invernadero. Allí la luz de la casa quedaba a medias, y el ruido de la cena era solo un murmullo.

Lucía apoyó las manos en la piedra.

—No digas nada.

—No iba a empezar con palabras.

—¿Con qué ibas a empezar?

Samira respiró hondo.

—Con acompañarte.

Lucía cerró los ojos.

Eso fue peor.

Durante unos segundos solo hubo grillos, hojas y el sonido lejano de Jaime diciendo algo que probablemente le costaría trabajo físico al día siguiente.

—Parecía real —dijo Lucía al fin.

La voz le salió más baja de lo que esperaba.

Samira se apoyó a su lado.

—Sí.

—No puedes decir sí tan rápido.

—¿Quieres que mienta?

Lucía soltó una risa pequeña, fea.

—No.

—Entonces sí.

—No era una foto de mentira.

—No.

—Y mi madre la ha visto. Patricia la ha visto. Jaime la ha visto. Arturo la ha visto.

—Y tú.

Lucía se tapó la cara con las manos.

—Sobre todo yo.

Samira no dijo nada.

—No sé qué me pasa —susurró Lucía.

—Sí lo sabes.

—No.

—Lo sabes un poco.

Lucía bajó las manos.

—Estoy enfadada con él.

—Sí.

—Me hizo daño.

—Sí.

—No confío en esto.

—Normal.

—No puedo volver atrás solo porque ahora pregunte, espere, me pase agua y me bese como si…

Se detuvo.

Samira esperó.

—Como si qué?

Lucía tragó saliva.

—Como si me estuviera devolviendo algo.

Samira miró hacia la casa.

—Quizá no te está devolviendo nada.

Lucía la miró.

—Qué bien. Gracias.

—Quizá estás recuperando cosas tú.

La frase se quedó entre ambas, más suave que un golpe, pero igual de efectiva.

Lucía miró el invernadero viejo. La primera vez que Nico la besó había sido allí detrás. Se acordaba de la tierra en las manos, de la risa, de la forma en que todo entonces parecía empezar.

—No quiero ser injusta con la chica que fui —dijo.

—¿Besándolo sería injusto con ella?

—No lo sé.

—Puede que ella quisiera que alguien hubiera preguntado. Pero también puede que quisiera que, cuando por fin pudieras elegir, eligieras lo que fuera verdad en ese momento. No lo que la protegiera siete años tarde.

Lucía sintió que los ojos le ardían.

—Odio cuando eres sabia.

—Lo sé.

—No digas lo sé. Eso es de Nico.

—Retiro la expresión por contaminación emocional.

Lucía se rio.

Un poco.

Samira la miró de reojo.

—La foto puede borrarse.

—Tiene que borrarse.

—De acuerdo.

—No porque sea fea.

—No.

—Porque no estoy preparada para que exista fuera de mí.

Samira asintió.

—Eso es bastante claro.

Lucía respiró hondo.

—Tengo que pedirle perdón a mi madre.

—Sí.

—Y a Nico.

—También.

—No por querer borrarla.

—No.

—Por cómo lo he dicho.

—Exacto.

Lucía apoyó la frente en las manos.

—Qué asco de crecimiento personal.

—Muchísimo. Por eso conviene cobrarlo caro.

Volvieron al patio unos minutos después.

La conversación se había reanudado, pero con esa textura falsa de las mesas que han decidido fingir que no ha pasado nada. Beatriz estaba sentada junto a Teresa, con el móvil boca abajo. Nico estaba de pie cerca de la fuente, hablando con Arturo. No parecía enfadado. Eso la hizo sentir peor.

Al verla volver, Nico levantó la mirada.

No se acercó.

Lucía agradeció y odió eso con igual intensidad.

Fue primero hacia Beatriz.

Su madre se tensó.

—Mamá.

—No la he mandado a nadie.

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Lo sé. Perdón.

Beatriz la miró con sorpresa.

—No quería presionarte.

—También lo sé.

—Es solo que estabas tan…

Se detuvo.

Lucía sostuvo el golpe antes de que llegara.

—Tan qué?

Beatriz miró el móvil.

—Feliz.

La palabra fue un cuchillo envuelto en algodón.

Lucía tragó saliva.

—Por eso.

Beatriz entendió algo.

No todo.

Pero algo.

—La borraré si quieres.

Lucía miró el móvil.

—No.

Su propia respuesta la sorprendió.

Beatriz parpadeó.

—¿No?

Lucía respiró.

—No la borres. Pero no la mandes. A nadie.

—A nadie.

—Ni a tu grupo.

—Ni a mi grupo.

—Ni a tía Mercedes aunque te la pida con chantaje emocional.

Mercedes, desde su silla, dijo:

—Me ofende que me atribuyas métodos tan básicos.

—Ni a Mercedes —repitió Beatriz.

Lucía asintió.

—Gracias.

Beatriz le tocó la mano.

Un gesto pequeño.

—Cuando quieras que no exista, me lo dices.

Lucía sintió que la garganta se le cerraba.

—Vale.

Luego fue hacia Nico.

El camino desde la mesa hasta la fuente no era largo.

A Lucía le pareció de dimensiones continentales.

Nico dejó de hablar con Arturo cuando ella se acercó. Arturo los miró, luego se volvió hacia Alfonso con una discreción que, en su padre, casi parecía diplomacia emocional.

—Perdón —dijo Lucía.

Nico guardó las manos en los bolsillos.