mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

Una foto para mentir mejor

La cena de sobras de tía Mercedes resultó tener menos sobras que algunas bodas.

Beatriz lo llamó “algo sencillo”. Carmen lo llamó “aprovechamiento digno”.

Jaime lo llamó “el cadáver delicioso del éxito de anoche”.

Samira, al ver la mesa del patio con tortillas, ensaladas, queso, pan caliente, una fuente de pescado frío, tomates aliñados, fruta, vino y tres postres que nadie recordaba haber autorizado, declaró que los Montoro tenían una relación patológica con la palabra poco.

Lucía estuvo de acuerdo.

Pero comió igual.

Porque una podía estar emocionalmente confundida, profesionalmente agotada y románticamente en peligro, pero seguía teniendo sentido común ante una tortilla perfecta.

La tarde había dejado una calma extraña en Los Olivos.

No paz. La paz era pedir demasiado. Más bien una tregua con buen mantel.

La bodega seguía fotografiada, el dossier tenía índice, Arturo no había retirado ninguna frase con memoria, Beatriz no había añadido flores blancas y Nico llevaba casi dos horas sin decir nada que pudiera clasificarse como frase peligrosa.

Eso, en sí mismo, parecía un avance.

Lucía estaba sentada entre Patricia y Samira.

Nico, por decisión sospechosa de alguien que ella no quiso investigar, estaba enfrente.

Jaime había sido colocado junto a Samira, probablemente por Mercedes, que disfrutaba observando el sufrimiento ajeno cuando venía con pan tostado.

Eduardo, Alfonso y Teresa también estaban allí, porque se marchaban al día siguiente y Beatriz había considerado “feo” no incluirlos.

Lucía había considerado feo seguir viva para otra cena familiar.

Pero no lo dijo.

—Quiero hacer un brindis —anunció Mercedes cuando Carmen dejó la última fuente en la mesa.

—No —dijeron Beatriz y Jaime a la vez.

Mercedes los ignoró con la elegancia de quien llevaba décadas ignorando a gente menos preparada.

—Por Lucía.

El patio se quedó algo más quieto.

Lucía levantó la vista.

—Tía…

—Cállate, niña. Estoy siendo generosa y me cuesta.

Jaime levantó la copa.

—Respetemos el esfuerzo.

Mercedes se puso de pie con su copa en alto. Llevaba un chal dorado y un vestido azul noche, como si las sobras merecieran glamour póstumo.

—Por Lucía —repitió—. Porque ayer hizo algo muy difícil: convenció a esta familia de que una mesa vieja, una bodega húmeda y una idea bien defendida podían valer más que un salón perfecto lleno de gente equivocada.

Beatriz abrió la boca.

Luego la cerró.

Bien.

—Por Lucía —dijo Patricia.

—Por Lucía —dijo Jaime.

—Por Lucía —dijo Nico.

La voz de Nico fue baja.

Pero Lucía la oyó por encima de todas.

No lo miró.

Mentira.

Lo miró un poco.

Él sostenía la copa sin sonrisa, con una seriedad que le hizo desear que hubiera sonreído. Habría sido más fácil resistirse a una sonrisa. La seriedad parecía otra cosa. Reconocimiento. Orgullo. Aquella palabra que le había dado el día anterior y que ella no sabía dónde guardar.

—Por Lucía —dijo Arturo.

Lucía giró la cabeza hacia su padre.

Arturo no estaba haciendo teatro. Tampoco parecía cómodo. Pero brindó.

Y esa incomodidad hizo que el gesto importara más.

—Gracias —dijo ella.

Mercedes bebió.

—Y por la mesa de Amparo —añadió—, que ha vuelto de entre los muertos con mejor gusto que muchos vivos.

Nico bajó la mirada.

Lucía lo vio.

También vio a Beatriz mirarlo, a Carmen detenerse un segundo en la puerta y a Arturo apretar los dedos alrededor de su copa.

El nombre de Amparo ya no era un objeto olvidado en una casa cerrada.

Estaba en la mesa.

Como debía.

—Por Amparo —dijo Carmen.

Fue la única que lo dijo así.

Sin adorno.

Sin ironía.

Nico levantó la copa de nuevo, pero no habló.

Lucía sintió el impulso de tocarle la mano.

No podía. Estaba enfrente. Había una mesa, seis personas y una mentira entre ambos.

Quizá por eso le rozó con el pie bajo la mesa.

Fue un gesto mínimo.

Accidental si alguien preguntaba.

Nico se quedó completamente inmóvil.

Luego, despacio, muy despacio, movió el pie lo justo para responder.

No más.

No presión.

No juego.

Solo: estoy aquí.

Lucía se arrepintió durante medio segundo.

Después no.

Maldita fuera.

—A mí me gustaría decir algo —dijo Beatriz.

Lucía retiró el pie como si la mesa acabara de volverse transparente.

Nico hizo lo mismo.

Jaime, que por desgracia tenía instinto de sabueso para todo lo que no debía ver, los miró con una sonrisa lenta.

Lucía le lanzó una mirada asesina.

Él sonrió más.

—Ayer me equivoqué con varias cosas —dijo Beatriz.

Eso sí captó la atención de todos.

Incluso Mercedes dejó de jugar con su copa.

Beatriz, de pie junto a Arturo, parecía más nerviosa que cuando recibía a veinte invitados de apellido ilustre.

Llevaba un vestido claro, el pelo impecable y una expresión rara: la de una mujer que había preparado un discurso y acababa de descubrir que las palabras no quedaban tan bien fuera de su cabeza.

—Con los manteles —añadió.

Jaime se desinfló.

—Ah.

Patricia le dio un pisotón.

Beatriz lo ignoró.

—Y con las flores. Y quizá con la idea de lo que creía que era elegante.

Lucía se quedó muy quieta.

—Mamá.

—Déjame terminar, por favor.

Eso sí era nuevo.

Beatriz casi nunca pedía permiso para terminar. Lo hacía y punto.

Lucía asintió.

—A veces pienso que, si una cosa está muy controlada, nadie puede criticarla. Ni estropearla. Ni decir que no es suficiente. Y quizá por eso intento arreglar antes de mirar.

Mercedes murmuró:

—Vaya, vaya.

Arturo no dijo nada.

Patricia miraba a su madre con una ternura cuidadosa.

Beatriz clavó los ojos en Lucía.

—Ayer la bodega estaba preciosa porque no la había arreglado yo. Y eso me costó aceptarlo. Pero me alegro de haberlo visto.

Lucía sintió que algo se le movía por dentro.

Algo pequeño.

Antiguo.

—Gracias, mamá.

Beatriz asintió, como si tampoco supiera qué hacer con aquel intercambio.

—Y el lino crudo funcionaba.

Samira levantó su copa.

—Eso ha sido precioso.

—No abuses —dijo Beatriz.

—Jamás.

Mercedes se abanicó, satisfecha.

—Esta familia se está volviendo casi interesante de una forma sana. Me preocupa.

—A mí también —dijo Jaime—. ¿Podemos volver a ser disfuncionales después del postre? Me siento más preparado.

—Tú nunca has dejado de serlo —dijo Patricia.

—Gracias, hermana.

La cena continuó con un ambiente menos tenso que cualquier reunión Montoro merecía.

Alfonso habló de vinos. Teresa elogió la bodega sin convertirla en boda.

Eduardo preguntó a Samira por su trabajo y ella respondió con la cantidad exacta de información necesaria para resultar educada sin darle confianza.

Jaime intentó intervenir y acabó recibiendo una lista mental de tareas para el lunes.

Lucía comía, sonreía cuando tocaba, respondía preguntas sobre el dossier y evitaba mirar demasiado a Nico.

Lo cual era imposible, porque Nico estaba enfrente y porque, desde el beso, su presencia parecía haber aprendido a ocupar espacio incluso cuando él no se movía.

Cuando levantaba la copa.

Cuando escuchaba a Arturo.

Cuando apartaba la mirada cada vez que Lucía lo sorprendía mirándola.

Cuando sonreía apenas ante una barbaridad de Jaime.

Cuando no decía nada.

Sobre todo cuando no decía nada.

A mitad de la cena, Beatriz dejó los cubiertos con un pequeño golpe.

—Tenemos que hacer una foto.

Lucía sintió una alarma interna.

—¿De qué?

—De todos.

—No.

—Lucía.

—Mamá, ayer hicimos fotos suficientes para un catálogo.

—No de nosotros.

—Mejor.

—Una foto familiar. Con los Montalbán, Samira, Nico… Todos. Para recordar la cena.

Mercedes sonrió.

—Y para que Beatriz pueda mandarla a su grupo de amigas con falsa modestia.

—También —admitió Beatriz.

Jaime levantó la copa.

—Aplaudo la honestidad tardía.

—Y una de los novios —añadió Teresa, con una sonrisa dulce.

Lucía se atragantó con agua.

Nico dejó su copa sobre la mesa con demasiado cuidado.

Samira miró al cielo.

Jaime susurró:

—Técnicamente domingo.

Lucía le dio una patada bajo la mesa.

—Ay.

Teresa no notó nada.

—Perdón, quizá no debería decir novios. Prometidos. Es que con la bodega y todo ha quedado tan bonito.

—No hace falta —dijo Lucía.

—Claro que hace falta —dijo Beatriz—. No tenemos ni una foto decente de vosotros.

—Qué tragedia.

—Lucía.

—Mamá.

—Una foto.

—Para qué.

—Para mí.

La respuesta la frenó.

Beatriz no dijo “para anunciarlo”, ni “para enseñarlo”, ni “para guardarla cuando os caséis en Los Olivos aunque finja que ya no lo sugiero”. Dijo para mí. Y lo dijo de una forma tan simple que Lucía no supo cómo negarse sin parecer una villana en un drama familiar de sobremesa.

Nico la miró.

No decidió por ella.

No dijo “claro”.

No sonrió para complacer a Beatriz.

Esperó.

Maldito progreso.

Lucía respiró hondo.

—Una foto —dijo—. Una.

Beatriz iluminó la mesa con una sonrisa que hizo que la culpa le mordiera a Lucía el tobillo.

—Perfecto.

—Y no la mandes a nadie.

La sonrisa de Beatriz se congeló.

—Lucía.

—No, mamá. Si es para ti, es para ti.

Beatriz la miró.

Luego miró a Nico.

Nico, que seguía sin intervenir, dijo por fin:

—Me parece bien.

Lucía sintió que algo en su pecho se relajaba.

Beatriz asintió, aunque con dolor visible.

—Está bien.

—Milagro contractual —murmuró Jaime.

Samira le pasó una servilleta.

—Para cuando tu sangre manche el mantel.

—Qué detalle tan considerado.

La primera foto fue de grupo, en el patio, con todos colocados de forma caótica pese a los intentos de Beatriz por ordenar alturas, parentescos y niveles de respetabilidad.

Mercedes insistió en ponerse en el centro “por jerarquía natural”.

Jaime trató de salir con cara seria y fracasó.

Samira se colocó en un extremo, pero Patricia la arrastró más cerca. Arturo, sorprendentemente, no protestó.

Lucía acabó junto a Nico.

Por supuesto.

No porque nadie los empujara.

Porque el mundo parecía haber firmado un acuerdo secreto con la incomodidad.

—Más juntos —dijo Beatriz, móvil en mano.

Lucía cerró los ojos.

—Mamá.

—Es una foto. No una operación.

—No des ideas —dijo Jaime.

Nico se inclinó hacia Lucía.

—Puedo fingir desmayo para evitarla.

—Demasiado dramático.

—Puedo fingir llamada.