Capítulo 20 #2
La sesión terminó con fotos de detalle: la madera, la jarra, las palmatorias, el camino de faroles, la puerta lateral, el patio de naranjos. Lucía dirigió cada toma con una seguridad que la sorprendió solo cuando se detuvo a pensarlo. Así que no se detuvo demasiado.
A la una y media, Beatriz anunció comida en el patio.
—Nada formal —dijo—. Solo algo sencillo.
Lucía miró a Patricia.
Patricia sonrió.
“Sencillo”, en boca de Beatriz, significaba mesa puesta, tres platos fríos, pan caliente, dos ensaladas, tortilla, queso, fruta y vajilla suficiente para una reunión diplomática menor.
Pero esta vez Lucía no lo criticó.
Tenía hambre.
Y sueño.
Y demasiadas emociones pendientes para pelear con un plato de ensaladilla.
La comida fue extrañamente pacífica.
Quizá porque todos estaban cansados.
Quizá porque la cena del sábado había funcionado como una válvula de escape.
Quizá porque Eduardo, al marcharse al día siguiente, había decidido comportarse con la elegancia de quien quiere dejar buen recuerdo en lugar de conflicto.
Nico se sentó frente a Lucía otra vez.
No a su lado.
A esa distancia democrática que Jaime había diagnosticado con la precisión de un idiota brillante.
Cada vez que Lucía levantaba la vista, podía verlo.
Cada vez que no la levantaba, también.
Ese era el problema de sentarlo enfrente: no había roce accidental, pero sí campo visual. Y Nico, por desgracia, comía, escuchaba y sonreía con una naturalidad que la hacía recordar demasiado bien que la noche anterior no habían besado a nadie sobre la mesa técnicamente.
Técnicamente.
Iba a prohibir esa palabra en el dossier.
—Lucía —dijo Eduardo, desde su lado de la mesa—, antes de irme mañana, me gustaría pedirte algo.
Nico no se movió.
Pero Lucía sintió que se quedaba más quieto.
—Depende.
Eduardo sonrió.
—Una visita breve a la bodega con luz natural. Sin opinar.
—Eso ya es opinar sobre el formato de tu petición.
—Touché.
Arturo miró a Lucía.
No intervino.
Bien.
—Mañana a las diez —dijo ella—. Quince minutos.
—Perfecto.
—Y si dices expansión, Jaime te saca.
Jaime levantó una mano.
—Acepto el rol de seguridad semántica.
—Me arriesgaré —dijo Eduardo.
Nico bebió agua.
Lucía lo miró.
Él levantó apenas las cejas, como preguntando sin preguntar.
Ella sostuvo su mirada un segundo.
No pasa nada.
No sabía si él lo entendió.
Probablemente sí.
Eso también empezaba a ser un problema: la cantidad de cosas que podían decirse sin hablar.
Después de comer, Arturo se encerró con Lucía y Nico en la biblioteca pequeña para revisar el esquema del dossier.
Aquello debería haber sido incómodo.
Lo fue.
Pero no por las razones habituales.
Arturo trabajaba con una concentración implacable, pero menos invasiva que antes.
Hacía preguntas. Señalaba lagunas. Pedía cifras.
Lucía respondía, discutía o anotaba según correspondiera.
Nico aportaba la parte técnica sin apropiarse del discurso.
Tres personas alrededor de una mesa, usando un proyecto como idioma común para no hablar de la fractura que seguía bajo la alfombra.
Era raro.
Era útil.
Era frágil.
—El relato familiar puede ser un activo —dijo Arturo.
Lucía levantó la vista.
—No si lo convertimos en postal.
—No he dicho postal.
—Pero lo has pensado en papel grueso.
Nico escondió una sonrisa detrás de su taza de café.
Arturo la ignoró.
—La historia de la finca importa.
—Sí. Pero no como exhibición de apellido. La gente no pagará más porque una familia rica haya veraneado aquí. Pagará más si siente que entra en un lugar cuidado, limitado y real.
—La exclusividad se basa también en acceso restringido.
—Sí, pero no quiero que parezca clasismo con velas.
Nico tosió.
Arturo lo miró.
—¿Algo que añadir?
—No —dijo Nico—. “Clasismo con velas” es bastante preciso.
Lucía se mordió una sonrisa.
Arturo suspiró.
—No pondremos eso en el dossier.
—En anexos quizá —murmuró Lucía.
Durante dos horas, avanzaron.
Mucho.
Más de lo que Lucía esperaba.
Definieron el índice, las fases, las fotos necesarias, los documentos que faltaban y el calendario hasta el miércoles.
Arturo dejó claro que quería una primera versión para enviar a un asesor externo.
Lucía dejó claro que no aceptaría cambios que diluyeran el concepto.
Nico dejó claro que no firmaría ninguna propuesta técnica que no contemplara seguridad real.
Por una vez, las tres terquedades funcionaron en la misma dirección.
A las cinco, Patricia entró con una bandeja de café y cara de estar disfrutando de verlos cooperar más de lo recomendable.
—No quería interrumpir.
—Sí querías —dijo Lucía.
—Un poco.
—¿Mamá te manda?
—Mamá quiere saber si vais a descansar antes de la cena.
—¿Cena? —preguntó Lucía.
Patricia sonrió.
—La tía Mercedes ha decidido que después del éxito de anoche merece una cena de sobras “con espíritu festivo, pero sin esfuerzo de clase media”. Nadie sabe qué significa.
Nico cerró su libreta.
—¿Hay escapatoria?
—No —dijo Arturo.
—Lo sospechaba.
Patricia dejó el café y se marchó.
La biblioteca quedó en silencio.
Arturo revisó sus notas.
—Seguimos mañana a las nueve.
Lucía cerró el portátil.
—A las diez.
—A las nueve.
—A las nueve y media.
Arturo la miró.
—A las nueve y media.
Nico bajó la vista con una sonrisa.
Lucía lo señaló.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Lo pensabas.
—Sí.
Arturo los observó.
Esta vez no con sospecha.
O no solo.
Había algo más en su mirada. Algo que Lucía no quiso analizar en una habitación con tanta madera oscura.
—Lucía —dijo su padre.
—¿Sí?
—Lo de anoche no queda resuelto.
La frase cayó con una gravedad inesperada.
Nico se quedó quieto.
Lucía también.
Arturo dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Lo sé.
Lucía sintió que se le cerraba la garganta.
No esperaba aquello.
No tan pronto.
No tan torpe.
No tan directo.
—No sé si sé pedirte perdón de una forma que no suene a defensa —continuó Arturo.
Lucía no se movió.
Nico miró hacia la ventana, como si intentara darles una intimidad que la habitación no permitía del todo.
—Entonces no lo hagas todavía —dijo Lucía.
Arturo asintió despacio.
—De acuerdo.
Otra vez esa palabra, pero en otra boca.
—Pero quiero que sepas que he entendido algo.
Lucía esperó.
—No todo —añadió Arturo—. No voy a fingir una iluminación repentina. Pero algo.
Lucía soltó una risa mínima, casi involuntaria.
—Eso ha sido muy tú.
—Probablemente.
—¿Qué has entendido?
Arturo miró sus manos.
Un gesto rarísimo.
—Que protegerte no me daba derecho a quitarte el riesgo.
Lucía sintió que el aire se le iba del pecho.
No era suficiente.
No arreglaba.
No borraba.
No devolvía.
Pero era una frase que, veinticuatro horas antes, habría parecido imposible.
Nico seguía mirando por la ventana.
Muy quieto.
Lucía tragó saliva.
—No —dijo—. No te lo daba.
Arturo asintió.
—Lo sé.
Lucía no le corrigió el tono.
—No puedo darte más que eso hoy —dijo ella.
—No te he pedido más.
Lucía quiso creerlo.
No del todo.
Pero quiso.
—Voy a descansar —dijo.
—Sí.
Salió de la biblioteca con el portátil bajo el brazo y el corazón demasiado lleno de cosas incompatibles.
Nico salió detrás.
No al mismo tiempo exacto.
Unos segundos después.
Como si hubiera contado hasta cinco para no invadir.
La alcanzó en el pasillo.
—¿Quieres silencio? —preguntó.
Lucía se detuvo.
Esa pregunta.
Otra vez.
El ofrecimiento de estar sin ocupar.
—No sé.
—Puedo darte silencio o puedo darte una excusa para discutir sobre fotos.
Lucía lo miró.
Su cara estaba cansada. Bonita de una forma irritante. Pero sobre todo cansada.
—Fotos —dijo.
—Bien.
—Pero una discusión suave.
—Podemos empezar con el encuadre de la puerta lateral.
—Ese no se discute. Tenía razón yo.
—No del todo.
Lucía empezó a caminar hacia el patio.
—Te advierto que mi padre acaba de rozar una disculpa. Estoy emocionalmente inestable y podría defender mi encuadre con violencia.
Nico caminó a su lado.
—Entonces elegiré mis palabras con cuidado.
—Eso sería otra novedad.
—Estoy lleno de novedades.
—No todas útiles.
—No.
Salieron al patio.
La tarde estaba bajando con una luz dorada sobre los naranjos.
La casa olía a comida, a cera apagada y a domingo.
Jaime discutía con Samira junto al granero sobre si él tenía “sensibilidad floral”.
Patricia reía en una silla. Beatriz hablaba con Carmen.
Mercedes dormía, o fingía dormir, bajo un sombrero enorme.
Lucía se detuvo.
Nico también.
Durante un momento, Los Olivos no pareció una trampa.
Pareció una casa.
Complicada, cargada, imperfecta.
Pero casa.
—No sé qué está pasando —dijo ella.
Nico miró el patio.
—Creo que nadie lo sabe.
—Eso debería preocuparme.
—Probablemente.
—Y, sin embargo, ahora mismo no me preocupa tanto.
Él la miró.
Lucía no apartó la vista.
—Eso sí me preocupa.
Nico sonrió apenas.
—A mí también.
Se quedaron allí, en el borde del patio, sin tocarse.
Pero ya no era una distancia democrática.
Era otra cosa.
Una pausa.
Un acuerdo sin palabras.
Un sitio donde cabía el silencio y también la posibilidad.
Jaime levantó la vista desde el granero.
—¡Eh! ¿Otra vez tensión de postal? ¡Al menos colocaos donde haya buena luz!
Lucía cerró los ojos.
—Lo voy a vender a una familia peor.
Nico soltó una risa.
—¿Existe?
—Seguro que sí. Y si no, Eduardo puede traer inversores.
—Eso ha sido cruel.
—Estoy recuperándome.
Nico la miró.
—Sí.
Una palabra.
Pero esta vez sonó como algo que ninguno de los dos quería negar.
Lucía avanzó hacia la bodega para revisar las fotos.
Y Nico la siguió.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
A una distancia nueva que ninguno sabía medir todavía, pero que, por primera vez, no parecía una frontera.
Parecía un comienzo mal iluminado, lleno de polvo, con dos faroles y una sombra.
Y aun así, un comienzo.