mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

La foto que no debía parecer una boda

A las doce menos diez, Beatriz intentó añadir flores blancas.

No muchas.

Según ella.

Solo “un detalle”.

El detalle consistía en doce tallos de lisianthus, un jarrón de cristal alto y una intención clara de convertir la mesa de Amparo en el altar de un compromiso que nadie había pedido fotografiar.

Lucía llegó a la bodega justo cuando su madre colocaba el jarrón en el centro exacto de la mesa.

Se detuvo en la entrada.

Respiró.

Contó hasta tres.

Luego hasta cinco, porque tres no había sido suficiente.

—Mamá.

Beatriz se giró con la expresión culpable de una mujer sorprendida escondiendo pruebas elegantes.

—Cariño.

—¿Qué es eso?

—Flores.

—Sé que son flores. Mi pregunta era moral, no botánica.

Samira, desde el lateral de la bodega, levantó la vista de la cámara con la que estaba probando encuadres.

—Son flores blancas.

Lo dijo como si estuviera identificando un arma.

Beatriz enderezó los hombros.

—La mesa necesitaba un poco de luz.

—La mesa tenía luz —dijo Lucía.

—Luz floral.

—Eso no existe.

—Claro que existe.

—No hoy.

Nico entró detrás de Lucía con una carpeta bajo el brazo y un vaso de café en la mano. Vio el jarrón. Se detuvo.

—Ah.

Lucía giró hacia él.

—No digas ah.

—Era un ah técnico.

—No hay ah técnico que justifique eso.

Beatriz se cruzó de brazos.

—Me parece que estáis exagerando un poco. Son flores, no una invasión.

Mercedes apareció en la puerta con gafas de sol, abanico y expresión de haber olido conflicto desde su habitación.

—Las invasiones empiezan siempre con alguien diciendo que solo es un detalle.

—Gracias —dijo Lucía.

—No te emociones. También pienso que tu madre tiene abstinencia de centro floral.

Beatriz la miró.

—Mercedes, por favor.

—Beatriz, querida, llevas dos días sin controlar una mesa. Es normal que el cuerpo te tiemble.

Jaime llegó con una caja de platos limpios y una sonrisa que anunciaba desgracia.

—¿Estamos discutiendo por flores o por símbolos familiares no resueltos?

—Por flores —dijo Beatriz.

—Por símbolos —dijo Samira.

—Por mi salud mental —dijo Lucía.

Nico dejó el café sobre una barrica.

—El jarrón bloquea la línea visual desde la entrada.

Lucía lo señaló.

—Eso.

Beatriz miró el jarrón.

—Pero en las fotos quedaría bonito.

—En las fotos parecería que alguien va a casarse —dijo Samira.

Lucía levantó ambas manos.

—Exacto.

Silencio.

Demasiado silencio.

La palabra casarse hizo en la bodega lo que las palabras peligrosas hacían siempre en Los Olivos: colocarse en medio y fingir inocencia.

Jaime miró a Nico.

Nico miró la mesa.

Mercedes sonrió.

Beatriz parpadeó.

Lucía sintió que el calor le subía al cuello.

—No quiero que la foto parezca una boda —dijo con firmeza—. Quiero que parezca una cena privada de alto valor percibido.

—Qué frase tan de Arturo —murmuró Jaime.

—Es domingo. No tengo fuerzas para pelear también con mi vocabulario.

Samira se acercó a la mesa, retiró el jarrón con una delicadeza casi cruel y lo colocó en una barrica lejana.

—Podemos usar dos flores sueltas, cortas, mezcladas con rama. Si tu madre necesita sobrevivir.

Beatriz miró a Samira.

—No necesito sobrevivir.

Mercedes alzó el abanico.

—Todas necesitamos sobrevivir a algo, querida. Tú, al lino crudo.

Lucía suspiró.

—Dos flores. Bajas. Descentradas.

Nico la miró.

—¿Descentradas?

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu ceja sí.

—Mi ceja es independiente.

—Pues dile que se calle.

Nico bajó la vista, sonriendo.

Lucía lo vio.

También vio que Samira la veía verlo.

También vio que Jaime veía a Samira verla verlo.

La bodega entera se había convertido en una cadena de vigilancia emocional.

—Voy a revisar el encuadre —dijo, por pura supervivencia.

—Buena idea —dijo Jaime—. Las cámaras capturan el alma.

—Entonces tú saldrás borroso.

—Brutal. Me encanta.

Arturo entró a las doce en punto.

No a las doce y uno. No a las doce menos cinco. A las doce exactas, como si incluso los relojes de Los Olivos hubieran firmado un contrato con él.

Traía una carpeta nueva y el móvil en la mano. Observó la mesa, el montaje, las flores reducidas a presencia mínima y a Beatriz fingiendo que no se sentía derrotada por dos tallos descentrados.

—¿Listo? —preguntó.

—Casi —dijo Lucía.

—¿Casi?

—Las fotos deben hacerse con luz baja y también con luz de apoyo. Quiero dos versiones: una emocional para presentación comercial y otra técnica para dossier.

Arturo la miró.

No con sorpresa esta vez.

Con atención.

—Bien.

Jaime se acercó a Patricia, que acababa de llegar al umbral.

—Ha dicho bien antes de criticar. Estamos ante un cambio climático paterno.

Patricia le dio un codazo.

—Compórtate.

—Estoy documentando.

—Documenta en silencio.

Eduardo apareció unos pasos detrás de Arturo, vestido ya de persona que no venía de correr, con camisa clara y ese aire de querer participar sin parecer que lo hacía.

Lucía lo vio entrar y levantó una ceja.

—El ensayo fotográfico era interno.

Eduardo levantó ambas manos.

—Solo vengo a mirar. Me voy mañana. Prometo no tocar nada, no ofrecer contactos y no usar la palabra expansión.

Samira lo observó con cautela.

—¿También prometes no opinar?

—Eso será más difícil.

—Entonces quédate junto a Jaime. Él absorbe ruido.

—Oye —dijo Jaime.

—Es verdad —dijo Patricia.

Eduardo sonrió y se apoyó en la pared, a una distancia razonable.

Lucía decidió no gastar energía en expulsarlo. No porque lo aprobara, sino porque aquella mañana tenía prioridades más grandes que Eduardo Montalbán aprendiendo a comportarse.

Nico colocó un reflector pequeño junto a la entrada.

—Si hacemos la primera toma desde aquí, se ve la mesa completa y la estructura lateral.

—Pero se pierde la textura de la pared izquierda —dijo Lucía.

—Sí, pero gana profundidad.

—Quiero textura.

—Entonces segundo encuadre desde la esquina.

—El primero debe vender atmósfera.

—Y el segundo materiales.

—Y el tercero recorrido.

Nico la miró.

—Tres versiones.

—Sí.

—Tu padre ha pedido fotos, no una campaña entera.

—Mi padre pidió documentación. Yo he oído oportunidad.

Arturo, desde la entrada, dijo:

—Has oído bien.

Lucía se quedó quieta.

Beatriz también.

Jaime abrió los ojos.

Mercedes murmuró:

—Este hombre va a acabar descubriendo el apoyo emocional y nos va a arruinar décadas de quejas.

Lucía sintió que se le escapaba una sonrisa.

Pequeña.

Pero Arturo la vio.

No dijo nada.

Eso fue casi amable.

Las fotos empezaron con más formalidad de la necesaria.

Samira manejaba la cámara porque, según ella, “nadie que crea que un jarrón alto es una solución debe tocar el encuadre”.

Beatriz decidió no responder a eso, lo que confirmó que el crecimiento personal existía y era agotador.

Nico ajustaba luces. Lucía colocaba y retiraba elementos mínimos.

Arturo observaba. Eduardo, contra todo pronóstico, guardaba silencio.

Jaime fingía que ayudaba, pero en realidad posaba cada vez que pasaba cerca de la cámara hasta que Samira amenazó con fotografiarlo cargando cajas para siempre.

—Eso sí vendería —dijo Patricia.

—Mi sufrimiento tiene mercado —respondió Jaime.

—Muy limitado —dijo Mercedes.

Tras media hora, tenían diez fotos buenas.

Tres excelentes.

Una de ellas mostraba la mesa de Amparo desde el umbral, con las palmatorias apagadas, los platos portugueses, el lino crudo y la estructura lateral en sombra. No parecía boda. No parecía restaurante. No parecía casa alquilada.

Parecía secreto.

Lucía la vio en la pantalla de la cámara y sintió que el pecho se le ensanchaba.

—Esa —dijo.

Samira asintió.

—Esa.

Nico se acercó para verla.

Su hombro quedó a dos centímetros del de Lucía.

No la tocó.

No hacía falta.

—Es muy buena —dijo.

—Lo sé.

—Me gusta que lo sepas.

Lucía giró hacia él.

—No digas eso delante de gente.

Nico bajó la voz.

—No había nadie escuchando.

—En esta familia siempre hay alguien escuchando.

—Confirmo —dijo Jaime desde el otro lado de la mesa.

Lucía cerró los ojos.

—Eres una plaga.

—Una plaga con buena audición.

Arturo pidió ver la cámara. Samira se la entregó con la expresión de quien presta una herramienta a un hombre bajo vigilancia. Él revisó las fotos sin hacer comentarios durante un rato. Lucía esperó.

No quería esperar.

Pero esperó.

—Usaremos esa en portada del dossier —dijo él, señalando la misma imagen.

Portada.

Del dossier.

Usaremos.

No “podríamos”.

No “quizá”.

Lucía sintió que el suelo se movía apenas bajo sus pies.

—De acuerdo.

—Y quiero una versión con la casa principal y la bodega como ejes separados.

—Puedo prepararla.

—Lo haremos después de comer.

Lucía miró a su padre.

—Papá.

—¿Sí?

—El dossier no se prepara en una tarde.

—Lo sé.

—Y si lo hacemos, se hace bien.

—Por eso te lo he pedido.

La frase fue otra grieta.

No tan espectacular como “has hecho un buen trabajo”, pero quizá más importante.

Porque Arturo no estaba dándole una palmadita por una cena bonita.

Le estaba entregando una parte de la estrategia.

Lucía asintió.

—Entonces necesito acceso a presupuestos reales, cifras de mantenimiento de la finca, coste de personal y calendario de disponibilidad. No quiero trabajar con estimaciones familiares tipo “eso lo lleva Carmen” o “ya veremos”.

Carmen, desde la puerta, dijo:

—Por fin alguien lo dice.

Arturo no se molestó.

—Te lo daré.

—Y necesito libertad para decidir qué parte del relato entra en la propuesta. No quiero que suene a folleto de finca aristocrática.

—¿Y cómo debe sonar?

Lucía miró la mesa.

Luego la foto.

Luego a Nico, solo un instante.

—A lugar con memoria que puede convertirse en negocio sin dejar de ser lugar.

El silencio fue suave.

Arturo bajó la vista a la cámara.

—Escríbelo así.

Lucía parpadeó.

—¿Así?

—Sí.

Jaime se llevó una mano al pecho.

—No puedo más. Papá aceptando frases con memoria. Que alguien llame a un cura o a un coach.

Patricia le golpeó el brazo.

—Calla.

Mercedes sonrió a Arturo con una mezcla de orgullo y burla.

—Mírate. Casi sensible.

Arturo le devolvió una mirada seca.

—No exageres.

—No, claro. Sería indecoroso.