Capítulo 19 #3
Tenía el pelo húmedo y una toalla al cuello, y aun así parecía haber ensayado incluso el sudor.
—Buenos días —dijo.
Lucía levantó la taza.
—No estoy aceptando conversaciones antes del segundo desayuno.
—Entonces seré breve.
—La gente que dice eso nunca lo es.
Eduardo sonrió.
—Me voy mañana después de comer.
—Buen viaje por adelantado.
—Quería decirte que, si tu padre te propone seguir con el dossier esta semana, deberías hacerlo.
Lucía se detuvo.
—¿Mi padre te lo ha dicho?
—Alfonso y él hablaron anoche. Yo estaba cerca.
—Qué sorpresa.
—No fue una conspiración.
—Los hombres de vuestro entorno llamáis conversación a muchas conspiraciones con buena copa.
Eduardo aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
—Puede ser. Pero esta vez creo que es una oportunidad real.
Lucía lo observó.
—No necesito que me lo digas.
—Lo sé.
—Tampoco necesito tu validación.
—También lo sé.
—Entonces?
Eduardo miró hacia la bodega.
Nico seguía dentro. No visible desde donde estaban, pero la dirección de la mirada de Eduardo fue suficiente para molestarla.
—No dejes que lo que ocurre con él te haga huir de lo que has conseguido.
Lucía se quedó fría.
—No hables de él.
—De acuerdo.
—Ni de mí con él.
—Bien.
—Ni uses ese tono de hombre reformado. Me cuesta confiar en cambios tan madrugadores.
Eduardo sonrió, pero esta vez con menos fachada.
—Justo.
Lucía sostuvo su mirada.
—¿Por qué me dices esto?
Eduardo tardó un segundo.
—Porque anoche me di cuenta de que yo habría hecho exactamente eso.
—¿Qué?
—Usar algo personal para no arriesgarme profesionalmente. Decirme que el contexto era complicado, que había demasiada historia, que no era el momento. Y luego culpar a otra persona de la oportunidad perdida.
Lucía no esperaba tanta honestidad antes del segundo desayuno.
Era desagradable.
—Eso ha sonado casi humano.
—Lo estoy probando.
—Te queda raro.
—Lo sé.
Lucía suspiró.
—Haré lo que decida hacer. No lo que diga mi padre, ni tú, ni Nico.
—Esa era la idea.
—No, la idea era que tú te fueras a duchar.
Eduardo rio.
—De acuerdo. Enhorabuena otra vez, Lucía.
—Gracias.
Se marchó.
Lucía lo observó irse con una mezcla de desconcierto y ligera sospecha.
Eduardo siendo razonable era una anomalía.
Quizá el éxito de la bodega había provocado una alteración colectiva en el ecosistema de Los Olivos.
Arturo escuchaba. Beatriz no movía faroles.
Eduardo reflexionaba. Jaime cargaba cajas por voluntad casi propia. Nico preguntaba.
Peligroso.
Muy peligroso.
Cuando volvió a la cocina, Jaime la recibió con una mirada radiante.
—Has tardado.
—No empieces.
—No iba a empezar. Iba a continuar.
Samira señaló una silla.
—Siéntate y come. Luego tenemos que hacer fotos de la bodega antes de que tu madre vuelva a intentar domesticarla.
—Mi madre está mejorando.
—No pongas a prueba a los milagros.
Patricia miró a Lucía.
—¿Todo bien?
Lucía pensó en la bodega. En Nico. En Arturo diciendo que quería preparar el dossier esa semana. En Eduardo aconsejándole no huir. En el café que no estuvo en la puerta y aun así la encontró.
—Nos quedamos hasta el jueves —dijo.
Jaime dejó el pan.
Patricia alzó las cejas.
Samira sonrió muy despacio.
Carmen colocó otra tostada frente a Lucía como si ya lo supiera.
—¿Nos? —preguntó Jaime.
Lucía se sentó.
—El proyecto y yo.
—Claro.
—Nico se queda porque el informe técnico lo requiere.
—Por supuesto.
—Y no quiero comentarios.
Jaime levantó ambas manos.
—No he dicho nada.
—Tu cara está celebrando una verbena.
Samira bebió café.
—La mía también, pero con más clase.
Patricia intentó esconder la sonrisa en la taza.
Lucía cogió la tostada.
—Os odio.
—A ratos —dijo Jaime.
Lucía le lanzó una servilleta.
Pero se rio.
No mucho.
Lo justo.
Y en la puerta de la cocina, sin que ella lo hubiera oído llegar, Nico se detuvo con una carpeta bajo el brazo.
La vio reír.
Lucía lo vio verla.
Esta vez no apartó la mirada enseguida.
Solo un segundo.
Solo uno.
Luego volvió a su tostada, como si el mundo no acabara de inclinarse ligeramente hacia un lugar que todavía no sabía nombrar.
Nico entró.
—Arturo quiere fotos de la bodega a las doce.
—Ya lo sé —dijo Lucía.
—Y ha pedido que el dossier tenga una primera versión el miércoles.
—También lo sé.
—Y Carmen dice que si no como algo, me prohíbe volver a pisar su cocina.
Carmen dejó un plato frente a él.
—Correcto.
Nico se sentó frente a Lucía.
No a su lado.
Frente.
Jaime miró a uno.
Luego a la otra.
—Qué distancia tan democrática.
—Jaime —dijeron todos.
Él sonrió.
—Vale, vale.
Lucía mordió la tostada para no sonreír.
Nico bajó la vista a su plato para hacer lo mismo.
La mañana siguió.
El proyecto seguía.
La mentira seguía.
Pero algo había empezado a cambiar de forma.
No lo bastante para tocarlo.
No lo bastante para nombrarlo.
Sí lo bastante para que, cuando Nico le pasó la jarra de agua sin preguntar y sus dedos rozaron apenas el cristal al mismo tiempo, Lucía no sintiera que el contacto pertenecía a una emergencia, una actuación o un error.
Sintió que pertenecía al presente.
Y eso, en una finca llena de pasado, era quizá lo más imprudente que podía pasarle.