Capítulo 19 #2
Lucía sintió que la vieja dinámica intentaba entrar en la bodega. Arturo clavando una pregunta donde sabía que podía doler. Nico teniendo que demostrar que su criterio no estaba contaminado por lo que había sido.
Esta vez, antes de que Nico respondiera, Lucía dejó la taza sobre la mesa.
—Papá.
Arturo giró hacia ella.
—La propuesta es mía. El informe técnico es suyo. Si tienes dudas sobre su criterio, busca otro arquitecto. Pero no conviertas cada recomendación sobre esa casa en una insinuación.
Nico bajó la mirada.
Arturo no.
—Es una pregunta razonable —dijo.
—No. Es una pregunta con pasado disfrazada de prudencia.
La bodega quedó en silencio.
Lucía sintió que su corazón golpeaba, pero no se arrepintió.
A ratos, pensó, una se acostumbra demasiado a detectar venenos pequeños.
Arturo respiró despacio.
—Puede que tengas razón.
Lucía parpadeó.
Nico también.
Si Carmen hubiera estado allí, probablemente habría exigido que alguien lo pusiera por escrito.
—No te acostumbres —añadió Arturo.
—Tranquilo —dijo Lucía—. Mi sistema nervioso no lo permitiría.
Nico tosió.
Arturo le lanzó una mirada que quizá, en otro universo, habría sido casi divertida.
—De acuerdo —dijo su padre—. Reformulo. ¿La casa de invitados conviene reservarla como posibilidad futura desde el punto de vista del conjunto del proyecto?
Nico miró a Lucía.
No para pedir permiso.
Para incluirla.
Ella asintió.
—Sí —dijo él—. Conviene. Por privacidad, por valor narrativo y por separación de usos. No ahora. Pero si la intervención de la finca se plantea bien, esa casa puede ser clave en una fase premium.
Arturo anotó algo.
—Bien.
Bien.
Otra vez.
Lucía empezaba a sospechar que alguien había sustituido a su padre por una versión beta con fallos de calidez.
Arturo cerró la carpeta.
—Lucía, quiero que esta semana preparemos un dossier más sólido. Tú, Nicolás y yo.
El “tú” primero.
Lucía lo notó.
Nico también.
—¿Esta semana? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Toda la semana?
Arturo la observó.
—¿Tienes un problema con quedarte hasta el jueves?
Sí.
Muchísimos.
El principal estaba al otro lado de la mesa, con camisa clara, barba calculada y un beso no resuelto en la bodega.
—Tengo trabajo en Madrid —dijo.
—Puedes trabajar desde aquí.
—Mi estudio no se teletransporta.
—Jaime puede traerte lo que necesites.
—Jaime no distingue una muestra de lino de una servilleta triste.
—Eso es cierto —dijo Nico.
Lucía lo miró.
—No ayudes.
—Perdón.
Arturo siguió como si no hubiera oído.
—Si queremos aprovechar el impulso de anoche, no conviene esperar. Alfonso está interesado en ver números. Los Montalbán se van mañana. Eduardo también.
La mención a Eduardo no sonó casual.
Lucía cruzó los brazos.
—Dijiste que Eduardo no intervendría.
—Y no intervendrá. Pero que alguien externo haya visto el potencial puede ser útil.
—No quiero construir el dossier para impresionar a Eduardo.
—No te lo he pedido.
—Te conozco.
Arturo sostuvo su mirada.
—Y yo estoy intentando conocer mejor esta versión de ti.
La frase la descolocó.
No fue bonita.
No exactamente.
Arturo no sabía hacer bonito sin que pareciera una adquisición hostil.
Pero fue honesta en su torpeza.
Lucía no respondió de inmediato.
—Tengo que pensarlo —dijo.
—Hazlo.
—Y Nico no tiene por qué quedarse si tiene otros proyectos.
La frase salió demasiado rápido.
Demasiado protectora.
Nico la miró.
Arturo también.
Lucía se odió un poco.
—Puede hablar por sí mismo —dijo Arturo.
Tocado.
Nico cerró su libreta.
—Puedo quedarme hasta el jueves.
Lucía giró hacia él.
—¿Puedes?
—Sí.
—¿No tienes trabajo en Madrid?
—Tengo equipo. Y un ordenador.
—Qué moderno.
—Muchísimo.
—¿Y tu vida?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Nico la sostuvo con una calma suave.
—Mi vida puede esperar unos días.
Eso no sonó como arquitectura.
Lucía bebió café aunque ya no tenía sed.
Arturo miró de uno a otro.
Otra vez.
—Bien —dijo.
La palabra empezó a parecer una amenaza.
—Hablaremos después de comer.
Arturo salió de la bodega con su carpeta.
Lucía esperó hasta oír sus pasos alejarse.
Luego miró a Nico.
—¿Tu vida puede esperar unos días?
Él cerró los ojos un segundo.
—Ha sonado mal.
—Ha sonado a frase peligrosa número no sé cuántos.
—No era intención.
—Tu intención últimamente tiene muy poco control sobre tu boca.
—Lo sé.
—Y deja de decir lo sé.
Nico abrió los ojos.
—No sabía que ibas a venir.
—¿A la bodega?
—Sí.
—Es mi proyecto.
—También.
—¿También?
Él se apoyó en el borde de la mesa, pero lejos de ella.
—También pensé que quizá necesitabas espacio esta mañana.
Lucía sintió que el enfado perdía una rueda.
—Por eso no dejaste café en mi puerta.
—Sí.
—Pero se lo pediste a Carmen.
—Sí.
—Eso es trampa.
—Probablemente.
—Una trampa muy cobarde.
—Una trampa con cafeína.
Lucía miró la taza sobre la mesa de Amparo.
—Me molestó que no estuviera.
Nico se quedó inmóvil.
Lucía se arrepintió de decirlo y, a la vez, sintió alivio.
—El café —aclaró tarde, como si hubiera alguna duda.
—Ya.
—No tú.
Nico la miró.
Ella levantó la barbilla.
—No hagas esa cara.
—No sé qué cara estoy haciendo.
—Una peligrosa.
Él bajó la vista, pero sonrió.
—Voy a intentar tener menos cara.
—Te lo agradecería.
Silencio.
No cómodo.
No incómodo.
Nuevo.
La bodega era distinta de día, después del beso. Menos cómplice que de noche, más honesta. Todo se veía: las marcas de la mesa, los cables, las manchas pequeñas, las velas consumidas, las zonas donde el montaje había funcionado y donde aún necesitaba trabajo.
Quizá ellos también.
—Sobre anoche —dijo Nico.
Lucía cerró los ojos.
—Sabía que no íbamos a llegar al mediodía sin esto.
—No voy a complicarlo.
—Esa frase siempre precede a una complicación.
—Solo quería decir que no espero que… —se detuvo—. No sé cómo decirlo sin que suene a presión.
Lucía lo miró.
Nico parecía realmente estar eligiendo cada palabra como quien camina por una habitación llena de cristales.
—Prueba —dijo ella.
—No espero que hoy seas distinta conmigo porque anoche me besaste.
La frase le golpeó suave.
No por lo que pedía.
Por lo que no pedía.
—Yo te besé —dijo Lucía.
—Sí.
—No fuiste una víctima de mi boca.
Nico cerró los ojos.
—No uses esa frase en público nunca.
Lucía sintió una risa subirle.
—¿Te incomoda?
—Me destruye.
La risa salió.
Pequeña, involuntaria.
Nico la miró como si aquel sonido fuera una mala noticia preciosa.
—No te acostumbres —dijo ella.
—No puedo prometerlo.
Lucía respiró.
—No sé estar normal contigo hoy.
—Nuestra normalidad nunca ha sido un estándar muy alto.
—Cierto.
—Podemos trabajar.
—Sí.
—Podemos discutir sobre fases.
—Sin cariño accidental.
—Lo intentaré.
—Y podemos no hablar del beso hasta que yo decida hablar del beso.
Nico asintió.
—De acuerdo.
—Ese de acuerdo ha sido bueno.
—Estoy aprendiendo tonos.
Lucía tomó la taza y miró la mesa.
—Y podemos aceptar que pasó.
—Sí.
—Sin convertirlo en un plan.
—Sí.
—Sin negarlo.
—Sí.
—Y sin repetirlo en espacios con acústica comprometida.
Nico la miró.
—Eso último no sé si puedo prometerlo.
Lucía sintió calor en la cara.
—Nico.
—Perdón.
—No. Eso no ha sido arrepentimiento.
—No.
Se miraron.
El aire volvió a cambiar.
Muy rápido.
Demasiado.
La bodega de día no debería permitir ese tipo de cosas. Había luz, polvo, carpetas, una taza de café y un dossier profesional pendiente. No había velas, ni noche, ni excusas.
Y aun así.
Lucía dio medio paso atrás.
—Voy a desayunar.
—Ya has desayunado?
—Voy a desayunar otra vez.
—Buena estrategia.
—No me sigas.
—No iba a hacerlo.
—Eso también molesta.
Nico sonrió.
—Lo siento.
—No lo sientes nada.
—No.
Lucía salió de la bodega antes de que su dignidad decidiera quedarse a vivir allí.
En el patio, Eduardo volvía de correr.
Con camiseta, gracias a todos los dioses disponibles.