mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

La mañana después de no mentir

Lucía despertó con una certeza horrible.

No se arrepentía.

Eso fue lo primero.

Antes incluso de abrir los ojos, antes de recordar la bodega, la mesa de Amparo, la voz de Nico diciendo “yo no voy a querer que sea mentira”, antes de sentir el cansancio del cuerpo y la boca un poco sensible de una forma que no iba a admitir ni bajo amenaza fiscal, Lucía supo que no se arrepentía.

Y eso era un desastre.

Arrepentirse habría sido útil.

Arrepentirse era limpio. Ordenado. Una carpeta con etiqueta: error nocturno después de cena emocionalmente intensa. Se podía archivar, cerrar y, con suficiente café, fingir que el cuerpo no había participado en la decisión.

Pero no arrepentirse abría una categoría mucho más peligrosa.

Elección.

Lucía abrió los ojos.

La habitación estaba llena de luz de domingo. Una luz tranquila, cálida, casi ofensiva. Afuera, los pájaros actuaban como si nadie hubiera besado a su exnovio en una bodega la noche anterior sin una sola emergencia que lo justificara.

Ridículos.

Se quedó mirando el techo y repasó los hechos con la objetividad de una mujer que intentaba montar un juicio contra sí misma.

Hecho uno: la cena piloto había sido un éxito.

Hecho dos: Arturo había dicho “has hecho un buen trabajo”.

Hecho tres: Nico había arreglado un cable de forma irritantemente competente.

Hecho cuatro: ella lo había besado.

Hecho cinco: no había sido breve.

Hecho seis: Jaime y Samira sabían lo suficiente como para destruir su dignidad durante décadas.

Hecho siete: seguía sin arrepentirse.

—Mierda —murmuró.

La puerta comunicante estaba cerrada.

Eso debería haberla tranquilizado. En cambio, la irritó un poco.

Una parte absurda de ella, una parte que merecía ser encerrada con candado y supervisión profesional, se preguntó si Nico estaría despierto.

Si habría dormido. Si estaría al otro lado de la pared recordando el beso o desmontándolo con herramientas de sensatez masculina.

No.

No iba a empezar así.

Se levantó de golpe, lo cual fue un error porque el cuerpo le recordó inmediatamente que había pasado dos días cargando cajas, supervisando faroles, discutiendo con su padre y besando hombres con pasado. Todo dolía en lugares variados.

Fue al baño, se lavó la cara y evitó mirarse demasiado los labios.

Luego se miró los labios.

—Patética —le dijo a su reflejo.

Su reflejo tenía una expresión preocupantemente poco arrepentida.

Se vistió con unos pantalones cómodos, una camiseta blanca y una chaqueta ligera.

Nada bonito. Nada sugerente. Nada que pudiera interpretarse como “he pensado en ti al elegir esto”, aunque la mera existencia de esa frase en su cabeza ya era motivo para encerrarse en la despensa hasta que pasara la semana.

Abrió la puerta de su habitación.

No había café en el suelo.

Lucía se quedó mirando el pasillo vacío.

Una persona normal habría sentido alivio.

Ella sintió ofensa.

Luego se ofendió por sentirse ofendida.

Luego decidió que Nico Salvatierra era culpable de ambas cosas.

—Perfecto —murmuró—. Ya estamos.

Bajó a la cocina con la firme decisión de comportarse como una adulta madura, distante y centrada en su propuesta. Esa decisión duró exactamente hasta que entró y Jaime levantó la vista desde la mesa con una sonrisa tan amplia que merecía medidas legales.

—Buenos días —dijo él—. ¿Has dormido bien o técnicamente bien?

Lucía se detuvo en seco.

Carmen, junto a la encimera, ni siquiera levantó la vista del pan que estaba cortando.

Samira estaba sentada con una taza de café, el pelo recogido en un pañuelo amarillo y la expresión de alguien que había esperado con paciencia el primer cadáver social de la mañana.

Patricia, al lado de la ventana, intentó esconder una sonrisa detrás de su infusión.

Lucía señaló a Jaime.

—Una palabra más y te pongo a limpiar cera con tus pestañas.

—No he dicho nada.

—Has dicho técnicamente.

—Es un adverbio inocente.

Samira bebió café.

—En esta casa ya no.

Lucía dejó su carpeta sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Buenos días a todos menos a Jaime.

—Acepto mi exclusión con dignidad.

—No tienes dignidad.

—Por eso la acepto tan bien.

Carmen colocó una taza frente a Lucía.

—Bebe.

Lucía tomó la taza y probó.

Café perfecto.

Otra vez.

Miró a Carmen con sospecha.

—¿Este café lo has hecho tú?

—Esta cocina es mía.

—No has respondido.

—He respondido perfectamente.

Jaime levantó la mano.

—Yo puedo aclarar…

—Tú no puedes aclarar nada sin empeorarlo —dijo Patricia.

Samira sonrió.

Lucía miró la taza de nuevo.

Nico no había dejado café en su puerta.

Pero quizá había pedido que se lo prepararan.

Eso era peor.

O mejor.

No.

Peor.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó, porque necesitaba que la conversación saliera de su taza antes de que alguien la acusara de mirarla como si contuviera una declaración sentimental.

—Mamá está enseñando la bodega a Teresa otra vez —dijo Patricia—. Papá y Alfonso están hablando de números en la biblioteca. Mercedes está desayunando en el patio con una copa que insiste en llamar zumo.

—¿Y Eduardo?

—Ha salido a correr —dijo Jaime.

Lucía parpadeó.

—¿Eduardo corre?

—Los hombres como Eduardo no corren —dijo Samira—. Se promocionan en movimiento.

—Va sin camiseta? —preguntó Patricia, horrorizada.

Jaime hizo una pausa.

—No he querido mirar mucho por miedo a quedar embarazado yo.

Lucía se sentó.

—Qué imagen tan horrible.

—De nada.

—¿Y Nico? —preguntó Carmen, como si la pregunta hubiese salido de Lucía y no de ella.

Lucía levantó la cabeza.

—Yo no he preguntado por Nico.

—Pero ibas a tardar tres minutos más y tengo cosas que hacer.

Samira soltó una risa baja.

Patricia se rindió y sonrió abiertamente.

Jaime apoyó los codos en la mesa.

—Nico está en la bodega con tu padre.

Lucía se atragantó con el café.

—¿Con mi padre?

—Sí.

—¿Solos?

—Con Alfonso al principio, pero creo que ahora solos.

Lucía dejó la taza.

—Eso no puede salir bien.

—Anoche salieron de la biblioteca sin matarse —dijo Patricia—. Hay precedentes.

—Eso no significa que podamos relajarnos.

—Nadie en esta familia sabe relajarse —dijo Carmen—. Por eso desayunáis tan mal.

Lucía se levantó.

Samira alzó una ceja.

—¿Vas a rescatarlos?

—Voy a comprobar que la bodega sigue en pie.

—Ajá.

—Y que mi padre no ha decidido convertirla en sala técnica ahora que cree que funciona.

—Claro.

—Y que Nico no ha dicho algo heroico y estúpido.

Jaime sonrió.

—Eso suena a preocupación de prometida.

Lucía lo apuntó con la taza.

—Esta taza está caliente.

—Me callo.

—Un milagro —dijo Patricia.

Lucía salió de la cocina con el café en la mano y un nivel de dignidad razonable si nadie miraba demasiado de cerca.

El camino hacia la bodega estaba lleno de restos de la noche anterior: dos cajas apiladas junto al muro, un farol apagado, hojas de olivo en el suelo, una servilleta olvidada en una silla del patio.

La finca tenía ese aspecto extraño de la mañana después de una celebración, cuando la magia ya no está encendida pero aún se ve dónde estuvo.

Al llegar a la puerta lateral, se detuvo.

Oyó voces dentro.

Arturo.

Nico.

No sonaban como una pelea.

Eso fue inesperado.

—La intervención mínima no puede retrasarse más de dos meses si queréis empezar en otoño —decía Nico—. La prueba funcionó porque controlamos todos los factores. No podéis abrir la bodega a eventos sin reforzar instalación, ventilación y accesos.

—No me interesa hacer una chapuza —respondió Arturo.

—Entonces no intentes vender rapidez como eficiencia.

Lucía cerró los ojos.

Por Dios.

Entró.

La bodega estaba iluminada por la luz natural de la puerta abierta y dos lámparas provisionales.

La mesa de Amparo seguía en el centro, todavía con parte del montaje.

Arturo estaba junto a ella con una carpeta.

Nico, al otro lado, señalaba un plano. Ninguno parecía a punto de asesinar al otro, aunque quizá solo por falta de cuchillos adecuados.

Los dos miraron hacia la entrada.

Lucía levantó la taza.

—Vengo con café y cero intención de arbitrar una guerra.

—No estamos discutiendo —dijo Arturo.

—Eso en vuestro idioma significa que aún no hay heridos visibles.

Nico bajó la vista al plano para ocultar una sonrisa.

Lucía lo vio.

Y, durante un segundo ridículamente peligroso, la bodega volvió a ser la de la noche anterior.

La mesa.

La cera.

Su mano en la camisa de Nico.

No era una emergencia.

Nico levantó los ojos.

También lo recordó.

Claro que sí.

El silencio se tensó de una forma completamente distinta a la profesional.

Arturo los miró a ambos.

—¿Interrumpo algo?

Lucía se puso rígida.

—Has formulado esa pregunta al revés.

—Curioso —dijo Arturo.

Demasiado curioso.

Nico cerró la carpeta.

—Estábamos revisando fases.

Lucía le agradeció mentalmente que sonara normal.

O intentara sonar normal.

Arturo observó a su hija un segundo más de lo necesario y luego volvió al plano.

—Nicolás cree que conviene dividir la obra en tres fases.

—¿Nicolás cree o es lo que recomienda técnicamente? —preguntó Lucía.

Nico la miró.

No sonrió.

Pero casi.

—Recomiendo.

—Entonces di recomiendo. Si papá puede convertir una opinión en algo discutible, lo hará.

Arturo le lanzó una mirada seca.

—Estoy aquí.

—Lo sé. Por eso lo digo con precisión.

Nico señaló el plano.

—Fase uno: seguridad, electricidad, ventilación, acceso lateral y corredor de servicio. Eso permitiría empezar con cenas privadas pequeñas. Fase dos: patio, baños, cocina de apoyo y recorridos. Fase tres: alojamiento y casa de invitados si algún día se decide recuperar.

La casa de invitados.

La palabra cayó con menos estruendo que antes, pero Lucía la sintió igualmente.

Arturo también.

—La casa de invitados no está sobre la mesa —dijo su padre.

Lucía miró la mesa de Amparo.

—Bueno. Técnicamente una parte ya sí.

Arturo no respondió.

Nico tampoco.

Lucía bebió café para no añadir nada más.

—No hablo de abrirla al público ahora —dijo Nico—. Solo de no hacer nada que cierre esa posibilidad.

Arturo sostuvo su mirada.

—¿Por motivos técnicos o sentimentales?

Nico no se movió.