mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Maldito.

Maldito por ser exacto.

—No puedo hacerlo rápido —dijo.

—Entonces despacio.

El pecho se le cerró.

—No prometas paciencia si no la tienes.

—No la tengo.

Lucía abrió los ojos.

Nico estaba sonriendo apenas, pero con tristeza.

—No contigo —dijo—. Nunca la tuve. Pero puedo aprender a no convertir mi prisa en una decisión sobre tu vida.

Lucía sintió que la frase le llegaba demasiado hondo.

—Eso ha sido una frase peligrosa.

—Lo sé.

—Hoy llevas demasiadas.

—Estoy teniendo una noche imprudente.

—Se contagia.

Nico miró su boca.

No lo ocultó del todo.

Lucía lo vio.

Y, por primera vez, no sintió solo miedo.

También sintió poder.

No sobre él.

Sobre sí misma.

Podía besarlo.

Podía apartarse.

Podía no perdonarlo todavía.

Podía querer saber más.

Podía no saber qué quería al día siguiente.

Podía elegir paso a paso, aunque cada paso temblara.

—No me sigas arriba —dijo.

Nico levantó la mirada.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Aunque quiero.

La honestidad le dio un vuelco al estómago.

—No ayudes.

—No sé si puedo llamar ayuda a eso.

—Yo tampoco.

Se quedaron mirándose, cerca de la mesa, rodeados de los restos de la cena y de una noche que ya había tenido demasiados puntos de inflexión para ser legal.

Desde fuera llegó un ruido.

Una caja.

Luego la voz de Jaime:

—¡Aviso con cortesía fraternal! Entro en diez segundos y espero que nadie esté haciendo algo que me obligue a arrancarme los ojos.

Lucía se apartó de golpe.

Nico dio un paso atrás.

Samira respondió desde algún punto del patio:

—¡Jaime, no seas idiota y espera veinte!

—¡Ese consejo me preocupa más!

Lucía se llevó una mano a la boca.

No sabía si reírse, morir o esconderse dentro de una barrica.

Nico bajó la cabeza, con una risa silenciosa sacudiéndole los hombros.

—No te rías —susurró ella.

—No puedo evitarlo.

—No ha tenido gracia.

—Ha tenido bastante.

—Ha sido una interrupción providencial.

—O tardía.

Lucía lo miró.

Nico sonrió.

No con arrogancia.

Con algo parecido a felicidad asustada.

Eso fue demasiado.

—Voy a subir —dijo ella.

—Sí.

—Tú te quedas.

—Sí.

—Y cuando entres Jaime, actúas normal.

Nico miró alrededor.

—¿Cuál es nuestra normalidad exacta ahora mismo?

Lucía abrió la boca.

No tenía respuesta.

Jaime apareció en la entrada, tapándose los ojos con una mano de forma escandalosamente falsa.

—¿Puedo mirar o hay anatomía?

—Jaime —dijo Lucía—, como digas una sola palabra…

Jaime abrió dos dedos y miró entre ellos.

Su sonrisa apareció lenta.

Terrible.

—Oh.

—No.

—Oh, no, no. Este “oh” se queda conmigo. Este “oh” va a madurar como vino bueno.

Nico se pasó una mano por la cara.

Samira llegó detrás de Jaime, miró a Lucía, luego a Nico, luego a la distancia entre ambos, luego a la cara triunfal de Jaime.

—Habéis besado a alguien sobre la mesa? —preguntó.

—No —dijo Lucía.

—Técnicamente no —dijo Nico.

Lucía giró hacia él.

—¿Técnicamente?

Jaime se dobló de risa.

Samira cerró los ojos.

—Dios mío. Heterosexuales con pasado. Qué agotamiento.

Lucía cogió su carpeta de una barrica.

—Me voy a dormir.

—Claro —dijo Jaime—. Dormir. Actividad clásica después de técnicamente no besar sobre mesas.

—Mañana te arrepentirás de seguir vivo.

—Estoy dispuesto a asumir ese riesgo por la historia familiar.

Samira le bloqueó el paso a Lucía un instante.

La miró a los ojos.

—¿Bien?

La pregunta no era chiste.

Lucía respiró.

Miró a Nico.

Él estaba quieto, dejándole responder.

No interviniendo.

No explicando.

No salvando.

—No lo sé —dijo ella.

Samira asintió.

—Vale.

—Pero no mal.

La expresión de Samira se suavizó.

—Eso ya es algo.

Lucía salió de la bodega antes de que nadie pudiera decir nada más.

Subió hacia la casa principal con el corazón todavía demasiado rápido y la boca recordando cosas que no sabía si tenía derecho a recordar.

El patio estaba casi vacío. La noche olía a cera apagada y naranjos.

En una ventana del primer piso vio luz: quizá Beatriz, quizá Patricia.

La biblioteca grande también tenía una lámpara encendida. Arturo seguía despierto.

Todos los Montoro y sus luces.

Todas las habitaciones con algo sin resolver.

Lucía entró en la casa y subió la escalera despacio.

No huía.

No del todo.

Al llegar a su habitación, se detuvo frente a la puerta azul de Nico.

Cerrada.

Silenciosa.

Sonrió apenas.

Luego entró en la suya, cerró y apoyó la espalda contra la madera.

No lloró.

No esta vez.

Se llevó los dedos a los labios.

—Idiota —susurró.

Pero no sonó como insulto.

Se cambió, se metió en la cama y apagó la luz.

Al otro lado de la pared, tardó varios minutos en oír pasos.

Nico subiendo.

Nico entrando en la habitación azul.

Nico moviéndose con cuidado, como si incluso su presencia necesitara permiso.

Lucía se giró hacia la puerta comunicante.

No llamó.

Él tampoco.

La cerradura siguió echada por ambos lados.

Pero algo, esa noche, había dejado de parecer cerrado.

Y mientras el sueño llegaba al fin, lento y lleno de sombras suaves, Lucía pensó que quizá lo peor no era besar a Nico sin emergencia.

Lo peor era haberlo elegido.

Y querer, muy en secreto, volver a elegirlo otra vez.