Capítulo 18 #2
—Lo que pasó hace siete años sigue estando ahí —dijo él—. Lo que te hice sigue estando ahí. Lo que hizo tu padre, también. No desaparece porque hoy hayamos trabajado bien, porque tu propuesta haya funcionado o porque yo haya conseguido no decir demasiadas cosas mal.
—Has dicho varias mal.
—Lo sé.
—Y algunas bien.
—Espero.
Lucía bajó la vista.
—Eso es lo peor.
—¿Qué?
—Que algunas las dices bien.
Nico no sonrió.
Tal vez entendió que no era un cumplido.
O sí, pero uno con filo.
—No sé hacerlo de otra manera ahora —dijo.
—Antes lo hacías muy bien.
—Antes creía que bastaba con quererte.
La frase llenó la bodega.
Lucía cerró los ojos un segundo.
No porque doliera exactamente.
Porque era demasiado.
—Eso es injusto —susurró.
—¿Por qué?
—Porque no basta. Pero tampoco es poco.
Nico tomó aire.
—No.
—Y yo no sé qué hacer con que todavía me importe.
La frase salió.
Se quedó.
No hubo forma de hacerla parecer parte de una conversación sobre velas.
Nico no se movió.
Durante un momento, Lucía pensó que quizá no había oído.
Pero sí.
Claro que sí.
—A mí también me importa —dijo.
La sencillez de la respuesta fue lo que terminó de desarmarla.
No “me importas”.
No “nunca dejaste de importarme”.
No una frase diseñada para romperle las defensas.
A mí también me importa.
Aquello.
Lo que fuera.
El pasado, el presente, la posibilidad, el daño, la mesa, la noche.
Todo.
Lucía sintió que la bodega se acercaba demasiado.
—No puedo volver a ser la chica que esperaba en la estación.
—No quiero que lo seas.
—No puedo dejar que una noche buena me haga olvidar lo demás.
—No quiero que lo olvides.
—No puedo prometerte nada.
—No te lo estoy pidiendo.
—Y si mañana me despierto y vuelvo a odiarte…
—A ratos —dijo él.
Lucía soltó una risa casi rota.
—Sí. A ratos.
Nico sonrió apenas.
Pero sus ojos no estaban tranquilos.
—Entonces lo soportaré a ratos.
La frase fue tan Nico y tan distinta a la vez que Lucía tuvo que apartarse de la mesa.
Necesitaba espacio.
Solo que el espacio no resolvía nada cuando una llevaba el problema dentro.
Caminó hasta la estructura lateral. Rozó una rama de olivo con los dedos. La hoja era fría, lisa, real. Más fácil de entender que todo lo demás.
Nico se quedó junto a la mesa.
No la siguió.
Eso la hizo volver.
No físicamente.
Todavía.
—Antes —dijo Lucía—, cuando te he dicho que no me salvaras…
—Lo recuerdo.
—Lo has hecho.
—¿Salvarte?
—No. Recordarlo.
Nico la miró.
—Intento escuchar lo que me dices.
—Eso también es nuevo.
—Sí.
Lucía se volvió hacia él.
La bodega estaba entre ambos.
La mesa, también.
Durante años, había pensado que la distancia entre ellos era una estación vacía.
Un billete no usado. Una llamada que nunca llegó.
Ahora había más cosas. Una conversación con su padre.
Una nota de Amparo. Una mesa recuperada.
Un café en el suelo. Un cable arreglado.
Una solapa enderezada. Dos faroles y una sombra.
No perdón.
No todavía.
Pero ya no solo abandono.
—No era una emergencia —dijo.
Nico no entendió al principio.
Luego sí.
Se quedó inmóvil.
Lucía avanzó un paso.
—El beso que casi pasa en el corredor.
Nico tragó saliva.
—No pasó.
—Ya lo sé.
—Porque teníamos que volver.
—Y porque Jaime gritó algo sobre cables metafóricos.
—También.
Lucía dio otro paso.
No sabía si estaba siendo valiente o idiota.
Tal vez en su vida ambas cosas habían tenido siempre un parecido preocupante.
—Pero no era una emergencia —repitió.
Nico la miraba como si cualquier movimiento suyo pudiera romper la bodega.
—No.
—Y eso es peor.
—Sí.
Lucía llegó al otro lado de la mesa.
No junto a él todavía.
Cerca.
—Si te beso ahora, no va a ser por mi familia.
La voz le salió baja.
Pero firme.
Nico cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, había una mezcla de deseo y cuidado que a Lucía le hizo daño en el pecho.
—Lucía.
—No digas mi nombre como advertencia.
—Es que tengo que advertirte.
—¿De qué?
—De que yo no voy a querer que sea mentira.
Ahí estaba.
La frase que podía haberlo complicado todo.
La frase que lo complicó todo.
Lucía sintió miedo.
Un miedo limpio.
No a Nico solamente.
A sí misma con Nico cerca.
A la posibilidad de elegir algo que no pudiera disfrazar de impulso, estrategia o teatro.
—Yo tampoco —dijo.
Nico dejó de respirar.
Lucía rodeó la mesa despacio.
Él no se movió.
No hasta que ella estuvo frente a él.
Muy cerca.
Lo bastante para que el aire cambiara de dueño.
—No significa que esté arreglado —susurró ella.
—Lo sé.
—No significa que te perdone.
—Lo sé.
—No significa que mañana no vaya a arrepentirme.
—Lo sé.
Lucía levantó una mano.
Esta vez no para arreglarle la solapa.
No para sostener una mentira delante de nadie.
Le tocó la cara.
Nico cerró los ojos.
Solo con eso.
Solo con sus dedos en la línea de su mandíbula.
La reacción le atravesó el cuerpo con una ternura insoportable.
—Tienes que dejar de saberlo todo —dijo ella.
Nico abrió los ojos.
—No sé nada ahora mismo.
Bien.
Eso sí podía creerlo.
Lucía se inclinó y lo besó.
No fue como el beso del comedor.
No fue rápido, ni demostrativo, ni útil.
No fue como el beso de emergencia en la bodega, cargado de ojos ajenos y necesidad de convencer a una mesa llena de sospechas.
Este beso no servía para nada.
Y por eso fue el más peligroso.
Nico tardó una décima de segundo en responder, quizá la última frontera, la última comprobación de que era ella quien había cruzado el espacio. Luego sus manos subieron despacio, una a su cintura, la otra a su espalda, sin apretar, como si todavía estuviera preguntando.
Lucía respondió acercándose más.
No porque hubiera olvidado.
No porque no doliera.
Porque, a ratos, también había esto.
El beso se volvió más profundo con una lentitud que la desarmó. Nico no la empujó contra la mesa, no convirtió el momento en una victoria, no reclamó nada. La sostuvo. Esa fue la palabra. La sostuvo como si supiera que besarla no le daba derecho a nada más que a ese instante.
Lucía se agarró a su camisa.
Necesitaba culpar a alguien de la falta de equilibrio.
La camisa era una buena candidata.
Nico soltó un sonido bajo contra su boca, apenas una respiración rota, y Lucía sintió que toda la prudencia de la noche se convertía en calor.
Debería parar.
No paró.
Le pasó una mano por el cuello, por el pelo corto de la nuca, y Nico la besó como si llevara años intentando no recordar cómo hacerlo y acabara de fracasar con una rendición absoluta.
La mesa de Amparo quedó a un lado.
La bodega desapareció.
No del todo.
La piedra seguía ahí, fría y antigua. Las velas apagadas también. Pero Lucía ya no estaba mirando la escena desde fuera, preguntándose qué significaría, qué dirían los demás, qué pieza del tablero se movería después.
Estaba allí.
Por una vez, dentro de su propio cuerpo.
El beso terminó porque necesitaban respirar.
No porque ninguno quisiera.
Lucía apoyó la frente contra el pecho de Nico durante un segundo.
Solo uno.
Él no habló.
Gracias.
Gracias por no hablar.
Luego ella se separó un poco.
Nico bajó las manos de inmediato, aunque no se apartó del todo.
—No digas nada —susurró ella.
Él asintió.
Lucía intentó recuperar aire, dignidad y alguna forma básica de pensamiento.
No encontró mucho.
—Esto ha sido mala idea —dijo.
Nico la miró.
—Sí.
La respuesta fue tan inmediata que Lucía soltó una risa incrédula.
—Podrías haberlo negado.
—No quería empezar a mentir justo después.
La risa se le quebró en algo más suave.
—Eres desesperante.
—También.
—Y esto no cambia nada.
Nico sostuvo su mirada.
—Cambia que ha pasado.
Lucía cerró los ojos.