Capítulo 18
No era una emergencia
Recoger una cena que había salido bien resultó mucho menos poético que organizarla.
Las velas, una vez apagadas, olían a humo.
Las copas tenían huellas. El lino crudo, tan perfecto en la penumbra, mostraba ahora una mancha de vino cerca del sitio de Jaime.
La mesa de Amparo estaba preciosa, sí, pero también llena de migas, gotas de salsa y una cucharilla abandonada que Carmen localizó con la misma expresión con la que otros descubrirían una traición de Estado.
—Esto no es un campo de batalla —dijo Carmen, levantando la cucharilla entre dos dedos—. Es una mesa.
Jaime, que estaba recogiendo vasos con una concentración teatral, levantó la mano.
—En mi defensa, la mancha de vino fue consecuencia de una emoción empresarial.
—Tu emoción empresarial gotea —dijo Samira.
—Hay gente que celebra internamente. Yo soy más expresivo.
—Tú eres un riesgo para el textil.
Lucía intentó no reírse mientras desmontaba parte del recorrido de faroles. Le dolían los pies, la espalda y una zona del alma que no sabía si atribuir al cansancio, al éxito o a que Nico llevaba diez minutos recogiendo velas al otro lado de la mesa sin mirarla demasiado.
Eso era nuevo.
Antes, Nico no mirarla le habría parecido una estrategia. Una forma de protegerse, de mantener la calma, de fingir que todo estaba controlado.
Ahora sabía que también podía ser cuidado.
Y el cuidado, descubrió Lucía, era infinitamente más peligroso que el deseo.
El deseo podía discutirse.
El cuidado se colaba por grietas más pequeñas.
—Esta vela se ha consumido fatal —dijo Jaime, observando un cilindro de cristal.
Samira se lo quitó de la mano.
—No analices objetos delicados. Los pones nerviosos.
—A mí nadie me deja crecer.
—Porque creces hacia el desastre.
Patricia, que estaba sentada en una silla con una taza de infusión, sonrió con los ojos medio cerrados.
Beatriz la había obligado a descansar y, por una vez, Patricia no había discutido.
Estaba pálida de cansancio, pero tranquila.
Feliz quizá, aunque en los Montoro la felicidad siempre llegaba con alguna cláusula de prudencia.
Mercedes se había retirado hacía poco, después de anunciar que la cena había sido “tan buena que casi le devolvía la fe en la familia, pero no lo bastante como para exagerar”.
Arturo había desaparecido con Alfonso hacia la biblioteca.
Eduardo se había marchado con sus padres a la zona de invitados, no sin despedirse de Lucía con una corrección casi sospechosa.
Todo se iba apagando.
La bodega.
La casa.
La noche.
Lucía no.
Lucía se sentía agotada y encendida a la vez, como si alguien le hubiera quitado peso de los hombros pero no le hubiera explicado qué hacer ahora con los brazos libres.
—Lu —dijo Patricia desde la silla—, si sigues mirando ese farol como si te debiera dinero, lo vas a intimidar.
Lucía bajó la vista.
Llevaba casi un minuto con el farol en la mano.
—Estoy pensando.
—Eso también intimida.
—No a los faroles.
—En esta familia, todo aprende a tener miedo.
Lucía dejó el farol en la caja.
—¿Quieres subir?
—En cuanto pueda hacerlo sin parecer una señora de noventa años.
—Puedo acompañarte.
—No. Necesito conservar el poco orgullo que me queda antes de que el bebé lo destruya todo.
Jaime apareció con una caja de copas.
—El bebé ya tiene más autoridad que tú.
—El bebé no se ha manchado de vino el lino de Lucía.
—Era parte de la experiencia.
—Era parte de tu falta de coordinación —dijo Samira.
Jaime la miró con admiración.
—De verdad, cada vez que me insultas, siento que mejoro.
—Entonces deberías pagarme.
—¿En flores o en efectivo?
—En silencio.
Lucía sintió una risa salirle del pecho.
Pequeña.
Ligera.
Nico levantó la vista.
La vio reír.
No sonrió de inmediato. Primero la miró como si aquel sonido fuera algo que no esperaba y que, aun así, reconocía. Luego sonrió apenas, con una suavidad que Lucía notó demasiado.
Apartó la mirada.
No por vergüenza.
Bueno.
Quizá un poco.
A las doce y media, Carmen declaró cerrado el servicio con la misma solemnidad con la que un juez dicta sentencia. Patricia subió con Beatriz. Jaime intentó quedarse “por apoyo moral”, pero Samira le colocó dos cajas en los brazos y lo expulsó hacia el almacén.
—¿Esto es una excusa para quedarte a solas con la bodega? —preguntó Jaime.
—Es una excusa para que hagas algo útil lejos de mí —respondió Samira.
—Me vale.
—No debería.
Jaime salió.
Samira se acercó a Lucía, que estaba revisando la mesa de Amparo por última vez.
—Yo voy a dejar las ramas en agua y luego desaparezco.
—Gracias por hoy.
Samira la miró.
No con ironía.
Con cariño.
—Hoy has estado enorme.
Lucía bajó la vista a la mesa.
—No digas eso o voy a tener una reacción.
—¿Humana?
—Probablemente.
—Qué horror.
Lucía soltó una risa cansada.
Samira le apretó el brazo.
—Ha funcionado porque sabías lo que estabas haciendo.
—También porque tú has impedido que mi madre convirtiera esto en una comunión de lujo.
—Eso fue por vocación de servicio público.
—Y porque Nico estabilizó la estructura.
Samira ladeó la cabeza.
—Sí.
Lucía la miró.
—No pongas esa cara.
—No he puesto ninguna.
—Has puesto cara de florista que sabe demasiado.
—Es mi cara normal.
—Exacto.
Samira bajó la voz.
—Él también ha estado bien hoy.
Lucía tomó una palmatoria y la colocó en una caja.
—Lo sé.
Samira esperó.
—Y odio saberlo —añadió Lucía.
—No, no lo odias.
Lucía suspiró.
—No tengo energía para discutir contigo.
—Perfecto. Entonces gano.
—No has ganado.
—He ganado muchísimo.
Samira miró hacia Nico, que hablaba con Carmen junto a la puerta de servicio.
—No tienes que decidir nada esta noche.
—Todos decís eso.
—Porque es verdad.
—También todos parecéis estar esperando que decida algo igualmente.
—No. Estamos esperando que dejes de castigarte por no saber.
La frase entró con demasiada facilidad.
Lucía no contestó.
Samira sonrió apenas.
—Voy a guardar ramas. No beses a nadie encima de la mesa. La cera sale mal.
—Samira.
—¿Qué? Consejos prácticos.
Se marchó con un cubo de ramas.
Lucía se quedó inmóvil junto a la mesa, sintiendo cómo le ardían las orejas.
No beses a nadie encima de la mesa.
Ridículo.
Absurdo.
Grosero incluso, si una era muy generosa con su propia capacidad de indignación.
Y, sin embargo, el cuerpo de Lucía, traidor profesional, decidió recordar que Nico estaba a menos de cinco metros, que la bodega estaba casi vacía y que la noche había dejado demasiadas cosas sin cerrar.
—Carmen me ha echado —dijo Nico.
Lucía levantó la vista.
Él se acercaba desde la puerta de servicio, con una caja pequeña entre las manos.
—Carmen echa a todo el mundo cuando decide que el mundo ha dejado de ser útil.
—Me ha dicho que no toque más platos porque los miro como si fueran materiales de obra.
—Tiene razón.
—Probablemente.
Nico dejó la caja sobre una barrica.
La bodega estaba casi desnuda otra vez, pero no del todo.
La mesa seguía montada parcialmente. Quedaban tres velas apagadas, las palmatorias, una jarra antigua, la estructura lateral y un olor mezclado de piedra, cera y cena terminada.
La luz era más baja ahora, porque habían apagado parte del apoyo eléctrico.
Parecía un lugar después de una confesión.
No exactamente vacío.
No exactamente lleno.
Lucía tocó la superficie de la mesa.
—Mañana habrá que desmontarlo.
—No todo.
—No?
—Tu padre quiere hacer fotos antes.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Me lo ha dicho antes. Quiere documentación del montaje para estudiar la fase piloto.
—¿Mi padre ha usado la palabra documentación para no decir que le ha gustado?
—Sí.
Lucía sonrió sin poder evitarlo.
—Qué hombre tan emocionalmente inaccesible.
—Está mejorando.
—No nos emocionemos. A este ritmo, en 2042 quizá me diga que una idea es buena antes de que la defienda durante cuarenta minutos.
Nico sonrió.
—Lo de esta noche ha sido más que buena.
Ella apartó la mirada.
—Ya has dicho muchas frases peligrosas hoy.
—Lo sé.
—Y las sigues diciendo.
—Estoy intentando limitarme a las verdaderas.
Lucía se quedó callada.
La respuesta le alcanzó en un sitio donde no llevaba armadura suficiente.
Nico no se acercó más.
Había aprendido demasiado bien a detenerse en los límites.
Eso era bueno.
Eso la irritaba.
Eso la conmovía.
Todo a la vez.
—Cuando Arturo ha dicho que he hecho un buen trabajo —dijo ella—, he sentido algo muy absurdo.
—¿Qué?
Lucía pasó un dedo por una marca de la mesa.
—Alegría.
—No es absurdo.
—Sí lo es. Tengo treinta y un años. No debería importarme tanto una frase de mi padre.
—Que algo no debería doler no significa que no duela. Supongo que con la alegría pasa igual.
Lucía lo miró.
—Eso ha sido demasiado sabio para alguien con una tirita ridícula en la mano.
Nico bajó la vista a la tirita que ella le había puesto el día anterior.
—Me la voy a dejar para reforzar la marca personal.
—¿Arquitecto herido por ornamentación?
—Falso prometido lesionado en acto de servicio.
La expresión falso prometido cayó entre ambos con menos humor del habitual.
Lucía respiró despacio.
—Hoy se me ha olvidado a ratos.
Nico se quedó muy quieto.
—¿Qué?
Ella no sabía por qué había empezado.
Pero ya no quería esconder la frase de vuelta.
—Que eras falso.
Silencio.
Uno largo.
Nico bajó la mirada a la mesa.
—A mí también.
Lucía sintió el golpe.
No sorpresa.
No exactamente.
Pero oírlo era distinto.
—Eso es un problema —dijo ella.
—Sí.
—Grande.
—Sí.
—Deberías negar algo.
—Podría.
—¿Por qué no lo haces?
Nico levantó los ojos.
—Porque estoy cansado de que mi primera reacción sea esconderme detrás de lo que parece más sensato.
Lucía apretó los dedos contra la madera.
—Nico.
—No te estoy pidiendo nada.
—Ya lo sé.
—No estoy diciendo que esto arregle algo.
—Ya.
—No estoy confundiendo esta noche con el pasado.
—¿No?
—No.
La seguridad de la respuesta la hizo mirarlo.
Nico parecía serio. Cansado. Más vulnerable de lo que ella podía gestionar sin ponerse a la defensiva.