Capítulo 17 #3
—Me alegro.
—No estoy diciendo que todo esté resuelto.
Ahí estaba.
—Lo sé.
—Hay que revisar costes, permisos, calendario, personal externo, riesgos de estacionalidad y una intervención técnica mínima que será más cara de lo que parece.
—Lo sé.
—Pero el concepto es sólido.
El patio se quedó inmóvil.
Sólido.
No bonito.
No simpático.
No interesante.
Sólido.
Lucía notó que la garganta se le cerraba.
—Gracias.
Arturo la miró.
Y, durante un segundo, no pareció el hombre que había movido piezas en su vida como si fueran cifras. Pareció un padre con demasiado orgullo, demasiada torpeza y una hija a la que había tardado demasiado en mirar de frente.
—Has hecho un buen trabajo —dijo.
El silencio posterior fue enorme.
Lucía no supo qué hacer con las manos.
Ni con la cara.
Ni con los treinta y un años de querer oír algo parecido y detestar que todavía importara.
Patricia se limpió una lágrima.
Jaime miró al suelo, sospechosamente callado.
Beatriz lloraba sin disimulo.
Mercedes, por una vez, no hizo ningún comentario.
Nico estaba al otro lado del patio.
No junto a ella.
No robando el momento.
La miraba desde lejos, como le había prometido.
No la salvaba.
No hablaba.
Solo estaba allí.
Y Lucía, que había pensado que la felicidad profesional llegaría como una explosión, descubrió que a veces llega como un cansancio tibio, una mesa antigua y una frase de tu padre pronunciada tarde, pero pronunciada.
—Gracias —repitió.
No dijo más.
No podía.
Arturo asintió.
La conversación se abrió de nuevo poco a poco, con cuidado, como si todos supieran que acababan de caminar por un suelo delicado. Beatriz abrazó a Lucía. Patricia también. Jaime la levantó del suelo medio segundo hasta que ella le amenazó con romperle una copa en la cabeza.
Mercedes fue la última.
Le tomó la cara entre las manos.
—No necesitas que él lo vea para que sea real —dijo en voz baja—. Pero me alegra que lo haya visto.
Lucía cerró los ojos.
—Yo también.
Mercedes la besó en la frente.
—Y ahora cuidado. Los éxitos también emborrachan.
—¿Eso lo dices por experiencia?
—Por expediente judicial sellado.
Lucía se rio.
La noche empezó a deshacerse después de eso.
Alfonso y Teresa se retiraron. Beatriz acompañó a Patricia a sentarse.
Arturo volvió a hablar con Nico sobre costes, pero esta vez sin el mismo filo.
Samira aceptó una copa de vino y declaró que la bodega necesitaba “una segunda fase y una factura muy justa para mí, que he salvado esta finca del mantel blanco”.
Jaime intentó brindar por ella y fue rechazado con elegancia brutal.
Eduardo se acercó a Lucía cuando el patio estaba más disperso.
Nico estaba a unos metros, hablando con Arturo.
Lucía lo notó.
No necesitó buscarlo.
—Enhorabuena —dijo Eduardo.
—Gracias.
—Ha sido impecable.
—No. Ha sido funcional, bonito y vendible. Impecable habría sido aburrido.
Eduardo sonrió.
—Tienes razón.
—Otra frase peligrosa. Cuidado, Montalbán.
—La digo en serio.
Lucía lo observó.
Por una vez, Eduardo no parecía estar jugando del todo.
—Me equivoqué contigo —dijo él.
—Eso es una categoría amplia. Especifica.
—Pensé que seguías siendo la chica brillante, caótica y un poco insoportable de los veranos.
—Sigo siendo un poco insoportable.
—Sí. Pero no caótica.
Lucía inclinó la cabeza.
—Gracias, supongo.
—Y brillante, más de lo que recordaba.
Ella sostuvo su mirada.
—Eduardo.
—No voy a ofrecer contactos.
—Bien.
—Solo voy a decir que, si algún día quieres abrir esto a socios externos, deberías elegir tú a quién dejas entrar. No tu padre. No alguien como yo apareciendo en mitad de una cena.
Lucía se quedó callada.
Aquello no era una disculpa.
Era algo más útil.
—Lo tendré en cuenta.
Eduardo asintió.
Luego miró hacia Nico.
—Él sí te ve.
Lucía se tensó.
—No empieces.
—No lo digo como rival. Lo digo como alguien que esta noche se ha dado cuenta de que estaba mirando el escaparate y no la tienda.
—Qué frase tan de hombre con inversiones.
Eduardo rio.
—Me lo merezco.
—Sí.
—Buenas noches, Lucía.
—Buenas noches, Eduardo.
Se marchó.
Y Lucía, contra todo pronóstico, no sintió alivio por verlo irse.
Sintió que una pieza menor del tablero había decidido dejar de molestar.
Ya era bastante.
Cuando se volvió, Nico estaba mirándola.
No con celos.
No esta vez.
Con una pregunta tranquila.
Lucía caminó hacia él antes de pensarlo demasiado.
—Eduardo se ha comportado como una persona casi decente —dijo.
Nico levantó las cejas.
—Inquietante.
—Mucho.
—¿Debo preocuparme?
Lucía lo miró.
—No.
La respuesta fue demasiado directa.
Nico se quedó quieto.
Ella también.
—No —repitió, más bajo.
Nico bajó la mirada.
—De acuerdo.
—Y deja de decir de acuerdo como si acabara de darte algo.
—Intentaré decirlo como si no me importara.
—No se te dará bien.
—No.
La noche los rodeó con olor a café, naranjos y velas apagadas.
Lucía sintió que el cansancio le llegaba por fin a los huesos.
—Ha salido bien —dijo.
—Muy bien.
—Mi padre ha dicho buen trabajo.
—Lo he oído.
—Creo que mi madre ha llorado sobre una servilleta de lino crudo.
—Sobre una servilleta resistente, espero.
Lucía sonrió.
—Carmen estaría orgullosa.
Nico la miró.
—Yo también.
La frase fue sencilla.
Demasiado.
Lucía no levantó una barrera a tiempo.
—No puedes estar orgulloso de mí.
—No he pedido permiso.
—Nico.
—No voy a salvarte. No voy a hablar por ti. No voy a pedirte nada. Pero sí puedo sentirme orgulloso de verte hacer algo extraordinario.
Lucía sintió que los ojos se le llenaban de calor.
—Hoy no.
—Vale.
—No, vale no.
Él esperó.
Lucía respiró hondo.
—Si sigues diciendo cosas así, no voy a saber qué hacer.
Nico la miró con una ternura tan contenida que casi dolió más que si la hubiera tocado.
—Yo tampoco sé qué hacer, Lucía.
La diferencia era que esta vez no sonó a problema.
Sonó a verdad compartida.
Desde la casa, Jaime gritó:
—¡No sé si seguís en modo tensión romántica, pero Samira dice que alguien tiene que recoger velas y yo finjo cojera desde hace diez minutos!
Lucía cerró los ojos.
—Lo voy a matar mañana.
—Hoy no?
—Hoy ha salido bien.
Nico sonrió.
—Hoy ha salido bien.
Volvieron hacia la bodega para recoger.
Y mientras caminaban uno junto al otro, sin tocarse, con la noche de Los Olivos respirando alrededor, Lucía pensó que quizá una vida no se arreglaba de golpe.
Quizá solo se abría una puerta.
Se encendían dos faroles.
Se dejaba una sombra en medio.
Y se decidía, paso a paso, si una quería cruzarla.