mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Lucía no se sentó al principio. Observó tiempos, temperatura, recorrido del servicio. Samira hizo lo mismo desde el otro extremo. Nico permaneció de pie junto a la entrada, controlando discretamente que ningún cable, farol o escalón traicionara la noche.

—Lucía —dijo Arturo.

Ella se volvió.

—Sí.

—Siéntate.

La orden fue suave, pero orden al fin.

—Estoy bien.

—La experiencia incluye anfitrión. No solo dirección.

Lucía se quedó callada.

No porque no quisiera discutir.

Porque tenía razón.

Maldita fuera.

Carmen apareció a su lado con un plato.

—Tu padre tiene razón. Odio cuando pasa, pero pasa.

Jaime levantó su copa.

—Otro hecho histórico. Carmen reconociendo validez paterna parcial.

Lucía se sentó.

Su sitio estaba entre Nico y Patricia.

Ese no había sido el plan inicial.

Miró a Patricia.

Su hermana sonrió con falsa inocencia.

—Caligrafía estratégica —susurró.

—Traición prenatal —respondió Lucía.

Nico se sentó a su lado.

—Puedo cambiarme.

—No. Llamaría más la atención.

—De acuerdo.

—Y no pongas cara de que estás satisfecho.

—Estoy poniendo cara de invitado piloto.

—Tu cara de invitado piloto se parece demasiado a otra cosa.

—¿A qué?

Lucía tomó la servilleta.

—No he venido a evaluar tus caras.

—Lástima.

La palabra fue baja.

Solo para ella.

Le rozó la piel.

Lucía cogió la cuchara como si fuera un objeto de defensa.

La cena avanzó.

Y funcionó.

No de manera perfecta. Hubo un momento en que una copa estuvo a punto de caer porque Jaime gesticulaba demasiado al contar una anécdota.

Beatriz intentó recolocar una rama y recibió una mirada simultánea de Lucía, Samira y Carmen que la devolvió a su silla.

Alfonso preguntó si la bodega podía ampliarse y Arturo respondió antes que Lucía:

—No se trata de ampliar. Se trata de limitar bien.

Lucía casi se atragantó con la crema.

Nico le pasó agua sin mirarla.

Segunda fase.

Ella la aceptó.

Eduardo estuvo más contenido que de costumbre, lo cual resultó sospechoso. Comentó la luz, elogió la mesa y preguntó por el modelo de reservas con una cortesía impecable. Lucía respondió con la misma precisión con la que habría colocado una vela: lo justo, sin dejar material inflamable cerca.

—¿Y no temes que un aforo tan reducido limite demasiado la rentabilidad? —preguntó él durante el segundo plato.

Pescado de roca con hinojo y cítricos.

Carmen observaba desde la puerta como si estuviera dispuesta a declarar la guerra a quien dejara espinas.

Lucía apoyó la copa en la mesa.

—No si el posicionamiento es correcto.

—Pero el mercado de eventos busca volumen.

—El mercado de eventos busca muchas cosas. Esta propuesta no compite en volumen.

Eduardo sonrió.

—Eso suena arriesgado.

Nico se movió apenas a su lado.

Lucía no lo miró.

No hacía falta.

No me salves.

Agua si me olvido de respirar.

Nada más.

—Lo arriesgado —continuó ella— sería convertir Los Olivos en una finca más.

Meter cien personas donde caben cincuenta con sentido.

Llenar el jardín de estructuras alquiladas, luces de catálogo y centros altos para justificar una factura.

Eso sí sería arriesgado. Porque destruiría lo único que no se puede comprar: identidad.

La mesa quedó en silencio.

Samira sonrió despacio.

Mercedes levantó la copa.

—Brava.

Arturo miró a Eduardo.

—Tiene razón.

Dos palabras.

De nuevo.

Eduardo sostuvo la sonrisa.

—No he dicho que no la tenga.

—Lo estabas rodeando —dijo Jaime.

—Jaime —murmuró Patricia.

—¿Qué? Hoy tengo sensibilidad empresarial.

Lucía tomó agua.

No porque la necesitara.

Porque Nico se la había acercado sin decir nada, y rechazarla habría sido una tontería.

Eduardo cambió de tema.

Punto para ella.

No.

Punto suyo.

No de Nico, no de Arturo, no de la familia.

Suyo.

El tercer pase fue el mejor: carrillera muy tierna, puré de raíz, salsa reducida y una guarnición mínima que hizo que Mercedes cerrara los ojos con una expresión casi indecente.

—Carmen —dijo desde su silla—, si yo tuviera veinte años menos, te pediría matrimonio.

—Si tuviera veinte años menos, yo diría que no con más energía —respondió Carmen desde la puerta.

Jaime se golpeó el pecho.

—Esto es amor verdadero.

Beatriz, quizá contagiada por el ambiente, quizá por el vino, quizá porque había visto a Arturo decir “tiene razón” sin desmayarse, se relajó por primera vez en toda la noche.

—Lucía —dijo—, esto está mucho más bonito que una boda.

La mesa se quedó callada medio segundo.

Luego Mercedes habló:

—Beatriz, cariño, eso ha sido casi feminista.

—No seas ridícula.

—No. En serio. Estoy emocionada.

Lucía miró a su madre.

—Gracias.

Beatriz le sostuvo la mirada.

—Lo digo de verdad.

Lucía asintió.

Esta vez no buscó la aguja.

Quizá no la había.

Quizá sí y estaba demasiado cansada para encontrarla.

En cualquier caso, dejó que el cumplido existiera.

Al terminar el plato principal, Lucía se levantó para supervisar el café en el patio. Nico se levantó también, pero antes de que ella pudiera mirarlo mal, él señaló discretamente la puerta interior.

—Cable.

Lucía siguió su mirada.

Uno de los cables fijados al lateral se había soltado ligeramente con el paso del servicio. No era peligroso todavía, pero podía serlo si alguien salía sin mirar.

—Bien visto.

—Lo arreglo en un minuto.

—Voy contigo.

—No hace falta.

Lucía lo miró.

Él se dio cuenta.

—No hace falta —repitió—, pero puedes venir.

—Mejor.

Salieron por la puerta de servicio mientras Carmen distraía a los invitados anunciando el postre: higos asados, crema de yogur y miel.

El corredor interior estaba más fresco. Menos luz, menos voces, menos ojos. Nico se agachó junto al cable y sacó una brida pequeña del bolsillo.

Lucía se apoyó en la pared.

—Llevas bridas en una cena.

—Arquitecto prevenido.

—Falso prometido muy poco romántico.

Nico miró hacia arriba desde el suelo.

—Estoy arrodillado a tus pies arreglando un cable para que no tropieces delante de tu familia. Podría defenderse como romance técnico.

Lucía soltó una risa antes de poder evitarlo.

Pequeña.

Real.

El sonido quedó en el corredor.

Nico lo oyó.

Claro que lo oyó.

Y no dijo nada.

Gracias a Dios.

Terminó de fijar el cable y se incorporó.

Quedaron cerca.

Demasiado, quizá.

El corredor olía a piedra fría y comida caliente. La luz de la bodega entraba por una rendija. Desde dentro se oían voces amortiguadas: Jaime diciendo algo, Mercedes riéndose, Beatriz respondiendo con un “por Dios” que ya sonaba más divertido que escandalizado.

Lucía miró a Nico.

—Gracias.

—Era un cable.

—No por el cable.

Él se quedó quieto.

Ella no sabía por qué lo había dicho.

O sí.

Quizá porque la noche estaba funcionando.

Porque su padre la había visto. Porque su madre la había elogiado sin corregirla.

Porque Nico había pasado todo el día cerca y no había intentado ocupar su espacio.

Porque le había pasado agua cuando lo necesitó.

Porque había callado cuando tenía que callar.

Porque, a ratos, ya no lo odiaba.

Nico no se acercó.

—De nada —dijo.

No añadió nada más.

Eso fue lo que la rompió un poco.

No el gesto.

No el silencio.

La contención.

—¿Cómo lo haces? —preguntó ella.

—¿Qué?

—No decir cosas cuando se nota que quieres decirlas.

Nico soltó una risa baja.

—Con mucho esfuerzo.

Lucía bajó la mirada.

—Antes no lo hacías.

—Antes decía demasiadas cosas y callaba las importantes.

Ella levantó los ojos.

La frase cayó en el corredor con una verdad triste.

—Sí —dijo.

—Estoy intentando cambiar el orden.

Lucía respiró.

Podía volver a la bodega.

Podía poner distancia.

Podía recordar que la cena no había terminado, que Eduardo estaba dentro, que su familia estaba dentro, que todo seguía siendo un teatro.

Pero el teatro llevaba días mezclándose con verdad.

Y ella estaba cansada de fingir incluso sus pausas.

—La cena está saliendo bien —dijo.

—Está saliendo muy bien.

—No lo digas demasiado alto.

—Está saliendo muy bien en voz baja.

Lucía sonrió.

Él también.

Y entonces, sin que ninguno diera un paso, el aire entre ambos se volvió distinto.

No urgente.

No como la bodega a oscuras.

No como el beso de emergencia.

Esto no tenía público.

No tenía necesidad.

No tenía una norma justificándolo.

Solo el corredor, un cable arreglado, dos personas demasiado cerca y todas las cosas que no se habían dicho encontrando sitio en un silencio peligroso.

Nico miró su boca.

Solo un instante.

Lucía lo vio.

Y, peor, no se movió.

Él cerró los ojos un segundo, como si apartarse le costara físicamente.

—Tenemos que volver —dijo.

Lucía sintió la punzada.

No rechazo.

Contención.

—Sí —respondió.

Ninguno se movió.

Luego, desde la bodega, la voz de Jaime llegó con claridad:

—¿Se han perdido arreglando el cable o el cable era metafórico?

Lucía cerró los ojos.

—Lo voy a matar.

Nico soltó una risa.

—Eso también sería una experiencia íntima con historia.

—No me hagas reír cuando quiero cometer violencia fraternal.

—Perdón.

Volvieron.

Jaime sonreía como un idiota.

Samira lo miraba como si estuviera a punto de asignarle una tarea punitiva.

Mercedes estaba encantada.

Eduardo observaba demasiado.

Arturo, en cambio, miraba la mesa.

No a ellos.

A la mesa.

Como si hubiera entendido que algunas cosas solo funcionan cuando nadie intenta forzarlas a parecer nuevas.

El postre fue un éxito.

El café en el patio, también.

La salida de la bodega al aire fresco completó la experiencia tal como Lucía la había imaginado: después de la intensidad de la piedra, la noche abierta.

Después de la mesa larga, el patio. Después de las velas, los naranjos.

La gente hablaba más bajo. Más despacio.

Como si la cena hubiera modificado el volumen de la casa.

Arturo esperó hasta que todos tuvieron café.

Luego dejó su taza sobre la mesa.

—Lucía.

El patio se quedó en silencio.

Demasiado rápido.

Lucía se volvió.

—Sí.

Arturo no se levantó.

No hizo un brindis.

No convirtió el momento en ceremonia.

Gracias a Dios.

—La prueba ha funcionado.

Beatriz se llevó una mano al pecho.

Patricia sonrió.

Jaime levantó ambas cejas.

Mercedes murmuró:

—Mira tú.

Lucía sintió que algo en su cuerpo no sabía si relajarse o prepararse para el golpe siguiente.