mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

La mañana avanzó con una intensidad casi militar.

Samira dirigía la parte estética con una autoridad que Beatriz empezó a obedecer después de comprobar que todo lo que decía quedaba mejor.

Nico coordinaba seguridad, accesos y luz.

Carmen diseñaba tiempos de cocina con una precisión que haría llorar a un reloj suizo.

Patricia supervisaba lista de invitados y vajilla.

Jaime cargaba, protestaba, cargaba más y, de vez en cuando, hacía comentarios tan útiles que todos fingían no estar sorprendidos.

Arturo apareció a media mañana.

Lucía lo vio entrar en la bodega y sintió que el cuerpo se le tensaba por reflejo.

Él no miró primero a Nico.

La miró a ella.

—He leído la propuesta.

El sonido de la bodega bajó medio punto.

Samira siguió colocando ramas, pero más despacio.

Jaime se quedó con una caja en brazos.

Beatriz, desde la entrada, apretó los labios.

Lucía dejó la lista sobre la mesa.

—¿Y?

Arturo sostuvo una carpeta con varias marcas.

—Está mejor ordenada.

No era un elogio.

Aun así, Lucía lo oyó como uno.

—Gracias.

—He hecho algunas anotaciones.

Le tendió la carpeta.

Lucía la tomó.

No como hija recibiendo un examen corregido.

Como profesional recibiendo comentarios de un socio difícil.

Eso intentó, al menos.

—Las revisaré.

—La parte de margen por evento es conservadora.

Lucía parpadeó.

—Lo sé.

—Podría ser más ambiciosa.

Jaime dejó la caja muy despacio.

Patricia abrió los ojos.

Beatriz miró a Arturo como si acabara de hablar en latín.

Lucía se obligó a mantener la cara tranquila.

—Prefiero que la primera fase no prometa más de lo que puede sostener.

Arturo asintió.

—Bien.

Otra vez.

Bien.

La palabra empezaba a ser sospechosa.

—La cena de esta noche —continuó Arturo— debe servir para probar tres cosas: recorrido, servicio y percepción de valor. No intentes demostrarlo todo.

Lucía tragó la primera respuesta sarcástica que le subió a la lengua.

Porque eso era consejo.

No con ternura.

No con calidez.

Pero consejo.

—De acuerdo.

Arturo miró la mesa.

—La mesa funciona.

Nico, que estaba junto al electricista, se quedó quieto.

Lucía lo notó.

—Sí —dijo ella—. Funciona.

Arturo no añadió nada sobre Amparo.

No allí.

Quizá nunca.

Pero antes de marcharse se volvió hacia Beatriz.

—No cambiéis la composición sin consultar a Lucía.

Beatriz levantó las manos.

—No pensaba hacerlo.

Mercedes, que acababa de aparecer en la entrada con gafas de sol y un chal, murmuró:

—Mentira piadosa antes del mediodía. El día promete.

Arturo ignoró a su tía.

Miró de nuevo a Lucía.

—Avísame cuando quieras hacer el ensayo de recorrido.

—A las seis.

—Allí estaré.

Y salió.

Durante tres segundos nadie habló.

Luego Jaime levantó una mano.

—Perdón, pero ¿acabamos de ver a papá comportándose como una persona casi constructiva?

—No lo asustes —dijo Patricia—. Es una especie frágil.

Beatriz parecía dividida entre defender a su marido y admitir que aquello había sido extraño.

Mercedes se acercó a Lucía.

—No te confíes. Los hombres que descubren tarde que sus hijas tienen razón suelen tambalearse antes de aprender a caminar.

—Qué esperanzador.

—No pretendía serlo. Era advertencia.

Lucía miró la carpeta llena de anotaciones.

Sintió, contra todo pronóstico, que podía manejarlas.

No porque necesitara la aprobación de Arturo.

Sino porque ya no parecía imposible que su trabajo existiera en la misma habitación que él sin encogerse.

Nico se acercó cuando los demás retomaron tareas.

—¿Quieres que revise las notas técnicas?

Lucía miró la carpeta.

Luego a él.

—Sí.

La palabra salió sencilla.

Sin armadura.

Nico lo notó, pero tuvo la inteligencia de no señalarlo.

Se colocaron juntos en un lateral de la bodega, apoyando la carpeta sobre una barrica.

Lucía pasó las páginas. Arturo había escrito comentarios en los márgenes con letra pulcra: ampliar previsión de ocupación, justificar precio medio, separar inversión inicial de mejoras fase dos, revisar coste de personal externo, incluir limitaciones técnicas del espacio.

No había una sola frase del tipo “poco realista”, “caprichoso” o “demasiado emocional”.

Lucía se quedó mirando una anotación.

—Esto es útil.

—Sí.

—No sé qué hacer con que sea útil.

Nico miró la carpeta.

—Usarlo.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Qué concepto tan revolucionario.

—A veces las cosas pueden ser útiles aunque vengan de personas que han hecho daño.

La frase no era solo sobre Arturo.

Los dos lo supieron.

Lucía pasó otra página.

—No estoy preparada para aplicar esa filosofía de forma amplia.

—No te lo pedía.

—Bien.

Nico señaló una nota.

—Aquí tiene razón. Mejor separar la intervención mínima para la cena piloto de la fase comercial.

—Lo haré.

—Y aquí no.

Lucía levantó la vista.

—¿No?

—Quiere aumentar aforo para mejorar rentabilidad. Es un error. Tu concepto pierde fuerza si pasas de ochenta en eventos grandes. Para cenas privadas, doce a dieciocho. Para celebraciones familiares, máximo cincuenta. Para empresas, treinta.

—Eso puse yo.

—Entonces defiéndelo.

Lucía lo miró.

—Lo dices como si fuera fácil.

—No. Lo digo como si fuera tuyo.

La frase golpeó.

No fuerte.

Pero exacta.

Lucía bajó la mirada a la carpeta.

—Hoy no puedes decirme muchas cosas así.

—¿Cuántas puedo decir?

—Una. Ya la has gastado.

—De acuerdo.

—Y no digas de acuerdo con cara de estar guardando otra para luego.

—No tengo cara de eso.

—Nico.

—Vale. La tengo.

Lucía casi sonrió.

Casi.

Samira apareció a su lado con una rama.

—Necesito decisión. ¿Entrada con dos faroles o tres?

—Tres —dijo Lucía.

—Dos —dijo Nico.

Lucía lo miró.

—Has gastado tu frase útil y ahora quieres morir?

—Tres crea simetría excesiva.

Samira señaló a Nico con la rama.

—Lamentablemente, tiene razón.

—¿Otra vez? —dijo Lucía—. Esto empieza a ser estadísticamente ofensivo.

—Dos faroles y una sombra —dijo Samira—. La sombra también decora.

—Voy a fingir que eso no me ha convencido.

Nico la miró.

—Profesionalmente?

—No uses esa palabra como escudo.

—Es mi único escudo autorizado.

—Mal autorizado.

La jornada siguió en esa línea: decisiones rápidas, discusiones pequeñas, acuerdos molestos.

El espacio se fue cerrando poco a poco. A mediodía, el recorrido exterior ya estaba marcado.

A las dos, Carmen había probado el primer pase del menú y Lucía casi abrazó a una bandeja de tomates asados.

A las tres, Beatriz admitió que las flores discretas “tenían su encanto”, lo que hizo que Samira se llevara una mano al corazón y fingiera emoción religiosa.

A las cuatro, Jaime desapareció durante veinte minutos y volvió con hielo, limones y una excusa poco convincente sobre una llamada de trabajo.

—Has dormido en el granero —dijo Lucía.

—Meditación horizontal.

—Con ronquido?

—Respiración estratégica.

Patricia se sentó un momento en la sombra del patio, cansada. Lucía se acercó con un vaso de agua.

—¿Estás bien?

—Estoy embarazada y rodeada de Montoros. Bien es un concepto flexible.

Lucía se sentó a su lado.

Durante unos minutos miraron la actividad en silencio.

Samira dando órdenes. Nico hablando con el electricista.

Carmen coordinando bandejas. Beatriz revisando copas sin moverlas, un avance histórico.

Jaime intentando convencer a Mercedes de que no se podía añadir ginebra al menú de bienvenida. Arturo leyendo algo bajo los naranjos.

—Esto es tuyo —dijo Patricia.

Lucía siguió mirando la bodega.

—Todavía no.

—Sí. Aunque papá lo apruebe o no. Aunque salga perfecto o algo falle. Lo que está pasando hoy es tuyo.

Lucía tragó saliva.

—No seas emocional antes de las seis. Me desconcentras.

Patricia sonrió.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—No.

Lucía miró a Nico.

Él estaba agachado junto a un cable, explicando algo a Jaime, que parecía entender entre poco y nada. En un momento, Nico levantó la vista y la encontró mirándolo.

No sonrió.

No hizo ningún gesto.

Solo la miró como si estuviera allí.

Presente.

Sin reclamar nada.

Lucía apartó la vista primero.

—¿Crees que estoy siendo idiota? —preguntó.

Patricia no preguntó a qué se refería.

—Creo que estás siendo humana.

—Eso suena peor.

—A veces lo es.

Lucía bebió agua.

—No sé si puedo perdonarlo.

—Quizá hoy no tienes que decidir si puedes perdonarlo.

—Samira dijo algo parecido.

—Samira es lista.

—Da miedo.

—También.

Patricia se acomodó la mano sobre la barriga.

—Pero, Lu, una cosa sí te digo.

—¿Qué?

—No castigues a la mujer que eres ahora solo para ser leal al dolor de la que fuiste.

Lucía se quedó quieta.

La frase no fue un consejo.

Fue un golpe limpio en una puerta cerrada.

—Eso ha sonado demasiado sabio —dijo.

—Lo he leído en un libro de maternidad.

—Mentira.

—Sí. Pero sonaba menos invasivo así.

Lucía apoyó la cabeza contra la pared de piedra.

—No sé quién soy si dejo de estar enfadada con él.

Patricia la miró con suavidad.

—Quizá alguien con más espacio.

Lucía no respondió.

Porque, en el patio de Los Olivos, rodeada de ruido, cajas, familia y una cena que podía cambiar su futuro profesional, aquella posibilidad le dio más miedo que cualquier fracaso.

A las seis en punto hicieron el ensayo de recorrido.

Arturo llegó puntual.

Eduardo también.

Eso no estaba en el plan.

Lucía lo vio aparecer junto a Alfonso, impecable como siempre, con camisa blanca y una expresión de interés cuidadosamente calibrada.

—Pensé que podría asistir al ensayo —dijo.

Lucía miró a Arturo.

Arturo miró a Eduardo.

—El ensayo es interno —dijo Arturo.

Eduardo parpadeó.

Fue mínimo.

Pero Lucía lo vio.