mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

También vio a Nico mirar a Arturo con una sorpresa igual de contenida.

Eduardo sonrió.

—Por supuesto.

—Nos vemos en la cena —dijo Lucía.

—La espero con ganas.

—Yo también.

Y, por primera vez, no lo dijo como una defensa.

Lo dijo porque era verdad.

Eduardo se retiró con Alfonso.

Jaime susurró al oído de Patricia:

—Papá acaba de bloquear a Eduardo. Esto es el Apocalipsis con catering.

Lucía le dio un pisotón suave.

—Ay.

El ensayo empezó.

Patricia y Beatriz hicieron de invitadas.

Jaime, de invitado insoportable. Mercedes se negó a fingir y declaró que ella solo sabía ser “presencia escénica real”.

Arturo caminó en silencio. Nico observaba accesos.

Samira ajustaba faroles sobre la marcha.

Carmen revisaba tiempos desde la puerta de servicio.

Entrada lateral.

Dos faroles y una sombra.

Patio de naranjos.

Copa de bienvenida.

Camino hacia la bodega.

Puerta cerrada.

Silencio.

Lucía hizo una señal a Carmen.

La puerta de la bodega se abrió desde dentro.

La luz baja apareció primero.

Luego la mesa.

La madera de Amparo.

Las velas.

Las ramas.

La piedra.

Durante un segundo, nadie habló.

Incluso Jaime.

Ese fue el mejor indicador.

Beatriz se llevó una mano al pecho.

Patricia sonrió.

Mercedes susurró:

—Ah.

Arturo no dijo nada.

Nico estaba al otro lado de la puerta, medio en sombra, observando no la bodega, sino a Lucía.

Ella sintió su mirada.

Pero no apartó los ojos de su padre.

Arturo entró despacio.

Miró la mesa, la luz, las paredes, las palmatorias, el recorrido visual, la estructura lateral, los platos portugueses, la jarra antigua.

Luego miró a Lucía.

—Ahora lo veo —dijo.

Tres palabras.

Nada más.

Pero Lucía sintió que algo dentro de ella, algo pequeño y obstinado, se ponía de pie.

Ahora lo veo.

No “no está mal”.

No “puede funcionar”.

Ahora lo veo.

La bodega se desenfocó un instante.

Lucía asintió, porque hablar habría sido peligroso.

—Bien —dijo ella.

Su voz no tembló.

Casi.

Nico bajó la mirada.

Samira sonrió.

Jaime murmuró:

—Placa. Definitivamente placa.

Patricia le apretó el brazo a Lucía.

El ensayo terminó con ajustes menores, pero la decisión importante ya estaba tomada.

La bodega funcionaba.

A las siete y media, la casa entró en la fase absurda previa a cualquier evento: prisas, duchas, ropa, copas, bandejas, preguntas innecesarias, llamadas de última hora y Beatriz intentando decidir si el vestido azul era demasiado formal para una cena en su propia bodega.

Lucía subió a cambiarse con quince minutos de margen y un cansancio que le pesaba en los huesos.

En su habitación, encontró sobre la cama un vestido que no recordaba haber sacado.

Negro.

Sencillo.

Midi.

Manga corta.

Escote discreto.

Perfecto.

Encima había una nota de Patricia.

“No discutas. Te queda bien. Y puedes trabajar con él.”

Lucía miró el vestido.

Luego su ropa polvorienta.

Luego el reloj.

—Odio que tengas razón —murmuró.

Se duchó rápido, se vistió, se recogió el pelo en una coleta baja y se puso unos pendientes pequeños. Nada más. No quería parecer invitada. Tampoco quería parecer personal de montaje. Quería parecer lo que era esa noche: la persona que había creado aquello.

Al salir al pasillo, la puerta de la habitación azul se abrió al mismo tiempo.

Nico apareció con camisa blanca, pantalón oscuro y chaqueta azul marino.

Se quedaron quietos.

La tarde entera pareció detenerse en el pasillo.

Nico la miró.

No rápido.

No con descaro.

Con esa atención que ya no le pedía permiso al pasado porque estaba mirando a la mujer que tenía delante.

—No digas nada —dijo Lucía.

Él cerró la boca.

Ella sintió una sonrisa querer escaparse.

—Gracias.

Nico asintió.

—De nada.

Empezaron a caminar hacia la escalera.

Juntos.

A una distancia prudente.

A una distancia imposible.

Antes de bajar, Nico se detuvo.

—Lucía.

Ella cerró los ojos.

—Has sobrevivido casi todo el día sin frases peligrosas.

—Lo sé.

—No estropees tu racha.

Él miró hacia la planta baja, donde ya se oían voces.

—Solo iba a decir que esta noche es tuya.

Lucía tragó saliva.

—Eso cuenta como frase peligrosa.

—Sí.

—Y ya habías gastado la de hoy.

—Lo sé.

—Entonces te voy a penalizar.

—¿Cajas?

—Peor.

Nico esperó.

Lucía lo miró.

El vestido de Patricia le rozaba las rodillas. Abajo, su familia, Eduardo, los Montalbán, la bodega, la mesa de Amparo y una noche decisiva la estaban esperando. Tenía miedo. Claro que lo tenía.

Pero también tenía espacio.

Y, en ese espacio, por primera vez, pudo elegir una pequeña cosa sin que nadie se la explicara.

Se acercó a Nico y le enderezó la solapa de la chaqueta.

Un gesto mínimo.

Breve.

Peligroso solo si alguien sabía mirar.

—Durante la cena —dijo—, no me salves.

Nico bajó la mirada hacia sus dedos en la solapa.

Luego hacia ella.

—No lo haré.

—Pero si ves que me olvido de respirar…

—Te paso el agua.

Lucía asintió.

—Bien.

Apartó la mano.

Bajaron.

Y esta vez, cuando entraron en el vestíbulo iluminado de Los Olivos, Lucía no sintió que iba a fingir una vida.

Sintió que, por unas horas, iba a mostrar una parte de la suya.

La cena todavía no había empezado.

Pero la prueba sí.