mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

Café al otro lado de la puerta

Lucía despertó con la cara pegada a la almohada, la ropa arrugada, el pelo convertido en una decisión mala y la certeza inmediata de que llorar antes de dormir debería venir con servicio de reparación facial incluido.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Luego oyó un pájaro fuera, el crujido antiguo de la madera y, muy lejos, una voz de Carmen dando una orden a alguien con la autoridad de un general.

Los Olivos.

Sábado.

La cena piloto.

Su padre.

Nico.

Todo volvió en fila, como una procesión de problemas bien vestidos.

Lucía se giró boca arriba y miró el techo.

La noche anterior había hablado con Arturo.

No.

Había abierto una puerta y había dejado salir siete años de rabia con una claridad que todavía le daba vértigo. Había dicho “era mi vida para arruinarla”. Había dicho “no sabes cómo amaba”. Había entregado una propuesta profesional como quien clava una bandera en territorio ocupado.

Y luego había llorado sentada contra la puerta.

Muy digno todo.

Inspiró hondo.

Le dolían los ojos.

Le dolía la cabeza.

Le dolía una zona indefinida del pecho donde antes guardaba versiones simples de las cosas.

Nico no llamó durante la noche.

No tocó la puerta comunicante.

No escribió.

No apareció con frases que ella no estaba preparada para recibir.

Eso, en teoría, debería haber sido un alivio.

Lo fue.

También no.

Qué agotador era estar agradecida por la ausencia de alguien y echar de menos, al mismo tiempo, que no hubiera intentado cruzarla.

Se levantó con un gemido poco elegante y fue al baño. El espejo le devolvió la imagen de una mujer que parecía haber discutido con su familia, su pasado y una finca histórica, todo en menos de veinticuatro horas.

—Perfecto —murmuró—. Imagen de marca.

Se lavó la cara con agua fría, se recogió el pelo en un moño alto y se cambió de ropa.

Vaqueros negros, camiseta blanca, camisa verde abierta, zapatillas.

Nada de blusas. Nada de prendas que pudieran interpretarse como emocionalmente disponibles.

Era el día de la prueba y necesitaba parecer capaz de mover cajas, discutir con proveedores y negar cualquier sentimiento con solvencia.

Cuando abrió la puerta de su habitación, casi tropezó con un vaso de café colocado en el suelo.

Se quedó inmóvil.

El café estaba en una taza térmica con tapa. Al lado había una servilleta doblada y una nota escrita con letra clara.

No he llamado.

Carmen dice que hoy necesitas dos.

No había firma.

No hacía falta.

Lucía miró la puerta de la habitación azul.

Cerrada.

Silenciosa.

El gesto le apretó la garganta más de lo razonable.

No he llamado.

Eso era lo peor de Nico esa mañana: había entendido exactamente qué hacer. Estar. Pero no invadir. Cuidar una frontera sin desaparecer del todo.

Lucía se agachó, tomó el café y la nota.

La leyó otra vez.

Luego, porque era una persona adulta, madura y perfectamente en control de sí misma, dobló la servilleta y la guardó en el bolsillo trasero del vaquero.

Solo porque no había papelera cerca.

Obviamente.

Bajó a la cocina con la taza en la mano.

Carmen la vio entrar y la examinó durante medio segundo.

—Siéntate.

—Buenos días a ti también.

—Los buenos días son para quien ha dormido.

Lucía obedeció y se sentó en un taburete.

La cocina olía a pan tostado, café, tomate rallado, bizcocho recién hecho y tensión familiar esperando turno. Carmen colocó delante de ella una tostada con aceite y sal.

—Come.

—Me estás alimentando como si fuera ganado débil.

—El ganado débil se cae antes de la feria.

—Qué imagen tan estimulante.

—Hoy tienes feria.

Lucía mordió la tostada.

Estaba perfecta.

—¿Nico te pidió el café?

—Nico pidió café. Yo le dije cuántos.

—Claro.

Carmen siguió cortando pan.

—No lo mires como si fuera una propuesta de matrimonio. Es cafeína.

Lucía casi se atragantó.

—No lo estaba mirando así.

—Lo estabas mirando como si el café te hubiera pedido perdón.

Lucía dejó la taza sobre la mesa.

—Hoy no tengo energía para tus rayos X emocionales.

—Pues bebe. La energía viene después.

Patricia entró en la cocina con un vestido cómodo, sandalias planas y cara de haber dormido tan poco como una mujer embarazada podía permitirse sin declarar guerra al mundo.

—Buenos días.

Lucía la miró.

—¿A ti también te han convocado los olores?

—El bebé oyó bizcocho.

Carmen cortó un trozo y se lo puso delante.

—Para el bebé.

Patricia lo aceptó sin discutir.

—El bebé agradece que nadie juzgue su segundo desayuno.

Lucía señaló su taza.

—A mí me juzgan hasta el café.

—Porque tu café tiene subtexto.

—Todo el mundo en esta casa debería dejar de decir subtexto.

Patricia se sentó a su lado.

Durante unos segundos comieron en silencio.

Un silencio cómodo.

Raro.

—¿Has dormido algo? —preguntó Patricia.

—He existido horizontalmente.

—Eso cuenta en esta familia.

—¿Papá?

Patricia miró hacia la puerta.

—En la biblioteca desde temprano.

Lucía sintió que la tostada pesaba más.

—¿Ha dicho algo?

—A mí no.

—Eso no responde.

—A mamá le ha pedido que no cambie nada de la bodega sin preguntarte.

Lucía se quedó quieta.

—¿Qué?

Patricia mordió el bizcocho.

—Tal cual.

—¿Y mamá?

—Ha dicho “por supuesto”, con la cara de alguien que acababa de perder una guerra contra un mantel crudo.

Lucía miró a Carmen.

Carmen asintió.

—Yo estaba allí. Ha pasado.

Lucía no supo qué hacer con esa información.

Arturo no se disculpaba.

Arturo no abrazaba.

Arturo no decía “ayer quizá crucé una línea hace siete años y también anoche cuando volví a tratarte como una niña”.

Arturo pedía que no se tocara la bodega sin consultar a Lucía.

Era poco.

Era muchísimo.

Era insuficiente.

Era algo.

Lucía bebió café.

—Hoy no voy a hablar con él de lo de anoche.

Patricia asintió.

—Bien.

—Ni con Nico.

—Ajá.

—Ni con nadie.

Carmen dejó otra tostada en su plato.

—Entonces hoy hablaremos todos de sillas, luz y comida.

—Exacto.

—Mucho más seguro —dijo Patricia.

Lucía tomó la tostada.

—Segurísimo.

En ese momento, Jaime entró en la cocina con el pelo húmedo, gafas de sol sobre la cabeza y una camiseta que decía “NO ES MI CULPA” en letras grandes.

Lucía lo miró.

—¿Eso es una elección estética o una declaración preventiva?

—Ambas. Hoy me van a culpar de algo y prefiero ir adelantando trabajo.

Patricia señaló la camiseta.

—Es horrenda.

—Gracias.

Carmen le puso un café delante.

—Bebe y coge fuerzas.

Jaime miró la taza con sospecha.

—¿Para qué?

—Samira está despierta.

El rostro de Jaime cambió.

—Dios.

—Y ya ha preguntado por ti dos veces.

—¿Con ternura?

—Con tijeras.

Jaime bebió café como un condenado.

—Creo que estoy enamorado y explotado laboralmente a la vez.

—Eso es casi una relación adulta —dijo Patricia.

Lucía sonrió por primera vez esa mañana sin que le doliera.

No mucho.

Samira apareció cinco minutos después, con el pañuelo rojo del día anterior, ropa negra, una libreta en la mano y cara de haber nacido preparada para mandar en propiedades ajenas.

—Buenos días. Necesito a Jaime, dos escaleras, cuerda fina, las cajas de velas, una persona que no opine y acceso a la cocina.

Carmen levantó una ceja.

—La cocina es mía.

Samira asintió.

—Entonces necesito negociar con usted.

Carmen la miró durante un segundo.

Luego sonrió.

Muy poco.

—Bien.

Jaime susurró:

—Histórico. Samira ha pedido permiso.

—Cállate antes de que lo retire —dijo Lucía.

Samira giró hacia ella.

La examinó con una sola mirada.

—Cara de dormir mal, pero capaz de trabajar. Me vale.

—Qué generosa.

—Hoy no necesito que estés feliz. Necesito que decidas rápido.

—Eso sí puedo hacerlo.

—Perfecto. En diez minutos, bodega.

—En cinco.

Samira sonrió.

—Mucho mejor.

Y así empezó el sábado.

No con una conversación pendiente.

No con un beso.

No con una disculpa.

Con cajas.

Con órdenes.

Con el sonido de Jaime protestando desde el patio porque alguien había considerado que sus brazos eran “infraestructura disponible”.

Lucía entró en la bodega a las nueve menos cuarto y sintió, por primera vez desde que había inventado un prometido en una cena familiar, algo parecido a dirección.

La mesa de Amparo estaba en el centro, cubierta por una lona ligera para protegerla del polvo. La estructura lateral seguía firme. Las palmatorias descansaban sobre una barrica. Las ramas de olivo esperaban en cubos con agua. El camino de faroles todavía estaba incompleto, pero ya podía imaginarse.

Nico estaba junto a la puerta interior, hablando con un electricista.

No la miró inmediatamente.

Lucía agradeció eso.

También lo notó demasiado.

Llevaba una camiseta azul oscuro, vaqueros, botas y un lápiz detrás de la oreja. Tenía la libreta abierta y la misma concentración que había tenido el día anterior, pero algo en su cara parecía distinto. Más callado. Más recogido.

Tal vez por la nota de Amparo.

Tal vez por la biblioteca.

Tal vez por la noche.

Lucía se acercó con la carpeta bajo el brazo.

—Buenos días.

Nico giró hacia ella.

Sus ojos bajaron un instante a la taza de café que ella aún sostenía.

No sonrió.

—Buenos días.

—Gracias por el café.

—De nada.

—Carmen dice que no debo mirarlo como si me hubiera pedido perdón.

La boca de Nico tembló apenas.

—Carmen es sabia.

—Demasiado.

Hubo un silencio breve.

No incómodo.

Cargado.

Ella lo cortó con una hoja.

—¿Estado eléctrico?

Nico aceptó el cambio con una seriedad que casi le dio ganas de abrazarlo y de denunciarlo.

—Tenemos línea suficiente para luz baja y apoyo de cocina. Nada de calentadores adicionales dentro. Si Carmen necesita mantener platos calientes, tendrá que hacerlo en cocina y bajar en tiempos medidos.

—Carmen ya lo sabe?

—Me ha dicho que no le explique su trabajo si quiero conservar los dientes.

—Respuesta correcta.

—También necesitamos fijar dos cables al lateral para que nadie tropiece.

—Hazlo invisible.

—Hazlo seguro.

—Hazlo seguro e invisible.

—Eso sí.

Lucía tomó nota.

Trabajaron.

No hablaron de la biblioteca.

Ni de Arturo.

Ni de la nota.

Ni del café.

Ni de la pregunta que seguía en algún sitio entre ambos.

¿Sigues odiándome?

A ratos.

Era sorprendente lo mucho que dos personas podían no decir mientras decidían la posición de doce sillas.