mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Arturo respiró despacio.

Lucía vio, por primera vez, una grieta. No arrepentimiento completo. Arturo no era un hombre que se rindiera ante una emoción repentina. Pero sí algo parecido a la incomodidad de quien descubre que una estrategia antigua ya no funciona.

—Creí que estabas a punto de arruinar tu vida —dijo.

Lucía sintió que la rabia se cansaba.

No desaparecía.

Pero se cansaba.

—Pues era mi vida para arruinarla.

El silencio fue largo.

Nico dio un paso, pero no hacia Lucía. Hacia Arturo.

—Yo acepté tu versión porque me convenía tener miedo —dijo—. Eso es mío. Pero no vuelvas a hablar de lo que Lucía sentía como si hubieras tenido derecho a explicármelo.

Arturo sostuvo su mirada.

—¿Y ahora sí sabes lo que siente?

Nico no respondió rápido.

Lucía sintió la pregunta como un golpe indirecto.

Arturo no estaba preguntando por el pasado.

No solo.

Nico la miró.

Solo un instante.

Luego volvió a Arturo.

—No —dijo—. Por eso le pregunto.

Lucía sintió que el pecho se le apretaba.

Arturo también entendió la diferencia, porque se quedó callado.

La puerta de la biblioteca parecía muy lejos.

Lucía tomó la propuesta del escritorio y se la tendió a su padre.

—Esta es la versión ajustada. Concepto, costes, retorno estimado y necesidades para la prueba del sábado. Léela. Como propuesta. No como impulso.

Arturo la aceptó.

—Lucía…

—No quiero hablar más esta noche.

—De acuerdo.

—Y mañana no quiero que Eduardo opine sobre mi proyecto.

—Ya lo has dejado claro.

—Lo repito porque en esta familia las cosas importantes suelen necesitar varias versiones para ser escuchadas.

Arturo bajó la mirada a la carpeta.

—De acuerdo.

Lucía asintió.

Luego se volvió hacia Nico.

—¿Vienes?

La pregunta salió antes de que pudiera suavizarla.

Nico pareció sorprendido.

Arturo también.

Lucía no iba a analizarlo allí.

—Sí —dijo Nico.

Salieron de la biblioteca juntos.

Ninguno habló en el vestíbulo.

Ni en el pasillo.

Ni en la escalera.

Lucía subió el primer tramo con la sensación de que el cuerpo le pesaba distinto. Como si hubiera cargado algo durante años y acabara de dejarlo en una habitación oscura, sobre el escritorio de su padre, junto a una propuesta con pinza negra.

Al llegar al rellano, Nico dijo su nombre.

—Lucía.

Ella se detuvo.

No se volvió.

—No.

—Solo…

—No me des las gracias. No me digas que he estado bien. No me pidas perdón otra vez. No me mires como si acabara de hacer algo heroico. Estoy agotada.

Nico guardó silencio.

Luego dijo:

—¿Quieres que camine contigo hasta tu puerta sin decir nada?

Lucía cerró los ojos.

La pregunta le desarmó algo pequeño.

No demasiado.

Lo suficiente.

—Sí.

Nico subió los últimos escalones detrás de ella.

No al lado.

No demasiado cerca.

Solo allí.

Presente y en silencio.

Caminaron por el pasillo hasta la puerta de su habitación. La de Nico estaba al lado, al otro lado de la pared y de esa frontera absurda que ya no parecía tan segura como el primer día.

Lucía se detuvo con la mano en el pomo.

—Cuando te pregunté si podías haberme llamado —dijo sin mirarlo—, no quería que doliera tanto oír la respuesta.

Nico respiró hondo.

—Lo sé.

Esta vez ella no le corrigió el tono.

—Buenas noches, Nico.

—Buenas noches, Lucía.

Entró en su habitación y cerró la puerta.

Clic.

No la comunicante.

La del pasillo.

Aun así, sonó como una cerradura importante.

Lucía apoyó la espalda en la madera y dejó que el cuerpo, por fin, temblara.

No lloró enseguida.

Primero respiró.

Luego se tapó la boca con una mano.

Y entonces sí.

Lloró.

No por Nico solamente.

No por Arturo solamente.

No por Lisboa solamente.

Lloró por la chica de veinticuatro años a la que todos habían explicado desde fuera.

Por la mujer de treinta y uno que estaba cansada de bromear antes de que la hirieran.

Por la hija que acababa de decirle a su padre que su vida era suya.

Por la profesional que había defendido una mesa, una bodega y una idea como si fueran algo más que un proyecto.

Al otro lado de la puerta comunicante no se oyó nada.

Nico no llamó.

No habló.

No intentó consolarla a través de la madera.

Y, por primera vez, Lucía agradeció que entendiera el silencio.

Se metió en la cama sin cambiarse, con la luz apagada y la cara húmeda. El móvil vibró una vez sobre la mesilla.

Un mensaje de Jaime.

“Patricia dice que no pregunte. Así que no pregunto. Pero estoy despierto. Y sigo teniendo acceso a vino.”

Lucía leyó el mensaje dos veces.

Sonrió entre lágrimas.

Respondió:

“Gracias. No hace falta vino.”

Tres segundos después:

“Eso es lo que diría alguien que necesita vino.”

Lucía dejó el móvil boca abajo.

La casa estaba en silencio.

Los Olivos, por una vez, parecía no exigirle nada más esa noche.

Pero justo antes de dormirse, pensó en Nico al otro lado de la pared, con la libreta de Amparo quizá sobre su mesilla, con la nota doblada entre páginas, con una pregunta que ella había contestado a medias.

¿Sigues odiándome?

A ratos.

Y, por primera vez en siete años, Lucía se preguntó qué quedaba en los otros ratos.

La respuesta no llegó.

Pero tampoco se fue.