Capítulo 15 #2
—No. Pero debería haberlo intentado.
—Probablemente te habría gritado.
—Probablemente me lo merecía.
Lucía pensó en la chica de veinticuatro años esperando en la estación. Pensó en Patricia en aquella casa, siendo correcta, sabiendo quizá más de lo que podía nombrar, atrapada en su propia versión de obediencia.
—Papá le dijo a Nico que yo lo estaba usando para castigarlo —dijo.
Patricia cerró los ojos otra vez.
—Dios.
—Sí.
—Lu…
—Nico le creyó.
—Eso también es culpa de Nico.
Lucía levantó la mirada.
Patricia la sostuvo.
—Que papá hiciera algo horrible no significa que Nico no eligiera mal.
El alivio fue tan inesperado que casi le dolió.
Porque esa era la frase que Lucía necesitaba oír de alguien que no estuviera dentro de su cabeza.
No estás obligada a absolverlo porque haya una explicación.
No estás obligada a odiarlo igual porque haya una explicación.
Puedes poner cada culpa en su sitio.
—Gracias —dijo.
Patricia asintió.
—Pero papá…
—Sí.
—¿Vas a hablar con él?
Lucía miró hacia el portátil.
—No lo sé.
—Mala señal.
—¿Por?
—Cuando dices no lo sé con esa cara, significa que sí, pero todavía estás eligiendo el arma.
Lucía sonrió.
—Quizá.
Patricia se levantó con cierta dificultad.
—Voy a dormir antes de que mi hijo decida practicar artes marciales internas.
Lucía se levantó también.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Sigue. Esto está muy bien.
Patricia señaló el portátil.
Luego, antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Lu.
—¿Sí?
—Me gusta más verte pelear por algo tuyo que verte pelear contra todos.
La frase se quedó en la biblioteca después de que Patricia se marchara.
Lucía tardó un minuto en volver a sentarse.
Luego abrió el portátil por completo y siguió trabajando.
Pero ya no podía concentrarse igual.
Papá no soportaba lo vuestro.
Papá no dice lo que más importa. Lo mueve.
A las once y media, tenía la propuesta casi cerrada. Faltaba adjuntar el presupuesto técnico de Nico. Lo imprimió en la pequeña impresora del despacho auxiliar, ordenó las páginas, las sujetó con una pinza negra y decidió llevarlas a la biblioteca grande, donde Arturo solía trabajar por las noches.
No era una excusa para hablar con él.
No exactamente.
Era una entrega profesional.
Y, quizá, un campo de pruebas.
La biblioteca grande estaba al otro lado del vestíbulo, tras una puerta doble de madera oscura.
Lucía había odiado esa habitación desde niña.
No porque fuera fea. Era preciosa. Estanterías hasta el techo, lámparas verdes, alfombra persa, escritorio enorme, sillones de cuero.
Pero tenía algo de tribunal. En esa habitación, Arturo no hablaba.
Dictaba. Incluso cuando preguntaba, parecía estar concediéndote la oportunidad de incriminarte con tus propias palabras.
Lucía llegó con la propuesta bajo el brazo y se detuvo antes de llamar.
Había voces dentro.
Arturo.
Y Nico.
La primera reacción fue irse.
La segunda, quedarse.
La segunda ganó.
—No cuestiono tu informe —decía Arturo—. Cuestiono el alcance.
—El alcance para la prueba del sábado es suficiente —respondió Nico—. Para uso comercial, no.
—Eso ya lo has dejado claro.
—Porque es importante.
—Siempre has tenido tendencia a confundir importancia con obstinación.
Lucía se quedó inmóvil frente a la puerta.
Nico tardó un segundo en responder.
—Y tú, a confundir control con criterio.
El silencio que siguió fue tan denso que Lucía casi vio la madera hincharse.
—Cuidado, Nicolás —dijo Arturo.
La voz de su padre era baja.
No gritaba nunca cuando quería hacer daño de verdad.
—Ya tuve demasiado cuidado una vez —respondió Nico.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Y todos sabemos cómo terminó —dijo Arturo.
Lucía apretó la propuesta contra el pecho.
Podía entrar.
Debía entrar.
No entró todavía.
—No voy a tener esta conversación contigo —dijo Nico.
—¿Conmigo no? Curioso. Hace siete años no tuviste problema.
—Hace siete años cometí el error de escucharte.
—Hace siete años intenté evitar que mi hija se equivocara.
Lucía dejó de respirar.
La frase abrió una puerta.
Y detrás estaba todo.
Nico no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz tenía una calma mucho más peligrosa que la ira.
—No. Hace siete años intentaste evitar que tu hija eligiera algo que tú no podías ordenar.
—Era una niña.
Lucía sintió que algo dentro de ella se rompía con una limpieza casi elegante.
Una niña.
Veinticuatro años, una maleta, una beca, una vida posible, un corazón entero en las manos.
Una niña.
Abrió la puerta.
Arturo estaba de pie junto al escritorio, impecable incluso a esas horas, con el informe técnico de Nico en la mano. Nico estaba frente a él, rígido, pálido de una forma que no tenía que ver con miedo sino con contención.
Los dos giraron hacia ella.
Lucía entró.
Despacio.
Cerró la puerta detrás.
—Repite eso —dijo.
Arturo no parpadeó.
—Lucía.
—No. Repite lo de que era una niña.
Nico dio un paso hacia ella.
No para detenerla.
Solo por instinto.
Lucía no lo miró.
Arturo dejó el informe sobre el escritorio.
—No deberías escuchar conversaciones ajenas.
—Y tú no deberías decidir vidas ajenas, pero parece que todos estamos aprendiendo tarde.
La frase aterrizó en la biblioteca con una fuerza que incluso Arturo tuvo que reconocer en silencio.
Su padre la observó durante un segundo largo.
—No sabes de qué hablamos.
Lucía soltó una risa.
Una risa breve.
Dura.
—Qué frase tan tuya. Siempre asumiendo que, si alguien no está de acuerdo contigo, es porque no entiende.
—No simplifiques.
—No, papá. Esta vez no voy a simplificar. Esta vez quiero detalles.
Nico habló por fin.
—Lucía, no tienes que…
—Sí tengo.
Él cerró la boca.
Bien.
Aprendía.
Lucía dejó la propuesta sobre el escritorio de Arturo.
Con cuidado.
No quería que le temblaran las manos y no le temblaron.
—¿Qué le dijiste?
Arturo miró la carpeta.
—No es el momento.
—Para mí fue el momento durante siete años.
La frase cambió algo en la cara de Nico.
Lucía lo vio de reojo, pero no se permitió mirarlo del todo.
—¿Qué le dijiste? —repitió.
Arturo se quitó las gafas con lentitud.
Un gesto de cansancio. O de cálculo.
—Le dije que no confundiera tu impulso de escapar conmigo con un proyecto de vida.
Lucía sintió que el aire se volvía irrespirable.
Nico bajó la mirada.
Arturo continuó:
—Le dije que tú estabas enfadada. Que querías demostrar algo. Que Lisboa, él, toda esa fantasía, era una reacción.
—¿Una fantasía?
—Sí.
—¿Mi vida era una fantasía?
—Irte sin terminar nada, sin estabilidad, sin un plan real…
—Tenía un plan.
—Tenías veinticuatro años.
—Eso no es un argumento. Es una fecha.
Arturo apretó los labios.
—Lucía, tú siempre has sentido las cosas con demasiada intensidad. En aquel momento estabas peleada con todos. Con tu madre, conmigo, con el despacho, con tu futuro. Nico era…
—Cuidado —dijo ella.
Arturo se detuvo.
Nico levantó la vista.
Lucía sostuvo la mirada de su padre.
—Cuidado con cómo terminas esa frase.
Arturo guardó silencio un instante.
Luego dijo:
—Nico era parte de esa pelea.
La frase dolió.
No como cuando Nico se la había contado en la casa de invitados. Allí dolió como recuerdo. En boca de Arturo dolía como sentencia.
Lucía caminó hasta el escritorio.
—No.
—Lucía…
—No. Nico no era parte de mi pelea contigo. Era parte de mi vida. Y tú no soportaste no ser quien decidía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Por primera vez, Arturo pareció enfadarse de verdad.
No con volumen.
Con frialdad.
—Yo intentaba protegerte.
—No. Intentabas corregirme.
—Eras mi hija.
—Sigo siendo tu hija. Ese es el problema. Que para ti eso parece significar que siempre soy menor de edad en algún rincón de tu cabeza.
Nico estaba tan quieto que parecía tallado.
Lucía no sabía si se arrepentiría luego de tenerlo allí como testigo.
Ahora no podía importarle.
—¿Sabes qué hiciste? —preguntó ella—. No evitaste que cometiera un error. Evitaste que pudiera cometerlo yo. Que pudiera acertar o equivocarme. Que pudiera irme, volver, romperme, arreglarme, decidir. Me quitaste la decisión y luego dejaste que yo pensara que él simplemente no había venido.
Arturo miró a Nico.
—Él podía haberte llamado.
—Sí.
La respuesta sorprendió a los dos hombres.
Lucía notó que Nico cerraba los ojos.
—Sí —repitió—. Él también eligió mal. Él también fue cobarde. Él también me hizo daño. Pero tú no vas a usar su culpa para esconder la tuya.
Arturo no respondió.
La biblioteca se llenó del tictac de un reloj antiguo.
Lucía nunca lo había oído tan fuerte.
—¿Mamá lo sabía? —preguntó.
Arturo endureció la expresión.
—No.
—¿Patricia?
—No.
—¿Jaime?
—No.
—Claro. Era mejor moverlo todo en silencio.
—No iba a convertir una imprudencia tuya en un debate familiar.
Lucía sonrió.
No con humor.
—Mi amor era una imprudencia.
—Tu forma de actuar lo era.
—No sabes cómo amaba.
La frase salió baja.
Más peligrosa que un grito.
Arturo no respondió.
Nico tampoco.
Lucía sintió que la verdad de esas cinco palabras le ardía en la boca. No sabes cómo amaba. Nadie lo sabía. No Arturo. No Beatriz. No Eduardo con sus recuerdos de verano. Quizá ni siquiera Nico del todo. Porque cada uno había tomado una parte de ella y la había nombrado según su miedo.
Impulso.
Rebeldía.
Fantasía.
Anécdota.
Pero ella había amado.
Con veinticuatro años, con torpeza, con hambre, con miedo, con una maleta azul y una fe absurda en que un hombre aparecería en una estación porque se lo había prometido.
—No sabes cómo amaba —repitió—. Y, por lo visto, tampoco sabes cómo trabajo. Porque hace dos días estabas dispuesto a dejarme mirar este proyecto desde una esquina y ahora resulta que no es una mala base.
Arturo miró la propuesta sobre el escritorio.
—Esto no tiene que ver con aquello.
—Tiene todo que ver. Porque siempre haces lo mismo. Primero decides qué soy. Luego filtras todo lo que hago por esa versión.
—Eso no es justo.
—No. No lo fue.