Capítulo 15
La versión de Arturo
A las diez y veinte de la noche, Lucía tenía polvo en los vaqueros, cera en un dedo, la cabeza llena de cifras y una frase dando vueltas dentro de ella como una llave que no encontraba cerradura.
¿Sigues odiándome?
A ratos.
A veces te odio mucho.
A veces no.
Aquello no era una respuesta.
Era un derrumbe administrativo.
Una declaración emitida por error desde un ministerio interior que llevaba años funcionando con protocolos antiguos.
Lucía no sabía qué hacer con ella. No sabía dónde archivarla.
No podía tacharla, porque era verdad. No podía ampliarla, porque eso sería peligroso.
No podía retirarla, porque Nico ya la había oído.
Y, para colmo, tenía que terminar una propuesta profesional antes de cenar.
La vida tenía un sentido del humor pésimo.
La bodega quedó más o menos cerrada a las diez y media. Samira apagó las velas de prueba una a una, revisó la estructura lateral, dio tres órdenes más a Jaime solo por el placer de verlo obedecer y declaró que al día siguiente necesitaría empezar pronto.
—¿A qué hora? —preguntó Jaime, con el miedo de quien ya sospechaba la respuesta.
—Ocho.
—De la mañana?
—No. De 2047.
—A las ocho no soy persona.
—Eso no parece mejorar mucho a otras horas.
Patricia soltó una risa cansada.
Beatriz se llevó una mano a la boca para ocultar la suya.
Mercedes, que había vuelto en algún momento con un chal sobre los hombros y la copa desaparecida, observó a Samira con evidente aprobación.
—Eres muy dura con él. Me gusta.
—Tiene potencial si se le agota primero el ego.
—Lo llevo intentando desde que nació —dijo Mercedes—. Sin éxito pleno, pero con momentos de avance.
Jaime señaló a ambas.
—Me siento atacado por dos generaciones de mujeres intimidantes.
—Tres —dijo Lucía—. Yo también estoy aquí.
—Y tú eres la peor porque tienes poder logístico sobre mi sábado.
—Exacto.
Nico cerró una caja de herramientas y se incorporó.
—Mañana hay que revisar el cableado provisional antes de colocar la mesa definitivamente.
Lucía asintió.
—Y confirmar menú con Carmen.
—Y recorrido exterior.
—Y proveedores.
—Y presupuesto final.
—Y evitar que mi madre sustituya el lino crudo por algo planchado con violencia.
Beatriz respiró hondo.
—Estoy aquí, Lucía.
—Lo sé, mamá. Por eso lo digo con cariño.
Nico bajó la mirada al suelo.
Lucía lo vio.
Cariño.
La palabra ya no podía usarse en paz en esa bodega.
O quizá en ningún sitio.
Samira también lo vio, porque Samira veía demasiado y cobraba muy poco por semejante carga mental.
—Terminamos por hoy —dijo—. Si seguimos, alguien va a confesar algo o a romper una vela.
—Apuesto por ambas —murmuró Jaime.
Lucía recogió su carpeta, el portátil y una lista de pendientes que parecía escrita por una persona que le guardaba rencor. Necesitaba una mesa tranquila, una hora sin interrupciones y una cabeza nueva.
Como no tenía ninguna de las tres cosas, decidió usar la biblioteca.
La biblioteca pequeña de Los Olivos estaba en la planta baja, junto al vestíbulo.
No era la biblioteca formal de Arturo, esa especie de santuario de madera oscura y libros que nadie tocaba.
Era una habitación más cómoda, con sofás, estanterías blancas, una mesa redonda junto a la ventana y lámparas bajas.
De niñas, Patricia y ella hacían allí deberes en verano mientras Jaime fingía leer cómics dentro de manuales escolares.
Lucía entró, dejó sus cosas sobre la mesa y abrió el portátil.
La pantalla se encendió con una crueldad blanca.
PROPUESTA DE USO PARA FINCA LOS OLIVOS.
Versión ajustada.
Respiró.
Podía hacerlo.
No tenía que resolver su vida esa noche. Solo tenía que ajustar números, ordenar paquetes, mejorar la presentación y preparar un argumento que Arturo no pudiera desmontar con una ceja.
Lo demás podía esperar.
Nico podía esperar.
El odio a ratos podía esperar.
Lisboa podía esperar.
Su padre no.
Lucía empezó a escribir.
Durante veinte minutos, consiguió concentrarse.
Organizó la propuesta en cuatro bloques: concepto, inversión mínima, experiencia piloto y retorno estimado.
Redujo palabras bonitas. Añadió cifras. Ajustó márgenes.
Cambió “experiencia emocional” por “valor percibido”, porque sabía que Arturo toleraba mejor las emociones si iban vestidas de consultoría.
A las once menos diez, Patricia entró con dos infusiones.
—No me mates —dijo—. Traigo líquido caliente y cero preguntas.
Lucía levantó la vista.
—Eso suena a trampa.
—Lo sé. Pero es verdad.
Patricia dejó una taza junto al portátil y se sentó en el sofá, no en la silla frente a ella. Una elección inteligente. Menos interrogatorio. Más compañía.
—¿Mamá?
—Dormida o fingiendo. Difícil saberlo. Samira está en la habitación verde. Jaime ha intentado ofrecerse para ayudarla con las cajas de flores y ha sido rechazado con una frase que creo que le ha cambiado la vida.
—¿Cuál?
—“No necesito hombres que confundan levantar peso con ser imprescindibles.”
Lucía sonrió.
—Qué bien la he elegido.
—Sí. Da miedo.
—¿Mercedes?
—En su habitación. Ha dicho que necesitaba retirarse antes de que la juventud la decepcionara más o la divirtiera demasiado.
—Muy ella.
Patricia sopló su infusión.
Durante un rato no dijo nada.
Lucía siguió escribiendo, aunque notaba la presencia de su hermana como una pregunta sentada en el sofá con taza caliente.
—Puedes preguntar —dijo al fin.
Patricia levantó las cejas.
—He prometido cero preguntas.
—Eso nunca ha significado cero pensamiento.
—No. Pero puedo pensarlo en silencio.
Lucía se reclinó en la silla.
—Eso sería una novedad.
Patricia la miró con una media sonrisa.
—La bodega ha quedado preciosa.
—No está terminada.
—Aun así.
—Gracias.
—Y tú estabas… —Patricia buscó la palabra— distinta allí.
Lucía bajó la mirada al teclado.
—Tenía polvo.
—No me refiero a eso.
—Ya lo sé.
Patricia apoyó la taza sobre sus rodillas.
—Papá te ha escuchado.
—Papá ha olido dinero.
—También.
—Qué hermana tan romántica.
—He crecido en esta familia. El romanticismo me lo estoy tomando con vitaminas prenatales y cautela.
Lucía soltó una risa breve.
Luego ambas se quedaron en silencio.
El tipo de silencio que solo existe entre hermanas: lleno de cosas dichas a medias durante décadas, de alianzas antiguas, de celos superados a ratos y heridas que ninguna sabe nombrar sin volver a los quince años.
—¿Estás bien con lo de Nico? —preguntó Patricia.
Lucía la miró.
—Eso es una pregunta.
—Sí. He aguantado casi tres minutos.
—Impresionante.
—Estoy embarazada. Tengo menos paciencia y más excusas.
Lucía cerró el portátil solo un poco, sin apagarlo.
—No sé cómo estoy.
Patricia asintió.
No presionó.
Eso fue casi peor.
—Me ha contado algo de lo que pasó —dijo Lucía.
Patricia se quedó muy quieta.
—¿Sobre Lisboa?
La palabra llenó la biblioteca como si alguien hubiera abierto una ventana en invierno.
—Sí.
—¿Y?
Lucía apretó la taza entre las manos.
—Papá habló con él.
Patricia cerró los ojos.
No pareció sorprendida.
Ese fue el detalle que Lucía notó.
No pareció sorprendida.
—¿Lo sabías? —preguntó.
Patricia abrió los ojos.
—No.
—Pero no te sorprende.
—No.
La respuesta fue honesta.
Dolió de una forma rara.
—¿Por qué?
Patricia miró hacia la puerta, como si incluso de noche la casa pudiera informar a Arturo de cada frase.
—Porque papá no soportaba lo vuestro.
Lucía sintió que el estómago se le cerraba.
—Nunca dijo nada.
—Papá casi nunca dice lo que más importa. Lo mueve.
La frase era terrible.
Y exacta.
Lucía recordó a Arturo proponiendo estudios, becas, cenas, viajes, posibilidades.
Recordó cómo, en aquella época, todo lo que la acercaba a Nico parecía volverse inoportuno, complicado o inmaduro a ojos de su padre.
Recordó discusiones en las que Arturo nunca decía “no quiero que estés con él”, pero sí “estás confundiendo libertad con capricho”, “no tomes una decisión irreversible por una emoción pasajera”, “no uses a la gente para pelear conmigo”.
El mismo argumento.
Siempre el mismo.
Con otras palabras.
—¿Tú qué pensabas? —preguntó Lucía.
Patricia bajó la mirada a su infusión.
—Que te ibas.
Lucía la miró.
—¿Y eso te molestaba?
—Sí.
La respuesta no intentó ser bonita.
Por eso Lucía la creyó.
—¿Por Nico?
—Por todo. Porque tú podías irte. Porque parecías capaz de romper algo que yo no sabía ni cómo tocar.
Porque yo estaba haciendo lo que tocaba, siendo la hija correcta, estudiando lo correcto, saliendo con la gente correcta, sonriendo en las cenas correctas…
y tú ibas a coger una maleta y marcharte a Lisboa con el chico que te hacía reír en la cocina.
Lucía no dijo nada.
Nunca había pensado en Patricia así.
No de verdad.
Patricia era la perfecta. La que no dudaba. La que encajaba con naturalidad en los marcos que a Lucía le raspaban la piel. La que nunca tenía café en el vestido ni mentiras incendiarias en la boca.
—No sabía que me envidiabas —dijo.
Patricia sonrió sin alegría.
—Yo tampoco. Lo llamaba preocupación. Quedaba mejor.
Lucía soltó aire despacio.
—Todos parecéis haber tenido muchas teorías sobre mi vida.
—Sí.
—Qué agotador.
—Para ti, seguro. Para nosotros también, pero con más culpa.
Lucía miró a su hermana.
Por primera vez, Patricia parecía cansada de otra cosa que no fuera el embarazo. Cansada de un papel. De una perfección que quizá nunca había sido tan cómoda como Lucía imaginó.
—¿Eres feliz? —preguntó Lucía.
Patricia parpadeó.
La pregunta la alcanzó sin defensa.
—Sí.
Demasiado rápido.
Lucía levantó una ceja.
Patricia suspiró.
—A ratos.
Lucía sonrió un poco.
—Bienvenida al club.
Patricia dejó la taza en la mesa baja.
—Quiero a Álvaro. Quiero este bebé. Quiero mi trabajo, algunos días. Pero a veces estoy tan cansada de hacerlo todo bien que me dan ganas de romper un plato solo para ver qué pasa.
—Te recomiendo empezar por uno feo.
—Mamá no tiene platos feos.
—Tiene platos carísimos que son moralmente feos.
Patricia se rio.
La risa le cambió la cara.
La hizo más hermana y menos estatua.
—Siento no haberte preguntado más entonces —dijo Patricia.
Lucía bajó la vista.
—Yo no lo habría puesto fácil.