mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

La manera en que sus ojos, al levantarse hacia ella, estaban más brillantes pero no rotos.

No todavía.

—No la había leído —dijo.

Lucía sintió que algo se le aflojaba dentro.

—No lo sabía.

—La habría recordado.

Claro que sí.

Esa nota no era de las que se olvidan.

Nico miró hacia la mesa de Amparo.

—Mi madre me dijo algo parecido una vez.

—¿Cuándo?

Él soltó una risa mínima, sin humor.

—El día antes de que no fuera a la estación.

Lucía cerró los ojos.

El dolor no era nuevo.

Pero sí tenía un borde distinto.

—¿Y no la escuchaste?

—No quise entenderla.

Lucía abrió los ojos.

Nico seguía mirando la nota.

—Me dijo que hablara contigo. Yo le dije que ya estaba decidido.

—¿Decidido por quién?

—Por mí. Por tu padre. Por el miedo. Por cualquiera menos por ti.

La respuesta fue brutal en su sencillez.

Lucía no supo qué decir.

Nico guardó la nota dentro de la libreta con un cuidado casi reverente.

—Gracias por dármela.

—No podía quedármela.

—Podías haberla dejado donde estaba.

—No.

Él la miró.

—No.

La palabra, repetida por él, sonó como reconocimiento.

Como si entendiera que ella, incluso enfadada, incluso herida, incluso con todo el derecho a arrojarle verdades como piedras, no había elegido ocultarle algo que era suyo.

Lucía abrazó sus propios brazos.

—¿Estás bien?

La pregunta salió antes de que pudiera recordarse a sí misma que estaba prohibida.

Nico la miró con una sombra de sonrisa triste.

—Funcional.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Eso es mío.

—Lo sé.

—Ladrón.

—También.

Se quedaron mirándose.

Y esta vez no hubo ironía suficiente para taparlo todo.

—Lucía —dijo Nico.

—No.

—No he dicho nada aún.

—Lo sé. Pero ibas a decir algo que me iba a complicar la noche.

Él bajó la mirada, y la sonrisa se le borró.

—Probablemente.

—Entonces no.

—De acuerdo.

Lucía asintió.

Pero antes de que pudiera alejarse, Nico habló de todos modos.

—Mi madre tenía razón.

Ella se detuvo.

No se volvió enseguida.

—Sobre muchas cosas, imagino.

—Sobre preguntarte.

Lucía cerró los ojos.

Nico siguió, con la voz baja:

—No entonces. Ya no puedo. Pero ahora sí.

Ella se volvió despacio.

—¿Qué quieres preguntarme?

Nico sostuvo la libreta contra su costado.

Parecía tener miedo.

Y Lucía no recordaba haber visto a Nico con miedo de ese modo. No miedo a Arturo, no miedo al dinero, no miedo a no pertenecer. Miedo a hacer una pregunta y no sobrevivir a la respuesta.

—¿Sigues odiándome? —preguntó.

La bodega se quedó inmóvil.

Lucía sintió que la respuesta fácil le subía a la lengua.

Sí.

Por supuesto.

Te odio por no ir. Te odio por creer a mi padre. Te odio por volver. Te odio por saber mi café. Te odio por decir cariño sin querer. Te odio por arreglar mesas. Te odio por hacer que mi familia me escuche. Te odio por traerme de vuelta a lugares donde pensé que ya no había nada vivo.

Pero la respuesta fácil ya no era exacta.

Y Lucía estaba demasiado cansada para seguir usando respuestas inexactas como armadura.

—A ratos —dijo.

Nico no se movió.

—A ratos —repitió.

—A veces te odio mucho.

Él asintió.

—Lo entiendo.

—No he terminado.

Nico la miró.

Lucía tragó saliva.

—A veces no.

La frase fue pequeña.

Casi nada.

Pero la bodega la recibió como si acabara de caer una piedra en un pozo profundo.

Nico cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, no parecía feliz.

Parecía consciente de lo que costaba aquella respuesta.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias. No es un regalo.

—Lo sé.

—Y no significa nada.

—Lucía.

—No. Déjame decirlo aunque sea mentira.

Él guardó silencio.

Ella respiró hondo.

—Tengo que trabajar.

—Sí.

—La cena del sábado.

—Sí.

—La propuesta.

—Sí.

—Y tú tienes que terminar el informe técnico.

—Sí.

—Perfecto.

—Perfecto.

No se movieron.

Samira carraspeó desde el fondo.

—Lamento interrumpir la devastación emocional, pero necesito saber si estas palmatorias van centradas o descentradas.

Lucía casi se rio.

Casi lloró.

Casi ambas cosas.

—Descentradas —dijo.

Nico la miró.

—Descentradas —confirmó.

Samira asintió.

—Milagro. Hay consenso.

Jaime reapareció en la entrada con dos cajas y expresión cauta.

—¿Puedo volver a ser insoportable o sigue habiendo momento delicado?

Lucía se limpió discretamente la mejilla, aunque no había lágrima.

—Puedes cargar eso.

—Momento delicado, entonces.

Nico dejó la libreta de Amparo en una barrica, lejos de la mesa, protegida del movimiento.

Lucía lo vio hacerlo.

No como quien guarda un objeto viejo.

Como quien acaba de recibir una parte de sí mismo demasiado tarde y aun así decide cuidarla.

La bodega recuperó poco a poco el ruido.

Cajas.

Cuerda.

Velas.

Órdenes de Samira.

Protestas de Jaime.

Pasos de Carmen.

El mundo volvió a ponerse en marcha.

Pero algo había cambiado entre la mesa de Amparo, la nota y ellos dos.

Lucía ya no odiaba a Nico de la misma manera.

Eso no era perdón.

Todavía no.

No era amor.

No podía serlo.

Era algo más incómodo.

Más inestable.

Más peligroso.

Una puerta que no se abría del todo, pero que ya no estaba cerrada por ambos lados.

Y esa noche, cuando Lucía volvió a mirar la mesa iluminada, supo que la cena del sábado no iba a ser la única prueba que tenía por delante.