Capítulo 14 #2
No confundas orgullo con dignidad. Lo primero te deja solo. Lo segundo te ayuda a no perderte.
Y si la quieres, no dejes que otros te expliquen lo que siente. Pregúntaselo a ella.
A.
Lucía dejó de respirar.
La cocina desapareció.
La casa.
Samira.
La noche.
Todo.
Solo quedó la letra de Amparo, la palabra Nicolás y esa frase escrita años atrás como si hubiera estado esperándola allí, doblada entre cuentas y menús, para llegar demasiado tarde.
Si la quieres, no dejes que otros te expliquen lo que siente. Pregúntaselo a ella.
Lucía sintió que se le aflojaban las rodillas.
Samira le puso una mano en el brazo.
—Respira.
Lucía obedeció tarde.
Inspiró.
Le dolió.
—¿Qué es? —preguntó Samira.
Lucía le pasó la nota sin decir nada.
Samira la leyó.
Su expresión cambió.
—Ah.
—Sí.
—¿Crees que la leyó?
Lucía tragó saliva.
—No lo sé.
—¿Dónde estaba?
—Dentro de la libreta. Quizá no.
—Quizá sí.
Esa era la peor parte.
No saber.
Si Nico la había leído y aun así no fue, dolía de una forma.
Si no la había leído nunca, dolía de otra.
Si Amparo había intentado advertirle y la advertencia se quedó encerrada en una libreta de cuentas durante siete años, entonces Los Olivos no solo guardaba recuerdos. Guardaba también oportunidades perdidas.
Lucía dobló la nota con cuidado.
—No puedo llevar esto a la bodega.
—No como decoración, no.
—Tengo que dársela.
—Sí.
—Pero si se la doy ahora…
—Va a mover cosas.
Lucía soltó una risa seca.
—Todo mueve cosas.
Samira cerró la libreta.
—Entonces elige qué clase de movimiento puedes soportar esta noche.
Lucía se sentó en el borde de una silla.
La silla crujió.
—No quiero hacerle daño con esto.
Samira la miró con una ternura discreta.
—Eso ya es una respuesta a una pregunta que dices no saber contestar.
Lucía cerró los ojos.
No.
No quería analizar eso.
No quería que su primer impulso fuera proteger a Nico del dolor que una nota de su madre podía causarle. No quería que, después de todo, su cuerpo siguiera reconociendo el sufrimiento de él como algo que merecía cuidado.
—Necesitamos algo para la mesa —dijo.
Samira aceptó el cambio de tema con una misericordia que Lucía agradeció en silencio.
—Las palmatorias. Y quizá la jarra de cerámica. Nada más.
Lucía asintió.
Guardó la nota dentro de la libreta, pero no volvió a dejarla en el armario. La sostuvo contra el pecho junto con las palmatorias y la jarra.
—Eso no va a la mesa, ¿verdad? —preguntó Samira.
—No.
—Bien.
—Va a Nico.
Samira abrió la puerta.
—Entonces volvamos antes de que Jaime decida que os habéis fugado de verdad.
Cuando regresaron a la bodega, el ambiente había cambiado de energía.
Jaime y Nico habían movido la estructura al lateral, como Nico había propuesto, y Lucía tuvo que admitir en silencio que quedaba mejor.
El arco de ramas no bloqueaba la entrada, sino que acompañaba la mirada hacia la mesa. Era más sutil. Más elegante. Más vivo.
Maldita arquitectura.
—No digas nada —dijo Nico al verla mirar.
—No iba a decir nada.
—Ibas a decir que queda bien pero que eso no significa que yo tuviera razón.
Lucía se detuvo.
—Odio que me conozcas en cosas pequeñas.
Nico la miró.
La frase salió más íntima de lo que ella pretendía.
Jaime se asomó desde detrás de la estructura.
—Yo también quiero que alguien me conozca en cosas pequeñas, pero solo si no implica cargar muebles.
Samira dejó las palmatorias sobre la mesa.
—Hemos encontrado esto.
Lucía colocó la jarra en un extremo. Las palmatorias, cerca del centro, no demasiado alineadas. Samira ajustó una rama. Nico observó el conjunto.
—Eso era lo que faltaba —dijo.
—Sí —respondió Samira.
Lucía seguía sujetando la libreta.
Nico la vio.
Sus ojos bajaron a las tapas verdes.
La reconoció antes de que ella dijera nada.
El cambio fue inmediato.
Pequeño, pero claro.
—¿Dónde estaba eso?
Lucía sintió que Samira se alejaba discretamente. Jaime también se movió, aunque no demasiado. Por una vez, incluso él entendió que no debía quedarse cerca.
—En el armario de la casa de invitados —dijo Lucía.
Nico no se acercó.
—Era de mi madre.
—Sí.
La bodega, unos segundos antes llena de movimiento, pareció apartarse de ellos.
Lucía sostuvo la libreta con ambas manos.
—Hay algo dentro.
Nico se quedó inmóvil.
—¿Algo?
—Una nota.
Él tragó saliva.
—¿Para mí?
Lucía asintió.
Nico bajó la mirada.
Durante un segundo pareció más joven. No el hombre tranquilo, no el arquitecto, no el falso prometido capaz de sostener una mentira ante una familia entera. Solo alguien que acababa de encontrar, sin aviso, una voz de su madre guardada en una casa cerrada.
—No tienes que leerla ahora —dijo Lucía.
Nico levantó los ojos.
—¿La has leído?
La pregunta no sonó acusadora.
Eso lo hizo peor.
—Sí.
—Vale.
—No sabía que era una nota. Estaba doblada.
—Lucía, está bien.
—No sé si está bien.
Él respiró hondo.
—Dámela.
Lucía dudó.
No por retenerla.
Por lo que podía pasar al soltarla.
Luego se acercó y le tendió la libreta.
Sus dedos rozaron la cubierta al mismo tiempo.
No sus manos.
Solo la libreta entre ambos.
Nico la tomó con cuidado.
Como si pesara mucho.
Abrió las páginas despacio hasta encontrar la nota. La desdobló.
Lucía no se movió.
No tenía derecho a quedarse.
Tampoco podía irse.
Nico leyó.
Una vez.
Luego otra.
La bodega guardó silencio.
Samira fingía revisar las velas al fondo. Jaime había desaparecido de verdad, quizá por primera vez en su vida. Lucía oyó su propia respiración.
Nico dobló la nota de nuevo.
No dijo nada.
Lucía vio el movimiento de su garganta.
La forma en que apretó la libreta.