Capítulo 14
La cena que todavía no era una cena
A las nueve de la noche, la bodega parecía haber sobrevivido a una guerra pequeña y estar considerando convertirse en algo hermoso.
Había cajas abiertas junto a la pared, velas sin encender en vasos de cristal, ramas de olivo apoyadas contra las barricas y una escalera plegable que Jaime había bautizado como “el trono de Samira” después de que ella lo obligara a subir y bajar seis veces para ajustar una tela que, según él, “colgaba exactamente igual en todas las versiones”.
No colgaba igual.
Lucía lo sabía.
Samira lo sabía.
Nico lo sabía.
Jaime, en cambio, sostenía que la belleza era un concepto flexible siempre que uno tuviera los brazos cansados.
—Si mañana alguien dice que esto ha quedado precioso —dijo Jaime, dejándose caer en una silla—, quiero que conste que parte de la belleza me ha lesionado el hombro derecho.
—Haré una placa —dijo Lucía.
—Que ponga “aquí sufrió Jaime Montoro para que doce ricos cenaran con iluminación baja”.
—No son ricos. Son invitados piloto.
—Ricos sin factura todavía.
Samira apareció con un rollo de cuerda.
—Si aún puedes hablar, puedes atar.
Jaime se levantó con un gemido dramático.
—Eres la mujer más cruel que he conocido.
—Has conocido a tu tía Mercedes.
—La segunda más cruel.
Mercedes, desde la entrada, levantó su copa.
—Acepto el primer puesto con humildad falsa.
Beatriz había subido hacía media hora, oficialmente para descansar y extraoficialmente para no presenciar cómo Lucía descartaba un camino de mesa que ella consideraba “muy fino”.
Patricia la había acompañado porque, en sus palabras, “mamá necesita supervisión emocional y yo necesito sentarme en una habitación donde nadie diga la palabra tarima”.
Carmen se había retirado a la cocina para dejar preparado parte del menú del día siguiente.
Arturo estaba encerrado de nuevo en la biblioteca con el informe técnico de Nico.
Eduardo no estaba.
Eso era, sin duda, lo mejor que le había pasado a la bodega en las últimas horas.
Nico y Lucía revisaban juntos la disposición final de la mesa. O intentaban hacerlo sin rozarse, sin decir “cariño” por accidente y sin mirarse demasiado cuando una opinión del otro encajaba exactamente con la propia.
Era agotador.
Mucho más que mover cajas.
—La vela de ese extremo está demasiado cerca del borde —dijo Nico.
Lucía la movió dos centímetros.
—Ahora está demasiado centrada.
Nico la miró.
—¿Eso existe?
—Sí.
—Explícame cómo una vela puede estar demasiado centrada.
—Con esa actitud, no.
—Estoy intentando aprender.
—Estás intentando sonar razonable para ganar.
—¿Funciona?
—No.
—Entonces debería probar otra estrategia.
Lucía levantó la vista.
Mal.
Muy mal.
Nico estaba al otro lado de la mesa de Amparo, con las mangas remangadas, polvo en el antebrazo y una sombra de cansancio bajo los ojos.
No tenía la sonrisa arrogante de la primera noche.
No parecía disfrutar de verla atrapada en la mentira.
Parecía cansado, concentrado y peligrosamente cerca de ser una persona con la que ella podría trabajar durante muchas horas sin querer tirarlo por una ventana.
Eso era grave.
Muy grave.
—Prueba el silencio —dijo.
—Esa estrategia nunca nos salió bien.
La frase quedó ahí.
Más suave que una broma.
Más seria de lo que debería.
Lucía bajó la mirada a la vela.
—Mueve tú la dichosa vela.
Nico la movió.
Tres centímetros hacia la izquierda.
Lucía apretó los labios.
—Está mejor.
—¿Eso ha sido un elogio?
—Ha sido una observación técnica.
—Me vale.
—Te vale demasiado poco últimamente.
Nico no respondió.
Quizá porque Samira se acercó en ese momento con dos ramas y una expresión evaluadora.
—La mesa está bien —dijo.
Lucía miró el conjunto.
—¿Bien de bien o bien de “estoy cansada y quiero cenar”?
—Bien de bien. Pero falta una cosa.
—¿Qué?
Samira miró la mesa de Amparo.
Luego a Nico.
Luego a Lucía.
—Algo personal.
Lucía se tensó.
—No.
—No he dicho qué.
—Con esa cara, no hace falta.
—La mesa tiene memoria. La bodega tiene memoria. La finca tiene memoria. Pero el montaje todavía está demasiado controlado. Necesita un detalle que parezca accidental.
—Lo accidental en esta casa suele acabar en compromiso falso.
Jaime levantó la mano desde el lateral.
—Confirmo.
Samira lo ignoró.
—Algo pequeño. Una pieza que no parezca puesta para decorar, sino encontrada.
Lucía miró la mesa.
Sabía que Samira tenía razón.
Otra vez.
Eso era muy molesto.
—Hay una caja de cosas viejas en la casa de invitados —dijo Nico.
Lucía lo miró.
—No.
—No tienen por qué ser cosas nuestras.
Nuestras.
La palabra hizo que Samira arqueara una ceja.
Nico se dio cuenta demasiado tarde.
—De antes —corrigió.
—Peor —dijo Lucía.
—Podría haber objetos de Amparo. O de la finca. Libros, cerámica, algo que encaje.
Samira señaló a Nico.
—Por desgracia, la vela peligrosa tiene razón.
—Dejad de llamarme así.
—Gánate otro nombre —dijo Samira.
Lucía exhaló.
Volver a la casa de invitados no estaba en sus planes. Ya había entrado una vez y había salido con una conversación que todavía le dolía en el centro del pecho. Pero la cena piloto importaba. Y, si algo podía mejorarla, tenía que considerarlo.
No porque Nico lo hubiera sugerido.
Por el proyecto.
Siempre por el proyecto.
—Voy yo —dijo.
Nico la miró.
—Puedo ir yo.
—Precisamente por eso voy yo.
—Eso no tiene lógica.
—Tiene la mía.
Jaime levantó la mano.
—¿Puedo ir yo y así evitamos otro episodio de la serie “arquitectos con pasado”?
—No —dijeron Lucía y Nico a la vez.
Samira sonrió.
—Qué útil es la sincronización para detectar problemas no resueltos.
Lucía cogió la linterna de la mesa.
—Vuelvo en diez minutos.
—Voy contigo —dijo Samira.
—No hace falta.
—No lo decía por ti. Quiero elegir.
Lucía la miró.
—De acuerdo.
—Yo también voy —dijo Jaime.
—Tú vas a quedarte aquí ayudando a Nico.
Jaime miró a Nico.
—¿Estamos emocionalmente preparados para eso?
—Probablemente no —dijo Nico.
—Me gusta tu sinceridad, cuñado.
—No le llames cuñado —dijo Lucía.
—Falso cuñado.
—Peor.
Mercedes se levantó con lentitud.
—Yo me retiro antes de que alguien me pida cargar algo. Mi edad es negociable para el coqueteo, no para las cajas.
—Buenas noches, tía —dijo Lucía.
Mercedes se acercó y le tocó la mejilla con el abanico cerrado.
—No tardes demasiado donde duelen las cosas.
Lucía se quedó inmóvil.
—Solo voy a buscar decoración.
—Claro.
Mercedes sonrió con una tristeza inesperada.
—Casi siempre empezamos así.
Y se marchó.
Samira no dijo nada hasta que salieron al exterior.
La noche de Los Olivos estaba fresca, llena de grillos y sombras. La casa principal quedaba iluminada a sus espaldas, con ventanas doradas y voces lejanas. El camino hacia la casa de invitados parecía distinto de noche. Más estrecho. Más dispuesto a guardar secretos.
Lucía caminó con la linterna en una mano y los brazos cruzados.
Samira la siguió en silencio durante casi un minuto.
Casi.
—No voy a preguntar si estás bien —dijo al fin.
—Gracias.
—Porque está claro que no.
—Gracias menos.
—Pero sí voy a decir que ese hombre está intentando no ocupar más sitio del que le das.
Lucía miró al frente.
—¿Y eso debería bastar?
—No.
—Bien.
—Pero no es poca cosa.
Lucía pisó una piedra del camino y la apartó con el zapato.
—No sé qué hacer con él, Sam.
—No tienes que decidirlo antes del sábado.
—¿Y después?
—Después tampoco, si no quieres.
—Todo el mundo dice eso. Que no tengo que hacer nada ahora. Que no tengo que saber. Que no tengo que responder. Pero yo soy la que está dentro de esto. Yo soy la que lo ve cada cinco minutos. Yo soy la que recuerda cosas que no quiere recordar y se entera de otras que no sabe dónde poner.
Samira caminó a su lado.
—Entonces quizá la primera decisión no es qué hacer con él.
—¿Cuál es?
—Qué hacer contigo cuando él está cerca.
Lucía soltó una risa sin ganas.
—¿Puedes no ser sabia y floral al mismo tiempo? Abruma.
—Lo intentaré cuando no estemos caminando hacia una casa llena de fantasmas.
Llegaron al porche.
La puerta seguía entornada desde que habían sacado la mesa. Lucía la empujó con la linterna.
El interior estaba oscuro, pero ya no le provocó el mismo golpe que antes.
Quizá porque había entrado una vez y sobrevivido.
Quizá porque Samira estaba allí.
Quizá porque la mesa ya no estaba encerrada, y eso cambiaba algo en la sala.
El hueco bajo la ventana parecía extraño sin ella. Una marca rectangular de polvo señalaba el sitio donde había estado durante años. Lucía alumbró el suelo y luego la cocina, evitando mirar demasiado la taza azul.
Samira entró despacio.
No hizo bromas.
Eso ya fue una forma de respeto.
—Bonita casa —dijo.
—Sí.
—Dolorosa.
—También.
—Bien. Eso sirve.
Lucía la miró.
—Eres terrible.
—Soy buena en mi trabajo.
Samira empezó a revisar la estantería. Había libros viejos, una jarra de cerámica, marcos vacíos, una pequeña caja de lata y varios cuencos apilados.
Lucía abrió el armario bajo la ventana. Dentro encontró manteles antiguos, dos palmatorias de metal oscuro, una botella vacía y una libreta con tapas verdes.
Se quedó mirando la libreta.
No la tocó.
Samira, por supuesto, lo notó.
—¿Qué es?
—No lo sé.
—Pero crees que sí.
Lucía alargó la mano y la sacó.
La libreta tenía polvo en la cubierta, pero estaba en buen estado. No había nombre. Solo una goma elástica gastada que la mantenía cerrada.
No debía abrirla.
Esa fue la primera certeza.
La segunda fue que ya estaba abriéndola.
Las primeras páginas contenían números.
Listas.
Fechas.
Gastos de mantenimiento de la casa de invitados. Compras de cocina. Reparaciones menores. Notas de Amparo con letra firme y pequeña. Lucía reconoció esa letra de inmediato y sintió una punzada cálida.
—Es de Amparo —dijo.
Samira se acercó, pero no invadió.
—¿Sirve para la mesa?
—No es decoración.
—No he preguntado eso.
Lucía pasó una página.
Más cuentas.
Luego una lista de menús.
Luego una nota suelta doblada entre dos hojas.
Lucía se quedó quieta.
Samira la miró.
—Puedes no leerla.
—Lo sé.
Pero la desplegó.
La nota no era larga.
Solo unas líneas.
No estaba dirigida a ella.
Nicolás,