mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 13 #3
34%

Capítulo 13 #3

—¿Otra cláusula nueva?

—Sí.

—El contrato va a necesitar anexos.

—Y penalizaciones.

—¿Qué pasa si incumplo?

Lucía sostuvo su mirada.

Era una pregunta peligrosa.

Los dos lo supieron al mismo tiempo.

Durante un segundo, la bodega pareció recordar el beso. La puerta abierta del cuarto. La cocina de la casa de invitados. La frase que él había dicho: no voy a volver a dejar que tu padre cuente por mí lo que siento.

Lucía apartó la mirada primero.

—Tendrás que cargar más cajas.

—Acepto.

—No sabes cuántas cajas tengo.

—Me arriesgo.

La voz de Nico había bajado apenas.

No mucho.

Lo suficiente.

Lucía notó que la distancia entre ellos se volvía consciente.

Podía moverse.

Podía apartarse.

Podía llamar a Samira.

Podía fingir que necesitaba revisar servilletas.

En lugar de eso, se quedó junto a la mesa de Amparo, con la luz de las velas de prueba temblando entre ambos.

—No hemos hablado del anillo —dijo ella.

Nico parpadeó.

—¿El anillo?

—El de tu abuela. El que te inventaste delante de mi padre.

—No me lo inventé.

Lucía sintió que el aire se le detenía.

—¿Qué?

Nico bajó la mirada a la mesa.

—Existe.

—Eso ya lo sabía. Me lo enseñaste una vez.

—Sigue existiendo.

—Nico.

—No está ajustándose. Esa parte sí era mentira.

Lucía soltó una risa nerviosa.

—Qué alivio. Por un segundo he pensado que habías llevado el falso compromiso a niveles de joyería.

Él no sonrió.

El alivio murió muy rápido.

—Lo tengo en Madrid —dijo.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Por qué me estás diciendo eso?

Nico levantó los ojos.

—Porque tu padre preguntó por el anillo y quizá vuelva a hacerlo. Necesitas saber qué parte es mentira.

—Toda.

La palabra salió demasiado rápida.

Nico la recibió en silencio.

Lucía se obligó a respirar.

—Toda la parte del compromiso es mentira.

—Sí.

—Entonces no necesito saber dónde está el anillo de tu abuela.

—De acuerdo.

—Y no necesito que lo traigas.

—No pensaba traerlo.

—Bien.

—Aunque podría pedirle a mi madre que mandara una foto si alguien insiste.

Lucía lo miró horrorizada.

—¿Tu madre sabe algo?

—No.

—No puedes contarle esto.

—No voy a hacerlo.

—Porque esto es falso.

—Lo sé.

—Y tu madre me quería.

La frase salió pequeña.

Demasiado pequeña.

Nico la miró de un modo que hizo que la bodega, la mesa y todo el proyecto parecieran más lejos.

—Te quiere —dijo.

Lucía sintió que la garganta se le cerraba.

—No uses el presente.

—Es verdad.

—No sabes eso.

—Sí lo sé.

Ella tragó saliva.

—Nico…

—No voy a llamarla. No voy a meterla en esto. Pero no voy a mentirte sobre ella. Si mañana le digo que te he visto, se alegrará. Si le digo que estás bien, se emocionará. Y si no se lo digo, probablemente lo adivine igual porque mi madre siempre ha sido peor que Carmen con esas cosas.

Lucía soltó una risa rota.

—Eso es verdad.

—Sí.

—No quiero hacerle daño también.

Nico negó con la cabeza.

—No eres tú quien le hizo daño.

La frase llegó demasiado cerca.

Lucía apartó la mano de la mesa.

—No sigas.

—Vale.

—No. Tampoco digas vale así.

Él casi sonrió.

—Necesito un tono autorizado.

—El silencio es bastante seguro.

—Lo practicaré.

Samira apareció con una cuerda en la mano.

—¿Interrumpo algo que me obligará a cobrar suplemento emocional?

Lucía dio un paso atrás.

—No.

Nico recogió su libreta.

—No.

Samira los observó.

—Qué respuestas tan sincronizadas y poco creíbles.

—¿Qué necesitas? —preguntó Lucía.

—Que decidáis si la estructura va al fondo o al lateral. Si seguís mirándoos junto a la mesa como si estuvierais a punto de discutir o confesar algo, voy a decidirlo yo.

—Al fondo —dijo Lucía.

—Al lateral —dijo Nico.

Samira sonrió.

—Gracias a Dios. Ya volvéis a ser útiles.

Lucía miró a Nico.

—Al fondo.

—Bloquea la visual desde la entrada.

—Esa es la idea. Que la gente no lo vea todo de golpe.

—Pero si lo pones al lateral, acompaña el recorrido.

—Y parece decoración de pasillo.

—No si se ilumina bien.

—¿Me estás explicando iluminación?

—Estoy explicando punto focal.

Samira levantó la cuerda.

—Cinco minutos. Lo resolvéis en cinco minutos o lo coloco donde me dé la gana.

—Al fondo —repitió Lucía.

—Al lateral —repitió Nico.

—Fondo.

—Lateral.

—Fondo, Nico.

—Lateral, cariño.

La palabra salió.

No delante de la familia.

No delante de Eduardo.

No como herramienta.

Salió con naturalidad en mitad de una discusión sobre estructura floral.

Ambos se quedaron quietos.

Samira abrió mucho los ojos.

Lucía sintió que el calor le subía a la cara.

Nico parecía haber dejado de respirar.

Desde la entrada de la bodega, Jaime apareció justo en ese instante con una caja en brazos.

—Yo no quería interrumpir —dijo—, pero el “cariño” ha hecho eco hasta la furgoneta.

Lucía cerró los ojos.

—Voy a matar a alguien.

—¿Con flor o con tarima? —preguntó Samira.

Nico se pasó una mano por la cara.

—Perdón.

Lucía lo miró.

No supo si reír o huir.

—Lateral —dijo al fin.

Nico levantó la cabeza.

—¿Qué?

—La estructura. Al lateral. Pero si queda mal, te culpo a ti en el informe emocional y en el profesional.

Nico la observó durante un segundo.

Luego sonrió.

No una sonrisa grande.

Una de esas sonrisas pequeñas que parecían abrir ventanas.

—Acepto.

Jaime dejó la caja en el suelo.

—No sé qué acaba de pasar, pero me ha parecido profundamente matrimonial.

—Jaime —dijo Lucía—, caja. Fuera. Ahora.

—Me voy. Pero conste que soy testigo de que ha ganado la arquitectura sobre el temperamento.

—Ha ganado la composición espacial —dijo Samira.

—Y el subtexto —añadió Jaime.

Lucía cogió una rama de olivo.

Jaime huyó.

Samira negó con la cabeza y empezó a colocar la estructura en el lateral, murmurando algo sobre familias ricas, falsos compromisos y la necesidad urgente de cobrar más.

Nico se acercó a Lucía mientras ella ordenaba las velas.

—No quería decirlo.

—Ya.

—Ha salido solo.

—Eso es lo preocupante.

—Lo sé.

Lucía lo miró.

Esta vez, cuando dijo “lo sé”, no la irritó.

La asustó.

Porque ella también lo sabía.

Sabía que fingir algunas palabras durante demasiado tiempo podía volverlas cómodas.

Sabía que una mentira repetida en una casa llena de recuerdos podía empezar a tomar prestadas cosas verdaderas.

Sabía que “cariño” debería haber sonado ridículo y, en cambio, le había dado un golpe pequeño en algún lugar que todavía estaba blando.

—No puede volver a pasar —dijo.

Nico asintió.

—De acuerdo.

—Y si pasa, fingiremos que era parte del teatro.

—¿Y si no hay público?

Lucía sostuvo su mirada.

—Entonces será peor.

Él no respondió.

Porque no hacía falta.

Samira gritó desde el lateral:

—Necesito manos altas.

Nico se apartó.

La tarde siguió, pero la palabra quedó flotando en la bodega mucho después de que nadie volviera a pronunciarla.

Cariño.

Una palabra pequeña.

Una palabra peligrosa.

Una palabra que no debía significar nada.

Y que, por eso mismo, empezaba a ser un problema.